EL único PARTIDO ULTRA TIENE UN 0,5% DE VOTOS

El fin de la excepción ibérica: ¿es Portugal ya el único país inmune a la extrema derecha?

Gobernado por los socialistas gracias a un histórico pacto de izquierda, el país es uno de los últimos bastiones de Europa sin apenas implantación de los partidos de derecha radical. Pero puede no durar

Foto: Un hombre levanta el puño durante la celebración del 44º aniversario de la Revolución de los Claveles en Lisboa, el 25 de abril de 2018. (Reuters)
Un hombre levanta el puño durante la celebración del 44º aniversario de la Revolución de los Claveles en Lisboa, el 25 de abril de 2018. (Reuters)

Cuatro décadas de dictadura, una transición que sorprende al mundo y una Constitución inmediatamente posterior para reinventarse. No es España, sino Portugal, el vecino que llevó una vida paralela durante el siglo XX y que ahora mira asombrado la entrada de Vox en las instituciones vía elecciones andaluzas. La llegada de la ultraderecha ha obsesionado a los diarios de Lisboa, donde aún es impensable que algo así pueda suceder en el país de la Revolución de los Claveles.

Junto con irlandeses, luxemburgueses y malteses, que tampoco han incluido a la ultraderecha en su vida política, los lusos gozan de uno de los últimos reductos libres de extremismo de derechas, aunque con una importante particularidad sobre Dublín, Luxemburgo y La Valeta: Lisboa quiere ser el faro de Bruselas tras las decisivas elecciones europeas del próximo año.

El Gobierno portugués, compuesto por socialistas en minoría y surgido de un histórico pacto de izquierdas en 2015, cuando comunistas y marxistas decidieron convertirse en sus socios parlamentarios, está dispuesto a sumar otra legislatura y ser la barrera que defienda el proyecto europeo, un papel al que aspira gracias a su dominio de las cuentas, que gusta mucho en los centros de poder de la UE, y su aparente inmunidad a la ultraderecha, al menos de momento. ¿Cuál es la receta portuguesa para no dar espacio a los radicales?

Ni debate territorial ni inmigración

Ni se pone en duda la unidad del Estado ni se reciben más inmigrantes; de hecho, el número de llegadas baja desde la crisis económica de 2008. Es el primer comentario de los analistas consultados por El Confidencial, como Marina Costa Lobo, politóloga de la Universidad de Lisboa especializada en el sistema político luso. Si hay semejanzas entre España y Portugal, éstas son las diferencias que explican el surgimiento de Vox para la analista, pero también para Adolfo Mesquita Nunes, número dos del democristiano CDS-PP, el partido más a la derecha del Parlamento portugués. Su peso es bastante modesto (18 escaños del total de 230 de la cámara) pero es apoyo imprescindible del centroderecha que representa el PSD y, además, ha sido el único partido que ha presentado una moción de censura al Gobierno del socialista António Costa, lo que demuestra que en iniciativa ha sobrepasado al PSD, aunque desde el inicio la propuesta estuviera condenada al fracaso ante la mayoría de izquierda en el hemiciclo.

Mesquita Nunes ve la emergencia de Vox “como una doble reacción: de desilusión ante la vacilante estrategia de [Mariano] Rajoy frente al independentismo y de indignación ante la inusitada alianza de [Pedro] Sánchez con radicales para auparse al Gobierno”. Sobre esto último, agrega: “No es posible normalizar pro-etarras, ultraizquierda e independentistas, inclinándose hacia la izquierda, y después esperar que no haya una reacción de indignación a la derecha, que puede llegar a radicalización”.

La otra cuestión es la inmigración. La debacle económica mundial de 2008 fue especialmente crítica en Portugal, donde se pidió en 2011 el rescate a la troika; el país, empobrecido, era probablemente el último destino atractivo para la inmigración, obstaculizada además por su situación geográfica, en el extremo occidental de Europa. En cualquier caso, hay descontentos sociales, apunta Costa Lobo, “principalmente la insatisfacción con la clase política y la ‘performance’ del régimen, que en Portugal ha tenido algún resultado (poco) en un voto populista, más abstención y además un refuerzo de la extrema izquierda”.

Pedro Sánchez con el primer ministro socialista portugués António Costa, durante un encuentro anual de los socialistas europeos en Lisboa, el 8 de diciembre de 2018. (Reuters)
Pedro Sánchez con el primer ministro socialista portugués António Costa, durante un encuentro anual de los socialistas europeos en Lisboa, el 8 de diciembre de 2018. (Reuters)

Respuestas a los problemas sociales

En Portugal no escasean los problemas sociales. El desempleo se ha reducido desde el pico del 16,3 % alcanzado en 2013, y actualmente se sitúa en el 6,7 %, pero lo ha hecho apostando sobre todo por la expansión del turismo, con trabajos de baja cualificación y salario ínfimo. El salario mínimo luso se sitúa en los 580 euros, cifra que el Ejecutivo de Costa espera aumentar hasta los 600 para el fin de su legislatura, a finales de 2019. En paralelo, la burbuja inmobiliaria asfixia a las grandes urbes, Lisboa y Oporto. Da la sensación de que es un juego de malabares del que es imposible salir indemne: el aumento del turismo trajo más trabajo, pero también la expansión de Airbnb, que a su vez elevó los alquileres tradicionales no solo en el centro, sino también en la periferia, donde ya es prácticamente imposible encontrar viviendas de una habituación, alrededor de 40 metros cuadrados, por menos de 800 euros.

