La participación en estos comicios ronda el 90%

Elecciones en Cuba: ¿puede la oposición ser una alternativa?

En 2017 habrá comicios locales y para elegir a los diputados del Parlamento. Cualquier candidato puede presentarse, pero esto no ha sido aprovechado por los opositores al régimen

Foto: Dos jóvenes pioneros saludan a un votante en las elecciones municipales en La Habana, el 19 de abril de 2015 (Reuters)
Dos jóvenes pioneros saludan a un votante en las elecciones municipales en La Habana, el 19 de abril de 2015 (Reuters)

Cualquiera de ellos puede recitar con exactitud los resultados de sus equipos preferidos de la Liga Española y la Champions, o argumentar de forma experta sobre Cristiano Ronaldo y Messi. Yankiel incluso tiene tatuado el rostro de “La Pulga” en su pierna derecha, “para que me dé suerte cuando chuto a gol”. Ninguno, sin embargo, puede explicar qué significa “sistema político cubano” o cómo su voto influirá en los destinos del país. Aun así, en noviembre próximo la ley electoral de Cuba les dará la posibilidad de votar por primera vez en su vida en unas elecciones locales, y dos meses más tarde tendrán otra cita con las urnas, esa vez para elegir a los diputados al Parlamento Nacional. Aunque prácticamente todos escuchan la noticia como quien oye llover, están seguros de que irán a votar. “Es que es lo que se hace, ¿no?”, aventura uno.

Desde 1976, el año en que en Cuba volvieron a celebrarse comicios -aunque, obviamente, no para elegir al Gobierno del país-, todas las consultas han contado con una asistencia muy superior a las habituales en el resto del mundo. “Y eso en un país que inscribe de oficio a toda su población en el registro de electores y en el que no se fuerza a nadie para que vaya a votar”, apunta orgulloso Aldo Rodríguez, presidente de un colegio en el habanero municipio de Plaza de la Revolución. Su entusiasmo encuentra cierto freno al observar la parábola descendente que han seguido los registros de participación durante el presente siglo (de 98.1% en el 2000 a 89.9% quince años después). Tampoco sobran razones para congratularse si se tiene en cuenta la poca disposición de los jóvenes para asumir cargos en los colegios electorales o a ser propuestos como candidatos a delegados de las asambleas municipales del Poder Popular (concejales), la única instancia de poder a la que la población puede elegir de forma directa.

El complicado sistema establecido por la constitución de 1976, y regulado por una ley de 1992, determina que para los cargos de delegado a las asambleas provinciales y de diputado a la nacional el proceso de nominación recae en comisiones creadas al efecto en los diferentes municipios, que designan a un candidato. El votante tiene solo tres opciones: respaldar a todos los candidatos, seleccionar a uno o a varios, o dejar la boleta en blanco. Teóricamente, antes que él, ya diversas organizaciones sociales (estudiantiles, femeninas, gremiales...) han debido garantizar una representación lo más diversa posible dentro del listado de propuestas.

¿Tiene cabida ahí la oposición? Aparentemente no, y no solo debido a las restricciones impuestas por las autoridades. Muchos críticos achacan a sus líderes una importante desconexión con la vida de los cubanos comunes y corrientes, que les impiden plantear una alternativa real.

Pese a que desde 2012 vive en la ciudad estadounidense de Miami, Rosa María Payá viaja regularmente a La Habana para promover la iniciativa Cuba Decide. Su objetivo es sencillo: conseguir la celebración de un referéndum acerca del futuro de la nación. “La gran carencia de los cubanos es que no tenemos voz, ni recursos democráticos para expresarnos mientras el Gobierno y algunos en el mundo pretenden hablar por nuestro pueblo”, afirma en la página oficial del movimiento.

Cuba Decide y la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia eran los auspiciadores del premio “Oswaldo Payá. Libertad y vida”, que hace solo unos días pretendía recibir en la isla el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro. A la ceremonia también estaban invitados el expresidente mexicano Felipe Calderón y la exministra de Educación chilena Mariana Aylwin. Ninguno recibió los permisos necesarios para ingresar al país. Lo que siguió fue una intensa campaña mediática centrada en cuestionar la gestión de los derechos humanos por parte de las autoridades locales. Pero al igual que en tantas otras ocasiones, la repercusión de lo ocurrido se ha limitado al exterior.

