"siempre quise visitarlas. es como una película"

'Favela tour': turistas ricos que pagan por ver de cerca los tiroteos de los pobres

Es una especie de safari para que los turistas puedan ver “cómo viven los pobres” de Rocinha, la mayor favela de Brasil. Algunos se han visto envueltos en tiroteos entre narcos

Foto: Dos turistas se fotografían en la favela Rocinha, la mayor de Brasil, donde se organizan 'tours' para extranjeros. (V. Saccone)
Dos turistas se fotografían en la favela Rocinha, la mayor de Brasil, donde se organizan 'tours' para extranjeros. (V. Saccone)

“En la favela hay una mafia que controla todo. Es el narcotráfico. Pero no os preocupéis. No os va a pasar nada. Es el lugar más seguro de Río de Janeiro y podéis tomar todas las fotos que queráis”. Martin es guía y trabaja en una empresa de turismo que organiza excursiones en todoterreno a la Rocinha, la mayor favela de Brasil. Es una especie de safari en uno de los barrios menos desarrollados de la ciudad, donde los turistas pueden ver “cómo viven los pobres”. Hay varias empresas que desde hace un cuarto de siglo llevan gringos a esta favela, en la que viven unas 70.000 personas según el censo oficial, y más de 200.000 según las estimaciones de los residentes. Es una ciudad dentro de la ciudad, un laberinto de callejones abarrotados de personas, motos y mercancías donde es imposible orientarse sin la ayuda de un cicerone.

En las últimas semanas ha habido una guerra, pero ahora está todo OK. Podemos entrar sin problemas”, explica Martin en el todoterreno. Se refiere al reciente conflicto entre miembros de la misma facción por el control del narcotráfico, que ha sometido a los residentes a violentos tiroteos con fusiles de guerra durante dos semanas. El Gobierno tuvo que enviar 950 soldados para intentar restablecer el orden.

Ante la explicación del guía, los turistas —una pareja de neozelandeses, una pareja de venezolanos afincados en Buenos Aires y dos chicos de Marsella— se miran perplejos y esbozan una sonrisa, completamente ajenos al hecho de que un par de días antes dos turistas de Costa Rica se vieron envueltos en un tiroteo en pleno 'tour' y tuvieron que tirarse al suelo para esquivar la lluvia de balas.

En la carretera que lleva a la Rocinha hay varios grupos de policías armados hasta los dientes que apuntan sus fusiles hacia el infinito, como si se fuese a producir un ataque en cualquier momento. “Fijaos en la diferencia entre ricos y pobres. Aquí podéis ver auténticas mansiones. Son casas privadas con piscina y todo tipo de lujos. Justo al lado están las típicas casas de ladrillos de las favelas”, señala desde el todoterreno Martin, nacido en Tanzania y residente en Río de Janeiro desde hace 23 años. “Esta es la escuela más cara de Río. Es un colegio estadounidense que cuesta la friolera de 6.000 reales por mes [unos 1.630 euros]. Es muchísimo, si tenemos en cuenta que el sueldo mínimo en Brasil ronda los 900 reales [245 euros]. Lo que me pregunto cada vez que paso por aquí es por qué los gringos construyeron su mejor escuela en un lugar como este. Parece que les importa un bledo estar enfrente de la mayor favela de Brasil”, añade.

El 'jeep' se adentra por la calle principal de la Rocinha y se para al lado de unos puestos que venden 'souvenires' para turistas. Hay collares hechos con semillas del Amazonas, llaveros, jabones perfumados y cuadros naíf. “Aprovechad para comprar un regalito para la suegra. Es el único sitio de la favela en el que vais a encontrar estos cuadros”, comunica el guía, que saluda con cordialidad a los vendedores. Acto seguido, ahonda detalladamente en las diferencias sociales entre la favela y el barrio de Gávea, uno de los más ricos de la ciudad. Desde lo alto de la montaña, las discrepancias entre un lado y otro de la ciudad son aún más evidentes. “Mirad las piscinas, mirad qué casoplón, y mirad de este lado las casas de los pobres. Aquí solo viven los pobres, ¿sabéis? Los narcos no dejan que vayan a robar allí abajo para que no haya problemas”, explica Martin en un inglés casi perfecto.

Martin guía a un grupo de turistas por los callejones de la favela Rocinha. (V. Saccone)
Martin guía a un grupo de turistas por los callejones de la favela Rocinha. (V. Saccone)

“¡Welcome to Rocinha! ¡I’m a bombero!”, grita desde el otro lado de la calle un hombre enfundado en un traje mimético, al tiempo que dedica su mejor sonrisa a los turistas. Los gringos devuelven el saludo y siguen fotografiando compulsivamente todo lo que pasa delante del objetivo de sus móviles o sus GoPro. “Yo siempre quise conocer una favela por dentro porque en Venezuela no se puede entrar. Allí te matan. Nos llamaba mucho la atención. La excursión a la favela es impensable en mi país. Y en Buenos Aires, donde vivimos, tampoco se puede entrar a las villas”, asegura Gabriela. “Nosotros compramos el 'favela tour' directamente en Nueva Zelanda. Lo reservamos junto al hotel y a las otras excursiones. Cuando la agencia nos lo propuso, nos pareció muy interesante”, agrega Hanna.

