la quema de carbón complica el problema

Viaje a la frontera de la calefacción en China: el dilema entre aire puro o casas calientes

El pasado 15 de noviembre, la mitad de los hogares chinos encendieron la calefacción, la otra mitad no tiene. En los años 50 se trazó una línea que determinaba quiénes podían disfrutarla

Foto: Un residente de la aldea de Xiaozhangwan, a las afueras de Pekín, junto a un obsoleto hervidor alimentado por carbón, en junio de 2017. (Reuters)
Un residente de la aldea de Xiaozhangwan, a las afueras de Pekín, junto a un obsoleto hervidor alimentado por carbón, en junio de 2017. (Reuters)

Era 1989 cuando la tía de Johnny, de 35 años y hoy redactor jefe de una revista de moda en Shanghái, se compró un aparato de aire acondicionado. Era la primera de la familia que tenía uno y recuerda que su casa se convirtió en su sitio favorito. “Me crié en una zona rural de Suzhou”, explica, a orillas del río Yangtsé, en China. “No teníamos nada para calentar la casa en invierno”. “Nuestra calefacción, de día, eran los rayos del sol y de noche, consistía en ponernos más ropa encima y hervir agua para meterla en bolsas de agua caliente bajo el edredón”. Las habitaciones estaban heladas, especialmente cuando nevaba y Johnny estaba deseando ir a casa de su tía.

Al norte del país, en Pekín, la familia de Juling Zhao, profesor de literatura inglesa de 32 años, que creció en una casa de las callejuelas del centro histórico de la capital china –lo que se conoce como ‘hutong’—, calentaban las habitaciones con una estufa de carbón “que tenía una chimenea que salía por la ventana”. “Lo llámabamos la colmena por la forma del carbón”, recuerda. Fue así, hasta que se mudaron a un apartamento con calefacción central, cuando tenía unos 14 años.

Las infancias de Johnny y a Juling no solo estaban separaban por los 1.200 kilómetros que distan Suzhou de Pekín; las dividía una línea. Esa línea era la responsable de que uno tuviera calefacción en casa y el otro no.

En 1908, un geógrafo chino trazó una recta a través del mapa de China que dividía el país entre norte y sur. Utilizó como referencia dos accidentes naturales, las cordilleras Qinling y el río Huai, en torno al paralelo 33. Todo aquello que quedaba encima de la línea sería el norte de China y lo que quedaba abajo, el sur. La bisectriz se denominó en consecuencia: Línea de las montañas Qinling y el río Huai.

En los años 50, China utilizó la división norte-sur para determinar los hogares que recibirían calefacción central subvencionada por el gobierno. Entre 1950 y 1980, la calefacción estaba considerada un derecho básico en China, por lo que el gobierno debía proporcionarla de manera gratuita a hogares y oficinas, directamente o a través de empresas estatales, explica el informe de 2009 ‘¿Calefacción de Invierno o Aire limpio? Consecuencias involuntarias de la política del río Huai de China’ del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés). A falta de presupuesto, la calefacción se limitó a los municipios del norte, considerados más fríos.

Entre el 15 de noviembre y el 15 de marzo, los lugares de China que se situaban por encima de la línea Qinling Huaihe recibían, de este modo, calefacción gratuita; en los de abajo, supuestamente, no hacáa falta. Algo lógico en el papel pero que durante todo este tiempo, ha dejado congelados en sus casas a millones de ciudadanos chinos que habitan justo por debajo de la línea, en ciudades con temperaturas inviernales cercanas a los 0º centígrados como Nanjing, Shanghái o Chengdu.

Viajamos a la frontera de la calefacción de China.

Residentes de Shanghái abrigados ante el invierno. (L. García-Ajofrín)
Residentes de Shanghái abrigados ante el invierno. (L. García-Ajofrín)

Manga corta en Pekín, abrigo en Shanghái

Enero es el mes más frío de Suzhou, donde creció Johnny, con máximas de 6º y 0º de mínima. Los canales que sortejean la ciudad y que le han otorgado el apodo de la “Venecia china” desprenden un frío húmedo que cala los huesos como cuchillos. A una hora y media en coche de allí, en la ultramoderna Shanghái, bajo un horizonte de rascacielos iluminados, en el interio de la mayoría de los hogares hace más frío que en la calle. Las casas de los antiguos Shikumen, de arquitectura tradicional, se preparan para el invierno con aislantes para las ventanas.

