una acción CRUCIAL contra una guerra ignorada

Los activistas que quisieron sabotear el armamento británico en Yemen... y ganaron

Daniel Woodhouse y Sam Walton fueron llevados a juicio por tratar de impedir el envío de cazas Typhoon a Arabia Saudí. Contra todo pronóstico, la justicia les ha dado la razón

Foto: El reverendo Daniel Woodhouse y el activista antiguerra Sam Walton, en la puerta del tribunal (Fuente: Twitter de Sam Walton)
El reverendo Daniel Woodhouse y el activista antiguerra Sam Walton, en la puerta del tribunal (Fuente: Twitter de Sam Walton)

Daniel Woodhouse y Sam Walton no podían soportar la idea de permanecer callados ante los bombardeos saudíes sobre Yemen. Un silencio que, pensaban, les convertía en cómplices de la guerra 'apocalíptica' que asola el país, que, según la ONU, podría ser el peor desastre humanitario de los últimos 50 años. Años de militancia en movimientos antimilitaristas, que ahondaron en su conciencia pacifista, convencieron a estos activistas británicos de plantarse un buen día de enero de 2017 en la sede de BAE Systems -una de las más importantes compañías armamentísticas del Reino Unido- y llevar a cabo una arriesgada acción de desobediencia civil. El plan era sabotear los cazas Typhoon que iban a ser exportados a Arabia Saudí, pero fueron interceptados por los guardias de seguridad del recinto. El asunto acabó en los tribunales. Y, contra todo pronóstico, la justicia británica les ha dado la razón.

“Honestamente, no sabía mucho sobre Yemen hasta que la guerra empezó hace un par de años”, explica a El Confidencial el reverendo Woodhouse. “Sabía mucho sobre Arabia Saudí, en parte porque es el mayor cliente de armas del Reino Unido. Entonces, cuando comenzó la guerra, aprendí mucho sobre lo que pasaba y sigue pasando: aviones británicos lanzando bombas británicas sobre Yemen”.

A Woodhouse puede perdonársele su ignorancia previa acerca de un intrincado conflicto sobre el que apenas se habla, y que ha dejado 10.000 muertos y alrededor de 60.000 heridos desde marzo de 2015. En ese momento, a remolque de las marchitadas primaveras árabes, dos facciones –acompañadas de sus partidarios y aliados-, cada una empeñada en representar al gobierno yemení, agudizaron sus enfrentamientos. Las fuerzas hutíes, que controlaban la capital, Saná, se aliaron con los leales al expresidente Ali Abdullah Saleh -derrocado en 2012 por la ola de protestas populares- contra las fuerzas afines al nuevo presidente Abd Rabbuh Mansur Hadi. Este último, expulsado de la capital, estableció un Gobierno provisional en la ciudad meridional de Adén. La afinidad de los hutíes -en su mayoría de confesión chií- con Irán llevó al archienemigo de éste, Arabia Saudí, a liderar una sangrienta intervención armada en territorio yemení, nominalmente en apoyo de Hadi.

Sam Walton, por su parte, es un viejo conocido de la comunidad yemení angloparlante por alzar la voz en su nombre denunciando las masacres que sufre su población. De hecho, Walton también protagonizó una sonada acción en marzo de 2017 cuando trató de detener por ‘arresto ciudadano’ a un asesor del ministerio de defensa saudita, Ahmad al-Asiri, en una visita suya a Londres para hablar en un think tank de política exterior sobre el conflicto en Yemen. Según la visión de Walton, la visita de al-Asiri no respondía a otro motivo que el de lavar la imagen de la monarquía saudí. Al final, la gesta acabó causando un pequeño conflicto diplomático. “No está mal por un par de horas de trabajo de menos de una docena de personas”, sostenía satisfecho entonces Walton.

