Sin medios contra yihadistas y "black blocs"

Víctimas de asesinatos, agresiones y suicidios: así es ser policía en Francia

Una comisión del Senado se ha sumergido durante seis meses en el trabajo cotidiano de policías y gendarmes para descubrir que las fuerzas del orden viven una auténtica crisis

Foto: Policías antidisturbios franceses durante una manifestación contra las reformas emprendidas por el Gobierno en Nantes. (Reuters)
Policías antidisturbios franceses durante una manifestación contra las reformas emprendidas por el Gobierno en Nantes. (Reuters)

Falta de medios, malestar, desmoralización, depresión… Las fuerzas del orden francesas viven una auténtica crisis, según desvela una comisión del Senado que se ha sumergido durante seis meses en el trabajo cotidiano de policías y gendarmes.

En Francia triunfan series de televisión en las que policías conducen vehículos de lujo y viven en apartamentos en los mejores barrios de la capital. Nada más lejos de la realidad que vive de la mayoría de los miembros de las fuerzas del orden. Esa realidad son los Renault Kangoo, con más de 200.000 kilómetros en su motor, persiguiendo a delincuentes que se desplazan en Porsche Cayenne o Range Rover robados para la ocasión. El informe del Senado, cuyo resultado publicó este martes 'Le Figaro', también señala que algunos coches de la policía trabajan con la sirena averiada, o que las nuevas armas utilizadas en la lucha antiterrorista no caben en el maletero.

Basta echar un vistazo a las redes sociales para descubrir las fotos que publican los funcionarios de la policía sobre el estado de muchas comisarías: retretes destrozados y sin agua, instalación eléctrica a la vista de todos, ausencia de aire acondicionado o calefacción, ratas compartiendo el espacio con rateros…

Un policía francés pasa la mayoría de su tiempo de trabajo en una mesa, haciendo labores burocráticas que servirán para las estadísticas de sus jefes, pero que no tendrán impacto alguno en la seguridad ciudadana. Esa labor implica la necesidad de material de oficina, pero los folios son escasos y no digamos la tinta de las fotocopiadoras. Hasta hace poco, firmas comerciales del vecindario se hacían algo de publicidad ofreciendo a las comisarías cuadernos y bolígrafos con sus logos y nombres. Pero una nueva norma lo prohíbe. Al menos, todavía no está vetada la posibilidad de hacer fotocopias en el supermercado más cercano o en el propio Ayuntamiento del distrito.

Un coche de policía arde durante una protesta contra la reforma laboral, en París. (Reuters)
Un coche de policía arde durante una protesta contra la reforma laboral, en París. (Reuters)

Para ir a ese supermercado necesitará el calzado oficial que le entrega la administración policial. Pero los zapatos y los cinturones oficiales son de tan mala calidad que prefieren pagárselos ellos mismos.

La penuria afecta también a la propia seguridad del policía y del ciudadano. Para hacer prácticas de tiro, los policías franceses solo cuentan con 60 balas al año. Lejos del entrenamiento que las series de TV y las películas de cine enseñan, como si esa práctica fuera diaria.

Los atentados terroristas, el odio al policía fomentado por la ultraizquierda, la multiplicación de la violencia en los “barrios calientes”, la impunidad de los delincuentes menores y la ausencia de una respuesta penal a la medida exasperan a un colectivo que, a la falta de medios debe añadir algo mucho peor: haberse convertido en el objetivo de terroristas islamistas radicales y de la extrema izquierda violenta. Los primeros han acabado con la vida de policías y gendarmes; los segundos han quemado y herido gravemente a otros, aunque su objetivo confesado era el mismo: “Hacerse un poli”.

El abogado especializado en asuntos policiales, Thibaut de Montbrial, denuncia que “hay una parte de la población en guerra contra la policía”

La policía recibió un homenaje popular espontáneo tras los atentados de enero de 2015. Todos recordamos los aplausos que los manifestantes dedicaron a gendarmes y policías en los días posteriores a los asesinatos en la sede de Charlie Hebdo o en la tienda judía asaltada por Amedy Culibaly. Pero la situación cambió en poco tiempo.

