JORNADAS EXTENUANTES, COMIDA ESCASA, MALTRATO...

¿Qué significa ser condenado a trabajos forzados en Corea del Norte?

El estudiante estadounidense Otto Frederick Warmbier ha sido condenado a 15 años por "actos hostiles" contra Pyongyang. Todo apunta a que lo va a pasar realmente mal

Foto: Una guardiana de prisiones norcoreana custodia la verja de una cárcel junto al río Yalu, en la frontera con China, en mayo de 2011. (Reuters)
Una guardiana de prisiones norcoreana custodia la verja de una cárcel junto al río Yalu, en la frontera con China, en mayo de 2011. (Reuters)

Al recibir la sentencia a 15 años de trabajos forzados, el estudiante estadounidense Otto Frederick Warmbier, condenado por “actos hostiles” contra la República Democrática de Corea del Norte, se derrumbó. Tal vez pensase que su delito -robar un póster de propaganda de un hotel, que en cualquier otro país no hubiese pasado de ser una gamberrada- no merecía un castigo tan duro. O quizá tenía en mente las historias que, sin duda, había oído sobre las condiciones de los gulags norcoreanos. Sea como fuere, Warmbier tiene una dura temporada por delante.

¿Qué significa una condena a trabajos forzados en el régimen de Kim Jong-un? Según aquellos que han pasado por la experiencia, es una auténtica pesadilla: jornadas extenuantes, alimentación escasa, atención deficiente y malos tratos, e incluso torturas y ejecuciones ejemplarizantes en los casos más extremos.

En teoría, Warmbier puede ser enviado a un Kwan-Li-So, campo de internamiento de larga duración, o bien a un Kyo-Hwa-So, o campo de reeducación. ¿Qué diferencias hay? En la práctica, muy pocas: en ambos tipos de recinto se obliga a los internos a hacer trabajos forzosos y las condiciones de mantenimiento son terribles, solo que los primeros están gestionados por el Departamento de Seguridad del Estado y los otros por el Ministerio de Seguridad Popular.

Las actividades laborales a las que se le someterá, no cabe duda, serán duras: los trabajos forzados en estos campos incluyen sectores como la minería, la tala de árboles y las tareas agrícolas, así como la fabricación de muebles y otros empleos en fábricas. “La mayoría trabajan entre 12 y 15 horas al día, hasta que mueren de enfermedades relacionadas con la malnutrición, normalmente a una edad de unos 50 años. Solo se les permite un juego de ropa, por lo que viven y mueren con harapos, sin jabón, calcetines, calzoncillos o compresas”, indica un informe de la Asociación de Abogados Coreanos (del Sur) basado en testimonios de antiguos prisioneros.

Mapa de los campos donde se realizan trabajos forzados en Corea del Norte.
Mapa de los campos donde se realizan trabajos forzados en Corea del Norte.

Memorizar las obras de Kim Jong-il

Si es enviado al Campo Número 15 en Yodok -uno de los más poblados y conocidos-, Warmbier puede aspirar a reducir su condena sometiéndose a largas sesiones de adoctrinamiento político, y si consigue memorizar las obras de Kim Jong-il, podría ser puesto en libertad vigilada. La filosofía que se aplica a los prisioneros es que se trata de traidores a la nación que merecen la muerte, pero a quienes el Partido de los Trabajadores, en su misericordia, ha decidido no ejecutar sino permitirles expiar su crimen mediante el trabajo.

“Si no cumples con tu cuota de trabajo, no comes mucho. No se te permite dormir hasta que terminas tu trabajo. Si aun así no lo acabas, se te envía a una pequeña prisión dentro del campo. Después de tres meses, sales de allí muerto”, ha descrito An Myeong Chul, que trabajó como guardia en varios de estos campos antes de huir a Corea del Sur y convertirse en activista de derechos humanos. An asegura que la red de gulags es muy eficaz a la hora de apuntalar el régimen. “Todos los altos oficiales saben que un paso en falso significa ser enviado a los campos junto con tu familia”, afirma.

“Los internos ya no son ciudadanos registrados, así que no necesitas una ley para decidir las sentencias. El 'bowibu' [agente del Departamento de Seguridad del Estado] es la persona que decide si te salvas o eres ejecutado. No hay otros criterios que sus palabras”, asegura Chul, cuyo testimonio recoge un informe de la Comisión de Investigación de Naciones Unidas sobre Corea del Norte. Además, el sistema promueve la “culpabilidad por asociación”, lo que permite que se encarcele a los familiares de un presunto criminal, incluso hasta tres generaciones después.

