UNA MANERA DE SENTIR ESTADOS UNIDOS

La América de Trump, la América del Trueno

Cuando Trump encendió el motor de su campaña, cuando prometió engrandecer América y liberar las energías de la economía, el Náscar ya estaba allí. Ambos fenómenos gravitaron el uno hacia el otro

Foto: Un aficionado, junto a uno de los coches de carreras en el Náscar. (Guillermo Cervera)
Un aficionado, junto a uno de los coches de carreras en el Náscar. (Guillermo Cervera)

“Conductores, enciendan sus motores”, y un rugido atronador inunda el circuito de carreras más grande de Arizona; 50.000 espectadores miran a sus héroes poner en marcha las bestias mecánicas. No queda un solo asiento libre en las gradas y hasta los cactus animan con los brazos en alto desde las colinas pedregosas. Los 43 vehículos dan un par de vueltas de cortesía, dibujando eses, para invocar luego toda la furia de sus 850 caballos. El suelo tiembla y el aire huele a carburante. Acaba de empezar la semifinal del Náscar, una manera de sentir Estados Unidos.

Soy un 'redneck' total. Cien por cien”, declara A. C. Curtis bajo un sombrero de vaquero. Con una mano fuma y con la otra sostiene una Coors Light. ¿Redneck? “Mira a tu alrededor”, insiste. “Todos somos familia”. Y podría ser literalmente cierto: casi todas las personas que deambulan por el circuito parecen hermanos, o tíos, o primos de Curtis. La misma piel castigada y los mismos vaqueros gastados. Los mismos brazos como bombonas de butano y las mismas prendas de camuflaje o con la bandera americana. El Náscar es un asunto de familia. “Mi tío era corredor semiprofesional. Yo solía ir con él a las carreras”, añade Curtis. Lo mismo dicen todos, lo mismo dice Leroy Kramer, y me enseña su álbum familiar del Náscar. “Este soy yo, este es mi hijo, este es mi nieto”. Cada foto está firmada por alguno de los pilotos que ahora mismo hienden el aire tórrido a más de 300 kilómetros por hora.

El paisaje entero ha sido llevado a su máxima expresión de color y energía, desde la carrocería despampanante hasta los monos de mecánico plagados de logotipos corporativos; desde las alitas de pollo chorreantes y los perritos cargados de chile hasta las melenas rubio platino de las forofas del motor. Es como si una gota de capitalismo hubiera caído en el desierto y luchara por imponerse. Incluso el cielo grita su color índigo. Pero esta tormenta de luz y sonido parece emanar de los corazones del público, de sus más íntimos anhelos.

Mlitares estadounidenses recorren el circuito con una bandera. (G. Cervera)
Mlitares estadounidenses recorren el circuito con una bandera. (G. Cervera)

“Hay dos cosas que no le puedes decir a un hombre: una, que no es el mejor amante, y dos, que no es el mejor conductor”, dice John Chuhran, editor del portal del motor 'Pit Notes' y experto en la historia del Náscar. “Todo el mundo cree que podría hacer esto si tuviera la oportunidad; que podría entrar en uno de esos coches e ir rápido. Es un rito de pasaje. En América, te sacas el carné de conducir a los 16 años. Es una oportunidad para expresar tu libertad. Y América es tan grande”. Según Chuhran, el público se proyecta a sí mismo en los pilotos de carreras, en su facultad de romper todos los límites de velocidad. “Cada persona mira a la libertad que estos tipos representan”.

Antes de empezar la carrera, los conductores han desfilado por la pista saludando al público desde la parte de atrás de una ranchera, de pie, con una gran bandera ondeando a su espalda, como si fueran pilotos de cuádrigas saludando al césar desde la arena. En las próximas horas, darán más de 300 vueltas subidos a estas balas de tonelada y media de peso donde la temperatura puede llegar a los 65 grados centígrados; quemarán el motor y varios pares de neumáticos y comerán tabletas de sal para evitar la deshidratación; aun así, perderán tres o cuatro kilos en una batalla donde el coche será una prolongación de sus personalidades, porque ahí está la clave: el público no sigue a un equipo o marca, sino a un piloto, a una forma de conducir.

