han aparecido nuevos actores y frentes

Por qué la caída de Alepo no supone el final de la guerra de Siria

Cuando comenzaron los combates en la capital económica del país en 2012, se consideraba que su conquista acabaría con el conflicto. Pero el panorama ha cambiado mucho desde entonces

Foto: Soldados gubernamentales colocan una bandera tras la toma de una gran parte del este de Alepo, el 28 de noviembre de 2016. (Reuters)
Soldados gubernamentales colocan una bandera tras la toma de una gran parte del este de Alepo, el 28 de noviembre de 2016. (Reuters)

La batalla de Alepo ha durado cuatro años. Cuando comenzó, la mayoría de los observadores comentó que, si alguno de los dos bandos conseguía hacerse con el control de la que era la capital económica del país, el fin de la guerra sería inminente. Tras asegurar otras regiones de Siria, Asad y sus aliados estaban decididos a poner fin a la presencia rebelde en el este de Alepo. La coyuntura internacional les era favorable: el temor internacional al ISIS y la llegada de un nuevo presidente a la Casa Blanca que no solo mantiene una buena relación con Vladímir Putin, sino que no parece demasiado preocupado por el destino de los insurgentes.

Así, Rusia y la aviación del régimen han podido llevar a cabo una devastadora campaña de bombardeos aéreos que, en otro momento, habría merecido la condena casi unánime de la comunidad internacional, pero que les ha permitido destrozar las defensas rebeldes. Cuando las tropas terrestres decidieron irrumpir en Alepo oriental, apenas les llevó dos semanas expulsar de allí a la insurgencia.

Hoy, el panorama es mucho más complejo que en 2012, con el surgimiento de nuevos actores, como las milicias kurdas y el Estado Islámico, que controlan respectivamente casi todo el norte y el este del país, y la intervención de potencias como Rusia o Turquía. La caída de Alepo no significa que la pesadilla vaya a terminar, pero sí simplifica bastante los mapas. Con esta conquista, el régimen puede unir la principal arteria del país, la carretera central que une Damasco con las principales ciudades sirias, como Homs o Hama, con Alepo, a través de rutas alternativas. De esta forma, conecta todos los núcleos urbanos importantes de Siria.

La ofensiva de Idlib, la próxima fase de la guerra

Es de esperar que el siguiente paso de las tropas gubernamentales sea una gran ofensiva en Idlib —que ya machaca la aviación rusa—, la capital de la región fronteriza con Hatay, una provincia de Turquía de población mayoritariamente árabe y, hoy por hoy, la única ruta de abastecimiento segura para los insurgentes. Es allí adonde serán llevados los evacuados de Alepo.

Si cae Idlib, los rebeldes solo controlarían una estrecha franja en el sur, en la frontera con Jordania e Israel, muy cercana a Damasco pero poco decisiva: la capital está demasiado bien defendida en ese flanco. Pero eso tampoco implicaría el final de los combates: seguirán las ofensivas contra el Estado Islámico por parte tanto de Asad y sus aliados (Rusia, Irán, Hizbulah y las milicias chiíes de Irak y otros países) como de los kurdos y la coalición internacional.

También es muy probable que, en una próxima fase, el régimen trate de recuperar el control sobre las regiones kurdas que, hoy por hoy, funcionan como entidades políticas propias. Esta misma semana, Asad advirtió de que la autonomía kurda en el norte de Siria es “temporal”, lo que podría provocar un enfrentamiento entre el régimen y los combatientes kurdos que, hasta ahora, ambas partes han evitado en la medida de lo posible.

De lo que no cabe duda es de que la conquista de Alepo es una gran victoria para Asad, quien, a estas alturas, está ganando la guerra de forma innegable. La gran incógnita, ahora, es cuánto más va a durar.

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