Rosa María Payá sostiene el premio nombrado en honor de su padre, en La Habana, el 22 de febrero de 2017. (Reuters)
Rosa María Payá sostiene el premio nombrado en honor de su padre, en La Habana, el 22 de febrero de 2017. (Reuters)

"Incapaz de tender puentes"

Una vez más, ni Yariel ni ninguno de sus condiscípulos en un preuniversitario urbano de La Habana sabe quiénes son Luis Almagro o Rosa María Payá. Mucho menos que sus nombres surgen fácilmente en cualquier búsqueda sobre Cuba en internet. Cuando acceden a la red desde sus teléfonos celulares –contando los minutos debido a la altísima tarifa oficial– prefieren entrar a Facebook o bajar películas y vídeos. “Para la política están las Mesas Redondas”, dice uno. Prácticamente ninguno de los cubanos que utilizan la misma alternativa de conexión tiene el tiempo o el interés necesarios para revisar los sitios de las numerosas organizaciones opositoras, cuyo poder de convocatoria sigue estando en mínimos porcentuales; ni optan por sumarse a manifestaciones u otro tipo de protestas en contra del gobierno.

“¿Por que la disidencia es irrelevante para los cubanos de a pie?”, se preguntaba en octubre de 2015 el sitio Martí Noticias, versión digital de la radioemisora y el canal de televisión homónimos, mantenidos desde hace décadas por las diferentes administraciones norteamericanas con el objetivo de romper el monopolio informativo de La Habana. “Porque el activismo opositor es incapaz de tender puentes con los cubanos que desayunan café sin leche”, respondía el propio autor del artículo. “Cuanto más, son diez o doce pelagatos diciendo cosas contra el gobierno y tirándose fotos”, asegura Yunier, un revendedor de la populosa calle Galiano, en el centro de La Habana. Desde su habitual puesto de negocios ha podido presenciar varias protestas organizadas por grupos disidentes, sin que hasta ahora ninguna lo haya conmocionado. “En realidad, están más interesados en que los vean los extranjeros y en que los meta presos la policía, que en lograr que la gente los siga”, cuenta.

La solicitud para que el Ministerio de Justicia reabra las investigaciones sobre la muerte de su padre, entregada el mes pasado por la hija del desaparecido líder disidente Oswaldo Payá, no ha logrado siquiera el honor de incluirse en el abultado compendio de rumores que habitualmente recorre la isla. Al parecer, para sus compatriotas resultan más importantes las especulaciones sobre la posible eliminación de trámites migratorios para entrar a Ecuador o los conatos de huelga con que algunos taxistas particulares intentan presionar al ayuntamiento de la capital para mantener el aumento de precios que habían adoptado hace pocas semanas.

“En mi opinión, la llamada disidencia cubana se ha desprestigiado mucho con los espectáculos de Guillermo Fariñas y las Damas de Blanco; y en cuanto a personas como Rosa María Payá, su mayor 'handicap' radica en la falta de contactos con la realidad nacional: incluso las oficinas centrales de Cuba Decide se encuentran en Miami y no en La Habana. Las alternativas reales de cambio solo podrían llegar –en la política– de la mano de la elección de candidatos independientes del sistema, algo que ya se intentó con cierto éxito en el 2015 y que no sería un camino imposible de cara a los comicios de noviembre próximo”, opina Félix, un profesor universitario de Ciencias Políticas.

Sumergido en su cúmulo de batallas cotidianas, al cubano de las calles le cuesta confiar en supuestos mesías; ahí radica la gran ventaja del 'status quo' y el reto para quienes pretendan cambiar las reglas del juego. Entre noviembre de este año y febrero del próximo se abrirá un paréntesis de interrogantes para unos y otros, pero todo apunta a que el Gobierno llevará otra vez las de ganar. Pese a que la macroeconomía de la isla atraviesa una recesión, con un crecimiento planificado del 2% para este año (que representa menos de la mitad del mínimo necesario para orientarla hacia el desarrollo), los avances registrados hasta ahora han bastado para mantener las principales “conquistas de la Revolución” (salud, educación y seguridad pública) y favorecer una nueva base social afín al sistema.

