de libia a los centros de detención italianos

Una práctica "trágicamente común": la tortura golpea en la puerta sur de Europa

Un porcentaje enorme de los inmigrantes que llegan a Italia son o han sido víctimas de torturas. El país transalpino carece de una legislación que permita combatir estos abusos

Foto: Un grupo de inmigrantes come alimentos proporcionados por voluntarios en un campamento improvisado en el centro de Roma, en agosto de 2016. (Reuters)
Un grupo de inmigrantes come alimentos proporcionados por voluntarios en un campamento improvisado en el centro de Roma, en agosto de 2016. (Reuters)

En Roma, para Olu el Día Internacional de Apoyo a las Víctimas de Tortura, que se celebra hoy, será uno más. Viene de Nigeria y llegó a la capital hace dos meses, después de pasar por Lampedusa y Calabria. Lo peor de su viaje, que todavía no ha terminado, lo pasó en África. El agotamiento y la deshidratación cruzando el desierto de Níger dirección Libia fue solo el principio. Cuando por fin llegó, con el propósito de coger una embarcación para llegar a Europa, las cosas se complicaron. Acabó secuestrado por traficantes de personas que solo buscaban más y más dinero.

La violencia extrema, las amenazas y los malos tratos estaban a la orden del día. “Nos tenían todo el día esposados. En Libia siempre caminas entre la vida y la muerte, todo el mundo tiene pistola y no sabes cuando la van a usar”, cuenta a El Confidencial. Olu tiene 16 años y viaja solo. Tiene cara de niño, pero su mirada, a veces dulce y otras vacía, delata que ha vivido más que muchos hombres.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que en Libia hay más de 350.000 migrantes y al menos 7.100 recluidos en campos de detención oficiales. Recientemente, numerosas organizaciones, como Oxfam Intermón o Amnistía Internacional han denunciado que allí sufren a menudo vejaciones, torturas, agresiones sexuales y extorsión a manos de las mafias y están sometidos a trabajos forzados y otras violaciones sistemáticas de los derechos humanos.

“Nos maltrataban y después llamaban a nuestras familias para pedirles dinero a cambio de no matarnos”, relata Olu. Es el modus operandi habitual de los traficantes libios de personas. Algunas veces llegan a enviar vídeos o fotografías de las torturas a los familiares. Cuando ya no pueden más y haciendo un esfuerzo sobrehumano, acaban entregando lo que les piden. “Dinero, dinero” es lo que siempre nos gritaban. El precio de un pasaje hacia Europa de media ronda los 1.700 dólares y Olu acabó pagando 1.900, una cifra desproporcionada para sus posibilidades. Todo para montarse en una embarcación precaria, llena de gente hacinada, en la que jugarse la vida para llegar a Europa.

Cuenta lo que ha vivido mientras espera en la fila de la cena que organizan en un improvisado campamento a las afueras de la ciudad los voluntarios de Baobab Experience, una histórica asociación romana. El entorno, de periferia abandonada, es desolador. Ha sido el día del desalojo definitivo, la policía se lo ha llevado todo y “ahora toca improvisar”, explican. Su misión es dar ropa, agua y comida y un lugar dónde dormir a quienes acuden a ellos.

Junto a Olu está Ibrahim, tiene 17 años, también viaja solo, viene de Nigeria y pasó por la misma situación en Libia. Sus heridas de quemaduras aún no han terminado de cicatrizar. Se conocieron en Roma, en un Centro de Internamiento de Extranjeros. “La policía nos llevó a una sala muy grande, había demasiada gente, estábamos todos juntos, pegados, hacía mucho calor, no se podía respirar”, cuentan. Y se escaparon de allí. Ahora no saben qué van a hacer. Olu quiere ir a España e Ibrahim, salir de Italia: “aquí no tengo dónde ir, ni nada que hacer, solo voy de un sitio a otro cuando nos va echando la policía”. Son tiempos inciertos en la capital y más desde que la alcaldesa, Virginia Raggi, solicitara hace unas semanas una moratoria al Gobierno para interrumpir la llegada de inmigrantes a la ciudad, alegando una “fuerte presión migratoria”.

Inmigrantes en el centro de detención de Ponte Galería, cerca de Roma, el 6 de mayo de 2017. (Reuters)
Inmigrantes en el centro de detención de Ponte Galería, cerca de Roma, el 6 de mayo de 2017. (Reuters)

"Trágicamente común"

En lo que va de año, Italia ha recibido a más del 85% del total de migrantes que han llegado a Europa, a 71.900 personas provenientes de la ruta del Mediterráneo central, según los datos de la OIM. La organización italiana Médicos por los Derechos Humanos (MEDU), señala en su último informe que el 90% de los migrantes a los que han asistido en los últimos años en Sicilia ha declarado ser víctimas de violencia extrema, tortura y tratamientos inhumanos y degradantes en el país de origen o en su ruta migratoria y señalan que “los traumas extremos, como la tortura y la violencia repetida son una experiencia trágicamente común a lo largo del viaje desde África hasta Europa” y apuntan que en los centros de acogida sicilianos, el 82% de los solicitantes de asilo aún presentaban señales físicas de tortura.

El Consejo Italiano para los refugiados (CIR), que lleva más de 20 años trabajando con víctimas de tortura, también maneja cifras preocupantes: “cerca del 40 % de los refugiados que llegan a Italia han sufrido experiencias y tratos degradantes”, explica a este medio Fiorella Rathaus, responsable del proyecto ViTo. “Al principio pensábamos que se trataba de una minoría de refugiados, estábamos convencidos de que la tortura era una experiencia extrema relegada en nuestro imaginario a situaciones de dictaduras, América Latina, Ruanda o la antigua Yugoslavia, pero con el paso del tiempo hemos aprendido que la tortura afecta a todos, en un modo más difuso”, alega y sentencia: “Si a inicios del año 2000 la situación ya era dramática, hoy ha empeorado con creces”.

