de europeístas a "enfants terribles" de la ue

Tradición, cristianismo, nacionalismo y racismo: la Europa que nació hace cien años

Nacieron tras el terremoto que fue la Primera Guerra Mundial, vivieron el régimen soviético, soñaron con la UE y, hoy, la minan como defensores autoproclamados de las tradiciones

Foto: Manifestantes durante una marcha organizada por grupos de ultraderecha en Varsovia, Polonia. (Reuters)
Manifestantes durante una marcha organizada por grupos de ultraderecha en Varsovia, Polonia. (Reuters)

Si comparamos el mapa europeo actual con el de hace exactamente un siglo, se diría que en algún momento un terremoto dejó cuarteada la mitad oriental del continente, sembrándolo de cicatrices fronterizas. Ese terremoto fue la Primera Guerra Mundial, un acontecimiento con el que murieron (grandes imperios europeos) y nacieron (guerras globales) cosas que han cambiado el mundo para siempre y cuyos ecos aún resuenan.

En 1918 nacieron o renacieron cerca de una decena de estados en Europa, además de haber casos especiales como el de Finlandia o Georgia, que tuvieron una existencia efímera y desaparecieron muy pronto para volver a existir más tarde. Mientras la Europa occidental permanecía casi inalterada, la oriental se deshilachaba para dar territorio y bandera a naciones cuya importancia histórica era innegable y que por fin cristalizaban en forma de país independiente. Polonia, Hungría, Austria, Estonia, Letonia y Lituania, además “naciones de nacionalidades” como Checoslovaquia o Yugoslavia, configuraban un nuevo mapa para un nuevo mundo.

La evolución de cada uno de estos países ha sido muy diferente, y la tortuosa historia de nuestro continente les ha hecho fragmentarse de nuevo en algunos casos (Checoslovaquia, Yugoslavia). Con el paso del tiempo, la “nueva” Europa, la de la Unión Europea, abanderada por el eje París-Berlín, ha intentado cerrar heridas y construir un bloque común que selle las divisiones y se comprometa con un proyecto multinacional y progresista. Sin embargo, gran parte de los países que celebran estos días el centenario de su independencia defienden unos valores radicalmente opuestos: nacionalismo, catolicismo, revisionismo histórico. Son los autoproclamados “guardianes de la tradición europea”.

El kilómetro cero: Polonia

Polonia es, por su peso específico e importancia, el país más representativo de esta “Europa centrífuga”. El llamado “milagro económico polaco”, que ha demostrado no ser tal porque su duración denota algo más sólido que una tendencia temporal, ha convertido a este país en la sexta economía de la Unión Europea. A pesar de las muchas desigualdades sociales que empañan esta situación, la vida de un polaco en 2018 no tiene nada que ver con la de hace 30 años, cuando las naranjas españolas llegaban solo una vez al año al puerto de Gdansk y se exhibían en las mesas navideñas como un objeto exótico y lujoso.

La historia de Polonia en este último siglo es la historia de Europa. Desde el fin del Imperio Austro Húngaro hasta la Segunda Guerra Mundial y la barbarie nazi, el Comunismo, la transición a la democracia con Solidaridad y la caída del Telón de Acero, la entrada en la UE... Todo ha tenido su kilómetro cero en Polonia. Por eso, después de sufrir los zarandeos de la accidentada historia reciente, no era extraño que éste fuera el país más fervorosamente europeísta al incorporarse a la UE en 2004. Poco más de una década más tarde, el actual gobierno populista del PiS (Ley y Justicia en polaco) sigue evitando integrarse en el euro, desacata las peticiones de Bruselas para que detenga su discutible reforma judicial y flirtea con un eventual “Polexit” al mismo tiempo que es el mayor beneficiario de fondos de ayuda de toda la Unión.

Unos miran al futuro tras aprender del pasado, y otros que se enrocan en un pasado recreado e idealizado porque no se fían del futuro que se les ofrece

La celebración de los 100 años de la renacida República Polaca ha adquirido unos tintes más políticos que históricos y el aniversario se plantea como un escaparate de logros del gobierno y como una exhaltación nacionalista en vez de patriótica en donde las figuras no afines al régimen, como los expresidentes Lech Walesa o Kwiasniewski han sido marginados. La actual polarización de la sociedad polaca está lejos de la imagen unitaria y sin fisuras que intenta proyectar el gobierno, y aunque la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país se congratulan de los progresos de su país en las últimas décadas, muchos sienten que el camino emprendido por sus gobernantes les aleja cada vez más de Europa.

