24.000 extranjeras en servicios domésticos

El calvario de las asistentas en Singapur: las olvidadas de un sistema perfecto

Thelma recibía dos porciones de noodles y un trozo de pan a la 1:00. Si quería agua del grifo tenía que pedir permiso. En 15 meses adelgazó 20 kilos. Casos similares, por desgracia, son frecuentes

Foto: Un hombre coloca un panel tras el anuncio de una agencia de asistencias en Singapur, en 2006. (Reuters)
Un hombre coloca un panel tras el anuncio de una agencia de asistencias en Singapur, en 2006. (Reuters)

Las piernas fracturadas y los brazos quemados eran las lesiones más visibles en el cuerpo de Jonna Memeje, una empleada doméstica nacida en Filipinas que trabaja en Singapur. Sin embargo, su empleadora también le golpeaba la cabeza contra la pared y le pegaba bofetadas. Es solo parte del abuso que la llevó a saltar desde un sexto piso y escapar.

Doménica no se atreve a dar su verdadero nombre. Cuenta que fue obligada a masajear los pies a su jefa varias veces por semana, a secarle el pelo y cortarle las uñas. No la dejaban comer hasta que se iban los invitados y cuando cocinaba su cena la maldecían por el olor que causaba tan tarde en la noche. Sus porciones eran la mitad de lo que comía el perro.

Thelma recibía dos porciones de noodles y un trozo de pan a la una de la madrugada. A la mañana siguiente, solo pan. Si quería agua del grifo tenía que pedir permiso a su empleadora. Resistió 15 meses, momento en el que ya pesaba 20 kilos menos que cuando empezó a trabajar, había perdido la menstruación y su pelo se caía sin razón aparente. El castigo para sus jefes es de risa: tres meses de prisión para el jefe de la familia, tres semanas para su mujer, y una multa de 6.500 euros (un poco más que el sueldo medio de ese país).

Florentina comía poco y dormía menos en una pequeña cama junto a los niños de la familia o en la sala de estar. A su escasa privacidad le instalaron cámaras de vigilancia. “Me descontaban del sueldo lo que se rompía al limpiar y me quitaban el día libre sin explicaciones”, relató a El Confidencial. Su nombre es falso, su miedo, verdadero.

Aproximadamente 240.000 mujeres extranjeras están en Singapur para trabajar en servicios domésticos. Son filipinas, indonesias, camboyanas y birmanas que aterrizan en la joya asiática, el país ejemplar, el “sistema perfecto” para hacer sus sueños realidad. Pero terminan siendo víctimas de un sistema siniestro que esclaviza y somete a los más vulnerables.

Una empleada doméstica plancha la ropa de su empleador en una residencia en Singapur, en 2006. (Reuters)
Una empleada doméstica plancha la ropa de su empleador en una residencia en Singapur, en 2006. (Reuters)

Entre bambalinas, un film de terror

El ordenador está libre, entonces la mujer que acaba de entrar toma asiento, se coloca los auriculares con micrófono y abre el Skype. Mientras inicia la sesión, chatea por Whatsapp. Los mensajes no dejan de entrar, como ocurre cuando nos conectamos después de mucho tiempo. Exactamente una semana atrás, el domingo anterior, Lynn llegó a la Organización Humanitaria para Inmigrantes Económicos (HOME, por sus siglas en inglés) en busca de internet. Su rutina es la de cientos de mujeres que ahora se amontonan en el centro comercial con Wi-Fi gratis donde se encuentra la ONG.

Al cabo de pocos minutos Lynn comienza la videoconferencia. La imagen muestra a una niña y un niño, que están felices de ver a su madre del otro lado del monitor. Rebotan en la silla como un resorte a causa de la excitación que les provoca verla; la alegría no les cabe en el cuerpo. Hablan un momento y, de repente, Lynn desactiva la función de video.

Siguen conectados por audio y ella les dice que la conexión no alcanza para la imagen. Los niños cuentan historias largas, quizá de novios nuevos, tal vez de peleas en la escuela. Lynn silencia el audio y los niños gritan “hola, hola”, para saber si mamá sigue ahí. Unos segundos después, ella corta la llamada y libera a borbotones las lágrimas que no pudo contener ni por dos minutos.

