UN CAMINO DE DECENAS DE MILES DE DÓLARES

La epopeya de montar tu propia peluquería en Nueva York, contada por un español

La primera vez que lo vi, en otoño de 2013, Javier Benavent no sabía ni contar hasta diez en inglés. Tenía 45 años y trabajaba en una peluquería junto a la Universidad de Columbia

Foto: Times Square en Nueva York. (Reuters)
Times Square en Nueva York. (Reuters)

Una peluquería resplandece en el Upper West Side de Manhattan. Las botellas de cava sobresalen de los lavacabezas repletos de hielo, igual que el morro de pequeños Titanic. Hay canapés en los tocadores, ramos de flores en las butacas y decenas de personas que charlan y salen a fumar en la brisa veraniega. Es la gran noche de los dueños españoles, Javier Benavent y Helena Rubio, que no dan a abasto con las felicitaciones. El Theater Hair Salon ha quedado oficialmente inaugurado.

Cuando acabe la fiesta, sin embargo, Javier y Helena volverán a su bajo del Bronx y se quedarán dormidos de golpe, como transformados en piedra. Horas después, vuelta a empezar. Y así los siete días de la semana. Acaban de sobrevivir a la creación de un negocio en Nueva York: el primer asalto de un largo combate. Una epopeya cuyas cicatrices han aceptado mostrar a El Confidencial.

La primera vez que lo vi, en otoño de 2013, Javier Benavent no sabía ni contar hasta diez en inglés. Tenía 45 años y trabajaba en una peluquería junto a la Universidad de Columbia. Cada vez que venía un cliente, sacaba el ordenador portátil y negociaba el corte de pelo mediante fotografías. Tampoco podía hablar con sus compañeras. “Durante siete u ocho meses me sentí igual que un mueble”, recuerda.

"¿Nos vamos a Nueva York?" "Mañana"

La pareja había salido de Gandía con una mezcla de ilusión y hastío. A Javier le pedían renovar el contrato de alquiler del local donde estaba su salón por diez años más. Helena llevaba toda la vida trabajando en hostelería, en restaurantes, en bodas. Apenas había viajado. “Oye Helena, ¿nos vamos a vivir a Nueva York?”. “Mañana”. “No es coña”, replicó Javier. Y se fueron de viaje de reconocimiento.

El valenciano se ofreció a una peluquería. La dueña lo vio trabajar y le propuso ser su espónsor; para eso, Javier necesitaba una visa. Se buscó una academia de inglés en Manhattan, pagó seis meses de clases por adelantado, volvió a España y se tramitó una F1 de estudiante en el consulado de Estados Unidos.

 Helena Rubio y Javier Benavent
Helena Rubio y Javier Benavent

Estos primeros pasos lo dejaron seco. Un día tuvo que ir a Queens, recuerda, para hacer un papeleo. Su mujer le dio un billete de metro con el dinero justo. Al llegar, Javier tenía mucha sed. Pero no le quedaba ni un dólar para comprarse una botella de agua. “Esa era mi situación en 2013: dos hipotecas en España y nada en Nueva York. Solo mi experiencia de peluquero y un curso de inglés”.

Helena también había invertido los ahorros en el desembarco. “El primer año que pasamos aquí fue uno de los inviernos más fríos de la historia de Nueva York”, dice la valenciana. “Yo iba por la nieve, vendiendo productos a las peluquerías dominicanas, y no podía comprarme unas botas porque no tenía 100 dólares”.

La fe del explorador en la burocracia

Podríamos describir a Javier y Helena como una pareja de creyentes. Unos adoradores, incluso, de ese monolito del emprendimiento que es Nueva York. Cuando les pido que describan los obstáculos, fruncen un poco el ceño, pero debajo se adivina un leve fulgor. La fe del explorador que se adentra en la selva.

Benavent se despertaba cada día a las cuatro de la mañana para hacer los deberes de inglés, cogía el metro a las seis y media, estaba seis horas en la academia, y luego a la peluquería, hasta la noche. El fin de semana lo dedicaba por entero a cortar el pelo. Mientras, Helena trabajaba por las noches en un restaurante dominicano.

Benavent se despertaba a las cuatro para hacer los deberes de inglés, cogía el metro a las seis y media y estaba seis horas en la academia

“Ahora empezamos a salir algún día”, dice Javier, sentado como un Gran Jan en un taburete de su salón. “Yo he estado seis años sin salir a cenar con mi mujer, porque teníamos horarios totalmente dispares. Nos veíamos un día a la semana. Dormíamos como en los submarinos, a cama caliente”.

Su objetivo, desde el principio, casi desde la adolescencia, era abrir su propio negocio en Manhattan, así que nada más llegar se postuló para obtener la Green Card: la tarjeta de residencia que le permitiría vivir y trabajar libremente en Estados Unidos. Un proceso que se acabaría demorando cuatro años y medio.

“La señora que me hizo de espónsor tenía que pagar, por emplearme, muchos impuestos. Y con esa excusa me quitaba 500 dólares semanales de salario”, dice Benavent. Además, el proceso de la Green Card dependía de ella. “Esta señora se saltó los plazos y tuve que solicitar la tarjeta de residencia por segunda vez, porque era tiempo que ganaba ella. ¿Qué podía hacer? ¿Denunciarla?”.

