el país acudirá a las urnas el 4 de marzo

Cuenta atrás para un nuevo Gobierno en Italia: las claves de la campaña electoral

Tras la disolución de las Cámaras por el presidente Mattarella, el país se prepara otra vez para elegir un nuevo liderazgo. Por ahora, lo que predomina es la incertidumbre

Foto: Cuenta atrás para un nuevo Gobierno en Italia: las claves de la campaña electoral. (Imagen: Enrique Villarino)
Cuenta atrás para un nuevo Gobierno en Italia: las claves de la campaña electoral. (Imagen: Enrique Villarino)

Distraído el país por el barullo de las fiestas decembrinas, el secreto peor guardado de Italia se ha hecho oficial. El gobierno de Paolo Gentiloni, el número 64 desde que el país es República (1946), ha expirado e Italia irá a las urnas en 2018. Lo ha decidido el presidente de la República, Sergio Mattarella, después de recibir el jueves a Gentiloni y a los presidente de la Cámara de Diputados y Senado, respectivamente Laura Boldrini y Piero Grasso. Una cita electoral que se celebrará el próximo 4 de marzo y que, nada más ser anunciada, sepulta nuevamente a Italia en el rol de país teóricamente impredecible, incapaz de ponerse de acuerdo sobre su futuro.

Tanto así que incluso las últimas encuestas conocidas patinaban estrepitosamente a la hora de predecir qué partido ganará las elecciones generales italianas. Las tres grandes formaciones —los conservadores de Forza Italia (FI), el Movimiento 5 Estrellas (M5S) y los progresistas del Partido Democrático (PD)— han sido situadas, todas, como posibles triunfadoras de los comicios, en un confuso baile entre los profesionales de las encuestas que repite ya un patrón internacional. Solo en una cosa se han mostrado unánimes: la situación italiana es tal que, para lograr que un partido obtenga en solitario una mayoría estable en ambas cámaras del Parlamento, haría falta “un milagro”, como también ha dicho el siempre irreverente diario italiano Il Fatto Quotidiano. “El riesgo es el caos”, ha comentado el opinólogo Claudio Tito.

Con esta premisa, ya está arrancando oficiosamente a estas horas la campaña electoral, entre titubeos. Empezando por los candidatos a primer ministro que, o se desconocen —pues todavía no hay acuerdo— o mantienen un perfil bajo. Este último es el caso del Matteo Renzi, el líder del centroizquierdista PD, que ostenta el cargo de facto —está en el artículo 3 del Estatuto de la formación—, aunque él no se haya aún presentado como tal. En un país que ha sido a menudo un laboratorio político, diríase un intento de ocaso de la personalización política.

Más críptico aún, si cabe, es el caso del centroderecha, con un Silvio Berlusconi que este otoño ha irrumpido nuevamente en la escena, haciendo saltar por los aires las esperanzas de sus socios de gobernar el bando conservador. A finales de noviembre, el viejo político, de 81 años, incluso ha colocado al general Leonardo Gallitelli, excomandante general de los carabineros y ajeno hasta ahora a la política pública, como posible candidato a presidir el próximo gobierno de Italia. Algo que ha dejado tan boquiabiertos a los ciudadanos como a los propios posibles aliados de Berlusconi, la xenófoba Liga Norte (LN) y la derechista Hermanos de Italia (FdI, por sus siglas en italiano).

“Nunca hemos hablado de ello”, ha llegado a afirmar Matteo Salvini, líder de LN y cuyo nombre también ha sonado para el puesto. “No se trata de una investidura oficial”, ha matizado entonces Renato Brunetta, exministro y uno de los más cercanos a Berlusconi. Y a decir verdad, todavía ni es seguro que no sea él mismo el candidato en cuestión, puesto que ha recurrido ante Estrasburgo su inhabilitación a ejercer cargos públicos hasta el 2019, por una condena a cuatro años por estafa fiscal. Además, Berlusconi no ha llegado aún a un pacto con sus aliados.

Silvio Berlusconi participa en el programa de televisión 'Che tempo che fa', el pasado 27 de noviembre de 2017. (EFE)
Silvio Berlusconi participa en el programa de televisión 'Che tempo che fa', el pasado 27 de noviembre de 2017. (EFE)

La inmigración, terreno de choque

La excepción han sido los indignados del Movimiento 5 Estrellas (M5S), que el pasado septiembre eligieron a través de una votación online —participaron 37.442 personas de los 130.000 inscritos a la formación fundada por el cómico Beppe Grillo— a Luigi Di Maio, de 31 años e hijo de un militante de extrema derecha, como la persona designada a desafiar a los demás candidatos en la cita. Algo que ese día transformó a ese partido, anteriormente de organización más horizontal, en una formación más bien jerárquica.

El resto de los partidos han hecho asimismo lo que han podido por no perder el compás, aunque estén condenados a ser minoría. Un ejemplo ha sido la izquierda, que se ha aglutinado en torno a la figura de Piero Grasso, histórico fiscal antimafia siciliano y hasta ahora presidente del Senado. A comienzos de este mes, Grasso fue elegido nuevo líder de Libres e Iguales, una novedosa formación en la que muchos pesos pesados —incluido el exfiscal— son disidentes salidos del PD. Una circunstancia que hace que Grasso, quien aspira a alcanzar el 10%, le pueda hacer perder votos precisamente a ese partido.

