explotación y abusos en las fábricas textiles

Qué significa "Hecho en EEUU" cuando compras ropa

La mayoría de las fábricas textiles de EEUU están en Los Ángeles y sus trabajadores soportan condiciones de explotación y abuso

Foto: Keisha Hardman cose una bandera de EEUU en una fábrica textil en Lane, Carolina del Sur. (Reuters)
Keisha Hardman cose una bandera de EEUU en una fábrica textil en Lane, Carolina del Sur. (Reuters)

Un consumidor responsable prefiere gastar un poco más en ropa siempre que tenga la garantía de que se ha hecho con unas condiciones mínimas laborales. Especialmente tras las tragedias y escándalos descubiertos en los últimos tiempos (incendios, insalubridad, condiciones de esclavitud en fábricas en países en desarrollo). Pero si uno piensa que la ropa hecha en países desarrollados, con leyes y controles, está libre de duda, que piense de nuevo. La situación de las compañías textiles de Los Ángeles, una industria con alrededor de 3.000 fábricas al sur de la ciudad y una actividad económica que ronda los 8.000 millones de dólares al año, deja mucho que desear. Los sindicatos llevan años denunciando condiciones de trabajo lamentables y una práctica criminal por parte de los propietarios, el robo de salarios, que deja a muchos trabajadores indefensos y en la pobreza.

El Departamento del Trabajo de EEUU publicó hace pocos meses un informe en el que denunciaba que el 85% de los empresarios no cumplen el salario mínimo ni mantienen sus cuentas de acuerdo con la normativa. El informe se realizó durante 3 años, documenta casos de 5.158 trabajadores y calculó en más de 8 millones de dólares el salario que se les había dejado de pagar. Un estudio de UCLA calculó en 26,2 millones de dólares la cantidad que se roba semanalmente en salarios a los aproximadamente 40.000 trabajadores del textil, la gran mayoría de lo cuales no denuncian.

“Las multas [que impone el Departamento de Trabajo] no son efectivas en el caso de los robos de salario. Multan a una sola fábrica, de miles que lo hacen. A la mayoría de los empresarios les compensa continuar explotando a sus trabajadores. Además, cuando se realiza una investigación, la fábrica cierra y abre con otro nombre”, explica a El Confidencial Mariela Martínez, del Sindicato de Trabajadores del Textil de Los Ángeles (Garment Workers Center). “Pero el verdadero problema, donde tiene su origen el robo de salario, es en el precio que pagan las marcas por las prendas”. Las marcas que ponen esa ropa en las tiendas habitualmente se lavan las manos, porque ellas contratan a un fabricante mayorista que a su vez subcontrata a las fábricas pequeñas las distintas prendas y no sabe, o no quieren saber, las condiciones con las que su ropa se cose.

"El verdadero problema, donde tiene su origen el robo de salario, es en el precio que pagan las marcas por las prendas"Uno pensaría que estas prácticas se llevan a cabo para vender esa ropa barata que cadenas como Ross, Dress for less y Forever 21 ofrecen al consumidor. Pero también hay marcas caras que participan en este entramado. “El último caso de robo de salario que ganamos fue con la marca de vaqueros NYDJ”, explica Mariela. “Esos vaqueros se venden por 200 dólares. En la industria textil, que una prenda sea más cara significa que el material es mejor, que el corte es mejor, que se ha pedido al costurero que lo haga con más cuidado, que los dobladillos tienen más margen… pero desgraciadamente nunca significa que al trabajador le pagan mejor”, explica Martínez, que reconoce que en este caso concreto la presión de la marca ayudó a ganar unos 200.000 dólares para los seis trabajadores después de un año de batalla legal.

“Por eso nuestro trabajo siempre intenta exigir a las marcas que ponen esa ropa en el mercado que se impliquen, que exijan a las subcontratas un mínimo”; pero no es habitual que lo hagan. “Se escudan en que no es su responsabilidad, necesitamos que entiendan que son ellos los principales responsables”. En total, en 2016 en el sindicato consiguieron recuperar salarios por valor de casi 600.000 dólares en 70 demandas.

Un trabajador camina entre máquinas textiles en una fábrica en Fort Payne, Alabama. (Reuters)
Un trabajador camina entre máquinas textiles en una fábrica en Fort Payne, Alabama. (Reuters)

María Merino nació en Puebla (México) y tiene 51 años. Trabajó en la industria textil nada más llegar a Los Ángeles, en los noventa lo dejó y, ahora que se ha visto obligada a volver, se ha encontrado una situación parecida. Uno de sus trabajos consiste en coser las etiquetas con instrucciones de lavado y precios al consumidor de 28 o 38 dólares. Le pagan 1 centavo de dólar (un “peni”, como dice ella) por cada etiqueta. “¿Usted se cree que se puede pagar eso? Es como una burla”, protesta. Además de coser etiquetas, es “trimadora”. Es decir, corta las piezas de tela. Como la gran mayoría de los trabajadores textiles de Los Ángeles, casi todos inmigrantes hispanos, trabaja por pieza. Es decir, cuantas más corta más cobra. En teoría.

