EL FIN DE UN PAÍS, DOS SISTEMAS

El comunismo chino asedia Hong Kong: ¿Desaparecerá la capital financiera de Asia?

El proyecto de la Ley de Extradición a China se interpreta como un ataque contra la independencia judicial de la excolonia británica. Las calles son una muestra del descontento hongkonés

Foto: Protestas en Hong Kong este miércoles. (Reuters)
Protestas en Hong Kong este miércoles. (Reuters)

Hong Kong vuelve a estar en pie de guerra. El domingo, más de un millón de personas protestaron contra el proyecto de la Ley de Extradición a China en la mayor manifestación que se recuerda en la ciudad desde 1997. Este miércoles, los hongkoneses, entre gases lacrimógenos y ladrillos volando, han vuelto a salir a la calle por una ley que afecta a políticos, activistas y, también, empresarios. Muchos temen que este sea el fin de la capital financiera de Asia tal y como la conocemos.

Como sucedió hace cinco años, la población de la excolonia británica se ha echado a las calles para protestar por lo que considera un ataque contra el modelo ‘un país, dos sistemas’, que sirvió para integrar uno de los principales centros financieros del mundo en el seno de la República Popular. Según el acuerdo al que llegaron China y el Reino Unido, el sistema capitalista y semidemocrático de Hong Kong sería respetado hasta su integración total en el gigante asiático, prevista para 2047.

Sin embargo, una gran parte de los siete millones de habitantes de Hong Kong sienten que las libertades individuales que diferencian a la ciudad se están erosionando mucho más rápido de lo esperado. “Si hace diez años alguien nos hubiese dicho que China se parecería a Hong Kong en 2047, lo habríamos creído. Pero en la última década hemos visto cómo lo que busca el Partido Comunista es que Hong Kong sea cada vez más similar al resto de China. Y utiliza todo su poder para que así sea”, criticaba el activista Joshua Wong en una entrevista pasada con este periodista.

En 2014, los hongkoneses salieron a la calle armados con paraguas amarillos para exigir que la elección del jefe de su ejecutivo se llevase a cabo a través de un sistema democrático. Durante 79 días, el movimiento Occupy Central paralizó la zona más céntrica del distrito financiero y se convirtió en un símbolo de la resistencia al creciente poderío de China. Las imágenes de las brutales cargas de la Policía, sin precedentes en la ciudad, dieron la vuelta al mundo e hicieron temer un nuevo Tiananmen.

“El Estado de Derecho atrae a los inversores extranjeros. Si nos convertimos en una ciudad más de China, ¿cuál será nuestra ventaja competitiva?”

Pero la sangre no llegó al río y el movimiento fracasó. Pekín continúa eligiendo a dedo quién dirige Hong Kong -ahora es Carrie Lam-, y la persecución del activismo se ha acrecentado con la abducción ilegal de disidentes como los libreros que publicaban obras críticas con el Partido Comunista.

“Ese caso nos demuestra que el actual principio de "un país, dos sistemas" ni se está cumpliendo como acordaron Londres y Pekín, ni nos protege frente a los ataques de China”, comentó en otra conversación Leung Chung-hang, uno de los dos diputados que fueron descalificados por leer incorrectamente -y aposta- el texto del juramento del cargo. El partido al que pertenece, Youngspiration (la conspiración de la juventud), fue creado en 2015 siguiendo el ejemplo de Podemos tras el 15-M y aboga directamente por la independencia de Hong Kong.

Hoy, las escenas de aquella Revolución de los Paraguas se repiten: marchas multitudinarias, gases lacrimógenos, balas de goma e intentos de asalto a la sede del Legislativo. Pero, a diferencia de lo que sucedió hace un lustro, el movimiento ha demostrado aglutinar a un conjunto de personas más heterogéneo. Aunque los jóvenes siguen siendo el grupo de manifestantes más numeroso, abundan también los de otras edades. Buena muestra de ello es que varios conductores de autobús han echado una mano utilizando sus vehículos como barricadas.

