la xenofobia da paso a graves incidentes

En la ciudad de Brasil que no quiere más venezolanos: "La limpiamos de indeseables"

Pacaraima es el principal punto de entrada desde Venezuela. Pese a depender económicamente de la frontera, la xenofobia crece en una localidad donde ya se han producido incidentes muy serios

Foto: Un soldado patrulla una calle llena de inmigrantes venezolanos que acaban de cruzar el puesto fronterizo de Pacaraima, Brasil, el 19 de agosto de 2018. (Reuters)
Un soldado patrulla una calle llena de inmigrantes venezolanos que acaban de cruzar el puesto fronterizo de Pacaraima, Brasil, el 19 de agosto de 2018. (Reuters)

“Yo no tengo nada contra los venezolanos, pero estoy cansado de que roben en nuestras casas y nuestras tiendas, de sus peleas de borrachos y de que hagan sus necesidades en la calle”. Damião Lima es el dueño de un pequeño supermercado llamado Deus me Deu, situado en la calle principal de Pacaraima. Esta pequeña ciudad de 12.000 habitantes, situada en la frontera entre Brasil y Venezuela, en el Estado de Roraima, ha alcanzado cierta fama mundial desde que un campamento de refugiados fuese incendiado durante una protesta de corte xenófobo el pasado 18 de agosto.

Hace tan solo un año, esta localidad gozaba de una apacible prosperidad alimentada por el flujo de migrantes que hacían negocios con la compraventa de alimentos y otros productos de uso doméstico. Los comerciantes hacían su agosto y nadie estaba incomodado con el trasiego constante de personas y mercancías. “Nosotros dependemos de los venezolanos, los venezolanos no dependen de nosotros”, reconoce Damião.

Todo cambió cuando empezó el éxodo causado por la crisis económica y humanitaria de Venezuela y Pacaraima se convirtió en la puerta de entrada de unos 128.000 refugiados. Poco a poco las calles fueron tomadas por centenares y después millares de personas, que montaron campamentos improvisados, a la espera de recibir el ansiado visado de refugiado o de conseguir el dinero para proseguir su epopeya hacia una nueva vida, lejos del hambre y de la desesperación que quieren dejar atrás para siempre.

Roraima es el Estado menos poblado y uno de los más pobres de Brasil. Con el paso de los meses, la emergencia humanitaria ha ido creciendo hasta el punto que la gobernadora Suely Campos solicitó al Tribunal Supremo el cierre de la frontera, petición que fue negada de forma tajante. A principios de agosto, un tribunal de Roraima decretó de forma unilateral la clausura temporal del puesto fronterizo, pero el día siguiente el Supremo anuló esta disposición legal. Menos de dos semanas después, la imagen del campamento de venezolanos quemado por una multitud de brasileños enfurecidos dio la vuelta al mundo. Desde entonces, la acusación de xenofobia planea sobre este municipio.

“Por fin hemos limpiado la ciudad de los indeseables que no querían trabajar y que estaban todo el día tirados en la calle sin hacer nada. Ahora Pacaraima está bonita y limpia como antes. Y espero que se quede así”, espeta el dueño del hotel principal de la ciudad, situado en frente de la estación de autobuses, donde hasta hace pocas semanas se abarrotaban docenas de tiendas de campaña. “Yo no soy xenófobo. Tengo a ocho venezolanos que trabajan conmigo. No tengo nada contra este pueblo, pero la situación era insostenible. Los que se quedan en Pacaraima son los holgazanes que quieren vivir del cuento. Quien de verdad quiere trabajar, encuentra rápidamente un curro o se marcha a la capital, a Boa Vista, para buscarse la vida”, agrega con un tono que revela exasperación.

Marisol, una venezolana del estado de Anzoategui, alquila su móvil para que otros inmigrantes puedan llamar a sus parientes, en Pacaraima, el 20 de agosto de 2018. (Reuters)
Marisol, una venezolana del estado de Anzoategui, alquila su móvil para que otros inmigrantes puedan llamar a sus parientes, en Pacaraima, el 20 de agosto de 2018. (Reuters)

"No somos xenófobos"

“No es verdad que seamos xenófobos. Se ha tratado de un caso aislado. Muchas familias aquí ayudan a los venezolanos creando trabajo y dándoles comida. Es injusto juzgarnos. Sin ir más lejos, mi madre ha apoyado a varios refugiados”, asegura Fábio Quinco, profesor y dueño de una pequeña tienda de ultramarinos localizada en frente del campamento destrozado. “Los venezolanos gastan mucho en nuestras tiendas y contribuyen a nuestra riqueza. Lo que sucedió es que se inventaron informaciones falsas, como el supuesto asesinato de un comerciante, posteriormente desmentido, que generaron un odio enorme entre la población local”, agrega Fábio en alusión al incidente que desencadenó el tumulto: la supuesta agresión a un comerciante llamado Raimundo, muy apreciado en Pacaraima.

