uno de los países con más matrimonios infantiles

Cuando divorciarse es una opción funesta: el desamparo social de las mujeres de Bali

En esta isla de Indonesia de mayoría hindú, el divorcio es un estigma difícil de soportar. En la práctica, el sistema patriarcal deja a la mujer sin ningún derecho legal y al hombre con todos

Foto: Una mujer balinesa en un templo hindú de la isla. (Reuters)
Una mujer balinesa en un templo hindú de la isla. (Reuters)

En Bali, cuando hombre y mujer se unen en matrimonio, la novia pasa a formar parte de la familia del marido. Desde ese momento y para siempre, vivirá con él en la casa de su familia. En este recinto, llamado 'compound' en esta isla de Indonesia, coexistirá junto a la madre, el padre, los tíos, los abuelos y los hermanos de su marido, entre otras personas. Además, no heredará nada de su familia de sangre, pues todos los bienes son para sus hermanos varones. Esto supone que cuando una mujer se divorcia se quede con las manos vacías. Una injusticia con la que Ni Komang Sariadi quiere terminar. La historia de su vida.

Cuenta Ni Komang Sariadi, fundadora del Centro para Mujeres Pusat Kegiatan Perempuam (PKP), que cuando era adolescente su melena tocaba el suelo; su cabello era tan brillante y su sonrisa tan blanca que los hombres la cortejaban casi a diario y las mujeres la observaban con recelo en el mercado del pueblo indonesio de Silesih. No sorprendió a sus padres que una mañana cualquiera, un hombre de otro pueblo, siete años mayor que Sariadi, se presentara en su compound para pedir la mano de la chica. Tampoco le sorprendió a ella. Es algo normal en la zona. En cuestión de días, ya se habían casado y, como exige la tradición hindú, la novia comenzaba una nueva vida en el recinto familiar de su marido. Aquí terminó la dulce adolescencia entre arrozales y templos de la joven Sariadi.

“Cuando me casé, era virgen”, cuenta. De hecho, no había mantenido largas conversaciones con el hombre con el que vivía entonces. No sabía mucho sobre su carácter o aficiones, ni qué decir sobre su nueva familia. Algo normal en un país que se encuentra entre los diez con las tasas mundiales más altas de “niñas esposa”: alrededor de 1.408.000 mujeres de edades comprendidas entre los 20 y 24 años contrajeron matrimonio antes de cumplir los 18 años, según informa en su página web la organización Girls Not Brides. Estas mujeres son, además, más propensas a sufrir abusos.

Durante los tres primeros meses de matrimonio, Sariadi fue incapaz de mantener relaciones sexuales, “aunque rezara en el templo familiar e hiciera ofrendas a diario”. Por eso, su marido decidió violarla a menudo. No tardó en quedarse embarazada. “Aquí las mujeres no denuncian el abuso físico o psicológico, les da vergüenza y, además, piensan que no deben a hacerlo. La incorrecta interpretación del derecho consuetudinario [en Bali] propicia la discriminación de la mujer”, explica la abogada y activista por los derechos de mujeres y niños Ni Nengah Budawati.

Poco después de dar a luz, Sariadi perdió más de 20 kilos y se cortó la melena. Ya no era la bella del mercado. Ya no quería vivir. “Intenté suicidarme con veneno varias veces”, recuerda y agrega que su familia política la llevó a varios tipos de balian -curanderos- y Altos Sacerdotes por toda la isla para que terminasen con “esa locura” que tenía.

Ni Komang Sariadi (Ibu Sari), fundadora del centro para mujeres PKP, posa para una foto. (A. González)
Ni Komang Sariadi (Ibu Sari), fundadora del centro para mujeres PKP, posa para una foto. (A. González)

Un tabú generalizado

La única que no intentó tratar “esa enfermedad” fue su madre: “Cuando tuve a mi hija, mi familia política ya no me quería. Mi madre me decía que si lo deseaba, podía divorciarme, pero no le hacía caso”. El divorcio es un gran tabú en la sociedad balinesa, entre otras cosas, como ser madre soltera o tener un hijo discapacitado. “Sabía que si me iba me quitarían a mi bebé”, recuerda mientras se tapa los ojos con la mano y hace una pausa en la conversación. Y así fue. Diez meses después de nacer la pequeña, Sariadi decidió irse. Hoy hace 14 años que no abraza a su hija.

“Prefiero dejarla tranquila y que no sufra. Estoy segura de que es una chica lista y vendrá a buscarme cuando tenga moto”, afirma, sabiendo que no habría ganado la batalla contra el patriarcado balinés. Hasta 2010, según el derecho consuetudinario, las mujeres no eran consideradas a la hora de mantener la custodia de sus hijos si el padre quería mantenerla, según explica la abogada, directora del Instituto de Asistencia Legal de la Asociación de Mujeres por la Justicia (LBH).

Existen excepciones, como el caso de la empresaria Ibu Gusti. No tuvo que luchar por la custodia de su hija, pues su marido no se manifestó ni mostró interés, sino todo lo contrario. Al haber nacido en una familia sin hijos varones y ser la más joven, su matrimonio no fue otra cosa que una excepción aceptada por la tradición local conocida como nyentana, en la que se sigue la línea materna al no haber hijo varón y el marido pasa a formar parte del linaje de la novia. “Tienes que suplicar a los hombres para que hagan esto y después tratarlos como si fueran superiores”, comenta la empresaria.