En el interior, la dieta consiste, sobre todo, en maíz y sal, por lo que los presos “pierden sus dientes, las encías se les ennegrecen, sus huesos se debilitan y a medida que envejecen se van jorobando”, según el mismo informe. La mala alimentación parece ser uno de los principales motivos detrás de los escasos intentos de fuga, según aquellos que han logrado escapar. Shin Dong-hyuk, uno de los evadidos más famosos de Corea del Norte (su historia está relatada en el documental 'Campo 14: zona de control total'), nacido en el interior de un campo donde cumplían condena sus padres, explica: “Oí de un nuevo interno que la gente en el exterior podía comer la misma comida que los guardias, libremente. Podía haber sido electrocutado, podían haberme disparado, pero solo quería que llegase un día en el que poder comer toda la comida que la gente comía en el exterior”.

De acuerdo con el Comité por los Derechos Humanos en Corea del Norte, en estos campos hay actualmente unos 120.000 prisioneros, aunque en otras épocas se han alcanzado máximos históricos de un cuarto de millón de personas. Aunque en teoría se trata de instalaciones secretas, tanto los grupos pro democracia como los servicios secretos surcoreanos han constatado que la mayoría de la población es consciente de su existencia: a los prisioneros se les denomina popularmente “aquellos a los que han enviado a las montañas”.

El estadounidense Matthew Todd Miller, juzgado en Pyongyang en 2014, en un proceso por el que fue condenado a seis años de trabajos forzados. (Reuters)
El estadounidense Matthew Todd Miller, juzgado en Pyongyang en 2014, en un proceso por el que fue condenado a seis años de trabajos forzados. (Reuters)

Pyongyang exporta trabajo esclavo

“Sabemos que una vez estás dentro, no hay salida. Todo el mundo lo sabía. Y sabíamos que no hay un proceso legal para entrar, y que una familia puede desaparecer de la noche a la mañana, y la gente entenderá que se les ha enviado allí”, comenta Kim Hyuk en el informe de la ONU. Además, por el bien de Warmbier, esperemos que no se produzca una guerra: dado que Corea del Norte no reconoce la existencia de estos campos, en caso de que se produzca un conflicto bélico los oficiales del régimen tienen órdenes de acabar con todos los presos para eliminar toda evidencia.

Probablemente a Warmbier le consolará poco saber que, en este suplicio, le acompaña gran parte de la sociedad norcoreana: no solo los presos políticos realizan trabajos forzados, sino que, según asegura Human Rights Watch, el sistema económico norcoreano está construido alrededor de estos. A la mayoría de los ciudadanos del país se les exige que realicen actividades -a veces durante años- por una compensación económica simbólica o directamente inexistente. En caso de negarse… pueden ser enviados a los campos.

No solo eso: según Marzuki Darusman, relator especial de la ONU para la situación de derechos humanos en Corea del Norte, el país está enviando a sus ciudadanos a otros países a realizar trabajos en condiciones de esclavitud, como una forma de generar divisas y aliviar el impacto de las sanciones internacionales. Los principales receptores de estos trabajadores son Rusia y China, pero también otros como Kuwait, Malasia, Polonia, Catar y Emiratos Árabes Unidos. De acuerdo con los datos de Darusman, a estas personas -más de 50.000 en todo el mundo- se les exige trabajar hasta 20 horas diarias. Los salarios son enviados directamente a Pyongyang, que así se hace con ingresos superiores a los 2.000 millones de euros anuales.

Además, las esperanzas de que Warmbier sea puesto en libertad rápidamente por vía diplomática se verán complicadas por el contexto internacional, puesto que Washington se prepara para aprobar nuevas sanciones contra Pyongyang por las últimas pruebas nucleares y balísticas realizadas por el régimen norcoreano (y, de hecho, el estudiante podría haber sido una víctima de este juego: fue detenido apenas cuatro días antes de que Corea del Norte asegurase tener la bomba de hidrógeno). Ya ha ocurrido antes: la lista de estadounidenses detenidos en este país, en su mayoría misioneros cristianos acusados de hacer proselitismo religioso, es larga.

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