En esta ciudad muchas personas esgrimen el aumento de la criminalidad y el colapso de los centros de salud para explicar o incluso justificar el ataque al campamento de refugiados. “A mí me ataron en mi casa y se llevaron todo el dinero de la facturación del día”, asegura Maria, empleada en la tienda de Damião. Datos de la Policía Civil de Roraima muestran que los inmigrantes venezolanos estaban involucrados en el 65% de las 1.136 denuncias presentadas entre enero y agosto de 2018. Sin embargo, esta estadística es engañosa: no diferencia a las víctimas de los infractores, ni revela qué tipo de crímenes fueron cometidos.

Varias personas en Pacaraima manifiestan que los venezolanos son la causa de todos lo problemas de Roraima y que la violencia empleada durante la protesta era necesaria. Es el caso de Fernando Abreu, un profesor considerado por la Policía el organizador de la protesta de corte xenófobo. El 25 de agosto, Fernando decidió despertar al pueblo de Pacaraima con una pequeña mascletá de petardos con la intención de organizar otra manifestación anti-inmigración. Un despliegue masivo de policías, cuerpos de elite y soldados evitó que la sangre llegase al río. Aún así, hubo varios altercados en los que unos brasileños expresaban a grito pelado su cansancio, mientras varios venezolanos pedían clemencia y comprensión.

Desde el coche de Fernando, lleno de pegatinas de Jair Bolsonaro, el candidato de la extrema derecha a la presidencia de Brasil, resonaba un audio patriótico y apocalíptico que pedía el fin de la inmigración en Pacaraima. Cuando este periódico le preguntó si no creía que la reacción de los manifestantes brasileños había sido excesiva, respondió: “Puedes verlo como prefieras. Pero cuando estás siendo atacado, tienes que reaccionar. Estoy contra la violencia, pero si tu casa es invadida, si tu ciudad está pasando por el caos y por crímenes, ¿te vas a quedar aplaudiendo? ‘¡Bienvenidos! Pueden robar, pueden faltarles al respeto a los brasileños, pueden pegarles y abrirles la cabeza a los brasileños’. De ningún modo vamos a aplaudirlo”, dijo con sarcasmo.

Como casi todos en Pacaraima, Fernando también rechaza la acusación de xenofobia, pero con argumentos poco conciliadores. “Los brasileños no son xenófobos. Nosotros recibimos a los extranjeros de brazos abiertos. Eres xenófobo si tienes odio por estas personas y quieres agredirlas. Pero somos nosotros los que estamos siendo agredidos. Hay una xenofobia inversa contra nosotros. Estamos siendo discriminados”, afirma con convicción.

Manifestantes brasileños queman las pertenencias de venezolanos cerca del paso fronterizo durante los disturbios del pasado 18 de agosto. (Reuters)
Manifestantes brasileños queman las pertenencias de venezolanos cerca del paso fronterizo durante los disturbios del pasado 18 de agosto. (Reuters)

"Algunos me odian por ayudarles"

A pocos metros de la estación de autobuses el padre Jesús Boadilla, un sacerdote español de 77 años que vive en la Amazonía desde hace más de tres décadas, sirve a diario el desayuno a unos 1.600 venezolanos. Lleva haciéndolo desde hace meses en su pequeña iglesia. Jesús ha sido testigo directo de cómo la furia y la intolerancia han ido creciendo entre los residentes de Pacaraima. “No justifico el uso de la violencia de ninguna forma, pero entiendo las razones de estos brasileños, que acaban siendo víctimas de las víctimas. Es una situación dura para todos”, afirma al mismo tiempo que reconoce que se siente hostigado. “Algunos me odian porque ejerzo el principio católico de ayudar al próximo”, agrega.

Tras la quema del campamento, unos 1.200 refugiados volvieron a Venezuela. Desde entonces, las calles de esta localidad están despejadas. Los solicitantes de asilo llegan todos los días al amanecer cargados de maletas y fardos, y se dirigen hacia el centro de acogida, donde empiezan a tramitar el visado. También pasan por visitas médicas: son vacunados sobre todo contra la fiebre amarilla y el sarampión. Los trámites son lentos y duran varios días. El Ejército brasileño está ultimando la construcción de varias carpas que servirán de abrigo para unas 500 personas. Deben quedar listas a mediados de septiembre. Mientras tanto, los venezolanos prefieren volver al anochecer hacia la frontera de Venezuela y pernoctar en un aparcamiento, antes que correr el riesgo de ser agredidos. “Tenemos miedo, la situación es muy tensa”, reconoce Rosa, madre de dos niños.

Como enormes caracoles que llevan su casita a la espalda, centenares de venezolanos recorren el kilómetro que separa el puesto fronterizo brasileño del venezolano con todos sus enseres. Para muchos, la única comida del día es un puñado de arroz blanco. Están exhaustos, hambrientos y sudorosos, porque el sol no da tregua, pero llenos de esperanzas por la nueva vida que les espera en Brasil. Cada día, hasta 800 personar cruzan la frontera en busca de su propio El Dorado.

