Noticias de Oriente Medio: Jerusalén, la no-ciudad desgarrada que corre hacia un precipicio
Meir Margalit, investigador y escritor israelí

Jerusalén, la “no-ciudad” desgarrada que corre hacia un precipicio

Meir Margalit, profesor y actvista israelí, analiza la situación de Jerusalén, su división y conflicto permanentes en su último libro. Una especie de certificado de defunción para la ciudad que ama

Foto: Escolares israelíes observan Jerusalén desde Armon Hanatziv, el 11 de mayo de 2017. (Reuters)
Escolares israelíes observan Jerusalén desde Armon Hanatziv, el 11 de mayo de 2017. (Reuters)

“La ocupación israelí en Jerusalén se ha revestido de normalidad y se ha tornado algo tolerable. Hay incluso palestinos de la parte oriental de la ciudad que no se sienten ocupados. Nuestra lucha fracasó totalmente”. Meir Margalit pronuncia esta especie de certificado de defunción con tono pausado y una resignada y contenida tristeza.

Jerusalén es para este profesor, investigador, escritor y activista israelí un inagotable objeto de estudio y, por encima de todo, la ciudad que ama profundamente, pese a que la califica de “indecente” y cree que está “corriendo hacia un precipicio”. Su libro 'Jerusalén: la ciudad imposible' ha ganado el IV Premio Catarata de Ensayo y acaba de llegar a las librerías. La obra es una completa fotografía de la situación actual de Jerusalén, de su división y conflicto permanentes y de la marginación y trato injusto que sufren los palestinos de la ciudad, que representan un 40% de la población, por parte de las autoridades israelíes.

Margalit, nacido en Buenos Aires en 1952, fue durante 10 años concejal en el Ayuntamiento de Jerusalén por el partido de izquierda Meretz y y conoce los entresijos de la gestión municipal y los medios que, según él, se usan para hacer que la presencia palestina en Jerusalén sea cada día menor.

El mayor triunfo del alcalde (de Jerusalén) Nir Barkat ha sido esta normalización de la ocupación. Él ha logrado dar al palestino la sensación de que las cosas van mejorando. A esto se suma el hecho de que la Autoridad Palestina ha decepcionado enormemente a sus ciudadanos y de que lo que pasa en países vecinos árabes da mucho miedo”, explica.

“Paralelamente, el palestino de Jerusalén va reduciendo su relación sentimental con los palestinos que están al otro lado del muro (de separación construido por Israel) y eso hace que su lucha se debilite. Los palestinos están hartos pero sobre todo desarticulados. En Jerusalén ya no hay líderes palestinos ni movimientos populares. Todo el que levante la cabeza se le acalla enseguida”, agrega.

Manifestantes palestinos corren tras el estallido de una granada de sonido lanzada por la policía israelí en la Ciudad Vieja de Jerusalén, el 28 de septiembre de 2015. (Reuters)
Manifestantes palestinos corren tras el estallido de una granada de sonido lanzada por la policía israelí en la Ciudad Vieja de Jerusalén, el 28 de septiembre de 2015. (Reuters)

Si Jerusalén es para Margalit una ciudad imposible es porque en el fondo es una “no-ciudad”, un lugar donde las comunidades que la componen no tienen ningún denominador común. “Lo único que mantiene a esta entidad unificada es la fuerza policial, pero cuando una ciudad se gobierna sólo por la fuerza y todos competimos contra todos no puede sobrevivir mucho tiempo. Por esto mi propuesta es dividir Jerusalén en tres partes: palestina, judía ortodoxa y laica para luego volver a unificarla pero con bases más sensatas”, apunta.

Margalit admite que la división territorial de Jerusalén es “imposible”, pero sugiere una división “funcional” sin barreras ni muros y con dos alcaldías separadas, donde los barrios palestinos estén gobernados por palestinos y los barrios israelíes por israelíes. “Porque eso de que los judíos decidan cómo vivirán los palestinos o que los judíos laicos decidan en lugar de los judíos religiosos no es sano y no es justo”, explica.

"Un día los palestinos serán mayoría"

Margalit recuerda que de los 31 concejales del Ayuntamiento de Jerusalén ninguno es palestino. Los palestinos no participan en las elecciones municipales de la ciudad porque hacerlo significaría avalar de alguna manera la ocupación israelí. “Pero un día los palestinos serán mayoría demográfica y entonces sí decidirán votar y tendremos un alcalde palestino en Jerusalén”, vaticina Margalit.

Para este activista, las autoridades de Jerusalén usan dos armas para dominar al palestino: “El presupuesto, que es claramente discriminatorio ya que consagra un 11% al 40% de la población, y el plan urbano, que marca los espacios donde podrán vivir y cuyo objetivo es evitar que los palestinos construyan y crezcan en Jerusalén”.