El hecho que provocó la gran conmoción entre las fuerzas del orden fue el asesinato de una pareja de policías en su domicilio, ante su hijo de tres años, por el yihadista Larossi Abballa, el 13 de junio de 2016. El asesino seguía así las órdenes del autodenominado Estado Islamico, que propugnaba acabar con la vida de policías. Desde entonces, policías y gendarmes temen por sus familias. Sobre todo, después de descubrir que una mujer, fichada “S” como posible islamista radical, detenida tras el asesinato de la pareja, tenía en su poder un pendrive con los datos personales de 2.626 miembros de las fuerzas de seguridad.

Ceremonia por el agente asesinado Jean-Baptiste Salvaing y su pareja Jessica Schneider, en Versalles, cerca de París. (Reuters)
Ceremonia por el agente asesinado Jean-Baptiste Salvaing y su pareja Jessica Schneider, en Versalles, cerca de París. (Reuters)

El último atentado contra la gendarmería fue el llevado a cabo en Carcasonne, en marzo pasado, por el islamista radical Raduan Lakdim, que disparó a un grupo de gendarmes desde un vehículo robado. Hirió a uno de ellos. El terrorista asesinó antes al dueño del coche y mató a otras personas en el supermercado en el que se refugió. Un comandante de la Gendarmería fue degollado por Lakdin después de intercambiarse por una rehén.

Las manifestaciones de policías -y también de las parejas de los agentes- no se centran solo en la falta de medios, sino en la desconsideración hacia su labor. Las manifestaciones contra la reforma de la Ley de Trabajo iniciada por el socialista François Hollande dieron lugar a una explosión de violencia brutal de miembros de los “Black Blocs” y otras organizaciones ultraizquierdistas contra las fuerzas de seguridad. Policías rociados con productos inflamables, apaleados y en algunos casos perseguidos, temieron por su vida, ante la pasividad del Gobierno, que pretendía que la violencia callejera desprestigiara la protesta sindical.

Hollande pasará también a la historia de la demagogia de la comunicación gracias a su visita a un presunto delincuente que presuntamente fue violado con la porra de un policía. El Jefe del Estado necesitaba esa foto con “la víctima de la banlieue”. No acudió, sin embargo, al hospital donde un policía se recuperaba -en las mismas fechas- de las quemaduras que le causó el cóctel Molotov de un manifestante.

Guillaume Labeau es un policía de la “brigada anticrimen” de una ciudad “sensible” cercana a París, que volcó su enfado escribiendo el libro 'Colère d’un flic' ('La Rabia de un poli'), en noviembre del año pasado. En su relato, Labeau describe cómo compañeros suyos casi mueren carbonizados dentro de su vehículo, tras ser atacados por una banda de jóvenes delincuentes de la zona. Denuncia también las emboscadas continuas y las agresiones que sufren los policías en los guetos, que se han convertido en zonas de venta de drogas y refugio de delincuentes. Y subraya la violencia y los hechos delictivos protagonizados por de los menores de 18 años, que saben que los jueces les dejarán libres en pocas horas, para seguir trapicheando y amenazando a vecinos y comerciantes de su propio barrio. El abogado especializado en asuntos policiales, Thibaut de Montbrial, denuncia que “hay una parte de la población en guerra contra la policía”.

A la hostilidad en la calle, policías y gendarmes deben añadir un ritmo laboral que la comisión del Senado juzga ”penoso y desestructurante”. Los policías libran un fin de semana de cada seis. En lo que va de año, 17 policías y 16 gendarmes se han quitado la vida. En 2017, el total de suicidios fue de 68 entre los dos cuerpos. Que un miembro de las fuerzas de seguridad se pegue un tiro en su casa o en la comisaría ya no es noticia.

Desde 2015, el presupuesto de las fuerzas del orden y el número de plazas ha ido en aumento. Pero los afectados creen que, además de insuficiente, las medidas financieras deben de ir acompañadas de otras acciones que valoren el trabajo de policías y gendarmes, cuya jerarquía vive alejada de sus problemas cotidianos y obsesionada con la opinión de sus responsables políticos.

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