SUPERA A ARABIA SAUDÍ Y JORDANIA

El yihadismo que viene del norte: Rusia ya es la mayor exportadora mundial de militantes

Los servicios de seguridad rusos llevan tiempo temiendo no solo las insurgencias islamistas del Cáucaso, sino la radicalización del resto de su población musulmana. Los datos les dan la razón

Foto: El yihadista ruso Anatoly Zemlyanka justo antes de decapitar a un compatriota acusado de espiar para Moscú, en un video de propaganda del ISIS
El yihadista ruso Anatoly Zemlyanka justo antes de decapitar a un compatriota acusado de espiar para Moscú, en un video de propaganda del ISIS

El pasado 31 de octubre, un terrorista autorradicalizado atropelló a una veintena de personas en Nueva York, matando a 8 de ellas. La identidad del perpetrador, un conductor de 29 años llamado Sayfullo Saipov que había llegado a EEUU en 2010 desde su Uzbekistán natal, hizo saltar las alarmas de los servicios antiterroristas. Era nada menos que la cuarta vez que un militante uzbeko se veía implicado en un atentado internacional en los últimos dos años, tras el ataque contra el club Reina en Estambul en Nochevieja, la bomba en el metro de San Petersburgo y el atropello con un camión en Estocolmo en abril. En junio de 2016, miembros del Estado Islámico originarios de Uzbekistán y Kirguistán llevaron a cabo el atentado contra el aeropuerto de Estambul.

El mundo abría así los ojos a una realidad de la que los expertos llevaban tiempo alertando: gran parte de la antigua URSS se ha convertido en terreno fértil para la radicalización yihadista. En 2015, el International Crisis Group estimaba el número de combatientes centroasiáticos en entre dos mil y cuatro mil, lo que supone un porcentaje asombroso para unos países que cuentan con una densidad de población relativamente baja. Pero no se trata solamente de Asia Central: según el último informe del Soufan Group (una firma privada de inteligencia, considerada una de las principales autoridades mundiales en monitorización de combatientes extranjeros), publicado el pasado 24 de octubre, Rusia ya es la mayor exportadora mundial de yihadistas, más que Arabia Saudí y Jordania, los siguientes países de la lista.

La mayoría de los ciudadanos rusos detectados en Oriente Medio procedían de las regiones del Cáucaso Norte, como Chechenia o Ingushetia, donde insurgencias yihadistas han tenido presencia desde hace muchos años. Pero hay otros perfiles que han llamado la atención de los expertos.

“Habiendo asociado en la práctica durante bastante tiempo el terrorismo con el Cáucaso Norte, de repente algunos temores sobre la radicalización general de la población musulmana de Rusia, un 12% del total, están surgiendo en los círculos de seguridad de Moscú”, apuntaba hace un año Mark Galeotti, uno de los mayores expertos internacionales en Rusia y sus servicios de seguridad. En algunos casos, se trata de conversos al islam, generalmente en parte como ejercicio de rechazo a la Iglesia Ortodoxa rusa o fruto de una búsqueda espiritual individual. Es el caso, por ejemplo, de Anatoly Zemlyanka, un veinteañero de la ciudad siberiana de Noyabrsk que cobró cierta celebridad en 2015 al decapitar ante las cámaras a un compatriota acusado de espiar para el FSB, el servicio secreto ruso. Sin embargo, el grueso de estos militantes proviene de las minorías centroasiáticas en la propia Rusia, donde son a menudo discriminados y tratados como ciudadanos de segunda, por lo general como mano de obra barata en las principales ciudades rusas.

Si a Rusia se le suman los estados de Asia Central, el espacio postsoviético es, de lejos, la principal fuente de militantes para las organizaciones yihadistas que combaten en Siria e Irak. Algunos observadores han señalado la existencia de barrios, en lugares como la ciudad siria de Tabqa, donde se concentran los combatientes de estas regiones con sus familias, y donde la lingua franca es el ruso. Y un gran número de suicidas en Oriente Medio son uzbekos o tayikos.

Soldados rusos patrullan las calles de Aleppo, en enero de 2017. (Reuters)
Soldados rusos patrullan las calles de Aleppo, en enero de 2017. (Reuters)

Rusia, en el punto de mira

Hasta 2014, las autoridades rusas practicaron una política de tolerancia hacia aquellos militantes que abandonasen el país, con tal de que no causasen problemas durante los Juegos de Sochi. Pero ahora admiten que al menos un 10% de estos reclutas han regresado a sus países de origen y podrían convertirse en una amenaza. El propio presidente Vladímir Putin reconoció el problema en su discurso en la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2015.

Rusia es, sin duda, un objetivo prioritario para estos militantes. Tras su entrada en la guerra de Siria, el portavos del ISIS Abu Mohamed Al Adnani hizo un llamamiento a “la juventud islámica en todas partes para prender la yihad contra los rusos”. Desde entonces, el número de atentados abortados en territorio ruso se cuenta por docenas, así como las células desarticuladas.

Las razones de este fenómeno son múltiples. En primer lugar, el Estado Islámico ha realizado un gran esfuerzo para producir cantidades ingentes de propaganda no solo en ruso, sino también en otros idiomas centroasiáticos, que apelan directamente a estas comunidades. Abundan, además, otras razones individuales.

“Algunos realmente quieren luchar. Otros están motivados por un sentido de celo religioso. Muchos están muy desencantados”, señala Deirdre Tynan, analista del International Crisis Group en Asia Central, con base en Bishkek. “La sociedad aquí puede ser muy autoritaria, y hay una distribución de la riqueza extremadamente desigual. Basándonos en nuestro trabajo de campo en lugares como Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, vemos que los reclutas potenciales a menudo citan su estatus financiero como una de sus motivaciones”, afirma Tynan en una entrevista con Deutsche Welle.

