"defender la democracia o dejarla languideceR"

La semana en la que supimos que nuestros líderes son débiles

“El atractivo de la democracia ya no puede darse por sentado”. Rotundo, pero cierto. Y los líderes europeos no están a la altura del momento

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel, no deja de escuchar ruido de sables en la que iba a ser su legislatura de legado (REUTERS)
La canciller alemana, Angela Merkel, no deja de escuchar ruido de sables en la que iba a ser su legislatura de legado (REUTERS)

“El atractivo de la democracia ya no puede darse por sentado”. Rotundo, pero cierto. El aviso, que no es sino una constatación de los hechos, se incluye en la guía que la organización por el fortalecimiento de la democracia ‘International IDEA’ dirige a los políticos para que hagan de la necesidad -de sobrevivir al populismo- virtud. Lo explicaban esta semana Alberto Fernández Gibaja, de IDEA, y Fernando Casal Berta en ‘Agenda Pública’: Se trata de defender la democracia o dejarla languidecer.

Pero en un sistema en el que la participación ciudadana se limita fundamentalmente al pago de impuestos y el depósito de un voto en una urna de manera periódica, la responsabilidad de la primera línea defensa recae sobre aquellos a los que se les ha cedido democráticamente el poder: los líderes políticos. Y, a día de hoy, no están a la altura. Basta con echar un vistazo a la semana que dejamos atrás en la Unión Europea:

  • Angela Merkel ha tenido que pedir perdón en público y ha prometido que se dejarán de crisis internas y volverán a gobernar. Mientras, la encuesta de GMS colocaba a la extrema derecha Alternativa por Alemania (ADF) como el segundo partido con mayor intención de voto.
  • Emmanuel Macron ruega paciencia a los franceses y ya no esconde su frustración por las resistencias que está encontrando en su afán reformista. "Ayudadme. Os necesito, periodistas, población, cargos electos", ha dicho en un discurso en las Antillas, mientras su nivel de popularidad sigue en mínimo.

Theresa May a su llegada al congreso del Partido Conservador en Birmingham.  (Reuters)
Theresa May a su llegada al congreso del Partido Conservador en Birmingham. (Reuters)

  • Una debilitada Theresa May sigue digiriendo el golpe contra el muro de la realidad del Brexit que se dio en la cumbre de Salzburgo. En paralelo, la oposición laborista de Jeremy Corbyn ha puesto las elecciones anticipadas en la mirilla, mientras la oposición interna en los Tories, encabezada por Boris Johnson, la desacredita con un plan alternativo al Brexit que suena a declaración de guerra.
  • Suecia, el feudo del Estado de Bienestar, se ha despedido de su primer ministro socialdemócrata, Stefan Löften, tras la pérdida de confianza electoras y los buenos resultados de conservadores y extrema derecha, que se han aliado.

Pedro Sánchez, durante su intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas. (EFE)
Pedro Sánchez, durante su intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas. (EFE)

  • En España, con Cataluña aún paralizada y amenazando con volver a la carga, Pedro Sánchez aún se recupera de la pérdida de dos miembros de su gobierno y de la polémica de su tesis. Sin tregua: esta semana ha tenido que dedicar sus fuerzas a los otros dos ministros que están en la piqueta.
  • Incluso el gobierno “del cambio” italiano ha cerrado la semana con un viernes azul oscuro casi negro, después de decidirse a mantener su pulso con Bruselas sin darse cuenta, una vez más, de que los que dictan las normas suelen ser aquellos de los que dependes económicamente. Y, en el caso de la endeudada república italiana (131 % del PIB), esos son los mercados, no sus socios europeos.

Nuestros líderes, están achicando agua, en vez de reparando la fuga, no hablemos ya de enderezar el rumbo. ¿Tiene Pedro Sánchez el margen para "ponerse serio con la participación política" de los ciudadanos, para hacerla más inclusiva, como recomienda IDEA? ¿O Merkel para "atreverse a defender la democracia", con palabras y hechos? ¿Quizás May para detenerse en diseñar "mecanismos de participación inclusivos"? Ellos, seguramente, piensen que no. Pero es pan para hoy, y hambre para mañana.

La crisis económica nos dejó un legado de desconfianza: si los reguladores y supervisores no fueron capaces de evitar las histerias financieras que se saldaron en una tormenta mundial; si las responsabilidades nunca fueron atribuidas; si la UE, los estados, las regiones, los ayuntamientos no fueron capaces de protegernos; si el resultado de un ‘crash’ cocinado a alto nivel es un aumento de la desigualdad, ¿Por qué creer en el sistema democrático? “Porque podría ser peor”, argumentarán algunos. Cierto. Pero a Pedro se le comió el lobo.

La confianza se ha roto y las dudas dejan espacio a otras propuestas para avanzar. Los únicos que están haciendo algo al respecto son precisamente aquellos que quieren romper del todo la baraja. Prueba de ello es la crisis política creada en la UE en torno a la migración, pese a que el número de llegadas distan de los picos alcanzados en 2015 con los refugiados sirios.

Los ciudadanos pueden, y deben, resistirse a los cantos de sirena de los ultras. Defender la democracia o dejarla languidecer. Pero qué menos que los electos en las urnas, que las instituciones que constituyen el pilar del Estado de derecho, que las empresas que se benefician de la apertura de mercados y la seguridad jurídica que les brinda la democracia tomen los riegos necesarios para defenderla. Qué menos.

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