"Será una limpieza nunca vista en brasil"

"O los de izquierdas se van del país o irán a prisión": el éxodo que alienta Bolsonaro

Miles de brasileños ya se planteaban antes dejar su país en busca de mejores oportunidades. La victoria del ultraderechista ha terminado de convencerles de que es lo mejor para ellos

Foto: Partidarios de Bolsonaro celebran su victoria en Río de Janeiro, el 28 de octubre de 2018. (Reuters)
Partidarios de Bolsonaro celebran su victoria en Río de Janeiro, el 28 de octubre de 2018. (Reuters)

Este fin de semana, el candidato ultra Jair Bolsonaro ganó las elecciones de Brasil con un 55,13% de respaldo. “No podemos continuar flirteando con el socialismo, con el comunismo y con el extremismo de izquierdas”, afirmó el domingo por la noche el futuro presidente de Brasil en su primer discurso tras los resultados. Mientras tanto, sus electores congregados frente a su residencia gritaban “Mito”, el apodo que le dan los seguidores, con sus esperanzas de cambio para un país que a partir del 1 de enero estará gobernado por la extrema derecha.

A los opositores, Bolsonaro les recomendó el exilio o la prisión. “Esos marginales de izquierdas serán expulsados de nuestra patria. Esta patria es nuestra, no de esa pandilla de la bandera roja y cabeza lavada”, declaró hace poco más de una semana este político. “Será una limpieza nunca vista en la historia de Brasil”, añadió.

Para Matías Ferreira —nombre ficticio, porque el entrevistado pidió anonimato por miedo a las represalias—, su principal proyecto de vida ahora es la migración. “Salir de Brasil es mi única opción ahora para sobrevivir”, afirma este investigador de filosofía que desde que vio el ascenso de la extrema derecha en la primera vuelta de las elecciones decidió poner la quinta marcha para terminar cuanto antes su doctorado y abandonar el país. “Bolsonaro va a acabar con la investigación universitaria, no me veo futuro en este país, donde además él ya está estimulando una persecución política a la oposición”, explica Ferreira, que desde hace unas semanas está buscando una opción de posdoctorado para poder mudarse el año que viene a Reino Unido o Canadá, y afirma que muchos de sus compañeros también consideran migrar una opción probable.

Este futuro doctor en filosofía política considera que internet ha abierto un espacio de discurso político todavía inmaduro donde nacen nuevas técnicas de manipulación a través de WhatsApp y con influencias de empresas extranjeras como Cambridge Analytica. En su análisis sobre el futuro político de Brasil, considera que la extrema derecha puede provocar un aumento de la violencia urbana, un recorte de gastos públicos y una destrucción de los mecanismos de distribución de renta. “Dentro de mi grupo de investigación en política, filosofía y economía, las previsiones son de un posible aumento de las desigualdades y un colapso económico, porque el PSL quiere aplicar un proyecto neoliberal y sin consistencia en sus propuestas de gobierno”, explica Ferreira.

Partidarios de Fernando Haddad, apesadumbrados tras conocerse los resultados de las elecciones, en Río de Janeiro, el 28 de octubre de 2018. (Reuters)
Partidarios de Fernando Haddad, apesadumbrados tras conocerse los resultados de las elecciones, en Río de Janeiro, el 28 de octubre de 2018. (Reuters)

“Crónica de una muerte anunciada”

No hacía falta que Bolsonaro hablase de exilio para que muchas personas comenzasen a pensar en la vía migratoria como una apuesta de futuro. Julián Sánchez y Cecilia Porto, una pareja argentino-brasileña que vive en una pequeña ciudad del interior de Minas Gerais, ya están decidiendo qué ciudad podría acogerles. Para ellos, la victoria de la extrema derecha representa “el fin de un proceso de descalificación de la cultura y del conocimiento, así como el triunfo absoluto de las leyes de mercado”. A pesar de que ambos poseen trabajos estables —Sánchez como investigador en arqueología y Porto como profesora de historia— y gestionan un pequeño bar que, tras muchos esfuerzos, comienza a dar sus frutos, no les importa migrar y trabajar en cualquier otro sector.

“Buscamos un país democrático que tenga un Estado de bienestar preservado y que nos permita crecer como seres humanos”, explica Sanchez, que hace ocho años salió de Argentina en busca de un futuro más estable en el país vecino, donde encontró a su actual compañera. Ahora, para él, una nueva migración puede ser inminente, pero explica estar menos angustiado que hace unas semanas, cuando comenzó a asumir el ascenso de Bolsonaro. “Esto era la crónica de una muerte anunciada”, afirma.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil estimó en 2016 que hay entre dos y tres millones de brasileños residiendo en el extranjero, con Estados Unidos como primer destino seguido de Japón, Portugal, Italia y España. La crisis económica de Brasil, junto con los altos índices de violencia, es el principal argumento de quienes deciden irse a otro país. Al 62% de los jóvenes entre 16 y 24 años le gustaría migrar, de acuerdo con una investigación Datafolha publicada en junio de este año.

