los paros durarán tres semanas

Huelga de blancos por 'discriminación empresarial': la polémica que agita Sudáfrica

Miles de trabajadores blancos de la multinacional Sasol se manifiestan contra las medidas de la empresa para aumentar la cuota del accionariado negro, de las que han sido excluidos

Foto: Un huelguista de Solidaridad muestra un cartel con el siguiente mensaje: Sin acciones de Sasol no habrá petróleo. (Cedida por Reint Dykema/Solidaridad)
Un huelguista de Solidaridad muestra un cartel con el siguiente mensaje: "Sin acciones de Sasol no habrá petróleo". (Cedida por Reint Dykema/Solidaridad)

Una protesta laboral protagoniza desde hace días los telediarios y centra el siempre tenso debate político y racial en Sudáfrica. Miles de trabajadores blancos de la multinacional sudafricana Sasol se declararon en huelga el 3 de septiembre contra la discriminación racial que para ellos supone el plan Khanyisa, mediante el que esta compañía petroquímica participada por el Estado pretende ofrecer a sus empleados pertenecientes a los grupos étnicos históricamente discriminados -negros, 'coloureds' o mestizos, y de origen indio- la propiedad de al menos el 25 por ciento de las acciones de la rama sudafricana de la empresa.

Dejar a los trabajadores blancos fuera de este plan de beneficios forma parte de los esfuerzos de la empresa -el primer productor mundial de combustible líquido a partir del carbón- para aumentar el peso de personas de color en el accionariado y en la economía sudafricana. Sasol pretende cumplir así con las políticas promovidas por el gobierno para reducir la brecha económica entre blancos y negros, que continúa abierta a favor de la minoría de origen europeo casi un cuarto de siglo después de la caída del apartheid. Pero estas razones no son aceptables para el sindicato Solidaridad, formado mayoritariamente por trabajadores cualificados blancos y convocante de esta huelga inédita, la primera en la historia de Sudáfrica llevada a cabo por trabajadores blancos para protestar contra la discriminación hacia el grupo racial sudafricano que mandaba en el país hasta el desmantelamiento del régimen segregacionista en 1994.

“Se trata de una exclusión absoluta de una categoría de trabajadores en razón de su raza”, ha dicho el dirigente de Solidaridad Dirk Hermann, que estima en tres semanas la duración de este paro. "En la práctica esto significa que un empleado blanco de Sasol con 30 años de servicio en la empresa no recibirá ningún beneficio, mientras que un empleado que ha estado trabajando solo tres meses para Sasol recibirá 500.000 rands [unos 28.400 euros al cambio actual]", ha agregado el líder sindical, en referencia al valor de las acciones que se ofrece a cada empleado no blanco.

Sudáfrica es un país de huelgas. Según el ministerio de Trabajo del país austral, durante el año pasado hubo 132 paros laborales, en las que las empresas perdieron 251 millones de rands (más de 14 millones de euros). Alrededor de 125.000 asalariados participaron en estas acciones de protesta.

El activismo sindical sudafricano tiene tradición en todos los grupos raciales y se remonta a antes del apartheid, pero vivió su época dorada durante el apogeo de la resistencia al régimen racista implantado por los nacionalistas afrikáners. Bajo el paraguas del Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU, por sus siglas en inglés), las huelgas y protestas de los sindicatos negros sudafricanos de izquierdas agrupados bajo estas míticas siglas fueron cruciales para mejorar las condiciones laborales de los sufridos trabajadores africanos, y aportaron al Congreso Nacional Africano (ANC) una capacidad de movilización inestimable en sus campañas de desafío al gobierno blanco.

Pese a la llegada del ANC al poder hace 25 años, las movilizaciones sindicales en el país austral siguen en muchos aspectos el mismo patrón de los días de resistencia al régimen supremacista. COSATU -o en su defecto otros sindicatos de izquierdas- sigue siendo el convocante, y las huelgas y protestas son seguidas en su práctica totalidad por los mismos sudafricanos negros que representan la mayoría de la fuerza de trabajo en Sudáfrica. El poder económico, aún controlado en gran medida por personas de raza blanca, es el destinatario de las demandas de los huelguistas, que atribuyen sus bajos salarios y la precariedad de las condiciones de trabajo a la marginación histórica de los negros.

