una conversación con biagio versace

Un encuentro fortuito en Calabria: de tú a tú con la mafia de la Ndrangheta

Durante un evento antimafia, El Confidencial se topó por pura casualidad con un miembro importante del clan Versace-Longo y pudo entrevistarle. Esto es lo que nos contó

Foto: Los dos reporteros que condujeron la entrevista, filmados a distancia
Los dos reporteros que condujeron la entrevista, filmados a distancia

Nos han dejado solos por el atrevimiento de querer entrevistarlo, y lo primero que le preguntamos es qué es la Ndrangheta, esa mafia calabresa desconocida de la que todos hablan pero pocos han visto de cerca. Una mafia que mueve millones de euros en los cinco rincones del mundo pero que, aquí, en Calabria, nació y dicta su brutal ley. Él mira como se mira a forasteros que mucho creen saber y poco entienden, con el rostro impasible, de retablo, y luego, con ese aire de falsa víctima que a cualquiera doblegaría, contesta con una sucesión de frases crípticas y exculpatorias, en una conversación de más de veinte minutos en la que solo mencionará una única vez la palabra Ndrangheta.

Son las once de la mañana de un día de octubre y nos encontramos en Polistena, un pueblecito remoto de la punta de la bota de Italia que hoy tiene 10.000 habitantes. Es una jornada de fiesta para el colectivo antimafia. La Fundación ‘Con il Sud’, que financia proyectos de beneficencia e inclusión social en Calabria, ha organizado una conferencia en el centro polifuncional “Pino Puglisi”, un inmueble de cinco pisos expropiado en 2008 por el Estado italiano al clan mafioso de los Versace-Longo. A la cita, participan activistas de distintas ONG, curas antimafia, empresarios de comercio responsable, e incluso el procurador que probablemente más sabe de la mafia calabresa, el fiscal de Catanzaro, Nicola Gratteri.

Mientras el hervidero de policías, agentes de incógnito y Carabinieri (policía militar italiana) se colocan en las puertas de acceso y en el exterior del edificio, un hombre de pelo canoso y gafas se asoma por la puerta de un palacete contiguo y avanza, mirando fijamente hacia el lugar donde están los asistentes al encuentro. Luego, a plena luz del día, hace un gesto de saludar con la mano derecha y avanza un poco más, hasta colocarse detrás de un coche estacionado de la policía municipal, a escasos cinco metros de la puerta de entrada del centro antimafia. Mira fijo, casi sin parpadear. Como si buscara atención, dejar claro que él está ahí, sin miedo ni resquemor, que nos vigila.

—Es Biagio Versace, de la familia que antes poseía este edificio. Vive justo ahí, en esa casa que está en esta misma plaza. Regenta la heladería del al lado. En cambio, justo aquí, en esta esquina, mataron a tiros en 1991 a sus hermanos, Antonio y Michele. Ese día, él también fue herido y se salvó de milagro- explica finalmente un policía.

Los dos reporteros que todavía no han entrado en el edificio confiscado, palpitan, sudan y sienten las sienes estallar. La escena, de repente, parece irreal. ¿Por qué ese hombre está ahí? ¿Qué pretende acercándose a un evento organizado contra la organización criminal vinculada a su familia? El sacerdote Pino Demasi, que gestiona el centro antimafia, mantiene la calma y evita responder con la mirada hacia el lugar donde se halla el anciano hombre. Así también hacen los agentes de policía que, en tanto, han empezado a murmurar.

Biagio Versace, en una fotografía policial
Biagio Versace, en una fotografía policial

“Lo mejor es no darle importancia, permanecer indiferentes, no hacer nada”, insisten mientras los periodistas empiezan a cultivar la idea de ir y conversar con el inesperado mirón. Para observar de cerca una parte de la historia, el lado oscuro de la bestia, una multinacional del crimen que mueve montañas de dinero y cocaína para comprar a quien sea, que controla la distribución de cocaína al por mayor en Europa, y posee filiales también en España, Alemania, Suiza, Reino Unido, Colombia, Argentina, Australia, Estados Unidos. Solo por citar algunos. Una mafia capaz de invertir en Bitcoin, como yonkis de las finanzas, pedir fiado partidas de droga a los carteles mexicanos y colombianos, y mantener vínculos con la política y la masonería, y hacerlo sin estar en los radares.

