"esos pueblos son como joyas"

Por qué el terremoto del centro de Italia ha sido tan destructivo

La zona registra gran actividad sísmica, pero sobre todo ha sido crucial el tipo de construcciones, que en muchos casos se remontan al periodo romano e incluso etrusco y no están preparadas para ello

Foto: Un hombre camina entre los escombros en Pescara del Tronto, el 24 de agosto de 2016. (Reuters)
Un hombre camina entre los escombros en Pescara del Tronto, el 24 de agosto de 2016. (Reuters)

El terremoto de la madrugada de este miércoles, de 6,3 grados Richter, fue el más devastador de los últimos años en Italia: a medida que pasan las horas, las víctimas van superando cada vez más holgadamente los dos centenares, y lugares como Pescara de Tronto prácticamente han sido reducidos a escombros. Sin embargo, en la misma jornada se producía un seísmo de una intensidad similar (6,8) en Myanmar, que dejó cuatro muertos y dañó -pero no hundió- decenas de pagodas. Una diferencia que pone de manifiesto la problemática del sufrimiento causado por este tipo de desastres naturales, donde la destrucción depende de multitud de factores, y donde la magnitud de un seísmo puede ser relativamente menos importante que la profundidad y, sobre todo, el tipo de edificios que acoge la zona afectada.

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En este caso, se trata de un área montañosa, los Apeninos, creada por el choque de la placa africana con la euroasiática, hace 20 millones de años. Hoy, sin embargo, el movimiento tectónico opera en dirección contraria, donde el norte de la cordillera se separa del sur a un ritmo de tres milímetros por año. Esto hace que la zona sea “de alto riesgo sísmico”, según todos los institutos sismológicos del planeta. En 1999, se produjo otro terremoto a unos 60 kilómetros al noroeste que dejó 11 muertos y destruyó 80.000 viviendas. Y mucho más destructivo fue el de L'Aquila en 2009, a 35 kilómetros al sureste del de ayer, donde murieron 295 personas y un millar resultaron heridas.

Pero esta es una categoría que comparten numerosas regiones del mundo. Este mismo año se produjo otro terremoto serio en Nicaragua, de 6,1 grados, que no produjo víctimas y dejó muy pocos daños materiales. Y eventos similares suceden con frecuencia en lugares como Japón, México, Chile o la región estadounidense de California.

Un hombre es rescatado con vida entre las ruinas en Amatrice, el 24 de agosto de 2016. (Reuters)
Un hombre es rescatado con vida entre las ruinas en Amatrice, el 24 de agosto de 2016. (Reuters)

“Tan importante como el comportamiento de la tierra es lo que los humanos construyen sobre ella”, afirma el sismólogo Leonardo Seeber, originario de Florencia e investigador del Observatorio Terrestre de la Universidad de Columbia. “Italia es un país viejo, y las casas están hechas de piedra”, señala este experto en la actividad tectónica de los Apeninos en una entrevista con el diario 'Washington Post'.

“Muchas de las localidades alojan construcciones de piedra, que contienen una profunda historia arquitectónica que se remonta a tiempos romanos y, en algunos casos, etruscos", ha indicado el Departamento Geológico de EEUU. “Es trágico porque estos pueblos son como joyas”, afirma Seeber.

Los seísmos en la superficie, más devastadores

La región donde ha tenido lugar el terremoto, además, es una de las más pobres de Italia, por lo que muy pocos edificios en estos pueblos han sido reformados para incluir medidas antisísmicas: la mayoría de las construcciones antiguas simplemente han permanecido tal y como se construyeron, salvando el mantenimiento del día a día. “Incluso hace 100 años, aquí desconocían cómo crear estructuras que soportasen los terremotos”, indica David A. Rothery, profesor de geociencias planetarias en la Universidad Abierta de Milton Keynes, Reino Unido, en el 'The New York Times'.

“Los terremotos en Italia se han convertido en una emergencia nacional frecuente. En un país donde la mayor parte de las casas ha sido construida antes de 1980, con criterios que no tenían mínimamente en consideración el riesgo sísmico, el desplome de edificios es la principal causa de muerte [durante los seísmos]”, afirma Federica Bianchi, del diario 'L'Espresso'. Los datos parecen respaldar esta hipótesis: “En Norcia, donde después del terremoto de 1979 se han hecho intervenciones antisísmicas en los edificios, los daños provocados por el seísmo de esta noche son casi irrelevantes”, pone a modo de ejemplo Enzo Boschi, expresidente del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología de Italia (INGV).

Otro de los factores cruciales es que este seísmo se ha producido a muy poca profundidad, a unos 10 kilómetros de la superficie. “Los terremotos superficiales causan más destrucción que los profundos, porque la superficialidad de la fuente empeora la agitación de la tierra en la superficie”, indica Rothery. Susan Hough, del Departamento Geológico de EEUU, explica el motivo: “Con los terremotos más profundos, las ondas tienen que viajar más lejos, por lo que no son tan dañinos. Pero si es superficial, la energía liberada está muy cercana al exterior, por lo que el golpe es inmediato”.

Algunos comentaristas, como Luigi Vicinanza, del diario 'L'Espresso', también achacan el grado de destrucción a otro elemento: la falta de planificación ante este tipo de tragedias, incluso tras lo sucedido en L'Aquila. “La larga secuencia de tragedias provocadas por los terremotos nos ha enseñado poco en el campo de la prevención y de la educación de masas. Ningún plan de evacuación, ningún punto de rescate, nada de nada. Una falta de preparación colectiva hecha aún más evidente por la sensación de impotencia transmitida en las imágenes de los directos televisivos”, escribe.

“Por desgracia, en Italia se construye bien, con criterios sísmicos, tan solo tras un severo terremoto, pero el área de hoy es una en que la tierra está 'desgarrándose', un área conocida por su alto riesgo de terremotos”, dice Boschi. Tal vez, tras la desgracia de hoy, se edifiquen nuevas construcciones que puedan resistir sacudidas de este tipo, aunque será tarde para las víctimas de ayer, quienes, en sus casas de piedra, creían estar a salvo sin saber que vivían en una trampa mortal.

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