Crimen de Bangkok: la arriesgada (y fallida) estrategia del silencio de Artur Segarra
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la falta de pruebas no le ha servido de nada

Crimen de Bangkok: la arriesgada (y fallida) estrategia del silencio de Artur Segarra

La condena a muerte como único autor del asesinato y descuartizamiento del consultor catalán David Bernat, aunque esperada, inquieta a quienes creen que hay más personas implicadas

Foto: Crimen de Bangkok: la arriesgada (y fallida) estrategia del silencio de Artur Segarra
Crimen de Bangkok: la arriesgada (y fallida) estrategia del silencio de Artur Segarra

Algunos de los que aún simpatizan con él –y cada vez son menos– aún se sorprenden con la condena que le ha caído. Pena de muerte en Tailandia. Pero el propio Artur Segarra seguramente ya imaginaba cuál iba a ser la sentencia en el proceso que le juzgaba como único sospechoso por el asesinato del consultor leridano David Bernat. No en vano, el también catalán aprovechó la presencia de las cámaras en el juzgado para arañar algo de aquel protagonismo que buscaba en sus noches en Bangkok, cuando se jactaba de ser un prófugo de la justicia española. Al ser rodeado por los medios gráficos al entrar en la sala, abrió bien la mano para mostrar lo que había escrito a boli en su palma. Lucas 23:34. El pasaje bíblico en el que Jesús decía “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

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El gesto es, para unos, la búsqueda de protagonismo y la provocación de un psicópata. Para otros, en cambio, se trata de una última intentona a la desesperada por convencer a alguien de su falta de culpa. Una inocencia que, sin embargo, no ha sabido defender en los largos meses que ha durado el proceso. Incluso su propio asesor –y previamente abogado defensor–, Worasit Piriyawiboon, ya advirtió directamente que sería “muy difícil” esquivar una condena por pena de muerte si no se declaraba culpable. Pese a la falta de pruebas que demostrasen que actuara solo. Pero el letrado tailandés también se quejó de la falta de cooperación de Segarra, quien siempre dijo ser inocente de todo y nunca abrió la boca.

Hoy, la estrategia del silencio de Segarra se ve entre las personas cercanas al caso como un tremendo error de cálculo, al menos si su intención real era evitar la pena máxima. Si bien en una improvisada y única entrevista que realizó en Camboya al ser detenido aseguró tener miedo de “los otros” que habían sido sus cómplices en el golpe contra Bernat, todo esto lo eludió en su defensa. Se limitó a decir que no sabía nada. Incluso frente a sus defensores fue una tumba. ¿Miedo a posibles represalias? ¿O realmente actuó solo como ha sido sentenciado? Fuentes muy próximas al caso afirman que se trataba de otra estrategia.

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Artur Segarra parecía haberlo apostado todo a una carta, la de demostrar su inocencia. Las pruebas no son contundentes como para declarar que actuara solo y que sea el único responsable del asesinato y descuartizamiento de David Bernat: nunca apareció el arma homicida, las grabaciones de las cámaras de vigilancia que había en el pasillo de su apartamento y dentro del recinto no se encontraron y no existe evidencia alguna de que Segarra y Bernat estuvieran solos en el apartamento. En otros países, esta falta de pruebas le hubiera servido. No en Tailandia.

Lo que afirman las mismas fuentes que han estudiado su estrategia de cerca es que Segarra habría pretendido retrasar al máximo su vista en el juicio. Con los cambios de abogado y las solicitudes de traductores, con la última denegada y obligándole a declarar en una única sesión. Una estrategia a la desesperada, poniendo tiempo por delante a la espera de algún milagro. Incluso comentan otras personas cercanas a la investigación que el condenado esperaba que, forzando la pena máxima y alargando el juicio todo lo posible, lograse que la justicia española intercediera por él para evitar que un ciudadano nacional fuera condenado a muerte en un país extranjero.

Sin embargo, solo Segarra sabe lo que pasó por su cabeza y si realmente esperaba algo así. Es posible que también intuyera que ser condenado a muerte como lo ha sido no significara tener que ser sometido finalmente a la inyección letal. Porque no sería el primer extranjero condenado a muerte en Tailandia al que finalmente se le reduce la pena. En realidad, ningún preso de fuera del país sentenciado a la pena máxima la ha visto ejecutada.

¿Aspirando al perdón real?

Finalmente, el juez desestimó su enésima petición de retraso y se vio obligado a declarar, él solo, acusando a su amante de por aquel momento, Pridsana Saen Ubon, y ofreciendo una declaración vaga en la que decía ser víctima de una trampa en Camboya. No ofreció pruebas ni explicaciones claras. Dijo no reconocerse en las imágenes que demostraban que llevó a Bernat a su apartamento y no informó del motivo de su fuga y le cargó toda la culpa a su examante. La misma que, precisamente, según Worasit había declarado más de la cuenta para evitar la cárcel.

Seguramente, Segarra y la justicia española sepan que lo más seguro es que pueda acogerse a un perdón real en el futuro y conmutar su pena: sacrificar a un ciudadano occidental no ayuda diplomáticamente. Por eso es posible que el condenado rechazase acogerse a la cadena perpetua al no haber declarado que sí cometió el crimen.

Algunas de las personas que lo conocían en Barcelona aún no creen que Artur Segarra fuera capaz de matar y descuartizar a nadie, menos aún a alguien con quien se juntaba a menudo. Si bien exnovias y amigos reconocen que era un caradura y podía ser “muy cabrón”, ven muy descabellado ese extremo. Ahora mismo, su padre está en Bangkok debido al juicio de Artur. Su hermana y su madre están en Cataluña.

Lo que desconocían algunos es que Segarra, en sus últimos meses, se había quedado sin dinero y residía ilegalmente en Tailandia. Que la veinteañera con la que salía, Pridsana, era sospechosa de estar metida en el menudeo de drogas. Y que su situación era desesperada. Tanto como para quizás plantearse atracar a quien le consideraba un amigo. Incluso iba por Bangkok vanagloriándose de preparar un golpe de cientos de miles de dólares.

La implicación de Segarra parece estar probada e incluso su círculo cercano la asume. El asesinato ocurrió en su apartamento, el dinero apareció en sus cuentas, él abandonó el piso con bolsas negras grandes y luego se fugó sacando dinero en cajeros a toda mecha. Lo que sigue sin cuadrar, para los críticos, es que fuera tan listo como para planear un golpe así y luego enviar el dinero a cuentas a su nombre. Que limpiase a conciencia el apartamento tras descuartizar el cuerpo minuciosamente y lo dejase como si no hubiera pasado nada, para luego tropezar al tirar las bolsas de basura al río sin seguridad alguna de que se hundieran y apareciesen los restos de la víctima. La propia policía tailandesa avisó en su investigación inicial que habían demostrado que el crimen había sido perpetrado por una banda formada por españoles y tailandeses, a la que bautizaron como “la banda del toro”. Asumieron la implicación de varias personas. Pero al ser cazado Segarra en Camboya se cambió la versión oficial y se puso toda la culpa en el único detenido, sosteniendo la acusación en esas pruebas que algunos aún consideran insuficientes. No para inculpar a un Artur Segarra al que todo apunta a que es culpable sin duda y merece cumplir condena por ello, sino por la posibilidad de que algunos posibles cómplices estén en la calle.

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