¿busca EL PRESIDENTE de eeuu complacer a rusia?

Trump no quiere derrocar a Assad: por qué la CIA ha abandonado a los rebeldes sirios

El abandono oficial del programa 'Train & Equip' ('Entrenar & Equipar') supone aceptar que, tras seis años de guerra y casi medio millón de muertos, el presidente sirio se queda

Foto: Insurgentes sirios toman posiciones en un edificio dañado en el barrio de Teshreen, en el extrarradio de Damasco, en abril de 2017. (EFE)
Insurgentes sirios toman posiciones en un edificio dañado en el barrio de Teshreen, en el extrarradio de Damasco, en abril de 2017. (EFE)

La noticia ha caído como un jarro de agua fría en las filas de la oposición siria: la caída de Bashar Al Assad ha dejado de ser oficialmente uno de los objetivos de la política exterior estadounidense, que a partir de ahora se centrará exclusivamente en la lucha contra el Estado Islámico. La decisión del presidente Donald Trump de cancelar el programa de armamento y formación de rebeldes sirios en Turquía y Jordania supone aceptar que, les guste a las cancillerías occidentales o no, seis años y casi medio millón de muertos después, Assad se queda.

La medida fue anunciada ayer por el diario Washington Post, que especula con hasta qué punto se ha dado este paso para complacer a una Rusia con la que Trump parece ansioso por estrechar lazos. “La decisión sobre los rebeldes apoyados por la CIA será bienvenida en Moscú, que enfocó su potencia de fuego contra estos combatientes tras intervenir en Siria en 2015”, señala el rotativo.

Pero según la agencia de inteligencia privada Soufan Group, el proyecto estaba muerto ya desde poco después de la llegada de Trump a la Casa Blanca. “El programa, como otros anteriores, era un secreto a voces, clasificado solo en el nombre, dado que su existencia venía siendo reportada constantemente en la prensa, y era obvia sobre el terreno en Siria. El programa había sido cancelado efectivamente desde enero, y la Administración Trump ha estado considerando acabarlo oficialmente desde abril”, afirma esta consultoría en un informe público. “Mientras la reacción a las noticias se ha centrado sobre todo en sus implicaciones para las relaciones de EEUU en Rusia, la decisión probablemente se tomó basándose en dos realidades incómodas: el programa era inefectivo, y el riesgo de armar y entrenar a rebeldes en un campo de batalla dominado por grupos terroristas supone serias preocupaciones de seguridad nacional. Desde 2013, el programa ha experimentado pérdidas y controversias de alto nivel, incluso mientras se enfocaba en derrotar al llamado Estado Islámico”, opina el Soufan Group.

El programa fue iniciado por orden de Barack Obama en 2013, como la alternativa más simple a una intervención a gran escala a la que el presidente estadounidense -al contrario que los líderes de Francia o Turquía, entre otros- siempre se resistió. EEUU se preparó para entrenar en Jordania a unos 3.000 miembros del Ejército Libre Sirio y crear una fuerza militar proocidental que pudiese alterar la situación sobre el terreno. Instructores británicos y franceses participaron también en la iniciativa.

Un combatiente del Ejército Libre Sirio maneja una ametralladora en la localidad de Dael, en la región siria de Deraa, el 8 de junio de 2017. (Reuters)
Un combatiente del Ejército Libre Sirio maneja una ametralladora en la localidad de Dael, en la región siria de Deraa, el 8 de junio de 2017. (Reuters)

Esta se malogró desde el principio. Muchos de los rebeldes entrenados y equipados por EEUU acabaron pasándose a otras facciones, algunas de ellas islamistas radicales, o vendiendo el armamento. En el contrabando de armas llegaron a participar, aparentemente, incluso oficiales de inteligencia jordanos. La tacañería de la CIA jugó un papel importante: muchos comandantes rebeldes se quejaban constantemente de que solo recibían pequeñas cantidades de armas y munición, insuficientes para combatir de forma efectiva. Mientras tanto, Turquía, Qatar y Arabia Saudí, menos constreñidos por las credenciales yihadistas de algunas milicias, eran mucho más generosos en sus contribuciones de armamento y financiación. Además, mientras la CIA pagaba salarios de 100 a 150 dólares, un combatiente rebelde podía aspirar a ganar más del doble en las filas del Frente Al Nusra o el Estado Islámico. Para 2014, el fracaso del programa era evidente.

