venta ilícita de menores en la india

Adopciones y tráfico de niños, una línea difusa

La alarma saltó primero en el estado de Bengala Occidental, donde se encontraron tres bebés metidos en cajas de galletas: entre los 11 detenidos hubo médicos y funcionarios

Foto: Niños jugando frente a una réplica del Taj Mahal en Bangalore. (Reuters)
Niños jugando frente a una réplica del Taj Mahal en Bangalore. (Reuters)

David y Desiree aguardaban con emoción la llegada de sus dos hijas adoptivas, pero la realidad no fue como lo habían planeado: al poco tiempo de que las dos hermanas llegaran desde India a su casa de adopción en Estados Unidos, los nuevos padres se dieron cuenta de que las niñas en realidad no querían estar allí. “Cuando por fin se atrevieron a hablar nos contaron la verdad: no eran huérfanas, sino que habían sido robadas y vendidas. Incluso las amenazaron para que mintieran en las entrevistas que les hicieron los oficiales de la embajada”, contaba Desiree Smolin, madre adoptiva, cuando los medios se hicieron eco de su caso.

Los Smolin tardaron seis años en encontrar a la madre biológica de Manjula y Bhagya. En 1995, Lakshmi había enviado a sus dos hijas a un centro en Hyderabad, donde le dijeron que recibirían una buena educación. En realidad se trataba del Action for Social Development, una agencia de adopciones. Fue a visitarlas varias veces, viéndolas siempre desde la distancia. Pronto le dijeron que por la mejor adaptación de las niñas al centro era preferible que dejara de visitarlas. Cuando Lakshmi pidió recuperar a sus hijas, en el centro le exigieron una gran suma de dinero imposible para ella. En realidad los trámites para la adopción de sus hijas ya habían empezado. “Adoptamos a Manjula y Bhagya porque nos dijeron que eran huérfanas” le cuenta David Smolin a Lakshmi en una carta que la familia adoptiva también hizo pública.

En las navidades de 2005 y gracias a la ayuda de la organización Against Child Trafficking (ACT), una de las niñas, ya adolescente, se reencontró con su madre. Un emotivo encuentro grabado en vídeo en el que Lakshmi, abrazando a Manjula, repite una y otra vez entre lágrimas que pensaba que nunca volvería a ver a su hija. El caso de Manjula y Bhagya no es aislado. Aunque no existen cifras oficiales de cuántos menores indios han sido adoptados sin el consentimiento real de sus padres biológicos, la Oficina del Registro del Crimen recoge en su último informe, que en 2015 se registraron 668 casos de secuestros con el propósito de la adopción, una cifra que ha aumentado con respecto a los registros de años anteriores (407 casos en 2014; 160 en 2013).

El descubrimiento de varias redes de tráfico de bebés a finales de 2016 y principios de 2017 evidencia de nuevo esa difusa línea que se dibuja entre tráfico de niños y adopciones legales: robos de bebés de clínicas que acababan siendo dados en adopción tanto dentro de India como a otros países. La alarma saltó primero en el estado de Bengala Occidental, donde se encontraron tres bebés metidos en cajas de galletas. Hasta 11 detenidos, entre ellos médicos y personal sanitario, dueños de las clínicas de maternidad o supuestas ONG y funcionarios públicos que falsificaban documentos. La policía calcula que entre 45 o 50 bebés podrían haber sido traficados a través de esta red y que se habría llegado a pagar 300.000 rupias por los niños y 100.000 por las niñas (4.150€ y 1.400€ respectivamente).

