UN CONFLICTO GEOPOLÍTICO EN LA EUROPA LEAGUE

Los futbolistas olvidados del país invisible: cómo sobrevivir en un Estado no reconocido

En el desconocido Estado de Artsaj entienden la frustración de Henrij Mjitarián, jugador del Arsenal que se perderá la final de la Europa League. Ellos la viven todos los días

Foto: Henrikh Mkhitaryan, jugador armenio del Arsenal que no podrá jugar la Europa League. (Reuters)
Henrikh Mkhitaryan, jugador armenio del Arsenal que no podrá jugar la Europa League. (Reuters)

Slavik Gabrielián, entrenador de la selección nacional de Artsaj, conoce perfectamente la frustración que debe sentir Henrikh Mkhitaryan, centrocampista del Arsenal y mejor futbolista de la historia de Armenia, al no poder disputar este miércoles la final de la Europa League contra el Chelsea porque se juega en la capital de Azerbaiyán, acérrimo enemigo de su país natal. Para el jugador de elite es solo un partido, pero para los futbolistas de Artsaj es su día a día.

Mkhitaryan se ha convertido en un damnificado más de las tensiones territoriales que desde hace más de un siglo mantienen Armenia y la república de Azerbaiyán, en el sur del Cáucaso. El enfrentamiento se reavivó con la guerra del Alto Karabaj (1988 y 1994), un conflicto separatista que dejó más de 30.000 muertos y una herida sin cicatrizar. Más de un cuarto de siglo después del alto el fuego, las negociaciones de paz siguen en punto muerto.

El futbolista del Arsenal ha vivido de lejos la guerra, al contrario que Gabrielián, de 59 años, a quien le tocó empuñar un arma y luchar contra las tropas azeríes para “liberar” Nagorno-Karabaj. La región (óblast) Karabaj fue creada en tiempos soviéticos dentro de las fronteras de Azerbaiyán, donde vivía una mayoría armenia cristiana frente una minoría azarí musulmana. Cuando la URSS se estaba derrumbando, la pequeña región se autoproclamó república independiente en 1992. Desde entonces, Azerbaiyán reclama el territorio y ninguna nación del mundo la reconoce.

Guerra existencial

Para olvidarse de su pasado soviético, Nagorno-Karabaj cambió en 2017 a su nombre histórico armenio Artsaj. Los lazos identitarios son tan fuertes con Armenia que comparten los mismos colores en la bandera nacional -con la diferencia de una franja blanca en el borde de la insignia que simboliza al territorio separado-.

La república de Artsaj siente que está en guerra existencial con Azerbaiyán. A los 13 años, los niños aprenden en las escuelas a ensamblar y desensamblar un fusil; y a los 15, muchos tienen claro que quieren servir a su país. El deber patriótico no es tanto defender el territorio como el hecho de estar a la altura, de no defraudar a aquellos que sacrificaron su vida por la independencia de este tosco trozo de tierra que comparten bosques negros y 150.000 personas.

Parte de este éxito se lo deben al ejército armenio, que ayudó a los rebeldes separatistas a expulsar por la fuerza a más de un millón de azaríes que vivían en el Karabaj en una embestida que aprovecharon para ensanchar un poco más los límites de su territorio. Hay al menos tres localidades en las lindes con Azerbaiyán que han sido ocupadas ilegalmente por Armenia.

El entrenador de la selección nacional de Artsaj es de los que opinan que les iría mejor si se anexionaran a la república de Armenia. “A nuestros jugadores de elite no les puede fichar ningún club europeo de fútbol. Ni siquiera podemos jugar torneos dentro del territorio de Armenia en la liga profesional porque no somos parte de la federación de fútbol de Armenia por cuestiones políticas. Si Azerbaiyán dejara de bloquearnos, podríamos tener reconocimiento internacional y jugar fuera”, lamenta Gabrielián.

Armenian artillery is seen near Nagorno-Karabakh's boundary, April 8, 2016. REUTERS/Staff/File Photo - RC161962ACD0
Armenian artillery is seen near Nagorno-Karabakh's boundary, April 8, 2016. REUTERS/Staff/File Photo - RC161962ACD0

Limbo geopolítico

En estos días, el entrenador no ha dejado la cancha verde ni por un minuto. Son los últimos días que le quedan para preparar a la selección nacional que competirá con otras selecciones de estados no reconocidos en la copa europea CONIFA -que se disputa entre el 1 y 9 de junio, en la república de Artsaj-.

El torneo internacional inyectará ilusión -e importantes sumas de dinero por turismo- a los karabajís. “Este será una gran oportunidad para que el mundo vea que somos jugadores profesionales y un gran equipo”, anhela Arom Kostandián, centrocampista del club de fútbol de Stepanakert, y jugador de la selección nacional.

