así viven TRES 'dreamers' expulsados a méxico

Los jóvenes deportados por Trump: "Me salté un stop y perdí a mi familia y mi empresa"

El futuro de los 800.000 ‘dreamers’ que viven en EEUU se decidirá en semanas. Algunos de los ya deportados ni siquiera hablan español. Tres jóvenes expulsados a México cuentan su historia

Foto: Paulina Ruiz durante una protesta a favor del DACA, en Los Ángeles, California. (Reuters)
Paulina Ruiz durante una protesta a favor del DACA, en Los Ángeles, California. (Reuters)

Hace cuatro años, Israel Concha era uno más de los cientos de miles de inmigrantes indocumentados en EEUU. Había conseguido alcanzar el sueño americano cuando apenas superaba la treintena. Era el fundador de una empresa de alquiler de limusinas y de transporte de viajeros. Su esposa, estadounidense, esperaba su primer hijo. Era la vida que sus padres, de origen mexicano, deseaban para él cuando tenía solo cuatro años y cruzaron la frontera para establecerse en Texas.

Todo cambió en tan solo un instante. “Tenía que recoger a unos clientes de una reputada refinería internacional. No lo voy a negar, iba muy rápido por la carretera. Me paró la policía. Lo que para cualquiera se hubiera convertido en una infracción de tráfico normal, para mi se convirtió en una pesadilla”, comenta el joven.

Cuando los agentes se dispusieron a multarle, se dieron cuenta de que era indocumentado. Le detuvieron. Migración cogió el caso. Le ofreció la deportación voluntaria, pero Israel decidió luchar por la vía legal para quedarse en EEUU. Pasó dos años en hasta cinco centros de detención. Finalmente perdió el juicio, y fue deportado.

“Recuerdo ir en el transporte desde Houston hasta la frontera con México. Te llevan esposado de manos, pies y cintura. El trato que te dan es inhumano. En ese momento se me saltaron las lágrimas. Dejaba mi empresa, mi casa y toda una vida. Tengo un hijo, pero solo lo he visto a través de Skype. Mi mujer se niega a viajar a México para presentármelo. Lo perdí todo”.

Cerca de 800.000 personas viven desde el pasado septiembre con el miedo sufrir el mismo destino que Israel. Son los “dreamers”, jóvenes latinoamericanos que llegaron a EEUU siendo menores de edad, y siguen viviendo en el país como indocumentados. Su nombre proviene de la ‘Ley Dream’, que un sector del Congreso estadounidense ha intentado aprobar, sin éxito, desde 2001, con la intención de proteger al colectivo.

Israel Concha, deportado a México. (H. Estepa)
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Israel Concha, deportado a México. (H. Estepa)

El expresidente Barack Obama decidió, en junio de 2012, aprobar, por medio de una orden ejecutiva, su propia ‘Dream act’, llamada Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), que evitaba la deportación de quienes hubiesen llegado al país antes de cumplir 16 años y hayan vivido de forma continuada en EEUU desde junio de 2007. Para solicitar acogerse a DACA, un permiso renovable cada dos años que no proporciona estatus legal, es necesario tener un historial criminal limpio. Permite trabajar y otorga un número de seguridad social.

Las tornas para los niños migrantes -casi el 80% son mexicanos- cambiaron el pasado 5 de septiembre, cuando el nuevo presidente, Donald Trump, decidió poner fin a Daca. Ordenó al Congreso, donde su agrupación, el Partido Republicano, tiene mayoría, elaborar una nueva ley en los próximos seis meses que sustituya la orden Ejecutiva de Obama.

De lo contrario, los permisos de DACA comenzarán a expirar a partir del 5 de marzo, dejando a cientos de miles de jóvenes al borde de la deportación, como le sucedió a Israel, uno de los ‘niños migrantes’ ya devueltos a México por infringir la ley. Según el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU, alrededor de 1.500 ‘dreamers’ han perdido su estatus de Daca desde 2012 por actividades criminales. Varias ONG denuncian que muchas incidencias no son lo suficientemente fuertes como para echarlos del país.

