UN CAMPO DE PRUEBAS SOBRE LA GENTRIFICACIÓN

Cómo echar a los 'hipsters' de tu barrio: la lucha de guerrillas vecinales en Los Ángeles

Grupos cada vez más combativos se unen en el Este de Los Ángeles para luchar contra el aburguesamiento de sus barrios, tradicionalmente latinos. Una lucha cada vez más organizada

Foto: Vecinos de Boyle Heights durante una protesta contra la gentrificación de su barrio. (Foto: Eva Catalán)
Vecinos de Boyle Heights durante una protesta contra la gentrificación de su barrio. (Foto: Eva Catalán)

La escena es una mezcla de manifestación antisistema y extraña fiesta desangelada. El sitio, improbable: una vieja zona industrial al Este de Los Ángeles con fábricas abandonadas y sin aceras. La cantidad de gente: muy pequeña, unas veinte personas. El aspecto, tan variopinto como los nombres de las organizaciones que representan.

Está Walt Senterfitt, alto, con larga barba blanca y tirantes, de la Organización de Inquilinos de Los Ángeles (LATU); está Nancy Mesa, una chica bajita y sonriente con un ajustado traje verde y botas militares, una de las líderes de Defend Boyle Heights; están jóvenes latinos con aspecto intelectual de la “Alianza Anti Artwashing y Desplazamiento” (BHAAAD) y otros que no se quitan el pañuelo que les tapa la mitad de la cara; hay representantes de asociaciones de otros barrios acosados por la especulación urbana como Chinatown y El Sereno; por último, un grupo de señoras latinas de mediana edad.

“Saben qué significan las galerías de arte: inmediatamente los alquileres suben y las familias que siempre han vivido aquí tienen que irse”

Las pancartas que llevan rezan consignas como “Fuck artwashing”, “Boyle Heights no es Beverly Hills” o “Boyle Heights no se vende”. Pero más sorprendente que lo heterogéneo de los grupos, todos ellos unidos en su lucha contra ese fenómeno de las grandes ciudades llamado “gentrificación” (o aburguesamiento si se quiere huir de anglicismos), es el motivo que aquí les reúne. No están protestando exactamente. En este día, a esta hora, están celebrando la primera victoria en una larga guerra que para algunos dura 20 años. Los activistas con pañuelos en la cara y las señoras latinas festejan, juntos, el cierre de la Misión 356, una galería de arte.

356Mission es, según se autodefine en su página web, un “espacio para actividades de arte, performance y comunitarias”, fundado por la artista Laura Owens, la empresaria Wendy Wao (dueña de la librería Ooga Boga, instalada en el mismo espacio) y el galerista neoyorquino Gavin Brown. Llevaban cinco años instalados en una antigua fábrica de pianos de esta zona industrial de Boyle Heights. Al otro lado del río del llamado “distrito del arte”, parecía el lugar natural en el que organizar exposiciones de arte contemporáneo en un gran espacio con un alquiler asequible. Pero Boyle Heights es también un barrio tradicionalmente latino, de familias con muy bajos recursos, y la última frontera en la lucha contra la gentrificación. 356 Mission y otras galerías de arte se encontraron con una acogida nada cordial. Piquetes, protestas y notas falsas de desahucio pegadas en sus muros a lo largo de meses de acoso que han terminado con el cierre, de momento, de dos de ellas.

El golpe de gracia llegó en noviembre del año pasado, cuando un grupo pequeño de activistas viajó hasta el museo Whitney en Nueva York para “reventar” la inauguración de una exposición de Owens, donde escenificaron una protesta con pancarta y gritos para estupor de los elegantes y pacíficos asistentes.

“Dicen que les hemos acosado. Y es verdad; pero es que no vemos otra manera de explicar a estos artistas que no les queremos, son arrogantes y no escuchan”, afirma Angel Luna, uno de los principales cabecillas. Aunque el comunicado de cierre de Owens no hace mención directa al acoso de este grupo, los activistas están convencidos de que son ellos el motivo último de su cierre.

El “artwashing” es el último término acuñado en esta lucha contra la “gentrificación”. Se refiere al proceso por el cual estos espacios de encuentro de artistas o galerías más tradicionales, lejos de traer cultura y mejoras a los barrios degradados, son solo precursores, según sus críticos, de alquileres más caros, negocios más ‘pijos’ y en última instancia, la completa transformación de sus barrios hasta que ya no pueden permitirse vivir en ellos.

