Negación, aceptación... ¿reelección?

Alexis Tsipras: tres años para domar a la fiera de izquierdas

Su carisma nacido del idealismo se ha ido derrumbando cesión a cesión, derrota a derrota. Pero Grecia comienza a ver la luz al final del túnel.

Foto: El primer ministro griego Alexis Tsipras a su llegada para una cumbre de la UE en Gothenburg, Suecia. (Reuters)
El primer ministro griego Alexis Tsipras a su llegada para una cumbre de la UE en Gothenburg, Suecia. (Reuters)

A finales de enero se cumplieron tres años de la llegada de Alexis Tsipras y de Syriza al poder. En 2015, la izquierda, por primera vez en la historia de Grecia, se hacía con el Gobierno, algo que llenó a la población -incluso a quienes no votaron a Tsipras- de la sensación de que acabaría con la austeridad que la había dejado noqueada desde el primer rescate, primero bajo el Pasok (que se derrumbó electoralmente) y después bajo los conservadores de Nueva Democracia. Tres años que, a golpe de precipicio y amenaza de 'Grexit' por semana, han parecido tres décadas.

Tsipras, superando las maniobras negociadoras de Yanis Varufakis, la llegada de la Troika convertida en cuadriga y la presión de su socio de gobierno ultranacionalistas, ha asegurado su poltrona al precio de haber dilapidado gran parte de su ascendiente sobre la opinión pública. Su carisma nacido del idealismo se ha ido derrumbando cesión a cesión, derrota a derrota. Quedan pocas sonrisas espontáneas en Alexis Tsipras, el hombre que iba a revolucionar europa y acabó engullido por el rodillo de los acreedores.

Y, sin embargo, en gran parte por los esfuerzos del ministro de Finanzas, Euclides Tsakalotos, Grecia ya está viendo la luz al final del rescate sin la presión asfixiante de los acreedores en la nuca y puede finalizar el tercer memorándum este verano si no hay sobresaltos. Además, las cuidadosas salidas a los mercados de deuda están yendo según lo previsto. Tsipras, no sin dolor, ha debido aplicar las medidas de la Troika -el correctivo por haber intentado ser el gobierno díscolo de la eurozona-, pero los expertos coinciden en que, a pesar de que carga con rémoras del pasado como un sector público desmesurado y en gran parte ineficiente, ha conseguido hacer de Grecia un lugar más atractivo para la inversión extranjera.

2015: el año su ascenso… y su caída

El 26 de enero de 2015, Syriza consigue una victoria inapelable en las urnas. Hasta Pablo Iglesias, que cree que las ideas de populismo de izquierdas pueden prosperar en varios frentes europeos antes de que lleguen las elecciones en España, se sube al escenario con Tsipras. Quiere la foto de la punta de lanza contra la austeridad. Triunfadores ambos en las elecciones europeas antes que en la nacionales, jóvenes y al mando de fuerzas que eran residuales (Syriza) o inexistentes (Podemos) antes de la crisis.

El griego es la gran esperanza de la izquierda, las masas le aclaman en la plaza de la Universidad de Atenas. Ese día de enero la chispa de la esperanza se enciende en los ojos de los griegos. Incluso muchos votantes de centro y derecha ven bien un cambio de rumbo. La mansedumbre y el servilismo de los gobiernos anteriores ha fracasado, ¿por qué no uno nuevo con ideas frescas, aunque prometa unicornios? El posterior desplante de Varufakis, convertido en estrella del rock, al presidente del eurogrupo Jeroen Dijsselbloem reverbera como un gol de Grecia a Alemania a domicilio. Varios articulistas, sobre todo extranjeros, anticipan un desastre, pero no se puede culpar al humillado de buscar la esperanza en los lugares más insospechados. Incluso en los cantos de un referéndum.