Muchas brasileñas y brasileños viven esta creciente tendencia migratoria ya desde el otro lado del océano. Raquel Santos se mudó hace un año a Barcelona porque no encontraba trabajo en Brasil. “Muchos brasileños se van con el sueño de un día volver, pero ahora más que nunca, yo no me planteo regresar a mi país”, afirma esta diseñadora de interiores que dice estar feliz en esta ciudad donde trabaja como camarera y se siente bien porque hay seguridad y el transporte funciona. “Antes podía perder hasta siete horas diarias en un autobús para ir y volver del trabajo, hoy eso me parece inviable”. Santos pasó unos días en Río de Janeiro durante el periodo electoral. “Vi mucha angustia pero percibo que el pueblo brasileño es resiliente”, explica esta joven carioca. Su opinión sobre el actual contexto en Brasil es “una mezcla de samba en los pies por la noche y corazón en un puño por la mañana”.

La población brasileña lleva décadas migrando, por lazos de parentesco con sus ascendientes europeos, por motivos económicos o por el simple deseo de cambiar de país. El Gobierno brasileño estima que su población migrante en Estados Unidos en más de un millón, un tercio instalado en Florida. En Portugal se estima que hay casi unos 200.000, lo que representa un 25% de la población extranjera en el país. No obstante, los flujos migratorios más recientes parecen estar aumentando en el país lusófono, donde la llegada de jóvenes de clase media que salieron porque no tenían trabajo en Brasil es cada vez más común, así como las élites económicas brasileñas que están saliendo para invertir. A diferencia de la migración de los años noventa, donde muchas personas salían como turistas y acababan quedándose en el extranjero sin permisos de residencia, muchos de los actuales migrantes brasileños optan ahora por salir con visado de estudios, por recurrir a sus ancestros para solicitar una ciudadanía europea o por solicitar un visado para inversores.

Un niño con la camiseta de Neymar en el aeropuerto internacional de Guarulhos en Sao Paulo, en junio de 2018. (Reuters)
Un niño con la camiseta de Neymar en el aeropuerto internacional de Guarulhos en Sao Paulo, en junio de 2018. (Reuters)

No solo los opositores a Bolsonaro

“El perfil del migrante brasileño ha cambiado mucho”, explica Douglas Camatta, hijo de brasileños nacido en Italia, politólogo, traductor jurado y consultor sobre procesos de ciudadanía. Camatta lleva años asesorando a personas que quieren migrar y, según su experiencia, en los años de gobierno del Partido de los Trabajadores la salida de personas fue más tímida, pero tras el 'impeachment' de la antigua presidenta Dilma Rousseff, este politólogo comenzó a recibir innumerables solicitudes de asistencia porque la crisis ya estaba mostrando su peor cara. “Creo que la oposición política que ya está fuera del país no va a volver y la que aún no ha salido tal vez quiera quedarse para construir una resistencia”, explica.

Este politólogo italo-brasileño explica que sus principales clientes son las clases más altas, que están dispuestas a pagar entre 30 y 40.000 reales (entre 7.000 y 9.500 euros) para obtener la ciudadanía europea en tan solo 45 días. Muchos de sus clientes le están pidiendo mayor celeridad en el procedimiento. “Por absurdo que parezca, los electores de Bolsonaro también están deseando salir de Brasil”. Camatta explica que muchas de estas personas, aún con una buena solvencia económica, no tienen esperanzas en el futuro del país y solo mantienen sus inversiones en Brasil por el menor coste de la mano de obra. “Brasil es un país maravilloso para quien tiene dinero”, declara este politólogo.

Según la experiencia de Camatta, los que pueden permitírselo prefieren vivir fuera del país. “Alegan que les preocupa la violencia pero no les interesa la estabilidad política de Brasil, lo que les molesta es aceptar la disminución de la desigualdad, no quieren compartir cosas con los pobres o los negros, ellos ven una favela y piensan que es algo inmundo”, afirma Camatta.

Italia es uno de los países más permisivos para estos procedimientos, ya que “tiene un principio de vínculo de los italianos migrantes con la madre patria”, detalla. Esta nación no estipula un límite de grado de parentesco y reconoce la ciudadanía de cualquiera que tenga un familiar italiano siempre que el grado de parentesco no haya sido interrumpido, incluso con tatarabuelos y precedentes. “Se estima que el 20% de los brasileños podría tener derecho a pedir la ciudadanía porque la migración de italianos en Brasil fue muy numerosa. Por suerte no todos lo saben, si no tendríamos una lluvia enorme de solicitudes”, añade.