Por la mañana, frente a la calle Yan’an de Shanghái, los vecinos sacan sus sillas al sol, bajo la ropa tendida que cuelga de los cables de internet. Entran en calor junto al vendedor de mandarinas, el zapatero que repara suelas en un taburate y un matrimonio de costureros, en el taller que han instalado bajo el hueco de la escalera. Por la noche, sacan las mantas en casa. A unos metros, en un moderno edificio de apartamentos, encienden el aire. Mientras, en el gélido Pekín, “tengo amigos que pasan todo el invierno en ropa de verano porque en sus casas, la calefacción central es la misma para todo el mundo y no puede regularse”, explica un joven que reside en la capital china.

El fenómeno es palpable en la oferta invernal en Taobao –el Amazon chino—, donde las opciones para combatir el frío van desde cojines eléctricos para la oficina, ventiladores con calefactor, accesorios para los pies –en forma de gato— o plantillas eléctricas con USB para dentro del calzado.

El desequilibro de la calefacción se reproduce por todo el país. Un tren bala recorre, en tres horas y media, los 658 kilómetros que separan Xi’an, el extremo oriental de la denominada ruta de la seda y Chengdu, la ciudad en la que se utilizó por primera vez el papel moneda, hoy especialmente visitada por su centro de cría de osos pandas gigantes. Ciudades arriba y abajo de la línea Línea Qinling-Huai, respectivamente.

El termómetro marca 12º de máxima y -2 de mínima en Xi’an; en Chengdu son 13º y 6º. La applicación AirVisual, que mide la calidad del aire, indica en rojo –“insalubre”— la polución en la ciudad de origen del viaje: 164; en la de destinto, la alerta es amarilla –“moderado”—, 94. Las calefacciones tienen su parte de culpa. En Xi’an, las calderas queman carbón sin descanso desde el pasado 15 de noviembre; en Chengdu, no tienen calefacción.

Bajo un calefactor, en una mesa cuadrada, una mujer y tres hombres juegan al mahjong en Pengzhen, un pueblo que alberga la casa de te más antigua de toda China, de 300 años, a las afueras de Chengdu. El municipio está repleto de teterías con clientes en abrigo. A la puerta de las casas, unos amontanan leña, otros han puesto aparatos de aire y la mayoría, se conforma con mantas. En la ciudad, los nuevos apartamos que levantan por todo Chengdu exhiben aparatos aire frío/caliente.

Aparatos de aire acondicionado en un complejo para trabajadores en una fábrica en la ciudad de Wenzhou, en la provincia de Zhejiang. (Reuters)
Aparatos de aire acondicionado en un complejo para trabajadores en una fábrica en la ciudad de Wenzhou, en la provincia de Zhejiang. (Reuters)

El “niño del pelo helado” de Yunán

Más al sur, en Yunán, tierra de té, entre valles, ríos y montañas, algunos días el termómetro desdiende varios grados bajo cero en invierno. El año pasado, la imagen de un niño que llegó a la escuela con el pelo y las cejas congeladas, ante las risas de sus compañeros de clase, conmovió a las redes sociales. Después se supo que el niño, de ocho años, que se llamaba Wang Fuman, era uno de los 60 millones de menores que se estima que viven solos en China, mientras sus padres trabajan en la ciudad. Fuman recorría a pie, cada día, los 4,5 kilómetros de casa al colegio, en una zona rural de Zhaotong, en la provincia de Yunan. Ni en la casa ni en la escuela tenían calefacción.

Lo que antes era una cuestión meramente económica, hoy añade otro elemento al debate: la contaminación. El carbón es la principal fuente de las calefacciones chinas, en un 83% de los casos, según datos de Greenpeace de 2016. En la actualidad, algunas ciudades como Shanghái podrían permitirse ofrecer calefacción a sus vecinos, pero, ¿lo permitiría el planeta y la salud de sus ciudadanos?

China es el mayor consumidor de carbón del mundo; el segundo de la lista es Estados Unidos. Quema unos 3.900 millones de toneladas al año de las 7.800 millones de toneladas que se consumen en todo el planeta, según el Consejo Mundial de la Energía. Solo para la calefacción central utiliza unos 168 millones de toneladas, según el informe ‘El impacto de la calefacción de invierno en la contaminación del aire en China’ de 2015.

“¿Aire limpio o casas calientes?” es la pregunta que vuelve a escena cada 15 de noviembre. El MIT la aborda en su informe, para lo que estudió la calidad del aire en 76 ciudades chinas entre 1980 y 1993. Su conclusión es que debido a que el sistema de calefacción chino “es a base de carbón e ineficiente”, en el norte de China la gente se está muriendo por calentar sus casas: “Existen evidencias dramáticas de que las ciudades del norte tienen mayores concentraciones de TSP”.