El verano que nos creímos invencibles

Sobre el referéndum de julio de 2015 se suele decir que fue una maniobra irresponsable (desde la derecha) o un ejercicio de empoderamiento del pueblo (la izquierda). Y ambos tienen parte de razón. En la calle, la verdad, se vivió como si Grecia hubiera ganado el Mundial. Durante una noche Grecia había ganado a la Troika. Dos tercios de los griegos habían votado 'no' a la austeridad. En realidad, la pregunta del referéndum tenía que ver con la aprobación o rechazo de una propuesta concreta de la Troika que para el día de la votación ya estaba fuera de la mesa de negociaciones. Pero Tsipras alcanzó su cumbre. Nunca más ha vuelto a ser tan popular.

La celebración, eso sí, duró muy poco. Una semana de reuniones en Bruselas y una amenaza, la salida de Grecia del euro, doblegaron al primer ministro, que acabó firmando un tercer rescate ya con Tsakalotos como sustituto de Varufakis. Tsipras se enfrentó a una rebelión dentro de su propio partido que resolvió a través de unas elecciones en septiembre en las que se quedó a seis escaños de la mayoría absoluta y en las que, sin complejos, se deshizo del ala izquierdista de Syriza. Los ultranacionalistas volvieron a ser su muleta. Ahora el primer ministro torcería el gesto más a menudo, más taciturno, más rendido.

Manifestantes durante una protesta contra las medidas de austeridad aplicadas por el Gobierno, en Tesalónica. (Reuters)
Manifestantes durante una protesta contra las medidas de austeridad aplicadas por el Gobierno, en Tesalónica. (Reuters)

Negación, aceptación... ¿reelección?

Si 2016 fue el año de la negación -marcado por la incapacidad de aplicar lo firmado con los acreedores a base de retrasar las reformas, bloquear inversiones clave como las minas de Skouries y una subasta kafkiana de licencias de televisión (que fue detenida en los tribunales)- 2017 fue el de la aceptación con la implementación de las medias a golpe de leyes ómnibus y con la cercanía al superávit primario -antes de pagar deuda- pactado con los acreedores: el 3,5% del PIB. Para ello tuvieron que llegar recortes de presupuesto y de derechos como el de huelga. Aunque también hubo espacio para los gestos populistas, como el 'bono de Navidad' a los jubilados pagado con el 'exceso presupuestario' salido en gran parte de la sangría de impuestos sobre el resto de griegos, entre ellos un IVA disparado.

El primer ministro se puede apuntar en ese periodo victorias como la aprobación de la ley de parejas de hecho para personas del mismo sexo, la de la de normalización ante la administración de la identidad sexual, la regularización de los hijos de los inmigrantes, especialmente albaneses, y el buen tacto en la diplomacia con Turquía y Macedonia... pero nada de esto le servirá para ser reelegido en 2019. La economía y solo la economía puede obrar el milagro.

Una oposición torpe y su cintura política, sus mejores bazas

La oposición conservadora supera en 15 puntos a Syriza en las encuestas. Pero Tsipras confía en sus posibilidades de ganar en 2019. Tiene razones. La arrogancia de Nueva Democracia y de su líder Kyriakos Mitsotakis, que hace de cada movimiento del Gobierno una oportunidad de criticar, pueden terminar por cansar y desmovilizar a sus propios votantes. En la medida en que mucha de su ventaja se debe a la abstención entre los votantes de izquierda, según muestran los sondeos de la Universidad regional de Macedonia, esto es clave. En ese sentido, si la economía sonríe, el paro desciende, la sensación de mejora cala ligeramente, el país sale de la tutela y en los meses hasta los comicios puede demostrar que sus políticas son soberanas, no se puede subestimar el talento de Tsipras para armar con esto un caballo electoral ganador.

De un político que ha conseguido en tres años ganar dos elecciones, ignorar su propio referéndum en una semana, desesperar a Varufakis, purgar su partido, mantener en su sitio a los ultranacionalistas, presentarse como azote de la Troika a pesar de los muchos recortes y, aún así, mantener un Gobierno estable y con opciones (limitadas) de ganar elecciones, hay que guardarse mucho de darlo por muerto.

Después de tres años, la única cuestión en la que Tsipras sigue consistente es en su rechazo a llevar corbata. Pero si renunciando a ello pudiera ganar, no le temblaría el pulso. En eso reside su resistencia.

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