En todo caso, en la campaña exprés hasta el 4 de marzo, hay ya unos temas anunciados como de primer plano. Entre estos están las infiltraciones mafiosas en la política y en la sociedad —que han vuelto a estar al centro de los focos, tras el caso de Ostia—, los impuestos y la precariedad laboral, la seguridad pública por la amenaza terrorista y el cuento de la invasión de migrantes que llegan en barcazas cruzando el Mediterráneo central.

De ahí quizá que uno de los últimos actos de Gentiloni el jueves haya sido anunciar que Italia despegará un operativo militar en Niger, con el objetivo de luchar contra los traficantes de seres humanos y frenar los flujos de inmigrantes provenientes de esa zona. El objetivo es, como en el caso de la misión en Libia —puesta en marcha en el verano—, “consolidar los enclaves de control del territorio y las fronteras y adiestrar a las fuerzas de policía locales”, dijo Gentiloni, en la conferencia de fin de año con la prensa nacional e internacional.

Integran la lista de temas calientes también las noticias falsas y las deudas de los bancos italianos, después de una serie de escándalos destapados en los últimos tres años. Sobre esto también se jugará una partida que incluye conquistar a los que todavía no saben a quién votarán y si lo harán. Un colectivo que, según un último sondeo de Instituto Tecnè del 12 de diciembre, que integra la cifra récord del 41,9% de aquellos con derecho a voto en Italia.

El fundador del Movimiento 5 Estrellas Beppe Grillo abraza al nuevo candidato de la formación, Luigi Di Maio, en Roma, en octubre de 2017. (Reuters)
El fundador del Movimiento 5 Estrellas Beppe Grillo abraza al nuevo candidato de la formación, Luigi Di Maio, en Roma, en octubre de 2017. (Reuters)

El foso generacional

Otro asunto espinoso será la reforma para los hijos de migrantes extranjeros que han nacido en Italia, o están en el país desde niños, que es uno de los grandes pendientes que deja el gobierno de Gentiloni. El proyecto de ley, promovido por el PD y que obtuvo luz verde en la Cámara de Diputados, no logró se aprobado en el Senado, en particular por el hostigamiento del centroderecha y del M5S. Posiciones, estas, que, con toda probabilidad, no se modificarán durante la campaña electoral, a pesar de que de la integración de los migrantes —ya sean económicos, o refugiados— depende también una de las balanza demográfica más desequilibradas de Europa y del mundo.

Menor, en cambio, será posiblemente el énfasis en clave negativa sobre la situación económica, que es la materia que ha suscitado alguna alegría en el último año en Italia, dado que el PIB ha crecido un 1,6% en 2017, como certificó también la OCDE en su último informe. “Resultados positivos los ha habido: hubo un aumento de las inversiones privados [en Italia] de un 30% comparado con el año pasado, las exportaciones crecieron un 7% y la ocupación también está creciendo”, recordaba hace pocos días, en una conversación con esta periodista, Vincenzo Boccia, presidente de los grandes empresarios italianos. “Italia está entre los primeros cuatro, cinco mayores exportadores en el mundo”, añadió ayer el propio Gentiloni, quien también ha reivindicado en la lista de éxitos de su Ejecutivo la aprobación de la ley que endurece las normas contra los feminicidios, el testamento biológico y la introducción en el Código Penal del delito de tortura.

Tema aparte es el de los ancianos (más de 65 años), un electorado valioso para todos los bandos, puesto que suman más del 20% de los votantes. Tanto que, a pesar de estar siempre aparentemente a la gresca, primero Berlusconi —que incluso anunció la creación de un ministerio de la Tercera Edad— y, a continuación, Renzi, ya le han lanzado guiños en las pasadas semanas. El progresista en particular ha tranquilizado al colectivo con la promesa de que no tiene contemplado recortar sus pensiones, como ventiló en algún momento el M5S.

En este panorama, la aritmética electoral italiana se anuncia complicada, pero no imposible. Incluso si, como han apuntado en las últimas semanas varios observadores políticos, los comicios acaban en un empate. De ahí que, aunque todo pronóstico demasiado puntual está abocado al fracaso en un país como Italia, no sea descartable que el país transalpino logre formar un gobierno de coalición o uno técnico, liderado por burócratas o políticos moderados y bien vistos en los distintos bandos.

No sería novedad en este país. Después de que Berlusconi fuese apartado del poder anticipadamente en 2011, Italia tuvo un Ejecutivo técnico, el de Mario Monti (desde noviembre de ese año hasta abril de 2013), seguido por una elección que abocó en tres gobiernos surgidos del mestizaje entre el PD y formaciones de centroderecha: el de Enrico Letta (hasta febrero de 2014), Matteo Renzi (hasta diciembre de 2016) y, por último, el de Gentiloni (que seguirá en funciones hasta los comicios solo para las cuestiones corrientes).

Un escenario, el de la coalición dispar, que, con sus matices distintos y quizá roles invertidos, conforma precisamente una de las hipótesis sobre la mesa. La incógnita quizá se despejará antes del 23 de marzo, que es la fecha prevista para que las dos cámaras del nuevo Parlamento italiano elijan a sus nuevos presidentes.

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