Después, solo queda chatear, mentir, decorar la realidad. “La decepción es gradual, al principio nos fijamos en el dinero y estamos felices. Luego cambian las condiciones, llega la desesperación pero no queremos transmitirlo a nuestras familias porque están lejos y no pueden hacer nada”, confiesa Lynn.

El cóctel resultante de la presión, el desinterés y la sumisión es fatal

Afuera del centro comercial, varias mujeres se sacan selfies. Sonríen delante del escaparate de Louis Vuitton y envían las fotos a su familia. El resto del tiempo las envuelve un semblante triste y un andar derrotado. “Vivir afuera no es sencillo si no puedes llamar a casa porque no te permiten usar el teléfono”, explica Lynn. Además de fotos, envía el 75% de su salario a través de una remesa, nunca inferior a 400 dólares.

Rosalina manda 300 dólares de un salario total de 450. Le cuesta más ahorrar porque en la casa donde vive no le sirven suficiente comida. “En Filipinas todos me piden que les mande dinero. Si tuviera algo más, ayudaría, pero aunque crean que me sobra, no es así. No quiero que se preocupen y sepan que paso mucho tiempo triste”, relata a El Confidencial.

Las extranjeras que llegan a Singapur también son conocidas por su sumisión. Otra mujer que pidió ayuda a HOME después de aguantar casi un año, dijo: “Siempre me pregunto por qué los respeté tanto”. El nivel de maltrato es tal que llega a causar muertes por caídas al vacío, mientras ellas intentan limpiar la parte exterior de las ventanas. Desde 2000 suman alrededor de 100 fallecimientos y en ocasiones la parca no tarda en llegar: un caso reciente terminó con la muerte de una mujer de Indonesia que cayó durante su décima jornada laboral.

Desde 2004 existe un curso obligatorio de seguridad pero dura solamente cuatro horas. Son muertes que no preocupan al empleador y empleadas que no se atreven a rechazar ninguna orden. El cóctel resultante de la presión, el desinterés y la sumisión es fatal.

G. Krishmaveni, de 23 años, muestra las cicatrices producidas por los abusos de su empleador en un refugio para mujeres en Singapur, en 2004. (Reuters)
G. Krishmaveni, de 23 años, muestra las cicatrices producidas por los abusos de su empleador en un refugio para mujeres en Singapur, en 2004. (Reuters)

"Escenario ideal" para la explotación

Singapur suele ser protagonista en los medios por su juventud, fortaleza, riqueza y modernidad. Cuando no se le menciona como el país más limpio del mundo, se habla de sus rascacielos impresionantes, o de su importancia en el comercio internacional. Singapur se dibuja en el imaginario colectivo como un lugar de ensueño.

También es famoso por sus estrictas y respetadas leyes. Una de las más llamativas se refiere a la importación de chicles, que está casi prohibida en la isla. El castigo para quienes no respeten la regulación puede superar los 65.000 euros y una condena de hasta dos años de prisión. La lista de normas rígidas y penas importantes es variada: incluye condenas por usar redes Wi-Fi sin autorización, descargar contenido pornográfico, escupir y tirar colillas de cigarrillo en la vía pública, entre otras.

Existen leyes que protegen al trabajador en Singapur, donde se establecen sus derechos, días libres, plazos para el pago de salarios, cantidad máxima de horas y otros detalles que protegen a los empleados. Sin embargo, esta ley excluye de manera expresa a empleadas domésticas. Lo único que les queda es esperar que sus jefes sigan la “Guía de Empleador para la Empleada Doméstica Extranjera”, un documento que orienta al empleador para velar por el bienestar de sus trabajadores. Lo informa sobre días de descanso, comodidad, privacidad, seguridad y otras condiciones.

El problema es que la visa de trabajo vincula al extranjero con su empleador de forma tan intensa, que se vuelve complicado hacer valer algunos derechos. El personal doméstico obtiene su permiso a través de la solicitud de sus superiores y estos pueden revocárselo de manera unilateral. Además, no pueden ser contratados por otros en Singapur (ni siquiera a tiempo parcial) y si desean cambiar de “dueño”, el saliente debe estar de acuerdo con el traspaso.

