CAMAGÜEY, LA URBE QUE NO CREYÓ EN LA REVOLUCIÓN

La última noche de Fidel Castro en la ciudad de Cuba que menos le quiso

Camagüey siempre mostró cierta dosis de escepticismo respecto a la Revolución, incluido su Comandante. Una ciudad católica y patriarcal, orgullosa de ser el polo conservador de Cuba

Foto: Cubanos observan el paso de las cenizas de Fidel Castro, en Camagüey, el 1 de diciembre de 2016 (Reuters).
Cubanos observan el paso de las cenizas de Fidel Castro, en Camagüey, el 1 de diciembre de 2016 (Reuters).

El destino es Santiago de Cuba, la ciudad donde eslabonó su historia de guerrillero y héroe nacionalista ante las presiones de los Estados Unidos. Pero para llegar hasta esa urbe, la segunda más importante del país, el cortejo fúnebre de Fidel Castro debe atravesar la isla, afrontando a su paso toda la diversa singularidad de las regiones que la conforman.

La noche del miércoles el turno correspondió a Santa Clara, la ciudad donde descansa el Che Guevara y en la que, en diciembre de 1958, se decidió el destino de la tiranía de Batista. Después, la parada se produjo en Camagüey, epicentro de la región donde menos apoyos encontró durante su etapa insurreccional. Más de 250 kilómetros desde la “Ciudad del Che”, más o menos la misma distancia hasta Santiago; extensas llanuras y una población orgullosa y regionalista, que se distingue por su uso castizo del idioma español, las numerosas personalidades que en ella han nacido y el desprecio de la mayoría de sus habitantes hacia los “palestinos” (sobrenombre con que son identificados los inmigrantes de la zona oriental). 250 kilómetros que en ambas direcciones definen otra Cuba dentro de la Cuba mayor.

Camagüey se enorgulleció siempre de ser el polo conservador de Cuba, aferrada a la historia gloriosa de las guerras de independencia y a su condición de cuna de las primeras constitucionesEsta no es la región más revolucionaria de Cuba, pero Fidel es asunto aparte”, sentencia Juan Carlos, un jubilado que aprovecha la espera de la comitiva para ganarse “algunos pesos” vendiendo barras de maní; “hay que completar la chequera”, justifica.

Su opinión no tiene nada de exagerada. La provincia fue la “tierra terrible de la Invasión”, como la definiera en su Diario de la guerra el comandante Camilo Cienfuegos, uno de los más cercanos colaboradores de Fidel Castro, fallecido en un accidente aéreo cuando regresaba a la capital desde aquí, tras enfrentarse a una conspiración que pretendía desestabilizar el naciente gobierno. Esta fue la zona donde las fuerzas guerrilleras no solo encontraron plagas de mosquitos y pantanos interminables, sino que tuvieron que lidiar con la persecución constante del ejército y la escasa colaboración de lugareños, incluso después del 1 de enero de 1959.

Camagüey se enorgulleció siempre de ser el polo conservador en la geografía de Cuba, aferrada a la historia gloriosa de las guerras de independencia y a su condición de cuna de las primeras constituciones del país.

Cubanos esperan en Camagüey el paso de la caravana con las cenizas de Fidel Castro, el 1 de diciembre de 2016. (Reuters)
Cubanos esperan en Camagüey el paso de la caravana con las cenizas de Fidel Castro, el 1 de diciembre de 2016. (Reuters)

Fidel, la antítesis del héroe

Fidel, en cierta forma, fue la antítesis del héroe epónimo de la región, Ignacio Agramonte. El Comandante apostó por la militarización del Estado y el poder absoluto concentrado en su persona; Agramonte defendió el civilismo y la constitucionalidad incluso en las terribles condiciones de la guerra independentista, como si con los principios esenciales de la Revolución francesa se pudieran conjurar las terribles consecuencias del caudillismo que había sumido en el caos a las nacientes repúblicas hispanoamericanas.

Mientras Oriente —la tierra natal de los Castro— se decantaba por su propia cosecha de hombres providenciales, Las Villas (centro) marchaba al ritmo de las tendencias políticas más progresistas —incluso el Partido Comunista— y La Habana (Occidente) derivaba rumbo a convertirse en un gigantesco puticlub para 'gringos', Camagüey cultivaba su tradición católica y su modelo de sociedad patriarcal afianzado en la bonanza que le garantizaban las grandes plantaciones azucareras de propiedad norteamericana y las haciendas ganaderas más productivas del Caribe.

Cualquier “camagüeyano viejo” es consciente de este hecho, aunque en la escuela le repitieran que todos los cubanos habíamos hecho lo imposible para que llegara la “mañana luminosa de enero”. Ser camagüeyano y sentirlo ha implicado siempre cierta dosis de escepticismo respecto a la Revolución, incluido Fidel. Fue un sentimiento del cual el propio Comandante parecía percatarse, y que le hizo escatimar sus visitas (la última se produjo en abril en 1996, nada menos).

Pienso en todo eso mientras aguardo a que se acerque la caravana mortuoria. Estoy junto a su ruta desde hace casi dos horas y faltan al menos otras dos antes de que el cortejo pase frente a mí. Ambas aceras de la avenida están llenas de personas; la mayoría ha llegado desde primera hora de la mañana por sus propios medios, porque los refuerzos en el transporte público no alcanzan para cubrir la demanda. Las muchas horas de espera son el principal aliado de “mi amigo” Juan Carlos, quien hace su agosto con solo recorrer unas calles. “Y si tuviera para vender agua, ahí sí me hacía rico”, dice antes de marcharse en busca de nuevos suministros.

