el confidencial acude a su encuentro

"Trump no nos va a dejar entrar por las buenas": habla la caravana de Centroamérica

Los más de 7.000 emigrantes en marcha hacia EEUU han pasado una semana descansando en Ciudad de México y decidiendo si piden asilo allí o tratan de cruzar la hostil frontera de EEUU

Foto: Miembros de la caravana descansan en un polideportivo en Ciudad de México. (A. Espallargas)
Miembros de la caravana descansan en un polideportivo en Ciudad de México. (A. Espallargas)

La vida de Jeison (23 años) cambió radicalmente hace menos de un mes. Agazapado tras la ventana de su cuarto, el joven presenció como un grupo de pandilleros asesinaba a varias personas a plena luz del día en la puerta de su casa. Automáticamente, Jeison se convirtió en testigo de la “masacre” -como él define aquél crimen- y fue consciente de que tenía que escapar de Honduras cuanto antes. “Salí porque huyo de las maras, tenía que salvarme”, comenta Jeison, quien rechaza ser fotografiado y emplea un nombre falso por miedo a ser reconocido.

Escondido en casa de unos familiares durante algunas semanas, encendió la televisión y vio que una enorme caravana de 2.000 hondureños se encontraba en Guatemala rumbo a Estados Unidos. Donald Trump, furioso, acababa de publicar unos tuits amenazando con retirar parte de las ayudas a Honduras si el grupo no era detenido. Inmediatamente, las palabras del presidente estadounidense transformaron la entonces desconocida caravana en la gran noticia mundial. Era 16 de octubre y la masa de personas estaba a menos de 250 kilómetros del escondite de Jeison. “No lo dudé. Vi la caravana como una oportunidad para escapar y acá estoy”, sonríe cubierto con varias mantas desde Ciudad de México.

Y es que tras recorrer casi 2.000 kilómetros en menos de un mes -salieron el 12 de octubre- la primera de las cuatro caravanas de centroamericanos que recorre México con destino a EEUU han recuperado fuerzas en la capital azteca. Han sido largas jornadas viajando subidos en ‘tráilers’, o caminando más de diez horas al día en el asfixiante calor del sur de México para terminar descansando a la intemperie y alimentándose de la caridad. “Está muy duro y llegar a Estados Unidos va a ser imposible, si puedo me regreso”, confiesa un hondureño.

Pero gracias a su impresionante media de 90 km diarios, los cerca de 5.000 centroamericanos que forman el contingente han podido descansar durante una semana en Ciudad de México, donde las autoridades locales convirtieron una zona de macrofestivales en una especie de ‘campo de refugiados temporal’ donde recibieron ropa y alimentos, además de dormir sobre miles de colchonetas cubiertas por enormes carpas. Sin embargo, una misma duda invade a cada uno de los migrantes: ¿Qué hacer? ¿Quedarse en México o seguir a Estados Unidos?

Un integrante de la caravana estudia un mapa de México para tratar de decidir la ruta. (A. Espallargas)
Un integrante de la caravana estudia un mapa de México para tratar de decidir la ruta. (A. Espallargas)

La gran decisión

“Quiero ir a Estados Unidos porque he oído que se ganan hasta 50 dólares la hora”, dice Roberto, un inmigrante guatemalteco, “aunque estaría dispuesto a quedarme en México dependiendo de qué condiciones ofrezcan”, continúa. Esa misma cuestión asalta a los más de 7.000 centroamericanos que avanzan hacia el norte dentro de las cuatro caravanas desde que México les ofreció asilo temporal. Conseguir el estatus de refugiado es más sencillo en México que en Estados Unidos, sin embargo, los sueldos son significativamente menores en el país azteca.