Una mafia sin arrepentidos

En este sombrío marco, la historia del clan Versace-Longo ejemplifica, a pequeña escala, las telarañas de la Ndrangheta, una organización en la que, además, hay poquísimos arrepentidos (‘pentiti’, en italiano) porque, como insisten los investigadores, sus integrantes están unidos por lazos de parentesco. Cuenta el fiscal Gratteri, en su libro “Hermanos de Sangre”, que la ‘ndrina (como los ndranghetistas llaman a sus células) Versace-Longo nació en 1984. Ese año, muerto Luigi Longo, el antiguo capo de Polistena, tomó las riendas de los negocios Antonio Versace, quien cuatro años antes se había casado con Violetta Longo, hija del fallecido boss.

Fue entonces cuando, junto a sus hermanos, Antonio emprendió una guerra expansionista con los vecinos clanes de los Piromalli-Molé de Gioia Tauro y los Albanese-Cutellè de Lauretana que, según los investigadores, condujo a la muerte de capo de Polistena. Biagio, herido en la emboscada, fue arrestado poco después, y con ello se puso fin a la escalada de las dos familias mafiosas. Aunque, así y todo, según los investigadores, los Longo y los Versace lograron todavía infiltrarse, con el paso de los años, en otras localidades de Calabria y también en el norte de Italia (Verona, Módena, Pisa, Valle de Aosta) e incluso en la capital italiana, Roma. El nombre de los Versace aparece en la reconstrucción de las guerras criminales que ocurrieron en el territorio de Polistena a comienzos de los años 2000, por la enemistad surgida entre los Versace y los Longo, después de su inicial alianza", se lee en una sentencia del Tribunal Supremo italiano del año 2017.

Camisa azul, pantalones de vestir, reloj plateado, zapatos de color oscuro. El pelo blanco y pulcro. Los ojos marrones, rasgados y, a ratos, dirigidos a la cámara que se halla diez metros detrás nuestro. Biagio Versace está de pie en una callejuela y no hace ademanes de querer irse. Dice que ese edificio hoy expropiado era de su padre, “un huérfano que se hizo [a sí mismo] con sus manos”, y se refiere a la confiscación como “una injusticia”. “Y las injusticias se pagan en la vida”, dice.

Enrocado en estos argumentos, hilvana su versión. Un relato que arranca, dice, con el mismísimo Giuseppe Garibaldi, con la participación de la Ndrangheta en las guerras por la unificación de Italia en el siglo XIX. ¿Qué hizo Garibaldi? Agarró a unos 'picciotti', jóvenes que sabían disparar, y así ganó la guerra. Y por eso, digo yo, esto no es fácil de cambiar…”, dice.

—¿Reniega entonces de la Ndrangheta?, le preguntamos.

Tras unos segundos de silencio, el anciano farfulla algo ininteligible y no responde a la pregunta. Nada.

Una placa que recoge los nombres de las víctimas de la violencia mafiosa en Polistena. (Reuters)
Una placa que recoge los nombres de las víctimas de la violencia mafiosa en Polistena. (Reuters)

Calabria, una tierra explosiva

Luego, reconoce que “ayudó a sus hermanos”, pero critica el tráfico de drogas “que es dinero fácil, rápido” y que “con el paso del tiempo, ha creado problemas”. “No me gusta porque tengo cuatro hijos y están todos casi licenciados”, dice, al hilar una enredada reflexión en la que descarga la culpas de los males de su tierra también en la Iglesia católica. “Pero no a la Iglesia del papa Francisco”, aclara, afirmando que él solo cree “en las leyes de Dios y no en las de ciertos curas”. Y cita nombrándolos, a ratos con su nombre y apellido, a sus acusadores: policías, jueces, políticos. Y sigue, en tono desafiante: “Todos me conocen aquí. La Policía. Los Caribinieri. Y a [el fiscal] Gratteri también lo he visto en la televisión”, afirma.

La descripción de la mala muerte traída por la mafia calabresa es parca. Plagada de frases a medio terminar, en un italiano con fuerte acento calabrés. “Quizá no me sé expresar muy bien en italiano”, asevera. Aunque Versace no niega que la Ndrangheta en Calabria ha parasitado a un Estado flaqueado por sus propias debilidades, como antaño intentó la Cosa Nostra en Sicilia. Allí se llegó al tope de 73 ayuntamientos disueltos por infiltraciones mafiosas desde 1991 hasta hoy. Aquí, en Calabria, el récord alcanzado suma 105 ayuntamientos que han acabado bajo la gestión de un comisario externo, algunos de los cuales han sido reincidentes hasta tres o cuatro veces (Platì, Gioia Tauro, Nicotera, Taurianova, San Ferdinando, Lamezia Terme…).