Más tarde lo veré en la otra acera, emocionado cuando por fin arribe el armón con las cenizas de Fidel. Por entonces, dejará a un lado las preocupaciones de su negocio para sumirse en el pesar colectivo.

Estudiantes con una imagen de Fidel Castro, mientras esperan el paso del cortejo fúnebre en Camagüey, el 1 de diciembre de 2016. (Reuters).
Estudiantes con una imagen de Fidel Castro, mientras esperan el paso del cortejo fúnebre en Camagüey, el 1 de diciembre de 2016. (Reuters).

Gracias a un conocido puedo conseguir espacio en uno de los balcones que dan a la avenida. Por allí pasarán los 'jeeps' rusos que conducen las cenizas del hombre que durante más de medio siglo rigió nuestros destinos. Su poder llegó a ser tan absoluto que incluso influyó en nuestros sueños y aspiraciones más íntimas, pero también de una superficialidad tal que no logró “victorias” tan simples como cambiar el nombre de esta ruta. Para los documentos oficiales se le conoce como Avenida de la Libertad, en recuerdo a la entrada de Fidel por aquí, el 4 de enero de 1959; en el imaginario colectivo sigue y seguirá siendo la Avenida de la Caridad, en homenaje a la santa patrona de Cuba, cuya iglesia preside la plaza donde culmina.

Desde mi atalaya me entretengo observando a los presentes. Calculo que en las tres manzanas más cercanas deben congregarse miles de personas. Lo mismo ocurre a lo largo de la Carretera Central y otras vías que conducen hasta aquí, y en las que llevan hasta la Plaza de la Revolución Ignacio Agramonte. Todas las ciudades importantes de Cuba poseen su Plaza de la Revolución, un espacio público en el que se ubican las sedes del gobierno y el Partido Comunista, y otras dependencias administrativas o de interés social.

La de Camagüey fue inaugurada el 26 de julio de 1989 por el propio Fidel Castro, con un discurso que muchos recuerdan “como el principio del fin”. Se celebraba el Día de la Rebeldía Nacional, la efeméride más importante de la Revolución, y Cuba se acercaba al final de una década de abundancia generosamente pagada por los subsidios de la Unión Soviética.

El despertar terrible de aquellos años de bonanza se produjo precisamente en el sitio donde fueron depositadas las cenizas del Comandante en la noche del jueves. Veintisiete años atrás mis padres estuvieron entre los cientos de miles que lo escucharon lanzar la dramática premonición de que Cuba continuaría la construcción del socialismo ante el eventual derrumbe del campo socialista. Incluso si se encontrara en ese camino sola.

“Nadie pudo imaginarse lo que tendríamos que vivir”, cuenta Omara, la dueña de la vivienda donde he conseguido hacerme sitio. No tiene que decir más; recuerdo claramente las croquetas hechas con yuca y rellenas de cualquier cosa que se asemejara a la carne (incluso cáscaras de plátano), los tractores tirando de autobuses desvencijados en los que nos amontonábamos como ganado intentando llegar a algún sitio, las 15 o 20 horas diarias sin electricidad, o los miles de mis compatriotas que construyeron balsas con neumáticos y tablas viejas para intentar llegar a Estados Unidos.

Fidel nunca podrá aspirar a un sitio en ese parnaso de los fundadores; su polémica carrera política es un lastre demasiado oneroso para que los cubanos 'de afuera' puedan llegar a aceptarloNo fue fácil vivir en la Cuba de Fidel Castro, reconocía hace pocos días una colega; pero tampoco, según parece, resulta sencillo verle partir. Lo demás, es lo que esperaba, lo que ha estado anticipando la televisión nacional durante los últimos dos días en la transmisión constante de su recorrido rumbo a Santiago de Cuba. Cuando llega la caravana, la gente se desborda en un grito incontrolable: "¡Yo soy Fidel!", que también coreo; por un momento se me eriza la piel.

“Este pueblo no es comunista ni capitalista, solo fidelista”, he escuchado decir desde que tengo uso de razón. La demostración de esta noche no ha hecho más que corroborarlo. Tras horas en pie soportando una llovizna persistente, tras asumir y aceptar tantas zonas grises de su historia, los camagüeyanos han salido para llorar a Fidel, movidos por el magro consuelo de ver pasar su féretro aunque sea unos segundos.

A diferencia de Europa, en América Latina cada país tiene sus verdades esenciales, sus héroes intocables: el Bolívar de Venezuela, el San Martín de Argentina, el cura Hidalgo de México, el Martí de mi país... Fidel nunca podrá aspirar a un sitio en ese parnaso de los fundadores; su polémica carrera política es un lastre demasiado oneroso para que los cubanos “de afuera” puedan un día llegar a aceptarlo. O no.

Por lo pronto, dentro de la isla su estrella cotiza cada vez más al alza. Incluso en mi ciudad, esa que no siempre lo quiso tanto ni tan ciegamente, y que hoy aguardó bajo la lluvia para reencontrarse con él.

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