"da para ser amigos, pero no para casarnos"

El fin de la 'geringonça': los socialistas de Portugal buscan divorciarse de su 'Podemos'

La coalición de izquierda ha logrado excelentes resultados de gobierno. El primer ministro António Costa cree que ha llegado el momento de ir por libre antes que ceder carteras a sus socios

Foto: El primer ministro portugués, António Costa, habla durante el debate parlamentario sobre los presupuestos en Lisboa, el 29 de noviembre de 2018. (Reuters)
El primer ministro portugués, António Costa, habla durante el debate parlamentario sobre los presupuestos en Lisboa, el 29 de noviembre de 2018. (Reuters)

Si algo funciona, cámbialo. Es el resumen del estado de ánimo en el Parlamento de Portugal, donde este jueves se aprobaron los últimos Presupuestos de la legislatura del socialista António Costa y, con ello, daba comienzo el año electoral más extraño de la democracia portuguesa, ese en el que todo va bien, pero nadie está satisfecho. El primer ministro, que según las encuestas vencerá las elecciones, quiere ahora dejar de depender de sus socios de izquierda radical, con los que formó hace tres años la célebre ‘geringonça’ ('chapuza' en portugués) para atajar los recortes de la derecha.

Los aliados protestan: no quieren quedarse plantados tras tanto respaldo. Y así, pese a que los analistas insisten en que nadie es lo bastante fuerte para ser hegemónico, la izquierda se tensa y prepara para sacudir el tablero y medir sus fuerzas, envalentonadas por la ausencia de oposición conservadora, que únicamente espera una nueva crisis de popularidad de Costa para seducir a más portugueses insatisfechos. Estas son las claves de la pasivo-agresiva bronca política lusa.

"Da para ser amigos, pero no para casarnos", "Es mejor una buena amistad que una mala relación"… Las metáforas se suceden desde hace semanas en el discurso de Costa, que escenifica en cada oportunidad un "no eres tú, soy yo" político para eludir la posibilidad de que los marxistas del Bloco de Esquerda y el Partido Comunista Portugués formen parte de un futuro gobierno. Después de tres años de alianzas parlamentarias, ambas formaciones quieren dar un paso más en la relación y ocupar algunas carteras, aunque solo sea para endulzar las consecuencias negativas que le ha traído apoyar algunas medidas de los socialistas.

El Bloco, con el acceso a vivienda como principal asunto en la agenda, asiste incómodo a los discursos oficiales que niegan la burbuja inmobiliaria que asfixia a Lisboa y Oporto; los comunistas, tradicionalmente fuertes en los sindicatos, encajan con gran dificultad el férreo pulso entre gobierno y profesores, que piden que se compensen sus salarios por los casi diez años que estuvieron congelados con la crisis, en tanto que el gabinete solo quiere reintegrarles algo menos de tres años. Ambos, en fin, esperan la recompensa.

Pero Costa no lo ve así. Su opinión, trasladada por analistas cercanos a su círculo, es que la 'geringonça' ha sido beneficiosa para todos sus integrantes, ya que se han aprobado con su presión medidas que corresponden a su programa electoral, y no son necesarias por tanto ulteriores compensaciones. Fuera de corrillos con los suyos, el primer ministro está lanzando ya mensajes en público más beligerantes a sus aliados, el último de ellos este fin de semana, cuando dijo que los partidos que "no siendo de la oposición no están en el Gobierno, sienten la tentación de presentar propuestas para que sean vistas por el elector", sin que estas sean necesariamente positivas.

Catarina Martins, la líder del Bloco de Esquerda, durante el aniversario de la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 2017. (Reuters)
Catarina Martins, la líder del Bloco de Esquerda, durante el aniversario de la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 2017. (Reuters)

La derecha, hundida

A esto se suma una complicada tramitación de los presupuestos para 2019, en los que la 'geringonça' se ha resquebrajado en varias ocasiones frente a Costa, que no ha podido aprobar una rebaja impositiva para los combustibles por el voto en contra de marxistas y comunistas, o la pelea por reducir el IVA a las corridas de toros, que ha acabado por bajar, en contra de postura del Gobierno, gracias al voto a favor de comunistas. Estas cuentas han sido las últimas de la coalición, dicen algunos expertos, que auguran que en una eventual segunda legislatura António Costa no tendrá aliados fijos, sino que pactará medidas puntuales con cada partido, incluida la oposición conservadora.