Mientras que el salario mínimo en algunos estados de la primera potencia ronda los 10 dólares la hora, en México apenas alcanza los 5 dólares al día, razón que desmotiva a muchos migrantes a pedir refugio. “Queremos el sueño americano, poder trabajar y seguir adelante con nuestra familia”, dice María, hondureña que viaja con su Marido y sus dos hijos a Los Ángeles, donde tiene un primo. “Con lo que pagan en México no alcanzaríamos a ahorrar y mandarles a mis padres”, añade.

Otros, en cambio, sí que están interesados en quedarse y tratar de salir adelante en México. “Dicen que en Tijuana y Monterrey [norte] la economía está bien, me gustaría quedarme a ver qué”, comenta Bayron, de 25 años, quien ve muy difícil poder atravesar la extremadamente vigilada frontera con Estados Unidos. “Ese Trump no nos va a dejar entrar por la buenas, acá está más fácil”, dice Bayron, también hondureño y que huye de su país después de que las maras asesinaran a un primo suyo.

El gobierno mexicano asegura que más de 3.000 centroamericanos han solicitado ya refugio, un estatus que de ser obtenido inhabilita a poder pedirlo también en otro país. Es decir, si un inmigrante recibe la condición de refugiado en México, no podría solicitarlo en Estados Unidos, factor que desmotiva sobre todo a familias o madres solteras que tienen más probabilidades de conseguirlo en la primera potencia. Mientras terminan de tomar la decisión, la caravana retomó el viernes el camino hacia el norte con destino Tijuana. Aún faltan 3.000 kilómetros hasta la tierra prometida.

Un integrante de la caravana descansa sobre la hierba. (A. Espallargas)
Un integrante de la caravana descansa sobre la hierba. (A. Espallargas)

Un fenómeno que ha llegado para quedarse

La caravana tenía apenas 2.000 personas antes de que Trump tuiteara por primera vez. Después de sus ataques en 280 caracteres, el fenómeno creció hasta las más de 7.000 personas que se dividen en cuatro grupos. A golpe de tuit, ha viralizado esta efectiva forma de cruzar México con menos posibilidades de ser víctima de la criminalidad o presa fácil de los agentes migratorios. Son cerca de 500.000 centroamericanos los que anualmente salen del Triángulo Norte de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala), y dos de cada tres aseguran ser víctimas de la violencia durante su paso por México, de acuerdo con un informe de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Al viajar dentro de un grupo tan numeroso, familias con niños pequeños o madres solteras han visto en las caravanas un sistema para sortear los peligros de la ruta. Tanto es así, que en la primera caravana hay 1.728 menores de edad, esto significa que uno de cada cuatro son niños. Es más, hay 31 adolescentes que viajan solos y hasta 184 personas con algún tipo de discapacidad, además de 3.088 adultos, según cifras de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. Es un éxodo de la violencia y de la pobreza.

Siete de cada diez centroamericanos que emigran del Triángulo norte, según MSF, lo hacen principalmente por la violencia. Dentro de las caravana, todos citan la inseguridad en sus países para escaparse en busca de un futuro mejor, como Roberto, quien tenía un cibercafé pero un día le robaron todos los ordenadores a pesar de pagar el “impuesto de guerra”. “Al inicio eran 100 quetzales [1,2 dólares] y acabaron siendo 1000 quetzales [128,1 dólares]. Y a pesar de eso me robaron todo”, explica indignado. “Me quedé sin negocio y mi familia tiene que comer, así que me uní a la caravana”, prosigue.

La caravana, hasta el momento, ha avanzado de forma imparable hasta Ciudad de México. A pesar de que el ojo de Trump se posa sobre el grupo, los migrantes han logrado pasar dos fronteras (Honduras-Guatemala y Guatemala-México) y han sido recibidos por una ola de solidaridad en la capital mexicana. Jeison, por ello, se muestra confiado en poder llegar a Estados Unidos siempre y cuando el grupo siga unido. “Tenemos que seguir juntos para cruzar la frontera”, dice, “si estamos unidos hemos demostrado que nada nos detiene”, concluye.

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