“La personalidad [del piloto] te hace querer ser como esa persona”, confiesa un hincha, John Johnson, y apunta al señor de bigote retratado en su camiseta. Es Dale Earnhardt, alias 'el Intimidador', alias 'Darth Vader'. Se estrelló fatalmente en 2001. “Era rudo cuando tenía que serlo”, aclara Johnson. El hijo del piloto malogrado, Dale Earnhardt Jr., heredó su estilo de conducción agresivo. Igual que el papel de fan, el de conductor tiende a pasar de padres a hijos, creando dinastías como la de los Earnhardt, los Petty, los Wallace. Pequeñas heráldicas del motor.

Uno de los coches de la competición, en boxes. (G. Cervera)
Uno de los coches de la competición, en boxes. (G. Cervera)

El aparato materialista, la publicidad, el espectáculo, solo es la corteza de una antigua semilla; el caparazón opulento de una de las savias fundacionales de Estados Unidos: la épica del pionero solo ante el peligro. Muchos de quienes iniciaron el Náscar (siglas de Asociación Nacional de Carreras de Coches de Línea) fueron contrabandistas de alcohol de los Montes Apalaches; personas que vivían de espaldas al Estado y que se especializaron en huir de la policía para no pagar impuestos, durante la Ley Seca y después.

De manera similar a las planeadoras que dejan fardos de hachís en la costa de España, los contrabandistas americanos requerían coches ligeros y veloces, así que se agenciaban un poderoso motor de ambulancia, tensaban la suspensión para flotar como un águila sobre una racha de viento y salían disparados entre las colinas de Kentucky o Carolina del Norte. Conocían tan bien las rutas que podían conducir de noche con los faros apagados. A veces se cruzaban a rivales en la carretera, agarrados al volante de sus bestias. Hacer deporte es practicar la guerra y tuvieron que ceder al instinto.

“Aquí empezó todo”, dice John Chuhran. “Los mejores conductores de entonces empezaron a presumir entre ellos, así que decían: arreglémoslo el domingo. Empezaron a hacerlo, y empezó a aparecer gente, porque estas cosas son entretenidas. La gente pagaba dinero y los promotores ofrecían dinero”. El mecánico y empresario Bill France tuvo la visión de convertir las carreras en un negocio legal. El primer torneo oficial de Náscar se celebró en Daytona Beach, Florida, en 1948.

A pesar de que los coches de carreras ya no son “de línea”, ordinarios, sino profesionales, y del enorme volumen de negocio y reglas técnicas, hay un intento de preservar la autenticidad, la cercanía. Miles de seguidores deambulan por los garajes, entre los equipos, y hasta fuman junto a las botellas de combustible. Los pilotos son accesibles y el hormiguero de hinchas recorre la pista vacía mientras los niños cubren de garabatos la línea de meta.

Aficionados en la pista antes de la carrera. (G. Cervera)
Aficionados en la pista antes de la carrera. (G. Cervera)

Las carreras atrajeron a otro grupo de gente habituada al peligro. “Si miras el pasado del Náscar, verás que muchos de los hombres que lo iniciaron eran pilotos de combate o mecánicos que sirvieron en la Segunda Guerra Mundial”, explica Wally Rogers, jefe del equipo Chevrolet. “Cuando volvieron no tenían nada que hacer, y decidieron: hey, puedo maquear un coche y llevarlo a correr”. De ahí salieron figuras como el legendario mecánico Bud Moore, que el 6 de junio de 1944 fue de los primeros soldados americanos en alcanzar Utah Beach bajo una lluvia de fuego alemán. O Mike Nazaruk, un marine que se ganó el apodo de 'Iron Mike' por su aspecto y conducta de acero al volante.

“Los horrores de la guerra endurecieron a estos hombres”, añade John Chuhran, cuyo padre también se batió con los nazis en las playas de Normandía. “La adrenalina es una droga. Cuando la tienes, te motiva y entusiasma, y cuando no la tienes, la quieres de vuelta. Y esta era una manera para ellos de tenerla de vuelta”. Wally Rogers dice que la guerra estableció la esencia castrense del Náscar. “Siempre ha sido un deporte con valores tradicionales; honramos a nuestros veteranos, a la bandera. Esos valores tradicionales han sido instilados en todo el mundo”.