En Varsovia, el año pasado pudieron verse pancartas de estética fascista que reclamaban una “Europa blanca” y una televisión privada denunciaba la celebración del cumpleaños de Hitler por parte de un grupo de ultras, con cruces gamadas en llamas y saludos al estilo nazi, donde participaba un asistente personal del parlamentario Robert Winnicki. Poco después de emitirse las imágenes, esa cadena de televisión fue sancionada con 330.000 euros por el gobierno por “promover comportamientos violentos e ilegales” al emitir imágenes de protestas frente al Parlamento. Para evitar un bochorno parecido, la alcaldesa de la capital polaca prohibió hace unos días la marcha nacionalista planeada por estos grupos, pero la prohibición ha sido denegada por una sentencia judicial y se teme que vuelvan a reproducirse el caos y las provocaciones.

Orban, el "enfant terrible" de Europa

Hungría y su “iliberalismo”, que es como el líder del partido Fidesz, Viktor Orbán ha bautizado a su ideología populista de tintes autoritarios, es otra de los “enfants terribles” de Europa. Orbán ha dicho claramente que Bruselas es “el enemigo que quiere acabar con la homogeneidad étnica y el cristianismo, única esperanza para Europa”. Si el primer ministro polaco ha mostrado su voluntad de “re-cristianizar Europa”, Orbán se muestra orgulloso de que no haya ni una sola mezquita en suelo húngaro. Su política consiste en una proyección de su personalidad: autoritarismo, descalificaciones personales de cualquier voz disidente, homofobia, aversión contra los mendigos y obsesión por el fútbol.

Anécdotas aparte, Orbán ha conseguido mantenerse en el poder durante doce años (en dos períodos) manteniendo una postura de victimismo frente a la Unión Europea (“insultan a Hungría”) y de triunfalismo dentro de sus fronteras, con construcciones faraónicas de instalaciones deportivas injustificables costeadas gracias a los fondos de sus enemigos europeos.

Visegrado, el frente común

Estos dos países, junto a la República Checa y Eslovaquia, forman el “Grupo de Visegrado”, que se presenta como un frente común de tendencia euroescéptica y que se ha convertido en un contra poder antagonista de la Europa unionista. Sus reuniones, la última de ellas en la ciudad balneario polaca de Krynicza, son una declaración de independencia frente a Bruselas y un aviso de que no solo están unidos, sino que además no son los únicos, ya que países como Bulgaria o Eslovenia se están acercando a su estela. Incluso Letonia y Lituania, que también celebran el centenario de su independencia, han visto cómo crece el apoyo a las formaciones populistas y ultra nacionalistas (con un 14% y un 8% de los votos respectivamente).

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En la República Checa, Andrej Babis, que gusta de ser llamado “el Trump europeo”, gobierna con el apoyo de los comunistas y decía en julio, dirigiéndose al Parlamento tras ganar las elecciones: "Nuestra prioridad es la migración. No queremos cuotas, no queremos redistribución obligatoria de inmigrantes, queremos cooperación con el V4 (grupo de Visegrado)". Este multimillonario que promete gestionar el país como si fuese una empresa perdió su inmunidad parlamentaria cuando era ministro de economía y construyó el peculiar centro de conferencias “Nido de Cigüeñas” con fondos de la Unión, que pertenece a sus hijos y al hermano de su pareja. Al igual que en otros países, la base electoral que ha aupado a Babis apenas se ve afectada por escándalos o declaraciones chocantes, antes bien, parece encontrar en la provocación una de sus principales armas.

Por su parte, el ex premier eslovaco Robert Fico se define como un “populista de izquierdas”. En declaraciones a la Agecia Eslovaca de Noticias TASR, dejó claro que en su opinión “no hay sitio para el Islam en Eslovaquia, lo siento”. Tras el escándalo desatado por el asesinato del periodista Ján Kuciak a principios de este año, Fico se vio obligado a dimitir en favor de Peter Pellegrini, su delfín.

Pretendidos guardianes de la tradición europea

La nota común entre todos estos países es su pretendida defensa de los valores tradicionales europeos, entendidos como un ensalzamiento de las identidades nacionales por encima de todo, encontrando un enemigo común en los inmigrantes, con especial inquina por los islámicos, y practicando un abierto populismo que se adapta a las demandas de las masas más descontentas con y que se consideran agraviadas por el sistema.

Parafraseando a Winston Churchill, se puede decir que desde el Báltico al Adriático ha caído sobre Europa un telón, o al menos se ha abierto una grieta, que pone de relieve las diferencias entre dos maneras de entender Europa. Unos miran al futuro tras aprender del pasado, y otros que se enrocan en un pasado recreado e idealizado porque no se fían del futuro que se les ofrece. Solo las urnas y el tiempo dirán si los últimos cien años han servido para unir a Europa a pesar de sus diferencias o para separarla más a pesar de lo que la une.

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