un ejercicio de fuerza por parte de moscú

Dudas internacionales y despliegue de misiles: la crisis del mar de Azov se acelera

Ni Rusia ni Ucrania parecen dispuestas a ceder en el conflicto. La respuesta de la Administración Trump ha sido tibia, y la UE no se pone de acuerdo sobre cómo actuar

Foto: Un miembro de la Guardia de Fronteras de Ucrania en la frontera con Rusia, en la región de Jarkov, el 28 de noviembre de 2018. (Reuters)
Un miembro de la Guardia de Fronteras de Ucrania en la frontera con Rusia, en la región de Jarkov, el 28 de noviembre de 2018. (Reuters)

Pese a lo afirmado inicalmente por el Kremlin, el presidente Donald Trump asegura que no mantendrá este sábado un encuentro directo con el ruso Vladímir Putin durante la cumbre del G-20 en Argentina, debido a la escalada de tensión entre Rusia y Ucrania tras el incidente naval del pasado fin de semana frente al estrecho de Kerch. "Dado que los buques y los marineros no han sido devueltos a Ucrania por Rusia, he decidido que lo mejor para todas las partes es que cancele la reunión prevista en Argentina con el presidente Vladímir Putin", escribió Trump en su cuenta de Twitter desde el avión presidencial en el que se dirige a Buenos Aires.

El presidente ucraniano Petró Poroshenko había expresado públicamente su esperanza de que Trump, en Argentina, le diga a Putin: "Sal de Ucrania", pero de acuerdo con el diario Kyiv Post, el mandatario estadounidense se ha negado a atender las llamadas de Poroshenko. Una calculada ambigüedad que indica que en todo caso, casi con certeza, la Administración Trump no baraja una condena firme a Rusia por lo sucedido.

La crisis se inició la pasada primavera, cuando guardacostas rusos empezaron a abordar e inspeccionar a los pesqueros ucranianos que faenan en el mar de Azov, y se aceleró a raíz de la construcción del puente sobre el estrecho de Kersch, para unir el territorio de Rusia con la península anexionada de Crimea. El domingo, una patrullera rusa embistió y abrió fuego contra varios barcos de la marina ucraniana, capturando a 24 de sus tripulantes, seis de ellos heridos en el ataque.

Las aguas, lejos de volver a su cauce, están cada vez más agitadas. Rusia ha activado un batallón adicional de misiles S-400 en Dzhankoi, en Crimea, a unos 30 kilómetros de la frontera ruso-ucraniana, que se suman a los tres ya operativos desplegados progresivamente desde enero de 2017. Por su parte, Poroshenko ha pedido a la OTAN que envíe barcos de guerra al mar de Azov en apoyo de su país, prácticamente impotente ante los movimientos rusos.

"Ya hemos visto este juego antes. Rusia quiere consolidar su anexión ilegal de Crimea y anexionarse el mar de Azov... y parece esperar que la comunidad internacional simplemente transija y acepte esta nueva realidad. No lo haremos", declaró Jonathan Allen, el embajador británico ante la ONU, en una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad el pasado lunes. Pero tres días después, lo cierto es que en el seno de la Unión Europea, de acuerdo con fuentes conocedoras de los debates, hay consenso a la hora de considerar a Rusia responsable del incidente y condenar está acción agresiva, pero no respecto a cómo responder. Ni siquiera hay un acuerdo firme sobre si se deben imponer nuevas sanciones, o qué alcance deberían tener estas.

Los barcos ucranianos incautados por Rusia en el puerto de Kerch, Crimea, el 28 de noviembre de 2018. (Reuters)
Los barcos ucranianos incautados por Rusia en el puerto de Kerch, Crimea, el 28 de noviembre de 2018. (Reuters)

Múltiples propósitos para el Kremlin

Las fuentes consultadas por El Confidencial consideran que para el Kremlin, el incidente cumple tres propósitos: forma parte de una 'guerra de asfixia' contra Ucrania, que ve cada vez más mermada su economía debido a la anexión de facto de amplias zonas de su territorio, al tiempo que sirve para apuntalar al régimen de Putin a nivel doméstico. Por último, ayuda a dividir a la Unión Europea, donde existen posturas divergentes respecto a la política que se debe seguir respecto a Rusia.

“En esta escalada, Rusia cuenta con una baza mucho más poderosa, puesto que no se ve constreñida por la legalidad internacional”, dice un experto. Algo que juega en contra de Ucrania, que ha respetado escrupulosamente todos los acuerdos entre las dos naciones: el de 1994, mediante el que entregó al Kremlin todo su armamento nuclear, o el de 1997, por el que retuvo apenas un 18% de su marina de guerra, cediendo el resto a Rusia. Un porcentaje que perdió, a su vez, con la invasión de Crimea, donde estaba anclada esta flota.

"Debemos usar los términos correctos: esto es una guerra en Europa. El pueblo ucraniano se ha visto envuelto en esta guerra desde 2014 y la península crimeana todavía está bajo ocupación", ha afirmado la presidenta de Estonia, Kersti Kaljulaid, en la que probablemente ha sido la respuesta más contundente por parte de un país de la UE. "Un reconocimiento tácito significa legitimar de facto la ocupación de Crimea. La guerra en Europa no debe ni podrá ser nunca aceptada como una situación normal", ha dicho, pidiendo la unidad europea en apoyo de Ucrania. "Rusia sigue convencida de forma errónea de que la reacción occidental no está unificada, porque en cuestiones energéticas hay una postura y en cuestiones de defensa otra", declaró hace dos días el ministro de Exteriores polaco, Bartosz Chichoki, cuyo Gobierno, junto al estonio lidera la corriente en favor de la imposición de sanciones más duras.

Ucrania tampoco puede contar demasiado con la OTAN, cuyo secretario general se ha limitado a asegurar que la acción rusa en el mar de Azov "no tiene justificación alguna" y a exigir la puesta en libertad de los marinos ucranianos retenidos. Al no formar parte de la Alianza Atlántica, Ucrania no está protegida por las garantías de seguridad, lo que dificulta una respuesta coordinada de apoyo. En la práctica, "los ucranianos están solos”, afirma el experto consultado.

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