El fiscal Gratteri lo dice, sin medios términos. “La situación es que la Ndrangheta está sistemáticamente arraigada en Calabria. Nosotros hacemos lo que podemos”, afirma. “Solo en la provincia de Reggio Calabria, hay más de 20.000 afiliados a este grupo”, añade, en relación con esta mafia que se estima que factura 43.000 millones de euros al año, el 75% de los cuales son reinvertidos en la economía legal. Y eso, pese la actividad de la Dirección de Investigación Antimafia (DIA) que, tan solo de 1992 hasta 2015, le ha secuestrado a las mafias italianas bienes por un valor de 18.800 millones de euros. “Se podría hacer más, sobre todo para la reutilización de estos bienes. Necesitamos una nueva reorganización”, añade Gratteri.

Además de la burocracia italiana y de las leyes, el problema está en la radicación. Un ejemplo, el de la municipalidad de Platì, en la provincia de Reggio Calabria. “La criminalidad organizada de Platì ha influenciado constantemente la vida político-administrativa de las instituciones, orientando las decisiones de los candidatos en las elecciones e infiltrándose en los sectores más fructíferos de los órganos públicos”, escribía la comisión de investigación antimafia del Parlamento italiano, en su último informe sobre el asunto en 2016. Una permeabilidad fraguada en el explosivo caldo de cultivo calabrés, una tierra en la que uno de cada tres habitantes es pobre, el paro en algunas zonas afecta al 75% de la población, y la renta per capita (16.500 euros) es la más baja de Italia.

“A eso yo le llamo grieta civil”, dice el cura Giacomo Panizza quien llegó a Calabria, procedente de la rica ciudad de Brescia (norte), en 1976 y desde entonces ha luchado, entre tantas dificultades, para crear una red de cooperativas que llevan adelante proyectos de ayuda social para los últimos de los últimos: inmigrantes, gitanos, discapacitados. Y que, por eso, vive amenazado prácticamente desde siempre, razón por la que no hay desplazamiento suyo que no sea comunicado, de manera inmediata, a la Policía.

Los fiscales Nicola Gratteri, Franco Roberti y Federico Cafiero De Raho durante una rueda de prensa en Reggio Calabria, en 2014. (Reuters)
Los fiscales Nicola Gratteri, Franco Roberti y Federico Cafiero De Raho durante una rueda de prensa en Reggio Calabria, en 2014. (Reuters)

La violencia, último recurso

“Lo ve este agujero, es un disparo. Y ese mármol roto, ahí arrojaron una bomba”, cuenta Panizza, delante de otro edificio confiscado a la Ndrangheta en Lamezia Terme, donde hoy se alojan inmigrantes escapados del infierno de Libia y llegados en barcos que atravesaron el Mediterráneo.

Aunque hasta en la beneficencia el sur se la pasa peor que el norte. Un ejemplo es el de la Fundación 'Con Il Sud', nacida gracias a una ley de 1991 que preveía que los bancos contribuyan al desarrollo socioeconómico de los lugares en el que están implantados. “Pero como los bancos en el sur son más pobres que los del norte, el resultado es que hay una diferencia notable en lo que reciben unos y otros”, cuenta el director de la fundación, Marco Imperiale. “Nosotros en un año tenemos a disposición unos 20 millones de euros que se han de repartir entre todas las regiones de la Italia meridional, menos del 10% de lo que se da en las regiones del norte, que además son las más ricas”, explica.

Incluso hacer información cuesta, como prueba la lista de los numerosos periodistas amenazados y bajo escolta. Giovanni Tizian, Michele Albanese y Lucio Musolino son de los nombres de los informadores que han engrosado esas listas, sin que ello de momento —por suerte— haya tenido lugar el sacrificio último. Porque si hay algo en lo que coinciden muchos en Calabria es que la mafia calabresa hoy solo usa la violencia directa —la física— cuando no tiene otro remedio, o algún cabo le queda suelto. Lo que, en los últimos años, ha ocurrido evidentemente menos.

“Es una de las lecciones que han aprendido de la Cosa Nostra. Los mejores negocios los hacen quienes tienen el poder y no necesitan demostrarlo”, dicen en Calabria. Tanto así que también pasa que, cuando de Roma finalmente desciende hasta aquí algún político nacional, los locales lo acusen de no comprender la gravedad del fenómeno. La Ndrangheta les acecha también.

Mientras tanto tanto, Biagio Versace, el integrante del clan, continúa en los alrededores del centro antimafia, donde el acto se está acabando y la policía se prepara para irse del lugar. Entra y sale de su casa, como si de algo normal se tratara. Quizá la clave es justamente esa.

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