En Los Ángeles, las barriadas al Este del río, limítrofes con un centro urbano raquítico que ansía expansión en medio de la mayor burbuja inmobiliaria de la ciudad, se defienden con uñas y dientes de un avance imparable. Y las cooperativas de artistas que aprovechan los alquileres bajos en sus zonas de residencia son los últimos e improbables enemigos de su lucha.

Hombres juegan a las cartas en la Plaza Mariachi, en el barrio de Boyle Heights, Los Ángeles. (Reuters)
Hombres juegan a las cartas en la Plaza Mariachi, en el barrio de Boyle Heights, Los Ángeles. (Reuters)

“Estos grupos llevan más de veinte años defendiéndose de agresiones contra sus barrios y su comunidad, así que son inteligentes y saben mucho. Han entendido rápido que con los piquetes y las protestas contra las galerías de arte, los medios les hacen más caso y sus voces se oyen más. Y lo están aprovechando”. Nizan Shaked es una profesora de historia del arte y escritora de la universidad de Long Beach que ha seguido y escrito mucho sobre esta lucha. “Para la mayoría de la gente, el arte es algo intrínsecamente bueno, es algo positivo. Pero ellos saben lo que significan estas galerías: que inmediatamente los precios de los alquileres suben, gente que no es del barrio se interesa en el barrio, y las familias que han vivido aquí toda la vida tienen que irse, quién sabe a dónde, porque ya no pueden permitirse una casa en la ciudad”, añade en una conversación con El Confidencial.

"Necesitamos trabajos, no arte fino"

Manuela Lomeli, Ana Hernández y Delmira González intervienen en el acto por el cierre de la galería como miembros de Unión de Vecinos, una de las organizaciones más antiguas de las allí presentes. Lo hacen en español y de forma contundente: “No necesitamos arte fino. Necesitamos viviendas, trabajos, y negocios. El presupuesto anual de nuestras familias es de 20.000 dólares. Gracias por irse, que les vaya bien”, dice entre aplausos, González. Ella, Lomeli y Hernández llevan más de 20 años luchando por su barrio, Pico Aliso, al norte de Boyle Heights.

Boyle Heights es punto caliente de la gentrificación, una especie de campo de pruebas sobre cómo, si es que es posible, luchar contra ella

“Luchamos por que no nos expulsaran de nuestras viviendas de protección oficial en los 90, y lo conseguimos. Hemos luchado por mantener a nuestros jóvenes fuera de las bandas. Hemos luchado por que no se abran bares o no se vendan drogas en nuestro barrio. Y ahora que hemos conseguido un lugar seguro y tranquilo, quieren venir y quedárselo”, explica indignada a El Confidencial Lomeli, una mujer enérgica que vive desde hace 40 años en las viviendas de protección oficial de Aliso Village, un par de manzanas más arriba en la misma calle.

Es un pedazo de Los Ángeles rodeado de autopistas; pero es su barrio, la zona por la que ha peleado infatigablemente, acudiendo a reuniones del Ayuntamiento, convenciendo a los vecinos, y consiguiendo victorias que todos creían improbables; está a diez minutos de la panadería mexicana más famosa de la ciudad, La Monarca, y de la Plaza Mariachi, cuyo futuro depende ahora de diversos proyectos de desarrollo urbanístico que la Unión de Vecinos sigue de cerca. Mientras tanto, los alquileres medios en todo Boyle Heights han subido desde 2010 de 1.572 dólares al mes a 2.242. “Incluso en la vivienda de protección oficial, que está establecida por ley que no cueste al inquilino más de un 30% de su renta, ha subido ahora al 35%”, explica Lomeli. “Y siempre está el riesgo de que la privaticen”. En Boyle Heights, un 75% de las viviendas están alquiladas.

Dos niñas juegan en el Hope Gardens Family Center, para familias sin hogar, en Los Ángeles. (Reuters)
Dos niñas juegan en el Hope Gardens Family Center, para familias sin hogar, en Los Ángeles. (Reuters)

Aunque Unión de Vecinos lleva 20 años en las “barricadas” de la lucha vecinal, la resistencia de los habitantes tradicionales de Boyle Heights contra la “invasión burguesa” de sus barrios se está volviendo más feroz, y más organizada, en los últimos tres años, con la incorporación de activistas y grupos nuevos. Que Los Ángeles sea una de las ciudades del país con mayor desigualdad salarial, y donde la crisis de vivienda pone cada año a más gente en la calle, hace de Boyle Heights un punto caliente de la gentrificación y una especie de campo de pruebas sobre cómo, si es que es posible, luchar contra ella. Activistas antigentrificación de este histórico barrio latino viajan ahora a dar cursillos de resistencia en lugares como Chicago o Brooklyn.