Recuento de votos en un colegio electoral de La Habana, durante las elecciones municipales de abril de 2015. (Reuters)
Recuento de votos en un colegio electoral de La Habana, durante las elecciones municipales de abril de 2015. (Reuters)

Beneficiados por el sistema

Así, al tradicional apoyo del segmento más humilde de la población se ha sumado en los últimos años el de una parte apreciable de la pujante clase acomodada, surgida al amparo de los negocios privados, o de las empresas mixtas y de capital completamente extranjero. “Después de más de medio siglo de comunismo, Cuba emerge de su aislamiento con una nueva clase media que pugna por abrirse camino aprovechando la apertura económica del régimen castrista y la desdemonización del Tío Sam”, afirma la periodista Elianne Ross en un artículo sobre el tema.

“Cada vez hay mayor estratificación social en Cuba”, comenta la socióloga Denisse Delgado. “Son cubanos que tienden a ahorrar; acuden a paladares [restaurantes]; practican nuevos hobbies, como el buceo o el tenis; o vacacionan en las playas cubanas donde existe una oferta de hoteles para el turismo nacional”. Sin embargo, declaró en un artículo de la revista mexicana Proceso, “a la gente no le gusta mucho hablar de dinero, ni hay un pronunciamiento desde el discurso político, que no es ni permitido ni prohibido”. En una encuesta reciente en la que se solicitaba a los participantes que se clasificasen respecto a los demás en materia de bienestar, en una escala de seis niveles, todos se posicionaron en el tercer escalón, e incluso “uno se negó en ubicarse, aseverando que todos los cubanos son iguales”.

Los miembros de ese segmento poblacional han sido beneficiarios directos de las reformas emprendidas por Raúl Castro desde 2008 hasta la fecha. “Parece como si fuera el objetivo expreso del gobierno”, especula Félix. “Pongamos por ejemplo la llamada actualización de la política migratoria, que abrió las puertas a aquellos que quisieran viajar al exterior. ¿Puede una persona de ingresos medios pagar los 100 CUC [cerca de 100 euros] que cuesta el pasaporte, o asumir los gastos del pasaje? Lo mismo ocurre con la liberación del mercado inmobiliario o la posibilidad de conservar las propiedades incluso si se tiene la residencia permanente en otros países. En todos los casos hace falta mucho dinero –al menos en la escala cubana– para poder ejercer esos derechos”.

En el extremo contrario del espectro se hallan los grandes grupos dependientes de las prestaciones sociales que otorga el gobierno, entre los que se cuentan muchos de los trabajadores del sector estatal (que engloba a casi el 90% de la fuerza laboral), y la práctica totalidad de los ancianos y personas con discapacidad. “No pueden contarse entre los 'ganadores' de la última década, pues siguen siendo muy vulnerables a cualquier modificación de la extensa estructura de subsidios creados desde 1959, la cual va de la libreta de abastecimientos a la entrega de materiales para la construcción, o los servicios gratuitos de la Salud Pública y la Asistencia Social. Cualquier cambio en el actual orden de cosas les afectaría de forma significativa, por lo que es lógico que resulten más conservadores”, agrega el investigador.

Además, en un grado nada despreciable, el relato de la Revolución sigue encontrando eco entre los residentes de la isla. El ejemplo paradigmático lo constituyó el reciente fallecimiento de Fidel Castro, cuyo funeral de estado se convirtió en una peculiar muestra de respaldo al gobierno de su hermano menor. “La inmensa mayoría de los cubanos conserva un vínculo personal con Fidel. Tanto quienes lo apoyaban, totalmente o con discrepancias, como aquellos que veían en él la causa de todos los males de Cuba”, considera el politólogo Rafael Hernández, director de la revista Temas, la más importante del país en cuanto a temas sociales y de política. A solo un año de entregar la presidencia, Raúl Castro sabe que ese rédito constituye su principal arma.

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