quién es el hombre que quiere echar a maduro

La hora de Juan Guaidó: el superviviente del lodo que un día decidió cambiar Venezuela

En su familia siempre bromearon con que este joven acabaría siendo presidente del país. Tal vez se habría quedado en la provincia de no haber ocurrido la mayor tragedia de la historia venezolana

Foto: Juan Guaidó habla a la prensa tras asistir a un acto religioso en Caracas, el 10 de enero de 2019. (Reuters)
Juan Guaidó habla a la prensa tras asistir a un acto religioso en Caracas, el 10 de enero de 2019. (Reuters)

Impecable en su camisa blanca, aferrado al lateral de la cabina, Juan Guaidó partía este sábado en el primer camión desde los hangares donde se almacena la ayuda humanitaria en la ciudad colombiana de Cúcuta hacia la frontera venezolana. No llegó hasta allí: el gesto estaba dirigido, sobre todo, a las cámaras de las decenas de periodistas que se agolpaban en el centro de distribución. Guaidó se bajó del vehículo poco después, porque su equipo de seguridad consideró que era demasiado peligroso que permaneciese en un tráiler cuya intención era forzar su entrada en una Venezuela blindada por las autoridades. Varios camiones, de hecho, fueron incendiados. Otros tuvieron que dar la vuelta ante la deriva de la situación.

Eso no significa que Guaidó estuviese eludiendo los riesgos: durante su casi una década y media de actividad contra el chavismo, este político de 35 años, erigido como líder de la oposición venezolana y la figura aparentemente destinada a sacar del poder a Nicolás Maduro, no ha sido ajeno al peligro físico. En estos años se le ha visto en las 'guarimbas', apoyando a los manifestantes en las barricadas, haciendo frente a los gases lacrimógenos y la represión policial, e incluso participando en una huelga de hambre. Ha sido herido varias veces. En una ocasión recibió una paliza a manos de una decena de policías, y en otra le partieron un brazo.

"Hemos compartido largas jornadas de protesta, enfrentado disparos, perdigones, gases lacrimógenos…", recuerda Sergio Contreras, coordinador político en Madrid de Voluntad Popular, el partido cofundado por Guaidó, a quien conoce desde hace más de diez años. "Hemos estado presos, perseguidos… Somos el partido con más presos políticos y exiliados. Por eso, entre nosotros nos llamamos hermanos, porque no hay forma de vernos de otro modo", subraya Contreras. "Son diez años de trabajo por la democracia y la libertad en Venezuela, y eso ha hecho que muchos jóvenes se mantengan permanentemente luchando, generando lazos. Esa es la generación destinada a liderar Venezuela", asegura.

Pero hasta hace dos meses, muy pocos, fuera de los estrechos círculos opositores, sabían quién era Juan Guaidó. Su nombramiento al frente de la Asamblea Nacional en manos de la oposición, el pasado 5 de enero, fue una carambola: la presidencia rotativa recaía en esa fecha sobre Voluntad Popular, pero con sus principales dirigentes encarcelados o en el exilio fue Guaidó quien se vio obligado a asumirla. Seis días después, la Asamblea proclamaba usurpador a Nicolás Maduro. Esto llevó a que esa misma semana, las fuerzas de seguridad detuvieran temporalmente a Guaidó, dando a conocer su nombre a gran parte del planeta.

Lo que casi nadie se esperaba es lo que iba a venir a continuación: el 23 de enero, ante miles de personas concentradas en la Plaza Juan Pablo II de Caracas y rodeado de simbología patriótica, Guaidó se proclamó presidente interino del país con el objetivo de acabar con la usurpación y convocar elecciones libres. Menos de un cuarto de hora después, EEUU reconocía su nombramiento, al que seguiría a las pocas horas el de los países miembros del llamado Grupo de Lima y, en las jornadas siguientes —y no sin altibajos—, de casi todos los países occidentales.

Entre los grupos de exiliados hay una verdadera obsesión por que, ahora que ha obtenido el reconocimiento del Gobierno español (entre otros muchos), los medios de comunicación de nuestro país dejen de referirse a él como "autoproclamado". Pero es difícil ver esta acción de otro modo cuando ni siquiera había consenso dentro de la constelación opositora sobre lo acertado de este paso.

Sorpresa entre la oposición

"El 5 de enero, cuando Guaidó toma posesión de la Asamblea, la posición mayoritaria dentro de la oposición venezolana era que Guaidó no debía autojuramentarse como presidente. Se consideraba que eso podía desencadenar en una confrontación política", declaraba, a finales de enero, el dirigente opositor Henrique Capriles, quien en 2013 estuvo a punto de vencer a Maduro en las urnas. "Viene el 23 de enero y Juan se juramenta. No teníamos la información. Sorprendió a muchos dirigentes", dijo Capriles a la agencia AFP.