Otros brasileños prefieren optar por la Autorización de Residencia para Inversiones (ARI) que creó Portugal en 2012 y que concede la residencia —y tras cinco años la ciudadanía portuguesa— para los inversores extranjeros y para su familia. Se puede obtener esta 'golden Visa' comprando inmuebles, abriendo una empresa, financiando investigación científica, preservación del patrimonio cultural o producción artística, con desembolsos mínimos que van desde los 250.000 euros hasta los 500.000 euros, dependiendo del tipo de inversión. Un total de 4.500 inversores ya se han beneficiado del programa ARI, la gran mayoría de ellos chinos, con los brasileños como segundo mayor grupo de demanda.

Un cartel turístico de Brasil en Lisboa. (Reuters)
Un cartel turístico de Brasil en Lisboa. (Reuters)

"Lo arriesgué todo porque siempre creí poder volver"

“Yo lo arriesgué todo porque siempre tuve la seguridad de poder volver a la casa de mis padres en Brasil”, explica Andre Rabanea, un publicista que se instaló en Lisboa en 2002 como hijo de portuguesa cuando aún no existía la opción actual. “Llegué a participar en 11 empresas con 250 trabajadores, hoy tenemos solo cuatro con 65 personas”, cuenta Rabanea, que dirige un grupo de empresas de 'marketing de guerrilla' —para conseguir influencia publicitaria con pocos recursos— que se vio fuertemente afectado por la crisis económica portuguesa que comenzó en 2008. Por ese motivo decidió intentar abrir mercado en Brasil, mantenía un apartamento en cada país y viajaba entre São Paulo y Lisboa todos los meses.

En 2017 volvió definitivamente a Lisboa. “No conseguí psicológicamente continuar vinculado a Brasil, ya no entiendo el país, es un estilo de vida y una política que no es para mí”, cuenta este joven empresario que declara nunca haber votado en su vida. “Nunca hubo un político en quien confiase, si lo hubiese me implicaría, le haría inclusive una campaña política gratis”, cuenta Rabanea, que es consciente de que muchos de sus amigos no emigran porque temen ganar menos que en Brasil. “No conozco ningún brasileño que hable bien de Brasil, pero les digo que aunque Portugal no sea el mejor lugar para hacerse rico, aquí pueden vivir bien con un salario normal”.

Flávia Farias, ingeniera civil seguidora de Bolsonaro, engrosa la lista de los brasileños que siempre soñaron con vivir fuera y ya está preparando su ciudadanía portuguesa. “Un abogado me está ayudando pero se está demorando porque actualmente hay una demanda muy alta”, explica. Para ella, los gobiernos del Partido de los Trabajadores fueron fallidos, y aunque tuvieron buenas propuestas, “nos vendieron ilusiones, todo era superficial y las empresas no están siendo estimuladas a invertir en Brasil”.

A Farias le gustaría irse a Londres o a París, donde su novio ha encontrado trabajo, pero no quiere salir a la aventura. “Estoy buscando un máster en dirección de empresas para estudiar, o un empleo que ya pueda firmar desde aquí, quiero irme con alguna seguridad”, explica esta ingeniera. “Si pudiese viajaría y viviría un tiempo en cada lugar, para conocer la cultura y la metodología de trabajo de fuera, porque creo que fuera hay más seriedad, aquí yo trato con personas poco fiables, siempre está la sospecha de corrupción”, opina Farias, que no ve viable construir una familia en Brasil porque no se sentiría tranquila de que un hijo suyo caminase por la calle ni considera que pueda tener acceso a una buena educación en Brasil.

Farias confía en que el nuevo Gobierno pueda aplicar el liberalismo económico que promete para mejorar el país, pero reconoce que no pudo revisar con detalle las propuestas del PSL y votó a Bolsonaro por falta de alternativas. “Bolsonaro es una incógnita, no lo conozco y no puedo poner la mano en el fuego, pero si cumple sus promesas de educación y seguridad, la tendencia irá a mejor”, declara. Ella cree que aunque este político quisiese construir un Gobierno autoritario no lo conseguiría, ella confía en que se mantenga el sistema democrático, y si lo hiciese, “yo lo criticaría, me posicionaría contra él, se le podría someter a un 'impeachment' como se hizo con Dilma Rousseff y si yo tuviese que ir a una manifestación, iría”. A pesar de estar satisfecha con la victoria de Bolsonaro, Farias está estudiando francés y esperando su pasaporte portugués porque en un año, si las cosas no empeoran antes, espera estar viviendo en Europa.

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