EEUU lo volvió a intentar poco después en Turquía, esta vez con el programa a cargo del Pentágono, que buscaba entrenar a 15.000 insurgentes en un plazo de tres años. Muchos se preguntaban por qué Washington insistía en una idea que ya había dado tan malos resultados. Pero en el complejo tablero sirio, EEUU necesitaba tener sus peones. “Si EE.UU. quiere tener influencia sobre la rebelión, tiene que implicarse o no tendrá ninguna carta que jugar”, explicaba entonces a este reportero el analista Aron Lund, editor del proyecto “Siria en Crisis” del Centro Carnegie para la Paz Internacional.

El ISIS, piedra de toque

Sin embargo, la irrupción en escena del Estado Islámico alteró sensiblemente las prioridades estadounidenses. La caída de Mosul, y poco después el asedio de Kobani, convencieron a los estrategas norteamericanos de la necesidad de apoyar a las milicias kurdas, la fuerza bélica más efectiva sobre el terreno frente a los yihadistas. El Departamento de Defensa se volcó en ayudar a las Unidades de Protección Popular (YPG), las guerrillas kurdas en Siria, y a los 'peshmerga' del norte de Irak. Mientras, los problemas con los combatientes árabes se multiplicaban.

Muchos de ellos se resistían a centrar sus esfuerzos en la lucha contra el ISIS en lugar de Assad, por mucho que esos fuesen los deseos de sus patrocinadores. El Pentágono esperaba formar a 3.000 insurgentes para finales de 2015, pero solo 200 llegaron a pisar los campos de entrenamiento. De estos, la mayoría abandonó el programa cuando se les exigió firmar un documento por el que se comprometían a no atacar a las fuerzas de Assad. Tan solo 54 terminaron la formación… y fueron rápidamente neutralizados por el Frente Al Nusra nada más entrar en Siria.

Partidarios de Assad durante una marcha de apoyo en Damasco, en febrero de 2014. (Reuters)
Partidarios de Assad durante una marcha de apoyo en Damasco, en febrero de 2014. (Reuters)

“El cese por parte de Trump de la financiación de la CIA a los rebeldes sirios señala el toque de difuntos de los esfuerzos occidentales para reducir el poder de Irán y Rusia en el Levante”, opina el profesor Joshua Landis, director del Centro de Estudios de Oriente Medio en la Universidad de Oklahoma y uno de los principales expertos del mundo en Siria. “El presidente Trump calificó las guerras en Oriente Medio de 'estúpidas' durante su campaña, y dijo que la política estadounidense de cambio de régimen era una 'política fallida'. Esta es su forma de enfocarse estrechamente en eliminar al ISIS y acabar con los esfuerzos de Washington para sacar a Assad del poder por la fuerza de las armas. Cree que trabajando con los rusos, EEUU destruirá al ISIS más rápidamente”, señala Landis.

Landis apunta que Trump podría no estar equivocado en este sentido. “El ejército sirio, con apoyo ruso, ha matado a cientos de combatientes del ISIS en los últimos meses. Ha expulsado al ISIS de un territorio el doble de grande que Líbano solo en los dos últimos meses. Más esfuerzos para debilitar al ejército sirio solo podrían retrasar la desaparición del ISIS”, explica este experto. “Muchos líderes occidentales han precedido a Trump en la conclusión de que Assad va a seguir en el poder. Ya no creen que expulsar a Assad de Damasco por la fuerza sea realista. El presidente Macron ha articulado esta postura para la UE. El fin del apoyo occidental a la oposición militante siria ha sido claro desde que radicales empezaron a poner bombas en las capitales europeas”, asegura.

“El programa, incluso en el rarísimo mejor de los casos, nunca iba a lograr derrocar a Assad, tanto porque estaba apropiadamente limitado en sus objetivos y escada, como porque los rusos -para quienes la continuidad de Assad está considerada una cuestión crítica de interés nacional- se unieron abiertamente al conflicto con un nivel decisivo de fuerza que ningún programa encubierto puede equiparar”, dice el Soufan Group. “La cancelación del programa de la CIA es un reconocimiento de que no estaba sirviendo de forma significativa a los intereses de los EEUU, y de que la Administración Trump no ve la salida de Assad -ni siquiera a través de medios encubiertos- como una prioridad”, afirma el informe.

Aunque, para Landis, esto no es necesariamente algo bueno: “Este es el último aliento de la política estadounidense de cambio de régimen que tantos esfuerzos ha comprometido para promover la democracia y los derechos humanos en una parte del mundo que tanto necesita de ambos”, concluye. Los críticos de la política estadounidense tradicional en la región -¿tal vez incluyendo al presidente Trump?- opinan de otro modo.

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