Sus métodos no son tanto novedosos, como pertenecientes al catálogo más clásico de la lucha obrera, incluyendo una división muy estricta entre el ellos y el nosotros, categorías que en el Este de Los Ángeles se alinean en base no sólo al nivel adquisitivo, sino también al color de la piel. Los latinos que “sucumben” al avance de la gentrificación, encantados de tener cafeterías de diseño y tiendas de ropa vintage con logos coloridos, son los “chipsters” (chicanos hipsters), o los “cocos”: son marrones por fuera, pero blancos por dentro. En el discurso de los activistas abundan términos como “colonialismo”, “capital”, “status quo”, “supremacía” o “patriarcado”.

“No cabe duda de que la mayoría de nosotros somos anticapitalistas”, reconoce Walt Senterfitt, miembro de la Asociación de Inquilinos de Los Ángeles (LATU), que tiene tres años de vida, 1.000 miembros y unos 5.000 simpatizantes.

Las nuevas estrategias

Las estrategias son varias, como resume para El Confidencial Senterffit, desde repartir folletos en los barrios más afectados para explicar a los vecinos objeto de desahucio sus derechos y recabar participantes, hasta instalarse delante de un edificio recientemente adquirido y perseguir a su nuevo dueño; organizar talleres y ayuda para localizar asesoría legal; y presión para reforzar el control de los precios de los alquileres. “Nuestro objetivo último es cambiar el discurso oficial que dice que la gentrificación es un proceso natural causa de la oferta y la demanda. La gentrificación sucede por culpa de la especulación de la vivienda, y de convertir la vivienda en un bien con el que construir capital”, explica en terminología marxista. “La crisis en Los Angeles no es una crisis de falta de viviendas, es una crisis especulativa”.

En las redes sociales, los mensajes son incesantes. Nancy Mesa, una joven representante de Defend Boyle Heights que no quiere contestar a preguntas de los medios sin antes preguntar al resto de los integrantes del colectivo (sigue sin haber respuesta al cabo de un par de semanas) graba vídeos satíricos sobre los blancos 'hipsters' que invaden el barrio bajo el seudónimo de “La Quirky Nancy” que tienen decenas de miles de visitas.

A pie de calle, el grupo es muy activo y muy ruidoso. Cada cafetería nueva que abre en Boyle Heights se arriesga a que estos activistas aparezcan, se pongan a tocar música en la entrada; cada negocio que el colectivo considera va a colaborar a atraer gente con más dinero puede amanecer con pintadas o alguna ventana rota, ser objeto de boicots, o de una interacción desagradable. “Es muy fácil distinguir un negocio gentrificador de uno que no lo es. No tienes más que ver los precios de los artículos, el idioma de los letreros, el diseño del lugar, hacia qué tipo de cliente está dirigido”, enumera Senterfitt. Y la diferencia entre los locales 'hipster' y los tradicionales del barrio no puede ser más obvia. “Incluso, hay un tipo de valla que ponen en las casas nuevas que llamamos 'valla de gentrificador', porque solo ellos las ponen. Son de color madera natural y ponen las tablas en sentido horizontal, en lugar de vertical”, añade, medio riendo.

"Es muy fácil distinguir un negocio gentrificador de uno que no lo es. No tienes más que ver los precios o el idioma de los letreros"

Pero ni siquiera entre los habitantes históricos del barrio hay unanimidad en cuanto a lo idóneo de esta estrategia y, reconoce Senterfitt, hay mucha división. “A muchos vecinos no les gusta la idea de la militancia. Algunos, cuando se han encontrado con nuestras protestas, estaban ilusionados porque no tenían ni idea de que se puede luchar contra esto. Pero otros no ven la gentrificación como algo negativo; ven que el barrio se vuelve más seguro y próspero, que atrae a un “tipo de gente mejor”.

Al final de la fiesta frente a la galería Misión 356, Ángel Luna, el activista de BHAAAD, arenga a su decena de seguidores. “Esperamos que esta lucha avance, y se haga más grande, en todo el resto de Los Ángeles. Porque ahora querrán instalarse en otro sitio vulnerable. Queremos construir una estructura mas grande en Los Ángeles y todo el país. Ganaremos, porque estamos totalmente comprometidos con esta lucha, y esto no ha hecho más que empezar”. Gritos y aplausos. Después la reunión se dispersa, entre abrazos e intercambio de impresiones. En dos minutos, esta esquina de Boyle Heights queda totalmente desierta, como una ciudad fantasma. Y el conductor de uber que recoge a la periodista pregunta, asombrado: “Pero ¿quién querría vivir en un sitio como este?”.

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