"un acuerdo será difícil"

Donald Trump está ganando la guerra comercial con China. De momento

Mientras a la economía china el enfrentamiento ya le está pasando factura, la estadounidense parece invulnerable. Pero Pekín cuenta con una ventaja: no tiene que someterse a las urnas

Foto: El presidente Trump recibe al viceprimer ministro de China, Liu He, en el Despacho Oval, el 31 de enero de 2019. (EFE)
El presidente Trump recibe al viceprimer ministro de China, Liu He, en el Despacho Oval, el 31 de enero de 2019. (EFE)

“En la historia del mundo, este es el mayor robo perpetrado por una persona o un país, ¡lo que nos ha hecho China!”, declaró Donald Trump hace casi tres años, en uno de sus incendiarios mítines de campaña. Todavía no era presidente y sus palabras fluían más libres. Luego fue elegido, y el pasado julio se puso manos a la obra: Estados Unidos inició una guerra arancelaria para forzar cambios en China: menos tarifas, más transparencia y más respeto a las empresas extranjeras que operan en su territorio, sobre todo a su propiedad intelectual. Pekín respondió con aranceles. Seis meses después, ambas economías presentan magulladuras. Sobre todo la china.

“Si necesitas una evidencia de cómo el conflicto comercial está impactando la salud económica de un país, sólo tienes que mirar al comercio de China”, declaró Naeem Aslam, jefe de estrategia de mercado de Think Markets, una agencia bursátil con sede en Australia. “El menor nivel de exportaciones significa menos empleos, lo que significa otro golpe directo a la economía [china]. Donald Trump puede estar contento. Sus políticas han puesto a China de rodillas”.

Aslam se refería al aluvión de malos datos macroeconómicos que nos llegan del gigante asiático. El PIB del último trimestre creció al menor ritmo desde 1990; la inversión doméstica está casi plana, en su peor situación desde hace dos décadas, y las ventas de coches se han hundido un 8,4%. En diciembre cayeron tanto las importaciones (-7,6%) como las exportaciones (-4,4%); la producción industrial sigue creciendo, pero más lenta, y la Bolsa china ha perdido un 30% en el último año.

A primera vista, esos moratones podrían hacer que el presidente chino, Xi Jinping, ceda a la presión estadounidense y haga algunos de los cambios que exige Donald Trump. Pero se trata de un conflicto mucho más complicado, de muchas capas, con intereses profundos que, según expertos consultados, va a costar mucho ajustar.

“La economía china está ralentizándose y eso ejerce presión en el liderazgo chino para estimular la economía”, dice a El Confidencial Mary Lovely, profesora de Economía de la Universidad de Siracusa, en Nueva York. “La manera en la que se suele hacer esto, la expansión del crédito, es algo que el liderazgo chino preferiría no hacer porque ha estado intentando reducir la deuda empresarial y aumentar la productividad las empresas estatales. Sin embargo, decir que la economía china está ralentizándose no significa que China esté más dispuesta a sucumbir ante las demandas de EEUU. Si bien los chinos quieren ver esta disputa comercial resuelta, como han dicho muchas veces, hay límites acerca de lo que harán para conseguirlo”.

Estos límites se hacen más evidentes a medida que avanza el proceso de negociación. El presidente estadounidense, Donald Trump, se ha mostrado optimista acerca de un posible acuerdo, pero ha reconocido que no se cerrará hasta que vuelva a reunirse con su homólogo chino, Xi Jingping. La delegación asiática pasó dos días a finales de enero en Washington, negociando. Una vez más, sin resultado aparente. Si no hay pacto, el 2 de marzo Estados Unidos aumentará los aranceles a 200.000 millones de dólares en productos chinos: del 10% actual a un 25%.

