CUATRO AÑOS DESPUÉS DE CONCLUIR SU RESCATE

¿Son los portugueses los nórdicos del sur de Europa? Las claves del 'milagro' luso

Los aplausos desde Bruselas al Gobierno socialista luso llegan nítidos a Lisboa, donde contrastan con las críticas internas por el escaso gasto público y el sentir de los ciudadanos

Foto: Portugueses reunidos en la Plaza del Comercio, en Lisboa, para homenajear a las víctimas de los incendios en Portugal, el 21 de octubre de 2017. (Reuters)
Portugueses reunidos en la Plaza del Comercio, en Lisboa, para homenajear a las víctimas de los incendios en Portugal, el 21 de octubre de 2017. (Reuters)

El jefe de Estado empezó. Horas después de que Mário Centeno fuera elegido nuevo presidente del Eurogrupo, el 4 de enero, la figura más popular de Portugal (64% de aprobación) henchido de orgullo y con la rotundidad que dan las victorias, declaró: “Somos los nórdicos del siglo XXI”. El conservador Marcelo Rebelo de Sousa, antiguo profesor de los que realmente jamás se jubilan, se refería a que con este nombramiento se reconocía la capacidad de los lusos para ejercer de mediadores internacionales, algo que también demostraban António Guterres -amigo personal- en la Secretaría General de Naciones Unidas y Vítor Constâncio, antecesor de Luis de Guindos en la vicepresidencia del BCE. Los portugueses, en suma, habían vuelto a la escena internacional en enero de 2018, cuatro años después de cerrar el rescate de la troika.

La frase, sin embargo, se volvió extremadamente popular para hablar del estado de gracia de la economía portuguesa, cuyo PIB encadena subidas desde 2013 (creció un 0,9% en 2014; un 1,5% en 2015; un 1,4% en 2016 y un 2,7% en 2017) mientras el déficit se reduce paulatinamente, hasta llegar a una previsión récord para este año del 0,7 %. Los aplausos desde Bruselas al Gobierno socialista luso, liderado por António Costa, llegan nítidos a Lisboa, donde contrastan con las críticas internas por el escaso gasto público, en niveles anteriores al rescate, y los ciudadanos, con salarios medios que rondan los 800 euros, enfrentan con miedo un sector inmobiliario de precios disparados. Así es el retrato del país que sorprende (y que no se acaba de creer que lo haga) al resto de Europa.

“No es un Gobierno, es una chapuza”

Era noviembre de 2015 y el viceprimer ministro Paulo Portas no se lo podía creer. Su partido, el CDS-PP, junto con el también conservador PSD, había ganado las elecciones un mes antes. Habían gobernado la última legislatura, aplicando los más duros ajustes exigidos por la troika, que rescató el país en 2011, y habían ganado nuevamente las elecciones, pero sin mayoría absoluta. Ahora, los socialistas, encabezados por António Costa, pensaban aliarse con los marxistas del Bloco de Esquerda y el Partido Comunista Portugués para conseguir mayoría en el Parlamento y formar un gabinete. Nunca había sucedido algo así en la historia de la democracia portuguesa.

Los salarios medios están prácticamente estancados desde 2013 y el gasto público se mantiene en niveles inferiores a los anteriores a la intervención de la troika

“El acuerdo de izquierda no es un Gobierno, es una ‘geringonça”, explotó cuando el acuerdo se consumó. La palabra, que según el diccionario portugués significa “construcción improvisada o de poca solidez”, se tradujo al español como “chapuza”, un augurio negro para Costa, que heredaba un país con un débil crecimiento y un déficit del 4,6% en el que se contaba el rescate del banco Banif, que recibió 2.225 millones de euros de fondos públicos. Moody’s, Fitch y S&P mantenían la nota de la deuda en la categoría de bono basura. La ciudadanía estaba agotada tras años de austeridad.