La razón está en que, esta vez, la propuesta de Ley de Extradición, que se iba a debatir este miércoles en el Parlamento regional hasta que ha sido pospuesta debido a los enfrentamientos entre manifestantes y Policía, se percibe como un ataque a la independencia del sistema judicial de Hong Kong y, por lo tanto, al ‘status quo’. Mientras el movimiento de 2014 quería avanzar en las reformas democráticas de Hong Kong, algo con lo que gran parte de la población conservadora no está de acuerdo, ahora lo que se pretende es evitar que la ciudad desaparezca tal y como se ha conocido hasta ahora.

Teóricamente, la Ley de Extradición se ha redactado para llenar un vacío evidente: Hong Kong no puede extraditar a nadie que pertenezca a un país con el que no tiene un acuerdo ‘ad hoc’. En esa lista se encuentran la propia China y Taiwán, y este último país es relevante en este caso porque un hongkonés mató allí a su novia y se refugió en Hong Kong, que no lo puede extraditar a Taiwán porque no existe este acuerdo.

“Todo lo que necesitan es un testigo que diga que cometiste un crimen hace 20 años. Con eso basta para que te juzgue un tribunal chino"

La ley propuesta resolvería esta situación, pero también abriría la puerta a que se aprueben extradiciones a China por motivos políticos. “Todo lo que necesitan es un testigo que diga que cometiste un crimen hace 20 años. Con eso basta para que te juzgue un tribunal chino de acuerdo con la ley china. ¿Quién puede confiar en ese sistema?”, criticaba el activista prodemocracia Martin Lee en declaraciones a 'The Guardian'.

Hasta hace unos años, Hong Kong era el oasis preferido para los activistas chinos. Pero incluso sin que la ley se haya aprobado, ya está dejando de serlo. Lo demostró el artista y disidente Badiucao, cuya exposición fue cancelada el año pasado por amenazas de China. “Si Pekín nos permitiese elegir a nuestros representantes para que defiendan nuestros intereses en el gobierno central, y nos garantizase la no interferencia en nuestros asuntos internos, aceptaría pertenecer a China. Pero es difícil confiar en un contrato que se firma con un león que se compromete a no comerte”, argumentaba Leung.

La preocupación se extiende también a otros ámbitos. El económico es el principal. Los conservadores están convencidos de que es vital para la prosperidad de la ciudad mantener Hong Kong tal y como se encuentra ahora, con un modelo que no llega a ser totalmente democrático pero que respeta el capitalismo -la ciudad tiene su propia divisa e instituciones monetarias independientes del gobierno central- y la mayoría de las libertades individuales.

“Es lo que atrae a los inversores extranjeros. Si nos convertimos en una ciudad más de China, ¿cuál va a ser nuestra ventaja competitiva?”, se pregunta un empresario que prefiere mantenerse en el anonimato. “Ya se ve lo que sucede con Shenzhen -la ciudad al otro lado de la frontera con la china continental, considerada ya como el Silicon Valley chino-. China ha invertido grandes sumas para lograr que supere nuestro PIB y para que nos haga la competencia en sectores como el tecnológico. Sin el Estado de Derecho que nos diferencia, y que a muchas empresas les da seguridad, Hong Kong no podrá sobrevivir. Al menos, no con el bienestar del que disfruta ahora”.

"Sin el Estado de Derecho que nos diferencia, y que a muchas empresas les da seguridad, Hong Kong no podrá sobrevivir"

El empresario, pero también cientos de miles de manifestantes pertenecientes a todas las clases sociales y segmentos de edad, teme que el plan de China sea acabar con Hong Kong mucho antes de 2047. Por eso, aunque él no protestó en 2014, cuando se exigía un sufragio universal que no apoya, sí lo hizo, y con toda su familia, el pasado domingo: “Me gustaría creer que el mundo nos ayudará para preservar los valores que representa Hong Kong. Pero dudo que lo haga, porque el poder que ha logrado ya China es tal que solo Donald Trump se atreve a plantarle cara. Pero lo hace solo para ganar dinero, no por cuestiones ideológicas”, sentencia.

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