ÚLTIMOS DÍAS DE los castro al frente del país

Los hombres que elegirán al próximo presidente de Cuba (y no será un Castro)

El próximo 19 de abril, Raúl Castro deja la presidencia. El complicado sistema político cubano hace que todavía no se sepa con seguridad quién le sustituirá, aunque abundan las quinielas

Foto: Vista general de la Asamblea Nacional en La Habana, en diciembre de 2017. (Reuters)
Vista general de la Asamblea Nacional en La Habana, en diciembre de 2017. (Reuters)

Corría la primera mitad de la década de 1990 y Cuba atravesaba a duras penas el Período Especial, la crisis económica provocada por el derrumbe de la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental. Eran días en los que un plato de comida –cualquier comida– podía considerarse un lujo y la electricidad se recibía por unas pocas horas al día. Fue en aquellos tiempos cuando tres “jóvenes cuadros” del Partido Comunista comenzaron a ganar una cierta fama. La de eficientes y austeros.

Todas las cábalas apuntan a que este 19 de abril uno de ellos se convertirá en presidente de Cuba. Sería el primer mandatario en más de cuarenta años que no pertenece a la familia Castro, el primero también que no sienta filas en la llamada “generación histórica” (la que ascendió al poder en enero de 1959, tras derrocar al dictador proestadounidense Fulgencio Batista).

Su nombre es Miguel Díaz-Canel Bermúdez, tiene 57 años y un título de Ingeniería en Telecomunicaciones. Es un hombre del sistema, que durante más de treinta años ha ido escalando con jesuística paciencia la enrevesada estructura partidario-estatal. En 2013 se convirtió en el primer integrante de la llamada “generación intermedia” en ocupar la primera vicepresidencia de los consejos de Estado y de Ministros, la posición inmediatamente inferior a la de presidente.

En la práctica, su nombramiento depende de la omnipotente voluntad de Raúl Castro avalada por la correspondiente “comprobación” de la Seguridad del Estado (la policía política), con el objetivo de evitar sorpresas "al estilo Gorbachov”. En teoría, también de dos elecciones; la primera para ocupar uno de los asientos del Consejo de Estado, la segunda para que sus compañeros en ese órgano lo “elijan” como el hombre de encargado de “continuar la obra de la Revolución”.

Constitucionalmente, Cuba no tiene presidente. La ley tampoco concentra grandes cuotas de poder en ningún otro de sus cargos públicos. De hecho, la norma son los órganos colegiados (consejos y asambleas) en todos los niveles de la administración pública. De acuerdo con el discurso oficial, sus decisiones son adoptadas luego de votaciones que se definen por mayoría simple. Sin embargo, nadie en la isla se engaña: durante décadas se hizo lo que mandaba Fidel Castro, y ahora, lo que decide su hermano Raúl.

Bajo tal premisa hasta el viernes pasado los 605 diputados de la nueva Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) participaron en consultas con vistas a conformar el Consejo de Estado, instancia esencial del poder gubernativo en la isla. Según resalta el profesor universitario Julio César Guanche, “la actividad legislativa de ambos consejos (el de Estado y su extensión ejecutiva, el de Ministros) supera ampliamente la de la ANPP. Desde 1976 hasta 2016, la Asamblea Nacional aprobó 123 leyes mientras que el Consejo de Estado elaboró 344 decretos-leyes (…) Ciertamente, la Asamblea tiene la facultad de revocar los decretos leyes aprobados por el Consejo de Estado, pero ello no ha ocurrido nunca hasta el momento”.

Miguel Díaz-Canel habla con Raúl Castro en una sesión de la Asamblea Nacional. (Reuters)
Miguel Díaz-Canel habla con Raúl Castro en una sesión de la Asamblea Nacional. (Reuters)

Cambios en palacio, pero no en la isla

De acuerdo con la Constitución cubana el Consejo de Estado tiene 31 integrantes: un presidente, un vicepresidente primero, cinco vicepresidentes, un secretario y 23 miembros “simples”. De estos últimos asientos, entre cinco y diez se reservan de forma habitual para los principales líderes de las “organizaciones sociales” y la Juventud Comunista, y al menos cinco van a manos de los titulares de ministerios estratégicos, como las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Exteriores (Minrex) y Economía. El resto son repartidos entre dirigentes “de base” seleccionados por su confiabilidad y diversidad etaria y racial (en el mandato que concluye fueron favorecidas las mujeres negras de mediana edad). Por norma, estos miembros de “segunda línea” suman sus votos a los de la presidencia, cualquiera que sea el tema sometido a discusión.

Para la legislatura que se iniciará en abril se esperan grandes cambios en la lista de consejeros. En primer lugar por el hecho de que Raúl Castro ha confirmado en múltiples ocasiones que no aspirará a un tercer período presidencial; en segundo, porque –según se espera– su salida formal del gobierno irá acompañada por el retiro del grupo de “históricos” que hasta ahora lo había venido acompañando, quienes previsiblemente se afianzarán dentro de la estructura del Partido.