En la orilla opuesta, la derecha lucha por frenar la grave crisis que arrastra desde que se formó el Gobierno de Costa. El PSD, de centroderecha, aún se recupera del golpe de haber ganado las elecciones en 2015 y haber tenido el Ejecutivo más breve de la democracia lusa, poco más de una veintena de días, antes de que los socialistas formasen una alternativa. El partido, que renovó su liderazgo en enero con la salida de Pedro Passos Coelho, el hombre que acometió los más duros recortes exigidos por la troika, no frena su descenso y está ya quince puntos por detrás del Partido Socialista.

A esta caída no contribuye solo su desconcierto por haber sido descabalgados en 2015, sino la ausencia de críticas por la sencilla razón de que encuentran poco que criticar: los buenos resultados macroeconómicos de Costa neutralizan la idea de que la izquierda no sabe gestionar la economía, y los recortes de guante blanco que acometen los socialistas —liderados por el ministro de Finanzas y presidente del Eurogrupo, Mário Centeno, que no transfiere todo lo presupuestado y con ello reduce el gasto— son siempre menores a los emprendidos por el PSD durante los años de la troika.

Desmoralizados ante la euforia de la 'geringonça', el PSD ha llegado a ser adelantado en iniciativa parlamentaria por la derecha algo más radical que representan los democristianos del CDS-PP, que en estos tres años han llegado a presentar una moción del censura al Gobierno por su nefasta gestión durante los incendios de junio y octubre de 2017, en los que murieron más de 110 personas.

Con las previsiones macro apuntando una subida del PIB de 2,2 % y un déficit del 0,2 % para 2019, a los conservadores del PSD y el CDS solo les vale una nueva crisis de popularidad del primer ministro para remontar en las encuestas. Queda un año y nadie descarta más problemas sociales en el país, pero los números actuales no invitan al optimismo de la derecha, cuya labor sigue siendo prácticamente invisible.

Turistas y residentes pasan por delante de una tienda en el centro de Lisboa. (Reuters)
Turistas y residentes pasan por delante de una tienda en el centro de Lisboa. (Reuters)

El carácter de Costa, su peor enemigo

Con la oposición ausente y los socios sin ninguna opción de gobernar, podría parecer que Costa tiene el camino libre para conseguir otra legislatura e incluso con mayoría absoluta. No es así. Su propio carácter se interpone en un camino políticamente brillante; no en vano, el primer ministro es considerado el gran estratega de la política portuguesa, sobre todo tras haber conseguido unir a la izquierda por primera vez en democracia, pero también una persona fría y con escasa empatía con los ciudadanos.

El mejor ejemplo fue la tragedia de los incendios de 2017, que evidenciaron un abandono de las zonas rurales y una descoordinación de las autoridades por las que todos señalaron al Ejecutivo. Costa, que solo dejó que dimitiera la ministra de Administración Interna (Interior), Constança Urbano de Sousa, después de la segunda oleada de fuegos en octubre, que agregó 45 muertos al desproporcionado balance de víctimas anuales, exhibió una actitud ante los medios que en ocasiones rozó lo chulesco y no pidió perdón hasta que el desastre había indignado a todo el país, si bien de una forma lacónica ("Si quiere oírme pedir disculpas, las pido", se limitó a decir tras varias peticiones en el Parlamento en octubre de 2017).

El episodio se recuerda en la prensa cada vez que se registra una nueva desgracia en Portugal, la última hace apenas diez días, cuando se hundió una carretera junto a una cantera en la localidad de Borba, cercana a la frontera con Extremadura, con un balance aún provisional de cuatro muertos y un desaparecido. Analistas de prestigio como Luís Marques Mendes, muy respetado en Portugal, le han reprochado no haber acudido al lugar.

"Parece que para él la política cuenta más que las personas", ha dicho Marques Mendes sobre la actitud de Costa, a quien afea haber hablado del asunto tres días después de la tragedia y haberlo hecho "de forma fría y calculadora". "António Costa debía tener una palabra de afecto, de humanidad, de solidaridad", agregó el comentarista, enunciando así críticas que se repiten con cada accidente. Y el número de tragedias que pueden ocurrir en Portugal en un año no es despreciable. Todo un campo de minas para el primer ministro, que en esta carrera electoral lucha contra sí mismo.

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