Los huelguistas escuchan a un orador ante la sede de Sasol en Segunda. (Reint Dykema/Solidaridad)
Los huelguistas escuchan a un orador ante la sede de Sasol en Segunda. (Reint Dykema/Solidaridad)

Una huelga radicalmente distinta

Los eslóganes y la simbología comunista, los cánticos y los bailes que los acompañan también son muchas veces los mismos que animaban las protestas contra el apartheid, y la violencia que caracterizó las interacciones entre la resistencia y el Estado en aquellos días se mantiene hoy en buena parte de las reivindicaciones sindicales que vive Sudáfrica, que a menudo terminan con carreteras cortadas, lanzamientos de todo tipo de objetos contra las fuerzas del orden y el humo de neumáticos, vehículos y edificios quemados anunciando en el horizonte otro día de lucha por mejores condiciones.

Un humo muy distinto, el de las boerewors o ‘salchichas de los boérs’ asándose en las barbacoas que los afrikáners llaman braai y viven como un ritual de fraternidad comunitaria, llena estos días el cielo sin nubes de la ciudad industrial de Secunda, 132 kilómetros al sureste de Johannesburgo. Allí tiene Sasol su principal sede en Sudáfrica, y cerca de las torres que expulsan fuego de la refinería se congregan para expresar su descontento los huelguistas de Solidaridad, entre los que hay algunos empleados de color que sí tienen derecho a las acciones pero protestan por la exclusión de sus compañeros blancos.

El color naranja de este sindicato de orientación liberal-conservadora ocupa en las gorras y camisetas de los huelguistas el lugar del rojo habitual en la parafernalia de los sindicatos de izquierda. Las camionetas blancas, llamadas bakkies en Sudáfrica, sustituyen como medio de transporte a los autobuses en que se desplazan los miembros de COSATU a sus actos de protesta. Y en contraste con el festival de música y danza que son las manifestaciones políticas negras, hombres y mujeres blancos escuchan en ordenado silencio los discursos y expresan sus reivindicaciones en sencillas pancartas con la tranquilidad de quien ha salido al campo de picnic.

“Lo que Sasol está haciendo es una injusticia hacia los trabajadores que han contribuido a levantar esta empresa y han sido empleados fieles y leales a lo largo de muchos años”, decía Dirk Hermann desde una tribuna, protegido del sol por un toldo. Delante de él, mensajes escritos en inglés y afrikaans se hacían eco de su discurso: “43 años de servicio leal y ninguna recompensa. ¡Gracias, Sasol, por discriminar!”. “Sasol, donde tu valor se mide según tu raza”. “El color de la piel no determina mi valor”. “La productividad no es blanca ni negra”. “Sin acciones de Sasol no habrá petróleo”, amenazaba otra con las consecuencias de una posible extensión del paro.

Pero el motivo y la estética no son las únicas novedades de esta protesta sindical, que ha recibido el nombre de “huelga inteligente” por el grado de rigor y detalle con que ha sido preparado el paro de la actividad en la empresa. Debido a los riesgos de seguridad que habría supuesto declarar la huelga cuando las operaciones de Sasol estaban en pleno funcionamiento, Solidaridad ha hecho coincidir la huelga -que detiene cada día los trabajos en una unidad distinta de las instalaciones- con la interrupción de la producción que la empresa lleva a cabo este mes por mantenimiento.