El sentimiento xenófobo de la población de Pacaraima no ha dejado indiferentes a los políticos locales, enzarzados en una larga campaña electoral que culminará el 7 de octubre. Los candidatos al cargo de gobernador de Roraima, en su búsqueda desesperada de votos, han incluido en sus programas la promesa de cerrar la frontera. Por su parte, Jair Bolsonaro ha propuesto recientemente que la ONU se encargue de la creación de campos de refugiados, al mismo tiempo que recordaba que “Brasil no puede ser un país de fronteras abiertas”.

La lectura en clave electoral de la crisis humanitaria alcanzó su punto álgido esta semana, cuando el senador Romero Jucá, elegido precisamente en el Estado de Roraima, retiró su apoyo al Gobierno de Michel Temer por estar en desacuerdo con su política migratoria. La noticia no sería tan trascendente si Jucá no fuese el mayor aliado político de Temer. Fue ministro de Planificación en el recién estrenado Ejecutivo de Temer, tras el impeachment de Dilma Rousseff de 2016.

Sin embargo, Jucá se vio obligado a dimitir a las pocas semanas de asumir el cargo, tras la filtración de audios del expresidente de la empresa Transpetro Sérgio Machado que hacían alusión a un plan secreto para parar la investigación de la trama Lava Jato, que ha llevado al banquillo a varios políticos y empresarios de Brasil. Jucá siguió apoyando al actual presidente de Brasil como líder de su partido en el Senado. Sin embargo, la gestión de la crisis migratoria y su necesidad de ser reelegido senador, lo que entre otras cosas le garantizará la inmunidad parlamentaria, le ha llevado a romper con Temer para satisfacer las expectativas de sus electores en Roraima.

Un teniente del ejército brasileño habla con una venezolana y su hijo tras comprobar sus pasaportes en el paso fronterizo, el 19 de agosto de 2018. (Reuters)
Un teniente del ejército brasileño habla con una venezolana y su hijo tras comprobar sus pasaportes en el paso fronterizo, el 19 de agosto de 2018. (Reuters)

El problema de cerrar la frontera

La respuesta de Temer ha sido ambigua. En un primer momento dijo en una entrevista radiofónica que está analizando la posibilidad de limitar a 200 el número de venezolanos que entran cada día a Brasil a través de un sistema de entrega de vales, lo que fue interpretado como un mensaje complaciente para sus aliados políticos. Tan solo un día después, sin embargo, el presidente de Brasil se retractó y emitió un comunicado en el que señalaba que los vales servirán para mejorar la gestión del flujo de inmigrantes y que no hay ninguna intención de “cerrar el ingreso de los venezolanos a Brasil”. También afirmó que el bloqueo de la frontera es “impensable” e “innegociable”.

“Es absurdo pensar que se puede cerrar la frontera. No hay quien pare a una multitud de personas hambrientas. El hambre es más fuerte que el miedo”, señala el padre Jesús. Varios expertos advierten de que es imposible poner puertas al campo, ya que hay más de 2.000 kilómetros de frontera entre ambos países fuera de control. Prohibir el acceso a los venezolanos tendría como efecto la llegada de forma ilegal de los inmigrantes, que no pasarían por el proceso obligatorio de vacunación en una región donde hay varias enfermedades endémicas.

Para acallar las voces que han criticado ásperamente la pasividad del Gobierno federal, Temer ha aprobado un decreto que establece el envío de 3.200 soldados a Roraima durante dos semanas, hasta el 12 de septiembre. Las Fuerzas Armadas se encargarán de mejorar la seguridad en las áreas fronterizas y en las carreteras principales de este Estado. Es una medida especial, llamada Garantía de la Ley y de la Orden (GLO), que Brasilia ofrece a aquellos Estados federados que en momentos puntuales no consiguen mantener el orden en su territorio. Ya fue empleada en Río de Janeiro durante los Juegos Olímpicos de 2016 y para frenar la escalada de violencia en la Ciudad Maravillosa.

Para complicar aún más el complejo escenario en Pacaraima, Venezuela ha lanzado un chantaje energético contra Roraima, el único Estado de Brasil que se alimenta del sistema eléctrico del país vecino. La razón oficial es el impago por parte del Gobierno brasileño por dificultades burocráticas. No obstante, varios analistas interpretan los cortes como una protesta de Maduro contra los ataques xenófobos al campamento de venezolanos. El resultado es que los apagones (41 en lo que va de año) son cada vez más frecuentes. Este periódico pudo comprobar cómo todos los días se interrumpe el suministro energético durante varias horas.

La crisis migratoria está lejos de estar resuelta, pero lo que ha quedado claro esta semana es que los partidos políticos están capitalizando el descontento de los habitantes de Roraima y que el debate sobre su difícil gestión será uno de los asuntos de peso en esta agitada campaña electoral.

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