“Lo que los migrantes encuentran en el trayecto, que no es nada seguro, es una situación violenta que Europa está favoreciendo y que depende directamente de las políticas de fronteras europeas. El hecho de que se esté torturando en Libia depende de eso. Somos responsables directos de lo que está sucediendo allí y debemos compensarles con nuestra responsibilidad aquí”, denuncia a El Confidencial Gianfranco De Maio, el director del nuevo centro de Médicos Sin Fronteras para la rehabilitación de víctimas de tortura en Roma.

Se ocupan de la recuperación de las víctimas con un método integral a base de medicina, psicoterapia, fisioterapia, asistencia social y con tratamientos específicos adaptados también culturalmente a las distintas realidades de los pacientes, un punto clave, según explica el doctor De Maio. El centro de la capital italiana, que lleva un año funcionando se suma a los que la organización tiene en México y Atenas, otros ‘puntos calientes’ en los que confluyen migración masiva y violencia extrema. Aquí llegan fundamentalmente personas de Africa Occidental y en menor medida de Asia, sobre todo de Pakistán.

“La mayoría de las personas que llegan con signos de tortura no tienen una protesta, no forman parte de ningún movimiento político, ni tienen nada que confesar, solo quieren salvar su vida y la de su familia, pero son torturados igualmente”, ilustra De Maio. “El trauma de alguien que ha sufrido un terremoto o un accidente es diferente al de una víctima de tortura, porque en este caso hay un torturador, una persona igual que deliberadamente ha inflingido un daño, no es algo fortuito; el torturado se convierte en alguien sometido que está a merced del poder absoluto de otro”, explica.

Todos los expertos consultados coinciden: el objetivo de la tortura es anular a la persona. “Lo que ocurre durante la tortura es la expansión del espacio que hay entre el dolor y la muerte, ese espacio psicológico se dilata y convierte a la persona en una especie de moribundo que sufre pero no muere, está estudiada para eso; paran en el instante preciso antes de morir y después continúan”, dice a este diario Andrea Taviani, responsable de la organización italiana Médicos Contra la Tortura.

Inmigrantes rescatados en frente a las costas de Libia se acercan a las costas del sur de Itlaia en el barco Vos Hestia, el 20 de junio de 2017. (Reuters)
Inmigrantes rescatados en frente a las costas de Libia se acercan a las costas del sur de Itlaia en el barco Vos Hestia, el 20 de junio de 2017. (Reuters)

Italia no tiene ley contra la tortura

La huella que queda marcada profundamente en el interior de las víctimas es difícil de borrar. “Quien lo sufre no está enfermo, es más bien una enfermedad de la sociedad”, incide Taviani. Una especie de epidemia silenciosa sustentada sobre heridas que tienden a invisibilizarse.

“Si en el país de refugio no hay una sensibilidad sobre la tortura, su condición de víctimas permanecerá y se prolongará”, apunta Taviani. Los miles de migrantes víctimas de tortura que llegan a Italia se encuentran con una situación de vacío institucional. En el ordenamiento jurídico italiano no está recogido el delito de tortura, no cuenta, por tanto, con una ley específica, aunque se busca desde hace 28 años, cuando el país ratificó en 1989 la Convención de Naciones Unidas contra la tortura de que dicta que “todo Estado Parte velará por que todos los actos de tortura constituyan delitos conforme a su legislación penal”. El Parlamento lleva años discutiendo el borrador de una ley, que ha ido rebotando del Senado a la Cámara de los Diputados hasta alcanzar un punto de cierto consenso en los últimos meses. El senado aprobó a finales de mayo un texto, que aún no es definitivo y que ha encendido el debate.

Diversas asociaciones, como Amnistía Internacional han condenado la propuesta y la han calificado de “impresentable” por excluir de responsabilidad a las fuerzas de seguridad del Estado, por su limitada aplicabilidad y las definiciones imprecisas que plantea del concepto de tortura. “En Italia si alguien es golpeado por la policía, ninguna norma le reconoce ningún derecho”, denuncia De Maio. Fiorella Rathaus, del CIR añade al respecto que “cuando se trata de tortura de Estado es aún más grave porque se rompe el pacto con quien debería defenderte y en cambio te está hiriendo”.

El pasado mayo, después de tres años de trabajo, el ministerio de Salud italiano publicó un decreto de líneas guía para la asistencia, rehabilitación y tratamiento de los refugiados víctimas de tortura. “Una parte del Gobierno está reconociendo el problema. Si hubiera una ley, habría un cuadro mejor para poder trabajar en ello”, señala el responsable de MSF. “Para los inmigrantes la emergencia es tener a disposición un sistema de acogida que prevea la rehabilitación y tenga en cuenta sus necesidades específicas”, dice Fiorella Rathaus.

En ausencia de una ley propia, Italia no puede emprender acciones contra los países de origen que aplican torturas ni prever sanciones para recompensar a las víctimas el daño sufrido. “El problema es que hoy hay torturadores libres y con carta blanca para actuar”, alega De Maio. Médicos Sin Fronteras y Médicos Contra la Tortura, que trabajan juntos en el centro de rehabilitación de Roma ponen el foco sobre algunas cuestiones a afrontar de forma urgente: quitar poder y libertad a los torturadores, aplicar las leyes y convenciones internacionales, denunciar y hablar de tortura y “decir que existe la tortura y la sociedad está de acuerto”.

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