Para dar la vuelta a la situación, nombró a Mário Centeno ministro de Finanzas, prometió subir el salario mínimo de los 505 euros a los 600 al final de su legislatura y eliminar impuestos extraordinarios creados durante los primeros años de crisis; también reponer los recortes aplicados a funcionarios. Era un plan de choque que causó inquietud en Bruselas, y que el primer ministro definió como el fin de la austeridad.

“Si la austeridad se entiende como una reducción del gasto público y de los salarios en un contexto de recesión, entonces efectivamente se pasó página a la austeridad a partir de 2015”, sostiene a El Confidencial José Castro Caldas, investigador del Observátorio sobre Crises e Alternativas, de la Universidad de Coimbra. Este experto, que sigue de cerca los datos económicos de la celebrada recuperación lusa, advierte: los salarios medios están prácticamente estancados desde 2013 y el gasto público “se mantiene en términos reales en niveles inferiores a los anteriores a la intervención de la troika”, pero aún así la percepción mejoró mucho porque subieron los salarios más bajos al actualizarse el salario mínimo.

Unos hombres charlan mientras beben en una taberna en Pias, Portugal. (Reuters)
Unos hombres charlan mientras beben en una taberna en Pias, Portugal. (Reuters)

La “ruptura con la retórica política de austeridad perpetua”, como la define Castro Caldas, hizo aumentar la confianza, y con ella el gasto. Al mismo tiempo, se formó la tormenta perfecta internacional: ante el incremento de la inseguridad en los clásicos destinos vacacionales del Mediterráneo, Portugal apareció como un país seguro (según el Índice Global de Paz, solo le superan Islandia y Nueva Zelanda), y comenzó su 'boom' turístico. Aumentaba el tráfico aéreo, crecían las ingresos de la hostelería, Oporto se alzó como destino rey de escapada de fin de semana, la ropa tendida de Alfama nunca había sido tan fotografiada. La contratación se disparó. De hecho, desde el pico de desempleo del 16,3 %, registrado en 2013, se ha ido bajando hasta situarse en el 6,8% obtenido el pasado julio, el dato más reciente. El Ejecutivo sonreía socarronamente a la oposición conservadora en el Parlamento: “geringonça”, la palabra acuñada como insulto, fue elegida por los ciudadanos como la favorita de 2016.

La reducción del paro es uno de los elementos de los que está más orgulloso el Gobierno de Costa, que insiste en cada ocasión en que no es suficiente. Y es que los datos muestran que solo un tercio de los contratos creados desde 2013 es indefinido. Los contratos temporales implican un salario que apenas supera los 700 euros, en tanto que los indefinidos rondan los 830 euros, según un informe del Observatório de Crises e Alternativas publicado en enero. Además, la mayoría de los contratos vigentes desde 2013 se concentra en el sector servicios, de escasa especialización. La precariedad marca las relaciones laborales, sacudidas por la reforma laboral impulsada por el anterior gobierno conservador a instancias de la troika y que fundamentalmente facilita el despido.

La sensación en la calle es que, de ser los nuevos nórdicos, lo son de una forma muy especial

Unos portugueses notan más la recuperación que otros. Más, quienes consiguieron un empleo. Menos, los jóvenes, aún sujetos a elevadas tasas de desempleo y de precariedad laboral, y los profesionales de algunos servicios públicos y de la administración pública, sujetas a las consecuencias de décadas de subinversión y reducción de los recursos humanos”, apunta Castro Caldas.

El mejor ejemplo es la Sanidad pública. Al Servicio Nacional de Salud luso se ha destinado este año el 4,3 % del PIB. Es la cifra más baja de los últimos quince años. Ver a sindicatos de enfermeros pedir más medios humanos es habitual.

El déficit, prioridad indiscutible

Centeno y Costa siempre lo tuvieron claro. Para recuperar los ingresos de las familias, para actualizar las pensiones y eliminar impuestos extraordinarios, había que mantener una disciplina presupuestaria que permitiera ganarse la confianza internacional, y así obtener la sonrisa no solo de Bruselas, sino de los inversores extranjeros, y de las agencias de calificación. El medio fue el déficit, que se convirtió en la prioridad absoluta. Había que dejarlo por debajo del 3% para salir del procedimiento de déficit excesivo abierto por la Comisión Europea. Lo consiguieron en junio de 2017, y eso que por el camino no solo rescataron Banif, sino que recapitalizaron con cerca de 4.450 millones de euros la Caixa Geral de Depósitos (CGD) –la mayor entidad entidad del país– y vendieron el 75% Novo Banco. En suma: se acometió una faraónica reestructuración bancaria al tiempo que se reducía el déficit. ¿Cómo era posible?

