GRECIA, EL ALUMNO MENOS MALO DE LA UE

Una Unión, 27 malos modos de ‘acoger’ a los refugiados

Macedonia fleta trenes para que los refugiados crucen rápido hacia Serbia, donde la sociedad improvisa asistencia. La política de la UE, que colecciona imágenes para la vergüenza, es un desastre

Foto: Refugiados esperan para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia, cerca del pueblo de Idomeni, el 4 de septiembre de 2015 (Reuters).
Refugiados esperan para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia, cerca del pueblo de Idomeni, el 4 de septiembre de 2015 (Reuters).

Cuando hasta una biblia liberal como The Economist -en ocasiones reticente a tratar cuestiones humanitarias- te pega una bofetada como la que ha recibido Europa con ese artículo encabezado con un “Let them in and let them earn” (Déjelos entrar y déjelos ganar [dinero]) hay que empezar a preocuparse. La Unión Europea, que recibió el premio Nobel de la Paz en 2012 por ser avance en la reconciliación y en los derechos humanos en el continente, no encuentra ni un solo defensor a sus políticas en la crisis migratoria. Todos coinciden en que son un desastre. Primero, porque esas políticas no pueden ser calificadas como tales. No hay una decisión común de calado más allá de la desoladora cifra acordada de acogida: 32.256 refugiados en dos años. Y solo en 2015 han llegado unos 270.000. Todo ello, cuando los 27 ni siquiera han sido capaces de repartirlos en cuotas por país.

Esta falta de decisión y de principios básicos empieza a desembocar en miles de refugiados en peligro de muerte en suelo europeo y en aberraciones tales como las del Gobierno húngaro o como la de la policía de la ciudad checa de Breclav, que ha empezado a marcar a tinta números en la piel de los recién llegados “para que no hubiera problemas de separación de familias”, aseguraba un portavoz. Resonancias con el Holocausto aparte, Europa comienza a verse impelida a lidiar en su territorio con algo que ha aplazado en años de jugar al cambio de alianzas y a la inacción en Siria: se enfrenta a la llegada de miles de personas desposeídas y que son, en su mayoría, refugiados. La mayor crisis -no por sonar a tópico es menos cierto- desde la Segunda Guerra Mundial.

Y la ruta de los Balcanes empieza a ser una colección de imágenes para la vergüenza de Europa.

Refugiados duermen en la estación de Keleti, en Budapest, el 3 de septiembre de 2015 (Reuters).
Refugiados duermen en la estación de Keleti, en Budapest, el 3 de septiembre de 2015 (Reuters).

Grecia: el alumno menos malo de la UE

El martes por la noche arribaban al puerto del Pireo, al suroeste de Atenas, unos 4.000 refugiados procedentes de las islas de Lesbos y de Kos, cercanas a las costas de Turquía y donde han llegado miles de los que escapan de la guerra e inestabilidad de Oriente Medio. Tras la llamada de socorro de las autoridades locales, el Gobierno central ha tomado finalmente cartas en el asunto y ha echado una mano, aunque únicamente transportando al continente a los refugiados con el objeto de reducir las tensiones entre los sirios, afganos… y las desbordadas autoridades locales. Un ritmo lento de evacuación teniendo en cuenta que, mientras estos 4.000 llegaban a la capital helena, 1.200 personas más eran rescatadas cerca de estas islas, según los equipos de salvamento.

El Gobierno provisional griego -el encargado de velar por el país hasta las elecciones del 20-S- ha reconocido que no es una crisis “migratoria”, sino “de refugiados”, y ha dicho que va a tomar medidas, las cuales anunciará próximamente, para intentar aliviar a los que llegan y a los “residentes en las islas”.

Las autoridades helenas también han empezado a actuar contra los traficantes: seis personas han sido detenidas en el norte del país tras ser interceptados en un camión en el que viajaban más de 100 personas, entre ellos 19 niños, y que había atravesado la frontera con Turquía para llegar a Salónica, la gran ciudad más cercana a Macedonia, siguiente paso en el camino de los refugiados hacia la Europa rica.

Refugiados sirios llegan a la costa de la isla de Lesbos (Reuters).
Refugiados sirios llegan a la costa de la isla de Lesbos (Reuters).

Macedonia: ojos que no ven

Un país de apenas dos millones de habitantes con un Gobierno disfuncional más preocupado de luchar contra la oposición y una economía paupérrima enfrentado a miles de personas que entran día a día en sus fronteras. Una situación insostenible y un cóctel explosivo que estalló en los primeros días con enfrentamientos contra los antidisturbios, que intentaron parar en vano la ola de refugiados que entraban por Grecia. Skopie pidió ayuda a Bruselas, una asistencia que no ha llegado. Las autoridades del país, que no es ni candidato a entrar en la UE, han optado por la solución más sencilla: lavarse las manos.

Macedonia ha empezado a dejar pasar sin ninguna cortapisa a los migrantes, a sabiendas de que ninguno de ellos pedirá asilo en su territorio. Incluso ha fletado algunos trenes para que crucen más rápido el país hacia Serbia.

Serbia: solidaridad ciudadana

Sin duda el lugar de Europa donde, tras varias semanas de penoso viaje, los refugiados han recibido un mejor trato. Los serbios saben lo que supone tener que escapar de una guerra, y los ciudadanos de a pie, especialmente en lugares como Belgrado, han improvisado asistencia para los que llegan sin nada a la capital, en donde incluso hay hospitales de campaña para atender con preferencia a los niños. 

El Gobierno serbio ha sido el que ha hablado más claro y enérgicamente contra la desidia de Europa y ha exigido que se respeten los derechos de los refugiados. Belgrado no los considera “una amenaza”. Hasta 7.000 han llegado a cruzar la frontera en una sola noche, un éxodo masivo que encuentra un refugio temporal a las puertas de la Unión Europea, pero que no se detiene hasta llegar a Hungría.

Refugiados son detenidos por la policía macedonia, que intenta evitar su entrada en el país (Reuters).
Refugiados son detenidos por la policía macedonia, que intenta evitar su entrada en el país (Reuters).

Hungría: el trabajo sucio en la entrada a la UE

Víktor Orbán no tiene problemas con la Unión Europea porque, en este río revuelto, su mano dura encaja como un guante. Su política de cierre de fronteras al Sur, con la construcción de la infame verja, y de no ayudar a los refugiados, definiendo esta ola migratoria como “un problema alemán”, funciona porque una parte del electorado de la Europa rica no quiere ni oír hablar de acoger a más inmigrantes -en Suecia o en Francia el discurso xenófobo está en auge- y ningún ejecutivo comunitario quiere enmendarle la plana a Orbán y ganarse un revés electoral.

Las escenas de desesperación y confusión en la estación de Budapest no han sido suficientes para despertar la conciencia de los gobernantes, que se mantienen en una peligrosa tibieza. Y mientras Orbán les haga el trabajo sucio, no van a levantarle la voz.

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