Los rituales patrióticos del Náscar son largos y elaborados, sobre todo este fin de semana del 11 de noviembre, en el que se celebra el Día del Veterano. La carrera ha sido precedida por una misa, un desfile de oficiales y una vuelta al circuito de veteranos heridos en combate, cubiertos de barras y estrellas, bañados en el aplauso del público. Una voz reverberante pidió a los espectadores que sirven o que hayan servido en el ejército que se pusieran en pie y al resto que se descubrieran ante ellos; miles de sombreros y gorras de visera han descendido solemnemente hacia miles de pechos. Luego el estadio entero se ha colocado la mano en el corazón para cantar el himno nacional junto a salvas de cañonazos y cuatro aviones, de guinda, cruzando el cielo.

El trueno de la carrera llena las gradas, y las colinas y el óvalo interior del circuito. Resulta imposible conversar y la mayoría de la gente, especialmente los niños, lleva gruesos auriculares de protección. Las bestias se adelantan unas a otras dominadas por una sed de sangre y cuando dos de ellas se rozan estalla un efecto 'pinball': los vehículos rebotan unos con otros, se van hacia los lados echando chispas y giran sobre su propio eje como figuritas de ballet. El motor de uno de los favoritos prende fuego, los extintores salen al rescate, los equipos de boxes trabajan rápido como un enjambre de avispas; racimos de piernas sobresalen por debajo de los coches despellejados.

Uno de los pilotos que compiten en el Náscar. (G. Cervera)
Uno de los pilotos que compiten en el Náscar. (G. Cervera)

Pero no todo el mundo está presente en el fragor de las pistas. “Hay un millón de banderas americanas ahí fuera”, dice Ralph Henderson, aficionado al Náscar y dueño de un periódico local del este de Arizona. Está describiendo la ciudad de caravanas que ha crecido entre el circuito y las montañas desérticas del horizonte. Ahora mismo, esa brillante extensión de metal blanco es una de las 10 ciudades más grandes del estado. “La mayoría de la gente está aquí por el 'camping'. Hacen hogueras, no duermen. Están ahí una semana”.

Esta ciudad de caravanas tiene su propia jerarquía. Los vehículos más cercanos al circuito disfrutan de suelo asfaltado y tienden a ser más espaciosos y a lucir más calaveras y truenos de fuego pintados en su carrocería. La barbacoa suelta espirales de humo, y Brian Caudill, un gigante rosado con barba de cantante de 'bluegrass', dice que esta es la quinta vez que aparca su caravana en el mismo sitio. “Para mí, esto es la mitad del deporte. Conoces a gente durante el fin de semana en la carrera y cuando la ves al año siguiente, ya son tus amigos. Compartes comida, lo compartes todo”. A medida que uno camina hacia las montañas, el asfalto desaparece y el tamaño de las caravanas disminuye, como también lo hace el de las pantallas de televisión y el de las neveras cargadas de cerveza. Muchos dueños de estos vehículos no han pagado la entrada y se limitan a ver la carrera en televisión o desde muy lejos, bajo el sol del desierto, en compañía de los cactus.

El mundo del Náscar no ha sido ajeno a la polarización política. “Verás mucha gente pro-América”, dice Ralph Henderson cuando le pregunto por los valores de este deporte. “Nadie hinca una rodilla en el Náscar. No está permitido”. Lo mismo dice A. C. Curtis entre calada y sorbo. “Es un deporte respetuoso. No ves a gente hincando la rodilla o levantando el puño”. Se refieren a las estrellas de fútbol americano que, siguiendo el ejemplo del 'quarterback' Colin Kaepernick, han hincado la rodilla mientras sonaba el himno nacional en protesta por los episodios de violencia policial contra los negros. Un gesto que fue entendido por la derecha como una falta de respeto hacia la bandera y contra el cual el presidente del país, Donald Trump, lideró una cruzada. Incluso llegó a pedir el boicot a los equipos que permitiesen ese gesto.