“Si ganamos, le demostraremos a Azerbaiyán que no sólo somos fuertes militarmente sino también en el deporte”, puntualiza Kostandián, recordando que en los enfrentamientos de abril de 2016, conocidos como la guerra de los Cuatro Días, las tropas separatistas de Artsaj infringieron “muchas bajas” al ejército de Azerbaiyán en la línea de contacto. A falta de datos objetivos sobre el numero de bajas, que se calculan en unas 200, cada grupo infla la cifra a su favor.

El hecho de estar anclado en un limbo geopolítico -ni guerra ni paz, entre la independencia y el no reconocimiento internacional- convierte a Nagorno-Karabaj en un lugar singular. Este estado de facto, ignorado por la comunidad internacional, vive gracias a la cooperación política y económica con Armenia.

Stepanakert funciona como cualquier otra capital europea con sede de gobierno, instituciones, televisión pública, universidad estatal y aeropuerto internacional. Sin embargo, cualquier intento de progreso o desarrollo queda limitado a sus fronteras no reconocidas. No solo el fútbol. Todo el deporte, la economía y la educación son víctimas de esta intrincada situación en la que se encuentra Artsaj.

Un aeropuerto sin estrenar

Ereván y Stepanakert están conectados por una serpenteante carretera por la que, como si se tratara de un cordón umbilical, llegan todas las mercancías al enclave separatista, desde alimentos a suministros médicos. La vía, que se inauguró en 2017, fue financiada con donaciones de un telemaratón que recaudó más 16 millones de dólares para mejorar las infraestructuras y reconstruir las zonas afectadas por el conflicto.

“Los derechos de los residentes están a menudo restringidos y en ocasiones violados por la condición de ser un estado no reconocido o vinculado con el conflicto. En particular me refiero a los derechos a la libertad de movimiento, los problemas con los visados, o de no poder usar nuestro aeropuerto debido a Azerbaiyán. Todo esto limita nuestro desarrollo socioeconómico”, explica Artak Beglaryan, el Defensor del Pueblo de Artsaj, a El Confidencial.

El aeropuerto internacional de Stepanakert se inauguró en 2010 y casi una década después no ha operado ningún vuelo. Esto se debe a que el gobierno de Azerbaiyán mantiene cerrado el espacio aéreo sobre este territorio que reclama como parte de sus fronteras.

“Nuestro aeropuerto funciona con los estándares internacionales, tenemos todos los equipos necesarios para operar. Pero por la prohibición de Azerbaiyán no funciona”, se queja Enrik Ohanyan, director de este aeródromo fantasma. En el hangar hay dos pequeños aeroplanos que se utilizan para pasear a turistas sobre las montañas y valles que rodean Stepanakert. Para poder pagar los gastos de mantenimiento, la dirección ha decidido alquilar parte del terreno edificable del aeródromo para cultivos.

People take part in a rally in support of Azerbaijan over the conflict in the breakaway Nagorno-Karabakh region, outside the Armenian embassy in Kiev, Ukraine, April 8, 2016.  REUTERS/Gleb Garanich - GF10000375767
People take part in a rally in support of Azerbaijan over the conflict in the breakaway Nagorno-Karabakh region, outside the Armenian embassy in Kiev, Ukraine, April 8, 2016. REUTERS/Gleb Garanich - GF10000375767

Buscando el reconocimiento

Para el Karabaj luchar ha sido siempre una cuestión de supervivencia, pero ahora muchos jóvenes sueñan con un futuro diferente: que su generación sentará las bases para el reconocimiento internacional.

Angélica nunca ha salido fuera de Stepanakert pero le gusta aprender idiomas y conocer la cultura de otros países. Está estudiando en la facultad de Lenguas en la Universidad estatal de Artsaj, que tiene 50 años de historia y unos 2.600 alumnos que, cuando se licencien, tendrán un título que no vale nada fuera del territorio del Karabaj. “Somos una generación muy preparada: Hablamos armenio, ruso, inglés, francés, incluso alemán. Pero al ser un estado no reconocido nos trae muchos problemas para estudiar fuera y mejorar nuestros conocimientos”, lamenta Angélica.

La república de Artsaj no cesa en su sueño de ser una nación reconocida por Naciones Unidas y, mientras tanto, parece que su supervivencia se basa en las altas dosis de patriotismo de sus ciudadanos y el dinero que les llega de la diáspora armenia.

Garnik Galstyan, de 16 años, aspira a convertirse en un futuro líder, por lo que está decidido a ingresar en la facultad de Ciencias Políticas cuando cumpla sus dos años de servicio militar obligatorio. “Estoy preocupado por la economía y el desarrollo de las infraestructuras en nuestro estado. Necesitamos un progreso en las negociaciones de paz entre Azerbaiyán y Armenia para poder salir adelante", asegura el joven. "Los estados deberían escucharnos, pero Azerbaiyán tiene petróleo y nosotros montañas”.

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