Restos de un bombardeo aéreo saudí en Saná, en septiembre de 2015. (Reuters)
Restos de un bombardeo aéreo saudí en Saná, en septiembre de 2015. (Reuters)

Rompiendo el silencio

El 29 de enero de 2017, los dos jóvenes traspasaron la valla y accedieron dentro del recinto de BAE Systems, llegando muy cerca de los aviones de guerra Typhoon, hasta que el personal de seguridad de la compañía los detuvo. Cuando, meses más tarde, tuvieron que defender su acción en el juicio celebrado cerca de Manchester, los activistas justificaron la “necesidad” de proteger la salud y vidas humanas, y alegaron que tenían una excusa legal para el daño causado, ya que protegerían otras propiedades en Yemen. Extraordinariamente, el juez James Clarke estuvo de acuerdo con ellos y los declaró inocentes, haciendo referencia a su derecho a dañar bienes si existiera la creencia de que no hacerlo podría dañar a otros: en este caso, los yemeníes atrapados en una guerra civil.

Aun así, pese a no conseguir el objetivo ideal, que era evitar que los aviones fuesen enviados a Arabia Saudí, con esta acción los activistas pusieron de manifiesto la complicidad de BAE Systems a la hora de proveer aviones de combate a las fuerzas saudíes; un secretismo que Woodhouse insiste en romper. “El problema es que los gobiernos de Europa son muy eficaces, el Reino Unido en particular, en mantener el secreto sobre cómo y cuándo están implicados en ventas de armas muy cuestionables”, explica Woodhouse. “A primera vista, se trata de una conversación sobre empleos, eso es lo que escucha el público. Detrás de escena, las licencias de armas se otorgan a una veintena de países de una lista del gobierno de los 30 que más preocupación causan con respecto a violaciones de derechos humanos. Así que la gente necesita investigar, hablar con la gente y hablar con los parlamentarios”.

¿Cuáles son los motivos de fondo, según Woodhouse, que empuja a mantener el negocio y, a la vez, el secretismo sobre los negocios armamentísticos gubernamentales? “Probablemente que mucha gente está ganando dinero con la venta de armas. La industria de las armas tiene un dominio férreo sobre el Gobierno, eso es seguro. Sin embargo, analiza en qué invierten los propietarios de los periódicos. El bombardeo saudí de Yemen está haciendo que los accionistas sean muy ricos”, apunta Woodhouse. "Además, la gente no está interesada en las guerras entre dos grupos de personas que no son blancos ni hablan inglés. Así es como funcionan las noticias. Yemen está sufriendo el mayor brote de cólera en la historia de la humanidad y probablemente también experimentará la mayor hambruna. Sin embargo, incluso poniendo las ventas de armas a un lado, todavía no está copando realmente las noticias. A la gente simplemente no le importa y eso es muy triste. Tal vez a la gente le interesaría más si supieran que las armas se fabricaron en nuestro jardín trasero”, denuncia el joven reverendo.

El stand de BAE Systems en la feria de armamento Eurosatory en París (N. Vilà)
El stand de BAE Systems en la feria de armamento Eurosatory en París (N. Vilà)

Un negocio multimillonario

La magnitud del negocio del que habla Woodhouse, atendiendo a las cifras, se cuenta en miles de millones. La connivencia entre gobiernos occidentales y Arabia Saudí en ese sentido ha sido denunciada en los últimos tiempos por distintas organizaciones internacionales. En total, según datos del Diario Oficial de la Unión Europea publicados en 2015, el Reino Unido otorgó licencias para material militar de 3.800 millones de libras esterlinas a Arabia Saudí, susceptibles de ser empleados en la ofensiva de la coalición saudí en Yemen.

Más allá del Reino Unido, España también ocupa un puesto destacado en la lista de potencias exportadoras a Arabia Saudí. En 2016 se autorizaron 10 licencias por valor de 154,8 millones de euros en material que incluye municiones o aviones. El valor de las exportaciones realizadas en 2016 fue de 116,2 millones de euros, según denunciaron las ONG FundiPau, Amnistía Internacional, Greenpeace y Oxfam Intermón en un informe conjunto. Otros países europeos como Francia, Alemania o Italia también tienen una posición relevante en estas exportaciones, aunque el Reino Unido encabeza el listado.

Ante estas cifras desorbitadas, acciones reivindicativas como la de Woodhouse y Walton pueden parecer una gota en medio del desierto, aunque contribuyen a levantar un debate popular sobre a dónde y cómo se invierten los impuestos que la ciudadanía destina a sus gobiernos. “Espero que nuestro resultado dificulte que Gran Bretaña arme a regímenes dudosos en el futuro. Sin embargo, no estaré satisfecho hasta que se desmantele el comercio de armas”, asevera Woodhouse con determinación.

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