En este segundo proceso, la espónsor tenía 180 días de plazo para presentar el papeleo al Gobierno. No lo hizo hasta el día 173. “Me sangró, tío, como una sanguijuela. Me sacó hasta el tuetanillo”. Los números son los siguientes: el valenciano dejó de ganar unos 2.000 dólares al mes durante más de cuatro años. Esto, más el dinero del abogado, más los trámites administrativos... “Paré de contar a partir de los 110.000 dólares. Eso fue lo que me costó la broma”.

Nueva versión de la hormiga y el saltamontes

En Javier conviven la hormiga y el saltamontes. La hormiga ha estado al mando durante la mayor parte de su periplo neoyorquino: madrugar, trabajar, ahorrar. La pareja encontró un bajo de una habitación, en el Bronx, por un precio asequible. No salían ni viajaban prácticamente nunca, y se llevaban la comida al trabajo en un 'tupper'. Hasta que tuvo que imponerse el saltamontes.

Una vez obtenida la Green Card, y bebida la botella de champán Veuve Clicquot que les había regalado una clienta, tocaba abrir un salón de peluquería en Manhattan. “Ahora empieza el problema gordo”, dice Benavent.

Mientras buscaba un local adecuado, Javier trabajaba en otra peluquería y buscaba financiación. La hormiga que hay en él se había labrado un buen crédito. Es decir, había estado usando responsablemente varias tarjetas de crédito para ganarse la confianza de los bancos. La única manera de recibir, en el futuro, un buen préstamo.

“Así como en España, para conseguir un crédito, tienes que aportar documentos sobre tus propiedades, los avalistas, etc, aquí tienes que contarles un cuento de Disney”, dice Benavent. “Cuál es tu ilusión, cómo tienes planteado hacer tu negocio, por qué crees que será productivo y en qué será diferente a los demás. Tú lo vendes y ellos te lo compran”.

La financiación resultó ser lo más fácil, según Benavent. Dado que él era un nuevo residente en Estados Unidos, el dueño del local que le interesaba se puso a investigar sus antecedentes penales. “Consiguió información mía que ni yo mismo sabía. Increíble. Por ejemplo, que no tengo ninguna multa de tráfico pendiente en España”. Pasada la prueba, había que firmar el contrato.

Un saco roto de inversión

“Un contrato de alquiler en España puede tener unos 10 folios, aquí es de 100, más 47 páginas del condominio [el edificio donde está el local], más 50 y pico del contrato básico del estado de Nueva York. Y todas estas reglas tienen que concordar”, dice Javier. “Así que le pregunté a una clienta mía, catedrática de derecho en la Universidad de Columbia, y ella me recomendó una abogada. Lo que yo no sabía es que esta abogada me costaría 25.000 dólares”.

La letrada cobraba 395 dólares la hora. Si descolgaba el teléfono o mandaba un email, eran 0,2 horas de trabajo. Es decir, 80 dólares. “Y yo he recibido centenares de emails de esa abogada”, dice Benavent.

Estuve a punto de decir: se acabó. Pierdo los 100.000 dólares invertidos. A mi mujer y a mí se nos salían las lágrimas

La negociación se extendió durante semanas, como un chicle. A medida que pasaba el tiempo, el chicle se hacía más y más delgado, y Javier y Helena estaban cada vez más cerca de hundirse con todo el peso de sus deudas. “Estuve a punto de decir: se acabó. Pierdo los 100.000 dólares invertidos. A mi mujer y a mí se nos salían las lágrimas. Se acabó la aventura. No abrimos el salón”.

Hasta que un día se produjo el milagro. Un email: “Aprobado. Puedes empezar a construir”. Excelentes noticias. Ahora tocaba pagar los seguros por adelantado, la instalación eléctrica, el sistema de alarmas, el equipo de construcción y un nuevo sistema de fontanería.

“Calculé que me gastaría 95.000 dólares, el doble de lo que me hubiera costado abrir el salón en España. En 200.000 he parado de contar...”, reconoce el empresario. “¿Que cómo lo hemos pagado? Con tarjetas de crédito, con los ahorros que teníamos y manejando bien el dinero”.

Pero el fulgor de la fe deshace cualquier problema. Javier lleva siempre dinero en efectivo; le encanta dar sobres para engrasar la buena disposición del recogedor de basura, el electricista o el conserje del edificio. No duda en persuadir y presionar; sabe dónde están los botones, y los pulsa. “Nueva York funciona así”.

El día de la apertura acuden unas 200 personas, la mayoría amigos o clientes de la pareja, y se beben las cincuenta botellas de cava etiqueta negra. Guillermo Fesser, del antiguo dúo Gomaespuma, que vive a cien millas de Manhattan, se deja caer hacia el final. Viendo a la multitud, el jolgorio, el río de cava y el espectáculo de baile tipo Daft Punk, Fesser elogia la exuberante capacidad promocional de Benavent. Lo hace a su modo: “Si además supiera cortar el pelo, sería la leche”.

Un capítulo ha terminado y otro acaba de comenzar. “Yo todavía no lo he asimilado”, dice Helena. “Está la incertidumbre de si funcionará, no funcionará... Pero al mismo tiempo yo soy positiva. Y si no, esto es Nueva York. Aquí el trabajo no se acaba”.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
16 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios