EL CONFIDENCIAL, CON LOS PORTEADORES DE LA FRONTERA

Los refugiados sirios se hacinan en el centro ‘temporal’ de inmigrantes de Melilla

Entre enero y julio de este año han llegado al CETI 5.600 inmigrantes, y el centro sólo tiene capacidad para 480 personas. Entrevistamos allí a varios de los refugiados sirios que ya han entrado a España

Foto: Una treintena de inmigrantes de origen sirio se concentran en Melilla para pedir su traslado a la península ante la mala situación que están viviendo en el CETI. (EFE)
Una treintena de inmigrantes de origen sirio se concentran en Melilla para pedir su traslado a la península ante la "mala" situación que están viviendo en el CETI. (EFE)

“¿Has visto lo mal que está el CETI?”, denuncia José Palazón, de la ONG Prodein, con descarada naturalidad. Palazón es el autor de la fotografía emblemática que captaba el salto de la valla de subsaharianos desde Marruecos a Melilla. En la misma imagen se veía a un par de aficionados que jugaban en el campo de golf de la ciudad autónoma. Esa foto, Premio Ortega y Gasset 2015, simboliza mejor que ninguna la desidia occidental ante el drama de la inmigración.

Palazón acaba de llegar, cámara nipona colgada a la altura del pecho, al Centro Temporal de Inmigrantes de Melilla, dependiente del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, donde los refugiados sirios se hacinan en barracones con separación de sexos. Entre enero y julio de este año han llegado al CETI 5.600 inmigrantes. En todo el año pasado fueron 5.500. El CETI acoge ahora a unos 1.400 inmigrantes. El centro sólo tiene capacidad para 480 personas.

Muchos de los refugiados (los que están en Beni Enzar y Nador se quedan sin dinero y ya pasan hambre) aprovechan el fin de semana para salir al descampado que hay frente a la entrada del CETI. Cocinan comida de su tierra. Uno de ellos es Ahmed Nawraf, de 42 años, conductor de camiones de profesión, que sirve una especie de kebab muy jugoso y unas croquetas bien ricas a varios compatriotas y marroquíes. Nawraf procede de Kurdistán. Tardó un mes y medio en llegar a Marruecos, después de atravesar varios países. Lo hizo todo en coche, acompañado de tres hijos y su mujer, embarazada del cuarto retoño.

Un par de veinteañeros marroquíes con ganas de aprovechar la calurosa mañana de domingo arropan a Nawraf, como Daju Yusef, de 25 años. “Ahora estoy tirado en la calle. Soy ilegal y quiero ir a la Península, pero me han pillado un par de veces”, cuenta Yusef con la desesperación y la angustia cincelada en el rostro moreno. Llega en silla de ruedas eléctrica un melillense de origen marroquí. “Vengo aquí porque estaba harto de estar en casa”, aclara. Algunos menores juegan a pegarse sin hacerse daño y varios miembros del personal del centro entran a trabajar.

Peleas entre marroquíes y sirios

Es una mañana tranquila, pero la madrugada anterior, la del sábado a domingo, se alejó mucho de serlo. Ocurrió una pelea entre dos inmigrantes ebrios (un tunecino y un argelino) y refugiados sirios. Conflictos como este se repiten a menudo en el centro. Los ha visto Mohamed Tarik, de 49 años. Mohamed viste pantalón de camuflaje y una camiseta gris. En Damasco era peluquero y desea que su presencia en Melilla –más bien lo suplica– sólo sea de tránsito.

“Quiero irme a Madrid, donde se puede trabajar; esto es demasiado pequeño. Ya estuve hace años en Bélgica, regresé a mi país y ahora he tenido que huir”, explica Tarik mientras en su diminuto móvil Samsung blanco enseña una fotografía de Shaima, su hija de nueve años, con la que se comunica con Whatsapp. Continúa con el móvil (su contacto con el pasado) y muestra un vídeo en el que se ve a su padre disfrutando de una fiesta con música tradicional. “Él ya murió”. Y se calla de repente.

Una mujer siria, refugiada, junto a Mohamed Harkombi. (A. Rivera)
Una mujer siria, refugiada, junto a Mohamed Harkombi. (A. Rivera)

Mohamed Harkombi está a punto de cumplir 18 años, y no sabe dónde está su padre. Le gusta escribir y dibujar. A eso se dedica las horas que este joven sirio pasa en el CETI. No quiere hablar más, tiene miedo a contar demasiado, como otra familia siria reunida en un corrillo, sentada en el suelo justo a la entrada del centro, que cuando se le pregunta por su historia se levantan rápido.

Son los secretos de un lugar donde los hombres y las mujeres se encuentran separados, como explica Palazón. Existe un flujo de unas 200 personas que entran y salen del centro. “He conocido a inmigrantes de Pakistán, Bangladesh y de la India que han llegado a estar cinco años en el centro. ¿Eso es temporalidad? Por eso digo que está fatal”, remarca el responsable de Prodein en Melilla.

Julio Caro, responsable de Cruz Roja en Melilla, ya relató el año pasado que la saturación en el CETI “no era nueva”. Destacó que en 1996, tres años antes de la inauguración del centro, había alrededor de 3.200 inmigrantes en una especie de “descampado de coches". Ahora el descampado continúa a izquierda, derecha, arriba y abajo. Y al norte se sitúa el campo de golf de la fotografía de Palazón. “Aquí hay muchos mundos”, subraya el activista. Un golfista se sube al cochecito que le transporta a otro hoyo. El hoyo más gigante es el de las vallas, el de las concertinas, que se ven al otro lado, en Marruecos.

Los porteadores de la frontera del Barrio Chino

Son porteadores, mochileros. Ganan entre 10 y 15 euros por transportar frigoríficos, aires acondicionados o enormes sacos con comida y materiales. Es lunes y a las 10 de la mañana los gritos y llamadas de atención se suceden en la frontera del Barrio Chino. La cuesta no ayuda al transporte. Van muy rápido, cuanto más rápido mejor.

Atravesar este punto de la frontera, justo a esta hora, es entrar en un caos humano que recuerda al tráfico de Nueva Delhi. Señoras diminutas empujando electrodomésticos, jóvenes que podrían ser menores arrastrando otra nevera, una mesa… cualquier cosa para ganar estos malditos 10 o 15 euros. Y rápido, muy rápido.

Vista del interior del CETI de Melilla. (foto: A. Rivera)
Vista del interior del CETI de Melilla. (foto: A. Rivera)

La Guardia Civil vigila que todo marche con fluidez. “¿Por dónde se entra?”, pregunta el reportero. Hay que acceder a través de un torno claustrofóbico. Nadie se fija en el extraño. Todos llegan a la parte marroquí y se lo llevan a otro sitio. Cuando han dejado el material, bajan volando la cuesta abajo, gritan e intentan hacerse un sitio para pasar otra vez. Más gritos. Uno echa agua para que pueda entrar más gente. Las manos y el monopatín que ayuda al transporte lo sitúan arriba. Hay riesgo de asfixia. “Esta es la hora feliz”, cuenta, con cinismo, un encargado de la faena hispano-marroquí, que habla bereber y castellano con absoluta fluidez.

Ya en territorio melillense se observa la valla marroquí, esas concertinas de la huida hacia alguna parte, y una bandera española que simboliza la Europa que desean los refugiados, los que están en Beni Enzar, en Nador o en la ciudad autónoma. O como la niña de tres años que ha aparecido sola, a las seis de la tarde, en el CETI, en medio de este éxodo masivo…

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