“Si termina la semana y te has esforzado y has cortado muchísimas piezas (su récord está en 1.207) la patrona lo mira y decide pagarte menos por pieza. Como no has acordado nada antes, no hay contrato, y no hay cheque (pagan en efectivo) no tienes manera de reclamar”. Pagar por pieza no es ilegal, pero lo que es ilegal es pagar menos del salario mínimo a un trabajador que está haciendo jornadas completas, haga las piezas que haga. Merino cobra entre 180 y 200 dólares a la semana con jornadas de 7 de la mañana a 6 de la tarde. El salario mínimo es actualmente de 12 dólares en California, lo que supone que estos trabajadores deberían ganar como mínimo 480 dólares a la semana, sin contar las horas extra, que siempre hacen.

“Para muchos minoristas, cortar y coser sus productos en EEUU es más cómodo, el tiempo de espera es menor, pueden encargar cantidades más pequeñas de un producto o cambiar sobre la marcha, lo que favorece competir en el mundo super rápido de la moda”, afirmaba un estudio de la ONG Verité de 2014, donde explicaban que la media de trabajadores de estas fábricas es de 30 empleados, lo que hacía muy fácil cerrar por “bancarrota” en cuanto no conseguían los beneficios esperados. El estudio calculaba que la “vida” media de estas fábricas era de 13 meses antes de cerrar.

Maria Robles cose ropa en la compañía Karen Kane, en Los Ángeles, California. (Reuters)
Maria Robles cose ropa en la compañía Karen Kane, en Los Ángeles, California. (Reuters)

Ricardo Villa, marido de Merino, lleva 21 años trabajando de costurero en Los Ángeles y ha trabajado, calcula él, para unas “cien empresas diferentes”. En este tiempo ha puesto “unas 9 o 10 demandas”, y aunque las ha ganado todas, calcula en decenas de miles de dólares lo que le han dejado a deber. “Me roban unos 150 dólares a la semana con el pago por pieza”, asegura.

Como Merino y Villa están legales en el país, no se asustan cuando los patronos les amenazan con llamar a inmigración, cosa muy frecuente con cualquiera que se queja o que no rinde al ritmo deseado. Pero la gran mayoría no tienen esa suerte. “Viene uno a este país con miedo, y se aprovechan de ese miedo”, explica Santiago, un costurero originario de Guatemala de 44 años, que no quiere dar su apellido. Él gana por horas y no por pieza. Entre 275 y 300 dólares por semana trabajando diez horas al día. No le pagan horas extras. Pero está feliz porque empezó ganado 140, y ahora ha podido construir una casa para su madre y sus seis hijos que le esperan en Guatemala, adonde espera volver cuando haya ahorrado suficiente.

"El textil es uno de los empleadores más grandes del condado. No entiendo por qué es una industria tan ignorada y está tan en la sombra"Las amenazas y el trato vejatorio están a la orden del día. “Es humillante, y la gente lo aguanta porque no les queda otra”, protesta Merino. Como María, Santiago o Ricardo, muchos de estos trabajadores no han podido aprender el idioma inglés y se ven obligados a trabajar en el escalón más bajo del mercado laboral.

Pero un trabajo mecánico o poco cualificado no significa abusos ni prácticas criminales. A María una vez la echaron porque pasó demasiado tiempo en el baño. “Nos obligan a comprar el papel higiénico y las botellas de agua”, asegura su marido, “y venden un rollo por un dólar o una botella por 1,75$”. Excesivo calor, falta de higiene en los baños, condiciones de hacinamiento y poca ventilación son habituales. Saben que si se quejan los echarán. Pero al lunes siguiente podrán pedir trabajo en otra fabrica. Si les contratan, no les dirán cuánto van a cobrar. Esperarán al viernes y se irán con su efectivo, el que sea, que nunca es el que ellos han calculado. “No nos dejan llevar la cuenta de cuántas piezas hacemos, yo intento llevarla en mi cabeza, pero luego siempre me dicen que he hecho menos”, explica María y enseña la foto que tomó de un estadillo en un folio, escrito a mano, en el que ella había apuntado que le debían 269 dólares, y la patrona había apuntado, arbitrariamente, “50 menos”. “Al final, me pagó 200”.

“Yo creo que como la mayoría de los trabajadores son indocumentados, mucha gente ni siquiera es consciente que esta industria sigue existiendo en Los Ángeles”, reflexiona Martínez. “La gente piensa en Los Ángeles y piensa en el cine, el diseño.. pero el textil es uno de los empleadores más grandes del condado. No entiendo por qué es tan ignorada y está tan en la sombra, cuando es tan importante”.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios