Europa cierra filas por el cambio climático, pese a Trump
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conexión con el mercado de emisiones de Suiza

Europa cierra filas por el cambio climático, pese a Trump

El ETS es un invento ambicioso y, pese a sus importantes defectos de fabricación, relevante tanto para la industria como para los que se quejan de que cada año hace más calor en verano

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Foto: EFE.

El desplome de los mercados financieros hizo más ruido que el desplome del mercado ETS. Y sin embargo, la industria sabe bien la importancia que tiene este sistema ideado por la Unión Europea, que está a punto de anotarse un importante tanto: su conexión con el mercado de emisiones de Suiza, uno de los pocos territorios del continente que estaban al margen del ETS. Un paso que demuestra que la lucha contra el cambio climático mantiene su vigor en el viejo continente, pese a los desplantes de Donald Trump.

Pero ¿de qué trata el ETS? No, no hablamos de enfermedades de transmisión sexual, sino de permisos para contaminar. Lector, no cambie de canal: el Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea (conocido por sus siglas en inglés, ETS) es un invento ambicioso y, pese a sus importantes defectos de fabricación, relevante tanto para las industrias —cementeras, aerolínea, las refinerías de petróleo o las siderurgias, entre otras— como para los que se quejan de que cada año hace más calor en verano.

Además, su historia es interesante e incluye incluso un capítulo dedicado a las amenazas de guerra comercial.

El mayor mercado del mundo

Sin Suiza, el ETS ya es el mayor mercado del planeta en el que las empresas pujan por las licencias para emitir dióxido de carbono u otros gases de efecto invernadero: tres cuartas partes del comercio internacional del carbono pasan por la plaza comunitaria. Y con el objetivo de que en 2030 las emisiones que producen los sectores obligados a contar con estas licencias —la agricultura, por ejemplo, está exenta— se vean reducidas en más de un 40% respecto a 2005, la UE aspira a ampliarlo y mejorarlo.

Suiza, patria del queso gruyer, representa un agujero en el mapa de la Unión Europea, que con este acuerdo —aún pendiente de aprobación formal y ratificación, con lo que no se espera que entre en vigor antes de 2019 se cubrirá. Pero, además, el país aportará 54 grandes emisores al mercado, que podrán contar con una mayor liquidez de créditos de emisión, informa Reuters. También se incluirán los vuelos dentro de Suiza y con destino u origen a sus vecinos comunitarios.

¿Un precedente?

Otro vacío, más bien de tipo existencial, es el que ha dejado en la Unión Europea la decisión de Reino Unido de abandonar el barco comunitario. Y a unos días de que comience una nueva ronda de negociaciones entre Bruselas y Londres, todo lo que sucede se pone bajo la lupa del Brexit. El acuerdo con Suiza no es la excepción. ¿Sienta un precedente que permitirá a Reino Unido integrar su propio mercado de emisiones en el comunitario en un futuro?

“No ligamos todo lo que hacemos con el Brexit. Pero esto es un gran paso que muestra que el modelo puede ligarse con otros sistemas de emisiones, si fuera necesario”, ha asegurado la portavoz de la CE, Annika Breidthardt. El caso británico será particular, como en tantos otros ámbitos. Reino Unido ha participado del nacimiento del ETS y formará parte de él hasta el 29 de marzo de 2019, cuando está previsto que abandone la UE. Después, corresponderá a Londres decidir si mantiene en funcionamiento el mecanismo, si lo suprime o si solicita —como Suiza— unir su sistema al ETS.

Voto de confianza

Después de que Islandia, Liechtenstein y Noruega decidieran unirse al ETS en 2008, y tras los problemas que ha sufrido el sistema durante la crisis, el acuerdo con Suiza es un importante voto de confianza al modelo. La UE está tratando de reformarlo en profundidad, para corregir algunos de los errores de diseño que llevaron a que el precio de los permisos o créditos de emisión fuera tan bajo que dejaron de funcionar como un incentivo para que las empresas contaminaran menos. La crisis, que redujo la actividad industrial —y con ella, las emisiones—, terminó de desplomar los precios, que aún no se han recuperado.

Al borde de una guerra comercial aérea

Corría el año 2012 cuando la UE, cansada de fiascos climáticos como la cumbre climática de Copenhague y de empujar durante años para sacar adelante un acuerdo global para reducir las emisiones de los aviones, se cansó. Y decidió dar un paso adelante, bajo el principio de “quien contamina paga”, al incluir a las aerolíneas entre las empresas que deben contar con permisos para contaminar.

El movimiento sentó como un tiro a socios como Estados Unidos, China, India, Rusia, México y Brasil, entre otros, que consideraban intolerable que la UE hiciera pagar a sus aviones en un movimiento unilateral. Las reacciones incluyeron desde pleitos ante los tribunales hasta amenazas de represalias comerciales. Rusia incluso dejó ver que podría impedir a los aviones europeos volar sobre su territorio, lo que aumentó el nerviosismo en el sector aéreo comunitario.

Finalmente, la UE dio un paso atrás, “paró el reloj” y dejó de aplicar esta exigencia a los vueltos transcontinentales, para facilitar un acuerdo multilateral en la Organización de Aviación Civil Internacional. Un pacto que no se llega a concretar, por lo que en estos momentos los europeos tienen que tomar una decisión peliaguda: si prolongar la pausa para dar más tiempo a unas negociaciones que la llegada de Trump dificultan aún más, o volver a tensar la cuerda.

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