“La desprotección social convierte a los inmigrantes en objetivos fáciles para trabajos forzados”, dice un activista

“Esta desprotección social los convierte en objetivos fáciles para trabajos forzados”, dijo a El Confidencial Jolovan Wham, director ejecutivo de HOME. A esta vulnerabilidad se suman otras condiciones, que dejan a las empleadas domésticas libradas a la suerte de recibir el trato que sus empleadores quieran ofrecerles.

Algo que acentúa esa debilidad es lo que Wham llama “esclavitud por deuda” y se refiere a la relación de dependencia que une a inmigrantes y agencias desde el día uno de su trabajo en Singapur. Aunque el gobierno realizó esfuerzos por limitar sus comisiones, la realidad todavía indica que al menos medio año de trabajo doméstico termina en las arcas de estas empresas mediadoras. Algunas mujeres también llegan con deudas desde sus países de origen porque debieron pagar a reclutadores locales.

Ellas no están autorizadas a terminar sus contratos hasta que logren anular ese déficit, y si deciden renunciar son pasibles de acoso y daño”, contó Wham, y agregó que “si la trabajadora cambia de empleador durante el período de pago, tal vez la obliguen a pagar dos salarios adicionales como ‘multa por transferencia’. Quienes sufren situaciones de abuso y explotación, a veces siguen trabajando por temor a perder sus empleos y no ser capaces de pagar sus créditos”.

Tal es el caso de Teang Phanna, que llegó a Singapur en 2014 y cuando el sueño se tornó pesadilla decidió quejarse a la agencia que la reclutó. “Sigue trabajando, eso ayudará a solucionar el problema”, le dijeron. Sin nadie que la ayude y con una deuda pendiente, acató. Hasta finales de 2015 no logró abandonar su empleo. La jornada de Phanna se extendía desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche sin descanso. Un día olvidó llevar agua a sus jefes mientras veían televisión; el descuido les molestó tanto que la despertaron a la una de la madrugada para que completara su tarea.

Una asistenta extranjera limpia un panel en una empresa de Singapur, en 2005. (Reuters)
Una asistenta extranjera limpia un panel en una empresa de Singapur, en 2005. (Reuters)

Los juegos del hambre

A mediados de 2015, HOME realizó una encuesta que reveló que el 40% de las mujeres estaban hambrientas “siempre o a menudo”, mientras vivían con sus empleadores. Solo el 9% “casi nunca o nunca” sintió hambre. La inmensa mayoría (el 79%) sufrió pérdida de peso mientras trabajó en Singapur. El 12% no tuvo tres comidas diarias y solo el 44% estaba autorizado a tomar alimentos del refrigerador o la despensa de la casa de sus jefes.

Las regulaciones sobre alimentación a empleadas domésticas en este país están explicadas con conceptos poco específicos. La guía para este sector sugiere a los contratantes “ser comprensivos” y aunque especifica desayunos, almuerzos y cenas, no hay señales de que todos acaten la sugerencia.

La esclavitud moderna está tratando a los trabajadores como objetos

La directora de la agencia de empleo doméstico Homekeeper, Carene Chin, fue consultada por The Straits Times de Singapur acerca del hambre de las trabajadoras. “Si tienes miedo y no te atreves a preguntar, no deberías quejarte de que tu empleador no sea lo suficientemente amable”, razonó.

En la organización HOME se acumulan denuncias que involucran a empleadores y agentes, que compran y venden trabajadoras como si fueran productos. Hay reportes de trabajo forzoso, amenazas, castigos físicos, abuso psicológico, restricción de la libertad de movimiento y maltrato.

"La esclavitud ya no consiste en mujeres y hombres encadenados, con amos que los azotan mediante látigos. La esclavitud moderna está tratando a los trabajadores como objetos, obligándolos a esforzarse por un pequeño o nulo salario, a merced de sus empleadores”, sentenció Wham.

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