El choque cultural

La vuelta no es sencilla. El choque cultural es enorme. La mayoría de los deportados ha vivido casi toda su vida en EEUU, y desconocen la cultura mexicana. “Muchos de los retornados lidian con discriminación en su propio país de origen. Desde el momento en el que abren la boca, sus expresiones son diferentes. Sus gestos están americanizados. También destacan por sus tatuajes y cortes de pelo. Estamos batallando mucho por la integración”, comenta Israel.

Cuando por fin pudo llegar a Ciudad de México, se dio cuenta de que podía ayudar a los deportados, y creó una fundación, llamada New Comienzos, para guiar a los retornados en sus primeras semanas al sur de la frontera. Muchos se sienten perdidos. “Estamos regresando a nuestro país, pero una buena parte no sabe ni el himno nacional, ni los detalles de Geografía o Historia. Damos clases de introducción”, señala el activista.

Existe, asimismo, un estigma social contra los deportados: “Hay mexicanos que nunca han emigrado y que sienten que nosotros abandonamos nuestro país para buscar oportunidades en EEUU, un lugar donde nunca se nos quiso. Cuando nos echan de allí creen que venimos con la cola entre las patas”.

Quienes retornan también necesitan apoyo económico y psicológico. “Muchos vienen sin dinero. No tienen un lugar para vivir. Los apoyamos con albergues. Otros vienen con crisis emocionales después de haber estado en centros de detención por meses, o años, como fue mi caso. Les ofrecemos ayuda con psicólogos”, explica Israel.

Algunos ni siquiera hablan español

Algunos de los recién llegados no saben ni siquiera hablar español de manera fluida. Es el caso de Gary Martínez. Se presenta con un “Hola, ¿qué tal?”, habla unas cuantas frases en el idioma de Cervantes, pero pide que la entrevista sea en inglés, para poder comunicarse libremente. Llegó a Utah, EEUU, con tan solo cinco años. Volvió a México hace cinco semanas, a sus 31, tras exponerse ante las autoridades para pedir oficialmente la ciudadanía estadounidense. Le fue denegada, y solo tuvo dos opciones: volver a pagar para realizar una nueva solicitud, sin garantía alguna, y bajo amenaza constante de deportación forzada, o marcharse voluntariamente. Escogió la segunda.

“Todo lo que tenía estaba en EEUU. Trabajaba para una gran compañía. Estaba a cargo de mi propio departamento, como supervisor. Eso se esfumó”, dice en un perfecto inglés. Ahora vive en Tultepec, un área de escasos recursos al norte de Ciudad de México, muy diferente a Utah.

Gary Martínez. (H. Estepa)
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Gary Martínez. (H. Estepa)

No volvió solo. Sus hijos, 100% estadounidenses, viajaron con él. Ellos mismos lo decidieron, y su esposa, norteamericana, dio su visto bueno. “Las nuevas políticas de EEUU separan familias”, lamenta el migrante. “Cuando llegué estaba asustado y nervioso. No sabía nada de aquí. Y saber que mis hijos venían, y que iba a tener que responder también por ellos, me aterrorizaba”, comenta.

Los pequeños estudian ahora en un colegio de Ciudad de México. No hablan español. En su escuela están intentando integrarles, pero el idioma supone una barrera. “Es una gran presión para ellos. Se manejan por señas con sus compañeros. Dejaron en EEUU a sus amigos, y sus primos. Es muy duro para ellos adaptarse”, dice Gary.

Es un problema cada vez más recurrente en México. Las escuelas públicas no están capacitadas para incorporar a jóvenes 'binacionales'. Se están dando iniciativas para validar estudios de una manera más ágil, pero todavía son embrionarias.

Gary cree que los latinoamericanos deben hacerse oír en EEUU: “Es como cuando los estadounidenses intentaban marginar a los negros. No se pueden dar pasos atrás. Hay que hacer que se escuchen nuestras voces. Sin mostrar odio, pero sí que no te vas a rendir”, reclama. “Ellos estereotipan a los mexicanos como malos. El mismo presidente lo ha hecho. Como violadores, cuando no es así”.

Sigue luchando, desde México, por su ciudadanía, aunque por la vía más lenta, dados sus escasos medios. No quiere, eso sí, poner todas sus esperanzas en volver a EEUU. “No estoy dejando que eso me supere, e intento no obsesionarme. Me estoy haciendo a la idea de que me tengo que quedar aquí. Tienes que lidiar con lo que la vida te pone por delante, y tratar de sacar algo bueno de ello”.