La respuesta tiene varias patas: recortando la inversión pública, incrementando los ingresos corrientes a través de exportaciones, en continua expansión, y empleo, y con ayuda de las “cativações”, una palabra tan famosa y compleja de traducir como “geringonça”.

Una mujer sale de la sede del banco Banif, en Lisboa, el 21 de diciembre de 2015. (Reuters)
Una mujer sale de la sede del banco Banif, en Lisboa, el 21 de diciembre de 2015. (Reuters)

Las ‘cativações’ son un instrumento a disposición del Ministerio de Finanzas que permite impedir la ejecución del gasto presupuestado”, resume Castro Caldas. Es decir, se puede fijar una partida en los Presupuestos de 500 millones, sin que esto signifique que efectivamente se ejecuten, con lo cual el gasto real acaba siendo menor. “Todo indica que el Gobierno las ha usado y ha abusado de ellas en la actividad de control de la ejecución presupuestaria, pero como el escrutinio presupuestario es muy difícil para el público e incluso para los parlamentarios, dada la escasez de información prestada, es difícil evaluar en qué medida este Gobierno destaca en su uso, en comparación con otros Ejecutivos que le precedieron”.

Sea como fuere, Mário Centeno va camino de conseguir el menor déficit de la historia de la democracia portuguesa, una circunstancia que impulsa el reconocimiento de las agencias de calificación: S&P y Fitch ya la han sacado la deuda lusa del bono basura, en tanto que Moody’s es la única de las tres grandes que aún no recomienda invertir.

Y la publicidad atrajo a la inversión extranjera, que el Ejecutivo trató de potenciar con el programa de visados “gold”, que prevé garantizar la residencia a cualquier extranjero que compre inmuebles por un valor mínimo de 500.000 euros, transfiera un millón de euros a Portugal o cree al menos diez puestos de trabajo.

Una “cuadratura del círculo” a la portuguesa

“La ‘cuadratura del círculo’ entre reposición de capacidad adquisitiva y de derechos, por un lado, y cumplimiento de las absurdas metas presupuestaria de la Unión Europea, por otro, intentada por este Gobierno, se ha conseguido hasta ahora”, zanja el experto del Observátorio. En este fórmula, dice “no hay milagros” y por lo tanto “cualquier golpe externo o interno (atención a los sectores financiero e inmobiliario) puede alterar el cuadro en un futuro próximo”.

Pero por ahora se mantiene el optimismo, que el propio Gobierno intenta contener. Los socialistas son cada vez más prudentes y evitan la euforia, entre otras cosas porque –recuerdan periódicamente– el empleo debe tener mayor calidad y estabilidad, y la deuda pública debe reducirse. Actualmente representa el 125,8 % del PIB. Pero ya es inevitablemente modelo de éxito internacional, al que mira con cierta envidia Atenas, porque ha dado respiro a quienes peor parte se han llevado con la crisis económica cumpliendo a rajatabla la estabilidad ansiada por Bruselas. Que Centeno haya sucedido a Jeroen Dijsselbloem muestra hasta que punto ha impresionado el ministro luso a sus colegas europeos.

Sacrificio. Otra palabra fundamental para entender cómo ha llegado Portugal hasta aquí. La subrayó el propio Centeno cuando el país salió del procedimiento de déficit excesivo, y oficialmente dejaba de estar en el filo de la navaja.

“Felicito a los portugueses. Esta decisión fue posible gracias a sus sacrificios durante muchos años”, apuntó. La sensación en la calle es que, de ser los nuevos nórdicos, lo son de una forma muy especial.

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