Entre los que se marchan deben estar tres de los cinco vicepresidentes (José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés y Salvador Valdés Mesa) y uno de los consejeros (el Comandante de la Revolución Guillermo García), en tanto queda por ver los “movimientos de cuadros” que habrán de producirse en el interior de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el ministerio de Exteriores (Minrex), ante lo envejecido de la plana mayor del cuerpo armado y el previsible traspaso del canciller Bruno Rodríguez Parrilla a la presidencia de la Asamblea Nacional

Esa última promoción llegaría para sustituir a Esteban Lazo Hernández, un hombre de pocas luces que en 2013 asumió la conducción de la Asamblea sin ninguna experiencia parlamentaria previa, avalado solo por su lealtad incondicional a los Castro, una larga hoja de servicios como funcionario partidista y el color de su piel. De concretarse el nombramiento, Rodríguez Parrilla habría seguido el mismo ciclo que Ricardo Alarcón de Quesada, otro excanciller con profundo conocimiento de los Estados Unidos y el sistema de la ONU, que entre 1993 y 2013 presidió el Parlamento. Para asumir la cartera de Exteriores en muchos corrillos se menciona el nombre de Josefina Vidal, la exjefa de la comisión negociadora que hizo posible el “Deshielo” con EEUU y las posteriores reaperturas de embajadas en La Habana y Washington, además de la visita de Barack Obama.

Volviendo al Consejo de Estado, la ecuación más probable se perfila con Miguel Díaz-Canel como su presidente (a la par que encabeza el Consejo de Ministros) y la actual jefa del Partido en La Habana, Lázara Mercedes López Acea, como primera vicepresidenta. El caso de esta última merece un análisis más detenido. Mestiza, de 54 años de edad y una larga experiencia dentro del esquema partidario, López Acea ha simultaneado por años su responsabilidad al frente de la capital con una de las cinco vicepresidencias del Consejo de Estado, circunstancia que le ha dado cierta proyección nacional.

El canciller Bruno Rodríguez estrecha la mano de Nancy Pelosi, la líder demócrata de la Cámara de Representantes de EEUU. A la derecha, Josefina Vidal, directora de la oficina de asuntos estadounidenses de Cuba. (Reuters)
El canciller Bruno Rodríguez estrecha la mano de Nancy Pelosi, la líder demócrata de la Cámara de Representantes de EEUU. A la derecha, Josefina Vidal, directora de la oficina de asuntos estadounidenses de Cuba. (Reuters)

Juego de sillas

Para las cinco vicepresidencias se podrían barajar muchos nombres, pero la lógica del sistema apunta a tres promociones con grandes posibilidades: el actual primer secretario del Partido en Santiago de Cuba, Lázaro Expósito Canto (trasladado a La Habana en sustitución de López Acea); la presidenta del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, Inés María Chapman (negra, asumiendo la política inversionista en relevo de Ramiro Valdés); y la miembro del Secretariado del Comité Central del Partido Olga Lidia Tapia Iglesias (negra, quien sustituiría al también negro Valdés Mesa en la atención de asuntos sociales).

Las otras dos vicepresidencias son una incógnita. Una es ocupada por la Contralora General de la República, Gladys María Bejerano Portela, y la otra, por el Segundo Secretario del Partido, José Ramón Machado Ventura. Por su edad, a ambos les correspondería dar el paso a un lado, pero los misterios de la “política de cuadros” del PCC son inextricables.

Cualquiera sea la decisión que adopte Raúl Castro, los escogidos para ocupar esos dos asientos serán personas capaces de entablar una colaboración “fructífera” con la estructura económico-financiera que controla la cúpula militar. Sus votos se sumarán al del secretario del Consejo, Homero Acosta, un hombre formado a las órdenes del “General-Presidente” desde los tiempos en que este dirigía las Fuerzas Armadas y comenzaba a construir el conglomerado de empresas que hoy funcionan bajo el paraguas del GAE.

En cuanto a los miembros de la “galería”, los pronósticos parten con un mayor rango de error. Ni siquiera figuras de tanta popularidad como los “héroes” Gerardo Hernández y Fernando González tienen segura su plaza en el Consejo, y en cuanto a otros nombres (entre lo que deben contarse un par de rectores universitarios y el director de alguna institución científica), la última palabra dependerá de los “órganos” de la Seguridad. A priori, cabe esperar la aprobación de ministros como Abel Prieto, Roberto Morales y Rodrigo Malmierca (de Cultura, Salud Pública, y Comercio Exterior e Inversión Extranjera, respectivamente); el resto del grupo seguramente se nutrirá con directoras de empresas locales o dirigentes sindicales y políticos, tal vez también consigan hacer el grado uno o dos presidentes de gobierno en las provincias.

Cuando en abril próximo el nuevo Consejo de Estado se reúna en el Palacio de la Revolución de La Habana, Díaz-Canel –el hombre que con mayor claridad se perfila para presidirlo– deberá tener conciencia de sus márgenes reales de maniobra. No solo por las concepciones de quienes junto a él tendrán la responsabilidad de conducir el país hacia lo desconocido (dos de cada tres cubanos han nacido después del triunfo de la Revolución), sino porque el mismo poder que lo llevó hasta allí, podría hacerlo caer sin mayores contratiempos, como antes sucedió con Roberto Robaina y Carlos Lage (los otros “jóvenes cuadros” del Partido que en los años noventas ganaron renombre por su eficiencia y aparente honestidad).

En definitiva, desde el Comité Central del Partido, Raúl Castro y los “históricos” seguirán vigilantes.

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