Mejor preparados que el mexicano medio

El Gobierno de México ha dado, de manera oficial, su bienvenida a los recién llegados. “Los recibiremos con los brazos abiertos”, ha señalado el ministro de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, tras anunciar que proporcionará al retornado defensa legal en los Consulados y acceso al Seguro Social. El Ejecutivo ve su vuelta como una oportunidad, debido a la buena preparación de los deportados. El 70% ha completado estudios superiores y tienen currículos difícilmente alcanzables para buena parte de los mexicanos. “Los ‘dreamers’ son un regalo para el país. Sus estudios no costaron nada al Estado y llegan muy preparados. Muchos manejan maquinarias que en ciertas partes de México ni siquiera han llegado. Queremos aportar”, señala Israel.

El argumento ha sido utilizado también por el congresista republicano Steve King, conservador de línea dura, y que está en contra del DACA. “Los migrantes regresarían a casa sabiendo cómo es un país que funciona casi correctamente. Sería un gran empujó para el desarrollo económico de México y Centroamérica”, destacó a principios de octubre.

Fermín Cano. (H. Estepa)
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Fermín Cano. (H. Estepa)

Con ese espíritu llegó a México hace cinco años Fermín Cano. Vivió en Los Ángeles, EEUU, desde los 11 a los 26 años. Terminó ingeniería informática y tenía un buen puesto en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Fue deportado por conducir excediendo ligeramente el límite de alcohol permitido, y saltarse las clases de ‘alcohólicos anónimos’, obligatorias en el país norteamericano para quienes cometen dicha infracción. Decidió no pagar la multa de 10.000 dólares y aceptar la deportación voluntaria: “Me dije a mi mismo que soy joven, no tengo cargas familiares, y creo que puedo hacer muchas cosas en México. No iba a gastar un año de mi vida estando encerrado para luchar el caso”.

El retorno no fue como él esperaba: “Lo que más me costó fue la parte laboral. No sabía en qué trabajar. Además en México la corrupción es fuerte y si no tienes un gancho (enchufe) no hay puertas abiertas. Tuve que trabajar incansablemente en varios empleos. En EEUU estás acostumbrado a trabajar siete u ocho horas, pero cuando vuelves a tu país te das cuenta de que para ganar algo decente tienes que trabajar diez o 12 horas”.

La nueva perspectiva afectó a su salud. “Caí un tiempo en depresión. Como seis meses. Pero logré mantenerme fuerte. Ahora empiezo a disfrutar de las dos culturas, combinándolas”, comenta. Está, finalmente, cumpliendo su deseo de aportar a la sociedad. Trabaja felizmente en una escuela de Santiago Acatlán, su comunidad de origen, a las afueras de Puebla.

Elemento de negociación

El futuro de los casi 800.000 ‘dreamers’ que viven en EEUU se decidirá en las próximas semanas. El plazo dado por la Casa Blanca para la elaboración y aprobación de una ley que regule a los ‘niños migrante’ expira en marzo. La negociación está siendo tortuosa. Los congresistas demócratas Nancy Pelosi y Charles Shummer anunciaron, a mediados de septiembre, un principio de acuerdo con Trump para mantener el DACA sin condiciones. El presidente negó a las pocas horas cualquier tipo de compromiso.

Los ‘dreamers’ critican que la Casa Blanca está utilizando la negociación para conseguir algunos de sus objetivos de su política de migración. Trump podría acceder a apoyar una nueva ‘ley Dream’, o incluso renovar el DACA, a cambio de que un sector de congresistas demócratas dé su apoyo a aumentar de manera drástica el presupuesto de la guardia fronteriza y financiar el muro que planea construir para dividir EEUU y México.

Mientras tanto, seguirán llegando ‘dreamers’ a México, un país que muchas veces les es hostil. Israel Concha fue brutalmente agredido en un supuesto intento de rapto tan solo siete días después de la entrevista con El Confidencial. Sabía que el retorno no iba a ser fácil. No pensaba que tendría que superar un secuestro y una paliza en sus primeros meses en México.

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