En el último lustro, el flujo de turistas hacia estas comunidades ha aumentado vertiginosamente. La concomitancia de la Copa Confederaciones de 2013, el Mundial de Fútbol de 2014, los Juegos Olímpicos de 2016 y el proceso de pacificación comenzado a finales de 2008 hizo que cada vez más viajeros se atreviesen a visitar algunas de las favelas ubicadas en las áreas residenciales, relativamente cerca de las playas de Copacabana e Ipanema. “Los más numerosos son los europeos, que tienen un mayor interés por el lado social de esta ciudad, sobre todos franceses e ingleses. Los estadounidenses solo quieren ir a las discotecas y conocer a chicas, pero a veces también aparecen para hacer el 'tour' en todoterreno”, cuenta el guía.

“¿No os da miedo?”, preguntamos a los neozelandeses. “No mucho. Parece una película. Es muy guay”La favela Santa Marta, por ejemplo, llegó a ser el quinto punto turístico de Río de Janeiro, con picos de hasta 10.000 visitas por mes. Un proyecto llamado 'Rio Top Tour' formó como guías turísticos a un grupo de residentes de las favelas para que pudiesen generar una renta dentro de la comunidad. Recientemente, con la crisis del modelo de pacificación y la recrudescencia de la violencia, el Ayuntamiento de Río de Janeiro ha eliminado todas las favelas de los mapas turísticos que distribuye. Esta decisión ha suscitado el descontento de los guías locales, que se han profesionalizado en los últimos años y se sienten discriminados por la nueva Administración municipal, controlada por un obispo de la principal iglesia evangélica de Brasil.

Una experiencia de turismo de guerra

En la actualidad, las empresas que organizan safaris en todoterreno dentro de la mayor favela de la ciudad se han visto beneficiadas. Martin asegura que lleva todos los días a grupos que quieren conocer “la vida de los pobres” en la favela. Durante el paseo, muestra a su manera el día a día en Rocinha. Señala un cable azul que recorre dos paredes hasta desaparecer dentro de un agujero. “Esto es una conexión pirata de internet. Aquí todas las casas tienen red, pero nadie paga”, asegura. Apunta a los cables eléctricos que quedan a la vista en todas las calles y callejones. “Los llaman espaguetis. En Brasil, para tener acceso a la sanidad pública, hay que tener un domicilio, y para tener un domicilio, hay que pagar la electricidad. Mirad este contador. Por aquí pasa tan solo el 5% del consumo real, lo mínimo para tener los papeles en regla. La mayoría de la electricidad viene por aquí, gratis”, dice al mismo tiempo que señala una maraña de cables enlazados ilegalmente.

Mientras tanto, seis coches patrulla llenos de policías armados, con los fusiles sobresaliendo por las ventanillas, pasan al lado del grupo de turistas, que los miran lacónicamente. “¿No os da miedo?”, preguntamos a los neozelandeses. “No mucho. Parece una película. Es muy guay”, responden. El pasado 19 de septiembre, el día en que hubo los tiroteos más violentos en la Rocinha, dos alemanes decidieron hacer la excursión en todoterreno a pesar del riesgo que suponía la reciente invasión de un centenar de bandidos dispuestos a todo para hacerse con el control del cotarro. Los turistas tuvieron que pasar tres barreras policiales y no pudieron salir del vehículo ni caminar por los callejones por cuestión de seguridad. Fue una experiencia de turismo de guerra en toda regla.

Una de las turistas, durante la visita a la favela Rocinha, en Río de Janeiro. (V. Saccone)
Una de las turistas, durante la visita a la favela Rocinha, en Río de Janeiro. (V. Saccone)

“Por causa de esta guerra, tuvimos que suspender las excursiones durante unos días. Los residentes que venden 'souvenirs' se subían por las paredes. Han perdido mucho dinero. A ellos les interesa que lleguen los turistas, no sienten vergüenza de cómo viven o de ser fotografiados”, dice Martin. En su recorrido por Rocinha, muestra escuelas públicas (“son cuatro en total”), tres bancos y algunas de las 100 iglesias protestantes. Cuando llega al edificio del ayuntamiento en la favela, espeta: “No hace absolutamente nada por la comunidad. Solo están aquí para pedir votos para las próximas elecciones”.

El guía destaca en más de una ocasión que las favelas poseen sus propias reglas y que en su territorio hay poca criminalidad. “Aquí es mucho más seguro que en Copacabana porque quien roba, muere. Lo matan en el acto”, asegura. Cuando le preguntan quiénes son los clientes de las agencias de turismo presentes en el lugar, explica que la mayoría de los habitantes de la favela son inmigrantes de los estados más pobres del nordeste o hijos de inmigrantes, y que las agencias venden mayoritariamente billetes de autobús para ir a visitar su pueblo de origen.

Las explicaciones ofrecidas por el guía mencionan constantemente la pobreza y la ilegalidad en la Rocinha, sin hacer alusión a las causas de la enorme desigualdad social. En Brasil, el 10% de la población controla el 40,5% de la riqueza nacional. El 0,1% más acaudalado (es decir, cerca de 27.000 contribuyentes) declara rentas por valor de 44.400 millones de reales (unos 12.000 millones de euros).

El safari de la miseria reproduce el estereotipo sobre pobreza y criminalidad que marca al 20% de la población de Río de Janeiro, es decir, más de 1,5 millones de personas. La dosis de adrenalina que supone el peligro de una guerra armada entre facciones constituye un atractivo extra para los turistas de los países ricos, que observan desde el todoterreno la injusticia social en la que todavía vive un quinto de la población de la Cidade Maravilhosa como si de una película se tratara.

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