Cuando Donald Trump encendió el motor de su campaña presidencial en junio de 2015; cuando pisó el acelerador para arrollar a sus rivales y se puso a dar vueltas por la pista de la política sin apenas entrar en boxes; cuando prometió engrandecer América y vencer a sus enemigos y liberar las energías de la economía, cautivas de la mesura y la burocracia, el Náscar ya estaba allí. Pero ambos fenómenos, el de las carreras y el de Trump, gravitaron el uno hacia el otro como si fuera inevitable. El consejero delegado de Náscar, Brian France (nieto del fundador de la organización e hijo del anterior consejero delegado), fue de los primeros en apoyar al entonces precandidato. “Él gana con su familia”, declaró France en un acto junto a Trump. “Cualquiera de sus hijos, estaríais orgullosos de tenerlos como parte de vuestra familia. Así es como juzgo a un ganador, por cómo alguien maneja su familia y cría a su familia”.

Varios aficionados siguen la carrera desde las gradas. (G. Cervera)
Varios aficionados siguen la carrera desde las gradas. (G. Cervera)

La aficionada Sandi Robbins estaría de acuerdo. “Soy una seguidora de Trump y en el Náscar todo es americano. Y Trump está a favor de América. Por eso verás a muchos fans del Náscar a favor de América. Eso es el Náscar”. Su opinión se percibe en la mayoría de las conversaciones y en las encuestas que describen la afición del Náscar como la más pro-Trump del país. El perfil demográfico de los forofos también coincide con el de los electores del republicano: seis de cada 10 seguidores del Náscar son hombres y ocho de cada 10, blancos, sobre todo del sur y del medio oeste de Estados Unidos.

Sin embargo, el país se diversifica, y el Náscar quiere participar en esa diversidad. Celia Azalea, de origen mexicano, trabaja en la comunicación del campeonato; está en el Náscar gracias a un programa para atraer a jóvenes de minorías étnicas. “Me mandaron a formarme a Charlotte, en Carolina del Norte. Nos enseñaron lo que es el deporte y después nos fuimos a trabajar seis semanas con una beca. Luego nos mandaron a Daytona a ver la carrera que se celebra cada año en julio. Pagaron por todo”. En 2004, el Náscar inauguró el programa Drive for Diversity con el objetivo de colocar a mujeres y minorías detrás del volante. Pero John Chuhran considera difícil ajustar esta cultura: “Creo que este deporte, tradicionalmente, ha sido un deporte que se apega y ama los viejos valores. Es uno de los grandes desafíos del Náscar: necesita más seguidores, y muchos nuevos seguidores tienen valores progresistas”.

Cuando cae el sol, el cielo de Arizona desvela dos colores: una franja de arcilla luminiscente, que flota sobre las lejanas montañas negras, y una masa azul egeo que se va oscureciendo por arriba, con una media luna de papel colgando discreta. Los montones de fans se dirigen hacia los aparcamientos y la ciudad de las caravanas; el silencio se extiende y los equipos meten a sus bestias en los garajes como si fueran coches fúnebres. El reino del trueno es reemplazado por el reino del olor a caucho quemado.

Uno de los coches durante la competición. (G. Cervera)
Uno de los coches durante la competición. (G. Cervera)

En uno de los sillones del edificio de prensa hay un señor de cabello blanco. Su cara está roja de la emoción y sus ojos titilan húmedos como dos yemas de huevo. Es Jim Mueller, la voz reverberante que hace unos minutos llenaba el circuito. Le pregunto cuántos años lleva de locutor. “La primera carrera que narré fue en 1982. Irónicamente, esta es la última”. Mueller encadena recuerdos, taciturno, con las sombras del circuito de fondo. Dice adiós a un mundo en el que todavía palpitan viejas esencias, como la relación íntima del jinete y su montura. “Desgraciadamente, si lo piensas, no tenemos lo que solíamos tener: cuando la gente estaba deseando cumplir 16, comprarse un coche, sacarse el carné y conducir. A los chavales ya no les importa, porque hay conductores de Uber. Nadie aprende a trabajar en un coche, pero estos chicos sí”, dice orgulloso. “El piloto está solo. Es muy similar a un piloto de guerra. Tiene un equipo detrás que se asegura de que el avión esté seguro y preparado, pero una vez entra, y está ahí arriba, todo depende de él”.

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