Los salarios apenas superan los 700 euros si son temporales, algo más de 830 si son indefinidos. Las cuentas no salen y las huelgas se suceden. Enfermeros, médicos, bomberos, policías, profesores, trabajadores ferroviarios y hasta guardias de prisiones realizan continuos paros que hacen que al menos haya una huelga por semana en el país. Y, sin embargo, no hay ultraderecha que atraiga el voto de los trabajadores descontentos que ven decrecer constantemente su capacidad adquisitiva, como sí ha ocurrido en otros países de Europa.

“La izquierda, tanto el Partido Socialista como el Partido Comunista Portugués, no ha perdido el control electoral de las áreas más desfavorecidas y con un perfil más próximo de los electores-tipo que en este momento, un poco por toda Europa, votan en los partidos de extrema derecha”, confirma Costa Lobo. En Portugal existe un partido de carácter “nacionalista”, el Partido Nacional Renovador (PNR) que se creó en el 2000 siguiendo la lógica de “Portugal primero” y con el lema “Trabajo y nación”; la propuesta obtuvo en las últimas elecciones legislativas el 0,5 % del total de votos, un peso marginal que la politóloga explica no solo por el dominio de la izquierda de las zonas desfavorecidas, sino porque la extrema derecha lusa “tiene una falta de credibilidad en términos de liderazgo”.

¿Cómo mantiene la izquierda el voto de las zonas pobres? A nivel nacional, los socialistas han elevado las pensiones mínimas, devuelto a los funcionarios parte de su poder adquisitivo y este año, los últimos antes de volver a las urnas, aplicarán rebajas en la electricidad, darán libros de texto gratuitos hasta los 18 años, pondrán un tope a las matrículas universitarias y harán modificaciones tributarias para conseguir un alivio fiscal. A nivel local, los comunistas no han dudado en apoyar reducir el IVA a las corridas de toros, un espectáculo muy popular en el interior del país, para contentar a sus vecinos. Son concesiones que consolidan su fuerza, nada despreciable: Costa Lobo subraya que el Partido Comunista Portugués es “uno de los mayores de Europa Occidental”. El PCP, sumado al marxista Bloco de Esquerda, equivalente en Portugal a Podemos y también considerado izquierda radical, suma el 20 % del total de votos, lo que demuestra que “la política portuguesa no es inmune a la extrema izquierda”, en palabras de la analista.

Adolfo Mesquita Nunes, en una foto de archivo. (EFE)
Adolfo Mesquita Nunes, en una foto de archivo. (EFE)

El papel de la derecha portuguesa

Luego está el papel de la derecha “convencional”. Con la consolidación de la democracia, éstos “fueron absorbiendo las expresiones de ultraderecha que aparecieron, sobre todo en los años ochenta”, apunta Costa Lobo, y ahora miran con recelo a los extremistas que surgen en el continente mientras afean que la izquierda los llamen radicales cuando, dice Mesquita Nunes, los ultras son otros.

“Hace unos días, un comunista me ha dicho, en televisión, que él, que no reconoce los millones de muertos de su régimen favorito, era el demócrata y yo, que nunca he apoyado a dictadura alguna, el facha”, critica el número dos del PSD-PP, que se pregunta “¿Cómo vas a convencer a la gente de la malignidad de los ultras cuando hasta la izquierda los busca si los necesita?”.

El político considera que actualmente “hay como una invitación a la polarización y radicalización” que califica de “círculo vicioso”. “Cada lado siente necesidad de radicalizarse, endurecer su discurso para combatir el otro. Eso pasa incluso en los partidos antes considerados como moderados”, que son ahora “los nuevos apátridas políticos, interpretados como blandos, colaboracionistas, solo porque no abandonan sus valores”. Para Mesquita Nunes, “el mayor reto de los partidos, de izquierdas y derechas, es luchar contra la polarización que todo lo radicaliza y todo lo transforma y simplifica en simples cuestiones de blanco o negro, terreno fértil para los populismos. Esta es la responsabilidad del momento y no podemos ceder un milímetro”.

Portugal es un reducto sin ultraderecha, pero desde luego esto puede acabarse, coinciden Costa Lobo y Mesquita Nunes. “La sociedad no es inmune a los mensajes xenófobos, varios estudios recientes lo han demostrado. No considero que Portugal sea de cualquier forma inmune al fenómeno de la extrema-derecha, simplemente aún no se han creado las condiciones adecuadas para que ocurra”, dice la politóloga, que recuerda que el “candidato más serio” para representar esa corriente es André Ventura, que acaba de crear el partido “Chega!” (¡Basta!) con una agenda marcada por el discurso anti-inmigración y en contra de los gitanos, y que concurre a elecciones.

“El fenómeno de polarización moral de la política se está extendiendo y ningún país es inmune. Lo que pasa es que hay países que, por algún contexto o acontecimiento, crean más fácilmente las condiciones para que alguien, o algún partido, surja investido de esa superioridad moral que siempre acompaña y precede los populistas y extremistas. Pero es solo una cuestión de oportunidad. Yo haré todo lo que esté en mi mano para que aquí no ocurra”, asegura por su parte Mesquita Nunes. Sea o no una mera cuestión de tiempo.

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