“En los años 90, cuando el comunismo colapsó, la tradición se marchitó y no había demasiada prosperidad. Se daban las condiciones para una nueva ideología, y algunas personas, especialmente jóvenes que querían convertirse en héroes, fueron atraídas por todo esto”, señala Anna Matleeva, investigadora visitante del King's College de Londres. “Los reclutadores del ISIS están presentes en las ciudades a lo largo de la región. Toman como objetivo principalmente las regiones más pobres, los suburbios, pueblos, áreas con grandes bazares, donde tal vez se entrecruzan varias rutas, con una buena red de comunicaciones; lugares que permiten una mezcla anónima de gente”, explica. En lugares como Uzbekistán, según informaciones de la agencia Reuters, los reclutadores del ISIS se cuentan por miles.

Uzbekistán, de hecho, ha atraído mucha atención mediática tras los últimos atentados. El país no solo es el que más yihadistas produce de toda la región -unos 1.500 uzbekos han combatido en sus filas en Irak y Siria-, sino que acoge el grupo radical más importante de Asia Central, el Movimiento Islámico de Uzbekistán, antaño aliado de los talibanes afganos y de Al Qaeda hasta que en 2014 juró lealtad al ISIS.

Trabajadores inmigrantes detenidos durante una redad en Sochi, en 2013. (Reuters)
Trabajadores inmigrantes detenidos durante una redad en Sochi, en 2013. (Reuters)

El peligro: las comunidades inmigrantes

No obstante, muchos especialistas dudan de que las ideas extremistas gocen de aceptación social entre las sociedades musulmanas del espacio postsoviético. Por ejemplo, de los 85.000 incidentes terroristas registrados en el mund entre 2001 y 2015, solo 62 tuvieron lugar en las cinco repúblicas centroasiáticas. Además, la elevada represión de las autoridades hace que sea difícil que estos grupos militantes puedan prosperar. “No hemos visto muchos problemas extremistas en Uzbekistán dada la falta de espacio y al hecho de que todo ha sido empujado hacia la clandestinidad”, comenta Paul Stronski, investigador del Centro Carnegie para la Paz Internacional y antiguo miembro del Consejo de Seguridad Nacional con Barack Obama. “El problema es manejable en la región. Se está convirtiendo en un problema mayor fuera de la región”, asegura a la agencia Reuters.

De hecho, los responsables de los últimos atentados jamás dieron señales de extremismo en sus países natales, lo que apunta a otro problema: la alienación de las comunidades inmigrantes. “El proceso de radicalización se produce fuera de Uzbekistán”, indica Steve Swerdlow, investigador de Human Rights Watch en Asia Central. “A menudo son individuos que están lejos de su casa, a quienes se margina y que están experimentando algún tipo de dislocación de su comunidad y su red social”, señala.

Los perfiles tanto de Akbarjon Jalilov, ejecutor del atentado de San Petersburgo, como de Rakhmat Akilov, el autor del atropello de Estocolmo, apuntan en esa dirección: los dos habían abandonado Kirguistán y Uzbekistán años antes sin muestra alguna de radicalismo. La adopción de posiciones extremistas se produjo ya en Rusia o Suecia, donde, respectivamente, el primero trabajó en empleos de baja estofa y el segundo vio rechazada una solicitud de asilo. Algo similar sucedió con Saipov, radicalizado en los Estados Unidos. “Mientras la emigración empodera a muchos, para otros no sucede así. Más del ochenta por ciento de los combatientes tayikos conocidos del ISIS, por ejemplo, fueron reclutados mientras trabajaban como emigrantes no cualificados en Rusia”, indican los investigadores Edward Lemon y John Heathershaw, responsables de un estudio sobre trabajadores centroasiáticos emigrantes.

Tampoco ayuda que los regímenes de esta región se cuenten entre los más autoritarios del mundo, poco dispuestos a tolerar la disidencia. Numerosos observadores consideran que las dictaduras centroasiáticas han aprovechado o exagerado la amenaza yihadista para reprimir a la oposición. En Uzbekistán, por ejemplo, las autoridades mantenían una lista negra de 17.000 supuestos “extremistas religiosos” a quienes se les prohíbe viajar y les están vetados numerosos empleos, y tienen la obligación de presentarse regularmente en comisaría para ser interrogados. No ha sido hasta la muerte del dictador Islam Karímov, gobernante durante un cuarto de siglo, que la situación ha empezado a mejorar ligeramente. Pero el anuncio, el pasado agosto, de que el nuevo presidente Shavkat Mirziyoyev había ordenado eliminar 16.000 nombres de la lista sugiere que la inclusión de muchos de ellos era arbitraria o exagerada.

“Los entornos autoritarios de los espacios postsoviéticos -Uzbekistán en particular- han demostrado que reprimir las prácticas y la ideología religiosa son inefectivas”, escribe la periodista Julia Ioffe, especialista en Rusia, en un artículo publicado en The Atlantic el pasado 1 de noviembre. “Esas medidas no solo fracasan a la hora de detener el extremismo, sino que parecen ser sus principales incubadores. Y sin un califato al que viajar, el extremismo nacido en lugares como Uzbekistán encontrarán otros lugares para expandirse”, asegura. Algo que debería ser motivo de preocupación para todo el mundo. Especialmente para Rusia.

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