Para calentar un metro cuadrado de una vivienda hacen falta unos 22 kilogramos de carbón mientras que un aparato de aire consume de 6 a 8 kilovatios de electricidad, el equivalente a 3 kg de carbón, cifra China Daily. Un estudio reciente pone cifras a las consecuencias: los ciudadanos del norte de China viven 5,5 años menos a causa de la contaminación. Solo en un año, Greenpeace estima que la polución ocasionada por la combustión de carbón se cobró 1.700 muertes al día, en China.

¿Existen alternativa más eficiente y menos contaminante que el simple hecho de dejar a la mitad de los ciudadanos chinos sin calefacción?, preguntamos al profesor Michael Greenston, del Instituto de Política Energética de la Universidad de Chicago, co-autor del informe del MIT. “Como parte de su ‘Guerra a la Contaminación’, China ha empezado a apostar por el gas natural para sus calefacciones, lo que permite calentar las casas sin grandes problemas de polución”, explica a El Confidencial el que fuera asesor económico del expresidente estadounidense Barack Obama en materia energética y autor del Índice Air Quality Life, que mide la mejora en la esperanza de vida cuando se cumplen los estándares mundiales o nacionales. “Sustituir el carbón es un gran paso para abordar los retos de su calidad del aire”, asegura.

Una mujer se protege de la contaminación con una mascarilla en Shenyang, en la provincia de Liaoning, en noviembre de 2015. (Reuters)
Una mujer se protege de la contaminación con una mascarilla en Shenyang, en la provincia de Liaoning, en noviembre de 2015. (Reuters)

El modelo danés de calderas compartidas

En 2017, el Gobierno chino anunció una campaña sin precedentes para los siguientes cinco años, que implica que las calefacciones de las ciudades del norte del país pasen de carbón a gas natural, según datos de Reuters. En un principio, se prohibió la calefacción de carbón en 28 localidades del norte del país, lo que provocó una crisis energéticas en algunas zonas, en las que entró en vigor la prohibición sin que la calefacción de gas o eléctrica hubiera llegado, denuncia Greenpeace, dejando imágenes de jóvenes estudiando al sol o ciudadanos quemando sus muebles para calentarse. Otra 11 ciudades en las provincias de Shanxi, Shaanxi y Henan se han sumado a la prohibición este octubre.

El tiempo dirá si la campaña china resiste el pulso comercial de EEUU, cuyo presidente, Donald Trump, anunció en agosto, ante un grupo de mineros, la postura contraria: “La industria del carbón ha vuelto.”

Entre las posibles alternativas chinas, un proyecto piloto en Tongchuan, a dos horas de Xi’an, que nace de una colaboración entre China y Dinamarca, está experimentando con el modelo de calefacción danés, que usa la llamada “calefacción urbana” o “telecalefacción” ('distric heating', en inglés), que proporciona calefacción a todo un distrito, a través de una red urbana de distribución, de manera similar a como se hace con el agua, el gas u otros servicios.

La telecalefacción utiliza, por un lado, generadores compartidos, más eficientes que una caldera individual en cada casa y por otro, distribuye el calor mediante conductos de agua caliente que circulan por debajo del pavimento, explica a El Confidencial Ole Odgaard, asesor del Centro de Cooperación Internacional de la Agencia de Energía de Dinamarca. Cuando el agua pierde calor en el trayecto vuelve a la central y se recalienta, “por lo que no se desaprovecha nada”. El 64% de los hogares daneses utilizan este modelo, explica Odgaard, que especifica que Dinamarca lo puso en marcha en 1979, tras la crisis del petróleo de 1973. Una experiencia que, dice, “puede ser muy relevante para China.”

De momento, vuelve el frío y Johhny ya ha encendiendo el aparato de aire. Desde 2006, Juling vive en un apartamento más moderno, “en el que se puede graduar la calefacción con un interruptor en la pared”. Mientras tanto, millones de ciudadanos chinos sacan la ropa de abrigo, las bolsas de agua caliente y cubren las ventanas. La aplicación AirVisual indica que tanto Pekín –con calefacción— como Shanghái –sin ella— están especialmente contaminadas estos días, como una calidad del aire “peligrosa” (322) y “poco saludable para grupos sensibles” (132), respectivamente.

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