Unas semanas después, saltaba a la luz otro caso también en el mismo estado, con arresto incluido de Juhi Chowdhury, secretaria de Estado en Bengala Occidental por el BJP (mismo partido del Primer Ministro Narendra Modi), por su relación con Chandana Chakravarty, directora del centro de adopciones Bimala Sishu Griha y supuesta líder de esta red de tráfico de menores. Chakravarty declaró que Chowdhury le ayudaba a conseguir financiación y licencias, y que le presentó a otros miembros del BJP en Delhi. Según la policía, en los últimos dos o tres años se habrían vendido a través de esta red al menos 17 menores de entre seis meses y 14 años de edad que habrían sido adoptados por parejas de Australia, Estados Unidos, Francia y España, pagándose entre 10.000 y 20.000 euros por menor. En total 7 personas fueron arrestadas en este caso, incluidos los Oficiales para la Protección del Menor de los distritos de Jalpaiguri y Darjeeling y un miembro del Comité para el Bienestar del Menor.

Orfanato de Chennai, ciudad situada al sur de la India. (Efe)
Orfanato de Chennai, ciudad situada al sur de la India. (Efe)

Proceso de adopciones

En India se puede adoptar siguiendo la Ley Hindú de Adopciones de 1956 y la Ley de Justicia Juvenil de 2000. Además, como país firmante del Convenio de la Haya, debe acogerse a las directrices que marca. La Autoridad Central de Recursos de Adopción (CARA, por sus siglas en inglés) es la única agencia gubernamental a través de la cual se pueden gestionar las adopciones en India, tanto nacionales como internacionales. Las adopciones que se tramiten por otro canal serían ilegales. Según datos públicos ofrecidos por CARA desde 2010 hasta marzo de 2017 más de 30.000 menores fueron adoptados en India y hubo más de 3.500 adopciones internacionales.

Antes de que comience el proceso, cada menor debe ser declarado “libre para adopción” por el Comité por el Bienestar del Menor (CWC, por sus siglas en inglés). Este certificado obligatorio es la prueba oficial de que el niño o niña es huérfano o ha sido abandonado. El propio Secretario de CARA, Deepak Kumar, explica a El Confidencial en conversación telefónica que para obtener este certificado se coteja la información del menor con denuncias de niños desaparecidos y se pone un anuncio con información y una fotografía del menor en el periódico local (durante dos meses para los niños menores de dos años y durante cuatro meses para los mayores de esta edad). Si en ese tiempo nadie reclama al niño y no hay denuncias de que esté desaparecido, se declara libre para adopción.

A menudo informan a las madres que acaban de dar a luz que su bebé ha nacido muerto“En India, adoptar un niño sin verificación previa es casi imposible”, asegura Kumar. Y afirma con vehemencia en dos ocasiones más durante la conversación que los niños que son adoptados a través del sistema gubernamental de CARA, es “casi negativo” y existen “muy pocas posibilidades” de que hayan sido traficados. Pero la investigación real que se hace sobre el origen de los niños y la manera en que esos certificados son expedidos por los CWC de cada distrito, genera dudas entre organizaciones y activistas que llevan varios años denunciando que bajo el manto de las adopciones se encubre lo que en realidad es tráfico de menores.

“Hay varias denuncias de que las personas que dirigen algunas clínicas, a menudo informan a las madres mentalmente inestables o madres solteras que acaban de dar a luz que su bebé ha nacido muerto. Luego se encargan de que otra mujer se presente ante el CWC con el bebé diciendo que es suyo y que quiere entregarlo para que se hagan cargo de él”, informó un miembro del CWC del distrito de Jalpaiguri en condición de anonimato, según recoge el periódico Hindustan Times. “En el momento en el que encontramos [centros de adopción que trafican con menores] los cerramos, y continuaremos haciéndolo”, es la respuesta tajante de Kumar, Secretario de CARA.

Convenio VS Convención

Esta respuesta oficial no convence a Arun Dohle, miembro y uno de los fundadores de la organización Against Child Trafficking (ACT) que señala la facilidad con que se puede tranvestir como adopción legal lo que en un principio no lo era. ¨Básicamente todo se decide sobre el papel, y una vez que el niño ha entrado en el sistema, lo que haya ocurrido en un principio es, de alguna manera, corregido. Se siguen los pasos siguientes y todo parece que es legal. Es imposible ver que en realidad se trata de tráfico de menores”, cuenta a través de Skype desde Alemania. Dohle habla desde la experiencia. Él mismo tardó 17 años en encontrar a su madre biológica. Nació en India y fue adoptado con dos meses por una pareja en Alemania. Siempre sospechó que su madre no consintió su adopción y pudo finalmente corroborar sus sospechas cuando la conoció en 2010.