Dos días antes de eso, Capriles había escrito un largo artículo en su blog criticando este tipo de aventurerismo: "Debemos exigirles que expliquen a los venezolanos cómo es que pretenden arrebatarle el poder a quien lo ejerce de manera ilegítima sin el apoyo de la Fuerza Armada?", subrayaba. "Hablando en criollo, piden que se asuma el Gobierno sin tener el poder físico para hacerlo". Mientras tanto, la cúpula de Voluntad Popular, el partido de Guaidó, conspiraba con otros dirigentes opositores, como Julio Borges y María Corina Machado, pero mantenía al resto completamente al margen para evitar filtraciones. Según un detallado artículo del 'Wall Street Journal', tras la proclamación del 23 de enero, la reacción de muchos de ellos —incluso de algunos que se encontraban en el estrado con él— fue: "¿Qué demonios está pasando?".

Pero pese a esas tensiones, hoy cuesta encontrar a alguien que tenga una palabra negativa sobre Guaidó. Incluso el propio Capriles lo definía así en una entrevista con la agencia AFP: "Es una persona bastante racional, no es extremista, no es loco, no es violento; una persona centrada". Ante la ventana de oportunidad, los adversarios de Maduro han cerrado filas con él.

"No le conozco personalmente, pero es alguien que ha demostrado una capacidad de conexión, de transmitir las ideas, fuera de toda duda", señala el sociólogo Tomás Páez, autor del libro 'La voz de la diáspora venezolana' y una voz destacada entre la comunidad de venezolanos en España. "Está muy bien preparado, tiene por ejemplo varias maestrías en política pública. Pero sobre todo se ha hecho en la política en la calle, peleando y defendiendo la libertad y la democracia. Y pertenece a esa generación de nuevos políticos, formada de forma acelerada, que están demostrando de qué están hechos, de una madera sólida", comenta a El Confidencial.

En el mismo sentido se expresa Contreras: "Juan es un joven humilde, de buen carácter, siempre tiene un comentario que hace reír a los demás. Es juicioso y ha estado dedicado a la organización del partido, ha dedicado su juventud a una lucha por la democracia en Venezuela", comenta. "Hay mucho de determinación en sus motivos para seguir luchando".

En su familia siempre tuvieron claro que Juan Guaidó tenía un gran futuro por delante. "Cuando era un bebé tenía muchas alergias, y mi madre le bañaba y le ponía cremas diciéndole: 'Y pensar que el día que seas presidente de Venezuela ya no me dejarás ponerte crema ni verte'", declaró su progenitora, Norka Márquez, a la agencia AFP a finales de enero.

Un soldado pasa junto a coches enterrados por el barro en La Guaira tras la llamada 'tragedia de Vargas', en diciembre de 1999. (Reuters)
Un soldado pasa junto a coches enterrados por el barro en La Guaira tras la llamada 'tragedia de Vargas', en diciembre de 1999. (Reuters)

El día que lo cambió todo

A diferencia de otros líderes opositores, Guaidó no proviene de la clase adinerada. Nacido en La Guaira, la capital del estado costero de Vargas, y educado en una profunda fe católica, es hijo de una maestra de educación infantil y de un piloto comercial, pero con antecesores en las fuerzas armadas: su abuelo paterno era miembro de la Guardia Nacional, y el materno de la marina. Según su madre, Juan adoraba ese mundillo y quería estudiar en la escuela de aviación militar, pero se lo impidió el asma. El destino le deparaba otro futuro.

El 15 de diciembre de 1999, apenas unos meses después de la llegada de Hugo Chávez al poder, una serie de corrimientos de lodo producidos por las fuertes lluvias sepultó gran parte de la superficie de los estados de Vargas, Miranda y Falcón. Miles de personas murieron —algunas fuentes hablan de hasta 30.000 fallecidos—, y unas 40.000 perdieron sus casas en lo que se conoció como "la tragedia de Vargas", el alud de barro más letal de la historia. Los Guaidó sobrevivieron, pero quedaron atrapados durante varios días hasta que pudieron ser rescatados por un helicóptero.

El evento fue traumático para la familia. Incluso hoy, Norka Márquez se limita a decir: "Fue un suceso fuerte. No me gusta mucho hablar de eso, pero nos tuvimos que marchar". Los Guaidó se trasladaron a Caracas, donde Juan acabó cursando estudios de ingeniería en la Universidad Católica Andrés Bello.

Fue allí donde empezó a cobrar conciencia política. Cuando en 2007 el Gobierno de Chávez cerró Radio Caracas Televisión, una cadena que se había destacado por su virulencia antichavista, el movimiento estudiantil se situó a la cabeza de las protestas. Guaidó, todavía universitario, fue uno de los que se echó a las calles. Dos años después formó parte del núcleo fundador del partido Voluntad Popular como coordinador del estado Vargas y Responsable Nacional de Organización.