El logo de Huawei frente a una bandera estadounidense. (Reuters)
El logo de Huawei frente a una bandera estadounidense. (Reuters)

A vueltas con Huawei

Otro conflicto paralelo al comercial es el que compete a la china Huawei, la mayor empresa de telecomunicaciones del mundo. La fiscalía estadounidense ha imputado a Huawei una veintena de cargos, entre ellos la supuesta vulneración de las sanciones contra Irán o el robo de tecnología a la empresa estadounidense T Mobile. También ha pedido la extradición de su directora financiera, Meng Wanzhou, detenida hace un mes en Canadá, en el preciso momento en que Trump y Xi Jinping se sentaban a cenar en Buenos Aires, durante la cumbre del G20.

Este paisaje arroja una conclusión: Washington está tratando de contener la expansión de China, tanto en el terreno comercial como en el de las telecomunicaciones. Huawei, entre otras cosas, está desarrollando la infraestructura del futuro: la red 5G. Va muy avanzada y ofrece condiciones asequibles. Por eso EEUU presiona a sus aliados para que no acepten esta tecnología de Huawei. Según The New York Times, la Casa Blanca ha amenazado a Polonia con no aportarle más tropas si esta llega a un acuerdo con Huawei. Alemania, Reino Unido o Australia habrían recibido presiones similares. La administración Trump dice que Huawei es un vehículo del espionaje chino, y está elaborando un decreto que prohibirá a las compañías estadounidenses utilizar tecnología desarrollada en China.

De nuevo la pregunta: ¿cederá China a la presión de EEUU? “Un acuerdo comercial realmente comprensivo será difícil, puede que incluso imposible, de alcanzar”, explica en The Atlantic Michael Schuman, autor de ‘The Miracle: The Epic Story of Asia’s Quest for Wealth' ('El Milagro: la épica historia de la búsqueda asiática de riqueza') y Confucius And the World He Created’. ('Confucio y el mundo que creó'). “Muchos de los problemas que Washington quiere resolver en China requerirán más que unos cuantos ajustes regulatorios. El acoso burocrático, el robo de propiedad intelectual y el abierto favoritismo hacia las compañías locales (...) son causados por la propia manera en que opera la economía china. Cambiarlo significaría cambiar el sistema económico básico de China”. Según Zhang Chunlin, economista del Banco Mundial, alcanzar la “neutralidad competitiva” que se le exige a China requeriría “separar al Gobierno de la empresa”. Es decir, remodelar el sistema chino actual.

La economía estadounidense tampoco es invulnerable a la fricción comercial. Pekín dirigió sus aranceles a los productores agrícolas americanos que viven en regiones, curiosamente, donde se votó a Trump. Golpearon al presidente donde más le duele, y este reaccionó subvencionando a los granjeros afectados. Casi todos los sectores han notado un impacto en su cadena productiva: desde los fabricantes de ropa hasta las empresas de microchips, teléfonos móviles o material de construcción. Ahora les resulta más caro tanto producir en China como venderle sus productos, y esto se nota desde hace dos trimestres en las balanzas contables.

Quizás el factor dominante en esta lucha es el tiempo. Donald Trump es el presidente de un país democrático; sus pifias tienen otro precio y el año que viene vuelve a someterse a las urnas. Un presidente nuevo podría ejercer una política nueva hacia china. Xi Jinping, en cambio, puede ser reelegido indefinidamente. “EEUU no puede competir con el poder chino”, declaró Wei Jianguo, antiguo viceministro de comercio, al inicio de la escalada. “Tenemos que hacer preparaciones a largo plazo, pero EEUU no puede aguantar durante mucho tiempo”.

“Los cambios que Estados Unidos quiere de China son sistémicos, como reducir el apoyo a sus empresas estatales, o van en contra de los objetivos chinos de desarrollo”, dice la profesora Mary Lovely. “Encontrar un camino será difícil para ambos países. Llevará tiempo formar e implementar cualquier cambio, y EEUU tiene un bajo nivel de confianza en la capacidad china para cumplir sus promesas. Acuerden lo que acuerden, habrá una necesidad para más negociación”.

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