Gusti se quedó con su hija, pero su marido no le pasa ningún tipo de ayuda económica ni lo ha hecho nunca. A pesar de que la empresaria tiene estudios superiores, ha vivido en el extranjero y habla inglés perfectamente, no luchó por sus derechos. Un comportamiento generalizado en la región indonesia donde “las mujeres prefieren mantenerse en silencio y creen tener menos derechos que los hombres”, recalca la abogada.

“La ley no escrita hindú favorece a los hombres. Las mujeres pueden enfrentarse a esta bajo la legislación nacional, pero no lo hacen. La única forma de poner fin a esta situación es cambiar la mentalidad [de hombres y mujeres], ir a la Universidad no es suficiente”, subraya Budawati, que ayuda a unas 25 mujeres al año ofreciendo tarifas reducidas o la posibilidad de pagar cuando su situación económica sea estable. El divorcio deja a muchas mujeres en situación de precariedad económica, tienen que abandonar la casa en la que residían y, aunque hayan invertido gran parte de sus salarios en la crianza de sus hijos y sus bienes, no reciben nada.

Mujeres balinesas trabajan en proyectos de costura en el centro para mujeres PKP. (A. González)
Mujeres balinesas trabajan en proyectos de costura en el centro para mujeres PKP. (A. González)

"Educación e ingresos"

El caso de Sariadi no es un caso aislado. Made Winny Paramitha (28) se quedó embarazada sin buscarlo de un colega del colegio en el que trabajaba. Se conocían desde hace solo seis meses y no tenían afán de formar una familia, pero el aborto no es una opción en Bali. “Abortar es ilegal y ser madre soltera un tabú”, espeta Winny, quien se casó y tuvo un hijo tras el incidente que cambiaría su vida para siempre. A Winny su marido la maltrataba a diario, pero no lo abandonaba por temor a perder a su hijo. “Un día me amenazó con cuchillo, y cuando se fue a trabajar huí con mi bebé”, cuenta la profesora, quien se ocultó con el niño en el compound de su familia. Winny tampoco tiene la custodia de su hijo. “Conté al juez que me maltrataba y decidió que sería mejor que mi marido se quedara al bebé, así mi vida no correría peligro”, agrega, y se ríe por la incongruencia.

Para algunas mujeres balinesas, el vía crucis del divorcio no termina al perder sus bienes o hijos, continúa con el estigma social. Así le sucedió a Sariadi, que pasó un año en la oscuridad de su húmeda habitación en el 'compound' de su familia quien, por suerte, la acogió, ya que “muchas mujeres no vuelven a casa de sus padres por vergüenza”. El infierno no había terminado. Sariadi volvió a comer, recuperó los 20 kilos perdidos y las ganas de vivir. Y regresó al mercado de Silesih, donde hombres y mujeres la miraban de nuevo. Pero esta vez, como se mira en Bali a una divorciada. “Los hombres me trataban como a una mujer fácil, incluso preguntaban cuál era mi precio. Algunas mujeres escupían cerca de mí, me consideraban basura”, recuerda.

Sariadi se armó de valor y se marchó. Trabajó y estudió filología en una universidad de la capital de provincia. “Me mantenía ocupada todo el tiempo para no pensar en lo que había sucedido, comprendí el valor de mantenerse ocupado en actividades significativas”. Al terminar sus estudios volvió a una zona rural cerca de su pueblo, a trabajar en la fundación Sari Hati con otros marginados: los niños discapacitados y sus madres. Es ahí donde la ahora directora de la escuela se sintió con fuerza para ayudar a otras mujeres que atraviesan situaciones similares a la suya, y creó el Centro para Mujeres Pusat Kegiatan Perempuam (PKP).

“A través de mi experiencia, comprendí que para que una mujer sea libre y tome las riendas de su casa o de su comunidad necesita dos cosas: educación e ingresos”, explica y añade que “educación sin ingresos o ingresos sin educación no sirven para nada”. Por eso, en su organización, además de ofrecer un espacio seguro a las mujeres divorciadas para que puedan contar su historia y “darse cuenta de que no están solas”, les ofrece diferentes formaciones profesionales con las que también pueden obtener una remuneración: aprender a coser, trabajar la tierra, conocer sus derechos, hablar en público, aprender inglés o cocinar son algunas de las opciones que ofrece PKP para ayudar a mujeres con problemas, que aprendan un oficio y puedan trabajar o incluso crear un pequeño negocio.

Sariadi, que ahora se ha convertido en Ibu Sari (madre Sari), ya no es una marginada en su comunidad, sino todo lo contrario. Mujeres de toda la isla acuden a ella buscando apoyo casi a diario, pero también hombres, a los que desde hace un tiempo decidió abrir las puertas en su organización, ya que “para cambiar esta situación, toda la sociedad tiene que implicarse”.

En PKP, además de formaciones profesionales, practican yoga y meditación, unos de los pilares de su programa, pues “ayuda a las mujeres a conocerse mejor y valorarse” y son “actividades especialmente beneficiosas para los hombres, dado que evita que se dediquen a otras actividades como beber, las apuestas o peleas de gallo”. Ibu Sari, que en el futuro espera reunirse con su hija y explicarle por qué no ha estado a su lado mientras crecía, concluye su historia haciendo referencia a la filosofía hindú que ya conocían sus antepasados: Tat Tvam Asi, “somos uno”. Una idea, basada en el respeto, a la que está dando vida en su comunidad.

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