Habían pasado 37 años desde que su madre, que se quedó embarazada sin estar casada, le dejó en un centro para que cuidaran de él, no para que le sacaran del país y se lo diesen a otros padres. Para Dohle el problema radica en la diferencia de planteamiento entre el Convenio de La Haya y la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño. La segunda establece las adopciones internacionales como último recurso y solamente si se han agotado las posibilidades que ofrece una familia temporal, los orfanatos o las casas de acogida dentro del país de origen del niño. El Convenio de La Haya, sin embargo, aunque no establece la adopción internacional como primera opción, sí que relega a los demás tipos de soluciones a última instancia.

“Hay que acabar con el tráfico legal y entonces se conseguirá parar el tráfico ilegal”, sentencia Dohle. En varias entrevistas le han citado como detractor acérrimo de las adopciones, y por ello ahora precisa mucho sus palabras: “No estoy en contra de las adopciones, estoy a favor de los derechos de los niños. De lo que sí estoy en contra es del actual sistema de adopciones internacionales porque crea un mercado regulado de menores”.

Niños del orfanato Life Line Trust Salem, en Tamil Nadu. (Reuters)
Niños del orfanato Life Line Trust Salem, en Tamil Nadu. (Reuters)

El dinero

Existen pocos datos sobre los beneficios que generan las adopciones internacionales. El informe sobre crimen organizado en la Unión Europea de 2005 cifra en 1 billón de euros anual el valor del “mercado de tráfico de niños” relacionado con adopciones ilegales, que involucra a más de un millón de menores. David Smollin, que tras de su experiencia personal como padre adoptivo de Manjula y Bhagya se convirtió en un experto legal en adopciones internacionales, ha dirigido varias investigaciones sobre estos asuntos para la Universidad de Samford en Alabama, donde es director del Centro para la Infancia, Derecho y Ética. En su artículo “Intercountry adoptions as child trafficking” argumenta que teniendo en cuenta que la adopción cuesta entre 5.000 y 10.000 dólares, “cuando ese dinero va a naciones con una renta per cápita menor a mil dólares (y a menudo menor a 500 dólares) es extraordinariamente difícil evitar que la adopción se convierta en trata de niños”.

Tenía una vida en India que no me fue permitida vivir porque alguien pensó que tenía que rescatarme

En las conclusiones del mismo artículo añade que, lejos de argumentar que todas las adopciones internacionales constituyan la venta ilícita de menores, y “estando seguro de que hay muchas adopciones internacionales que son éticas, donde el dinero no ha jugado ningún papel ilícito, sin embargo, el sistema en su conjunto está corrupto porque no tiene medios eficaces para prevenir que las adopciones internacionales degeneren en el tráfico de menores”. Según un informe de Save the Children, entre el 50 y el 90% de los niños que viven en orfanatos en todo el mundo, en realidad tienen al menos uno de sus padres o un miembro de su familia vivo y dispuesto a cuidar de él, siendo la pobreza y no la falta de un tutor lo que lleva a las familias a ingresar a los menores en un orfanato.

Cuando recae sobre Arun una de las preguntas casi obligadas que, dice, le suelen preguntar, (que si hubiese preferido haberse quedado en India en vez de haber sido adoptado), responde calmado pero seguro. “Es una pregunta injusta porque no tengo nada con qué comparar”- se le escapa una risita nerviosa, y continúa- “yo tenía una vida en India que no me fue permitida vivir porque alguien pensó que debía rescatarme, y entonces fui rescatado. Sólo me queda aceptar mi vida tal cual es ahora. No puedo decir que me arrepienta de nada, pero lo que sí que puedo decir es que adoptarme sin el consentimiento de mi madre fue un crimen”.

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