En el libro de Margalit se parte de la premisa de que la ocupación siempre será “inmoral” por mucho que se intente dotarla de un rostro amable. “Israel marca a los palestinos los límites de la vida a la que pueden aspirar. Es otra de las razones que hacen que Jerusalén no sea una verdadera ciudad, porque se empieza a ser ciudad cuando se respeta al otro y respeto y ocupación no son compatibles”, apunta.

Según el activista y autor, en Jerusalén existe un mínimo roce entre palestinos e israelíes pero no hay conocimiento mutuo ni empatía. “Nadie se pone en la piel del prójimo. No nos preguntamos qué sentirá ese palestino cuando le detienen todos los días y le cachean de forma humillante, por ejemplo. Esa falta de empatía nos impide ser una ciudad decente”, estima.

Y las perspectivas para Jerusalén y para el entendimiento entre israelíes y palestinos no son, según el autor, demasiado alentadoras. El traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén el próximo 14 de mayo será, según él, “el último clavo en el ataúd del proceso de paz israelo-palestino” ya que en Israel no hay ahora una oposición política preocupada con la paz, en Estados Unidos no se vislumbra a nadie que quiera relanzar las negociaciones, Europa está paralizada ante este conflicto y la Autoridad Palestina ha perdido fuerza y legitimidad”.

"Ahora está claro que en nuestra generación no veremos la paz. Hay que pensar en nuevas estrategias”

“No creo que la apertura de la embajada en Jerusalén provoque grandes manifestaciones porque los palestinos no tienen como organizarlas, pero sí será un hecho simbólico. Ahora está claro que en nuestra generación no veremos la paz, que esta fase del conflicto ha terminado, que hemos fracasado y que hay que pensar en nuevas estrategias”, lamenta.

Entre esas nuevas estrategias, estaría, según Margalit, “despertar de nuevo la conciencia palestina” en Jerusalén, una labor que podría corresponder a organizaciones internacionales, que por ahora se han concentrado más en la denuncia y en el conteo de supuestos abusos.

“Por ejemplo, uno de mis alumnos, un chico palestino aplicado e inteligente, me dijo recientemente: ‘Usted se ha equivocado profesor. Nosotros no estamos ocupados. La ocupación empieza al otro lado del muro de separación. Yo puedo ir a la playa a Tel Aviv o tomar cervezas en Jerusalén hasta la medianoche sin que pase nada. Son los otros palestinos los que están ocupados’. Al oír esto me pregunto con qué derecho sigo yo luchando contra la ocupación si ni siquiera los palestinos de Jerusalén comparten esta idea”, cita.

Un judío ultraortodoxo camina entre israelíes laicos por un mercado de Jerusalén. (Reuters)
Un judío ultraortodoxo camina entre israelíes laicos por un mercado de Jerusalén. (Reuters)

Según Margalit, la “línea roja” que podría frenar este proceso de acomodación del palestino de Jerusalén a la ocupación israelí será la religión. Los disturbios registrados en julio de 2017 cuando Israel decidió instalar cámaras de seguridad y sistemas de detección de metales a la entrada de la Explanada de las mezquitas y el cierre de la Iglesia del Santo Sepulcro en marzo de este año en protesta por la decisión de la alcaldía de Jerusalén de cobrar impuestos a las iglesias muestran la fuerza del factor religioso. En ambos casos, las autoridades israelíes tuvieron que dar marcha atrás.

“Los palestinos sienten que sólo en la mezquita o en la iglesia, en el caso de los cristianos, mantienen un poco de dignidad. Por más esfuerzos que Israel haga por ‘comprarlos’ o absorberlos, toda esta campaña se detendrá a las puertas de la mezquita. Y esto creo que puede ser una buena noticia”, asegura.

Hijo de un superviviente del Holocausto, Margalit ha vivido un largo proceso desde el sionismo hasta las ideas que defiende actualmente

Margalit desgrana también su decepción ante el vacío que existe en la izquierda israelí y la invulnerabilidad que parece tener el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu. “El laborismo israelí quiere ahora imitar a la derecha creyendo que así conseguirá votos. Es un gran error y lo pagará caro. Creo que estamos condenados a vivir con la derecha algunos años más. Y si Netanyahu cae en algún momento, su sucesor en su partido, el Likud, podría ser peor que él”, considera.

El autor, hijo de un superviviente del Holocausto, ha vivido un largo proceso personal desde el sionismo de derecha que le trajo a Israel hasta las ideas que defiende actualmente. Admite la soledad y la complicación que se siente al ser una nota disonante, al pensar diferente a la mayoría de la población israelí y al criticar abiertamente al actual Gobierno israelí.

“Personalmente es complicado pero a mi edad ya me lo tomo con más tranquilidad. Pero conozco jóvenes que me dicen que comparten mi lucha pero no pueden firmar nada o ir a una manifestación porque tienen miedo a que les echen del trabajo, les marginen en la universidad o les pinchen las ruedas del coche. Es frustrante y complicado cuando vives en una ciudad como Jerusalén. Está claro que en este momento es más fácil ser de izquierdas en Tel Aviv o Haifa”, concluye.

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