En ese sentido, según todos los testimonios, su punto fuerte siempre ha sido la capacidad organizativa. "No le gustaba llamar la atención. No quería dar discursos o atraer la atención de los medios. Estaba más implicado en organizar cosas, a un nivel técnico", afirma Ángel Zambrano, su antiguo compañero durante las protestas callejeras.

Esto ha podido jugar a su favor. "Juan nunca tuvo pretensiones de postureo, y de hecho gran parte de esta milagrosa efervescencia se deriva de haber evitado ese postureo, los codazos para salir en las cámaras", opina Contreras. La sociedad venezolana ha saludado con entusiasmo la aparición de una cara nueva, no desgastada por las luchas mediáticas de estos últimos años.

Juan Guaidó, encaramado al primer camión de la ayuda humanitaria, este sábado en Cúcuta, Colombia. (EFE)
Juan Guaidó, encaramado al primer camión de la ayuda humanitaria, este sábado en Cúcuta, Colombia. (EFE)

"Una tendencia a crear héroes"

En 2011 entró en la Asamblea Nacional como diputado suplente por Vargas, y en 2016 fue elegido diputado titular. Dentro de su circunscripción, su liderazgo y su carisma son indiscutibles. Su proclamación el pasado 23 de enero electrizó a las masas, disparando las expectativas de muchos venezolanos. Algo contra lo que advierte Capriles: "A veces, este país tiene una tendencia a crear héroes fácilmente", ha señalado.

Sin embargo, no está claro que Guaidó aspire a otra cosa que a ejercer de ariete en el derrocamiento de Maduro. "Él sabe perfectamente que su rol es ser el líder de la transición democrática, que está ahí para entregarle la banda presidencial al próximo presidente electo. Y Juan tiene toda la voluntad de hacerlo, a menos que la dinámica le exija un sacrificio posterior", asegura Contreras. "No es fácil ser un presidente de transición, hay que aplicar una justicia transicional, pacificar el país, estabilizarlo, crear una base sin la que no se puede tener elecciones. Nadie quiere serlo, porque además demanda la madurez necesaria para entregar el liderazgo. Juan está ahí para acabar con la usurpación, pero además para volver a montar un sistema de contrapesos, los poderes públicos”, señala, aunque sin cerrar del todo la puerta a una posible candidatura futura: "Si la historia se lo pide, va a continuar su liderazgo".

Pero mientras tanto, la presión crece: este sábado se cumplían los 30 días en los cuales, según la Constitución, el presidente interino debe convocar nuevas elecciones. Culminado este plazo, la misma legalidad constitucional a la que apela Guaidó para legitimar su nombramiento empieza a tambalearse. Preguntado por esta circunstancia, el 'embajador' de Guaidó en EEUU, Carlos Vecchio, aseguraba que este requerimiento es así "en un escenario de normalidad constitucional, pero eso no existe en Venezuela, así que primero tienes que recuperar en Venezuela el sistema democrático".

La oposición asegura que todo irá bien, y tal vez así será si finalmente consiguen echar a Maduro. Pero en caso contrario, pese al reconocimiento internacional, la presidencia de Guaidó, que ahora mismo carece de capacidad para imponer sus decisiones, queda suspendida en el aire. "La cuestión es si la oposición o sus valedores extranjeros tienen un plan de respaldo. Si no —y no hay un signo claro de que lo tengan—, y si su plan actual no tiene éxito pronto, su posición podría volverse extremadamente precaria, dado que serían vulnerables a la represión de Maduro", afirma Phil Gunson, analista del International Crisis Group. "En ese punto, la pelota volverá al campo de los apoyos internacionales de Guaidó. Podrían entonces hacer frente al incómodo dilema de hacer poco y parecer impotentes, o cortejar el desastre interviniendo militarmente", opina Gunson.

"Es importante recordar que un dictador no dejará el poder libremente tras haber secuestrado la Constitución y gobernado con amenazas y promesas. A veces es necesario ejercer sobre él la suficiente presión hasta que se vaya. Una operación militar puede ser la forma más efectiva de presión, pero no es la forma que esperamos y en la que creemos", le dijo Guaidó a la periodista sueca Annika Hernroth-Rothstein el pasado 7 de febrero. Una intervención militar le restaría legitimidad ante millones de venezolanos que, según las encuestas, esperan ver una salida de Maduro pero no quieren ver su país envuelto en más violencia. Pero Guaidó parece estar dispuesto a invitar a una invasión si la estrategia actual falla.

En los camiones de la frontera viaja algo más que la ayuda humanitaria: también la apuesta de la oposición por Guaidó, y las esperanzas de que surta efecto. Y todos, tanto Maduro como sus adversarios, saben que el tiempo corre.

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