“Nuestro objetivo es retrasar el plan de mantenimiento de Sasol, que ha sido programado para tres semanas”, ha explicado Dirk Hermann, que ha añadido que todos los huelguistas actúan de forma coordinada y “estratégica” según los objetivos técnicos de una protesta que busca forzar a la petroquímica a aceptar las demandas del sindicato. “Cada hora que ralentizamos el plan le cuesta a Sasol millones de rands”, explicó el dirigente sindical, que estimó el retraso provocado hasta ahora por la huelga en varios días. “El efecto acumulativo se verá el 21 de septiembre, que es cuando Sasol necesita volver a estar en un estado de producción total”, ha dicho el también dirigente de la organización Deon Reyneke. “Nuestros 6.300 afiliados [en Sasol] tienen una formación excelente y una importancia estratégica para Sasol”, ha afirmado Hermann sobre la “huelga inteligente”, que busca también demostrar “el conocimiento y la influencia” en la compañía de los trabajadores a los que representa.

Un afiliado negro de Solidaridad apoya a sus compañeros blancos, durante uno de los actos de protesta de la huelga. (Reint Dykema/Solidaridad)
Un afiliado negro de Solidaridad apoya a sus compañeros blancos, durante uno de los actos de protesta de la huelga. (Reint Dykema/Solidaridad)

Acusaciones de racismo

Las razones de Solidaridad para ir a la huelga han sido duramente criticadas por el partido de gobierno, el ANC, que ha acusado al sindicato de utilizar las leyes de la Sudáfrica democrática para “socavar” la propia democracia. Según el antiguo movimiento de liberación, que gobierna el país desde el fin del apartheid, la huelga tiene “un trasfondo racista” e “intenta revertir los avances” logrados desde que acabó el segregacionismo.

“Históricamente, Sasol siempre ha tenido planes que beneficiaban a sus empleados blancos a costa de excluir a sus colegas negros”, dice el partido en un comunicado, en el que añade: “Uno de los principios fundamentales de nuestra democracia es hacer posible la participación económica de la gente negra, como parte del proceso de reparar las desigualdades históricas”. El ANC califica de “deshonesto” que se hable de “exclusión racial” en una iniciativa como Khanyisa, y achaca la postura del sindicato a una “obsesión por perpetuar la polarización racial”.

El partido oficialista aplaude el plan de beneficios en forma de acciones solo para gente de color como un paso adelante en la la redistribución de “la riqueza del país entre todos sus ciudadanos” que está en sintonía con el llamado Broad Based Black Economic Empowerment (BBBEE). Esta ley vista por Solidaridad como discriminatoria obliga a las empresas a poner parte de su propiedad en manos de sudafricanos negros para poder optar a contratos públicos, y da ventajas a las compañías con mayor proporción de accionistas de color a la hora de adjudicar contratos.

El sindicato -que tiene sus orígenes en los primeros años del siglo XX, cuando representaba a trabajadores afrikáners de las minas- insiste en la naturaleza discriminatoria del proyecto de participación accionarial de Sasol, que, según dice, viola el principio de igualdad establecido en la Constitución y las provisiones de las leyes sobre el sector energético y minero del país.

Además de la huelga y otras acciones colaterales de apoyo a los trabajadores blancos de la empresa petroquímica que se manifiestan en Secunda, Solidaridad ha llevado su protesta a la bolsa de Nueva York, donde cotiza Sasol (también presente en la bolsa de Johannesburgo). El sindicato -que ha denunciado las políticas de discriminación positiva de Pretoria ante la ONU- ha presentado una queja ante la bolsa neoyorquina en la que expone que el plan Khanyisa excluye a los empleados blancos “solo por su color de la piel”, algo que entraría en conflicto con las ley estadounidense de derechos civiles. Esta ley “prohíbe la discriminación en razón de raza, color, religión, sexo u origen nacional”, subraya el sindicato, que insta a la bolsa de Nueva York a “tomar las medidas necesarias” para que una de las empresas que cotizan en ese parqué la cumpla.

Este controvertido sindicato centenario ha conseguido en los tribunales sudafricanos varias condenas al Estado, cuyas instituciones se vieron obligadas a rectificar contrataciones, ascensos y otras decisiones en materia laboral al concluir los jueces que algunas políticas oficiales de discriminación positiva vulneraban el principio de igualdad entre todos los ciudadanos del país sin distinción de raza.

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