la ostentación de la gastronomía planetaria

La Expo de Milán, macroferia de comida y alimentación de la que se sale con hambre

Miles de personas, menos de las esperadas, entran emocionadas a una ciudad levantada de la nada donde se sugieren miles de alimentos diferentes y que, para consumirlos, hay que pasar por caja

Foto: Una de las secciones más destacadas de España en la Expo (Reuters).
Una de las secciones más destacadas de España en la Expo (Reuters).

Lo primero que piensa uno cuando se prepara para entrar a la majestuosa nueva ciudad que ha surgido en los aledaños de la ciudad de Rho, localidad de dudosa independencia con respecto a Milán, de la cual depende prácticamente todo su volumen de negocio, es en que se va a poner las botas con comida de todo el planeta, o casi todo. Una Expo Universal de alimentación, de comida, de gastronomía en general inspira confianza al estómago de los confiados asistentes y levanta el odio de quienes la ven como un despilfarro innecesario. Quién de los que hemos entrado por los numerosos tornos no hemos pensado que cada pabellón tendría una ristra de productos para deleite de todos… y quién no se ha dado cuenta después de lo inocente de su esperanza.

Es un mundo aparte lo que se encuentran los visitantes. Para empezar, evidentemente hay que conseguir un medio de transporte que les acerque a Rho. No es especialmente complicado llegar, al contrario, las opciones son múltiples y en realidad, factibles para el bolsillo, siempre y cuando no se coja un taxi, cuya tarifa se dispara hacia los largos 30€. Los trenes de cercanías quizás sean la opción más cómoda y con mejor relación calidad-precio. La parada se encuentra justo enfrente de la entrada principal, no como la del metro, lejana a casi medio kilómetro.

El huerto natural en la entrada al pabellón de Francia es de lo más impresionante de la Expo (Reuters).
El huerto natural en la entrada al pabellón de Francia es de lo más impresionante de la Expo (Reuters).

Y una vez llegamos a ese majestuoso arco que cubre las decenas de entradas, número demasiado elevado para la escueta afluencia de público, la siguiente preocupación es echarse crema protectora para el sol. No es que en Milán el sol sea constante. Que el norte de Italia esté totalmente verde en las zonas donde no hay vastas ciudades deja bien claro que la lluvia es tan o más habitual que los días despejados. Pero la fecha de la Expo coincidirá con todo el verano (1 de mayo a 31 de octubre), y cuando dice de pegar el sol, pega bien. Pero para sorpresa de los recién llegados, la organización tuvo eso en cuenta y cubrió parcialmente el cielo con unas lonas que no evitan el calor pero sí alguna que otra quemadura desagradable.

Luego ya empieza lo que realmente cuenta: la Expo en sí, en toda su grandeza y esplendor. Una explanada enorme que la vista no alcanza a cubrir. Las primeras preocupaciones surgen cuando se eligen ciertos pabellones para visitar primero, bien sea por rumores que se han oído o porque alguien que ya ha asistido los recomiende fervientemente. Si son los buenos, los pabellones más interesantes es precisamente por las colas que hay que aguantar para poder entrar. El de Japón, uno de los más alabados, tenía una cola de 50 minutos cuando sólo habían pasado 20 desde la apertura de la Expo a las 10 de la mañana. Un tiempo parecido de espera había en Brasil, Uruguay y Tailandia, otros de los famosos.

El pabellón de Corea del Sur (Reuters).
El pabellón de Corea del Sur (Reuters).

En definitiva, varios de los pabellones desplegados por los 131 países participantes tienen, generalizando, la capacidad de enseñar al mundo su gastronomía, su comida, su forma de implementar una cocina sostenible, sin que el que por sus pasillos pasea pruebe absolutamente nada. Sugiere, pero no sacia. Japón se inventó el restaurante del futuro y si es tal y como lo pintan, la gente japonesa pasará bastante hambre: una mesa con pantalla táctil para cada uno de los comensales en el que se elige una estación del año, un tipo de alimento (carne, pescado o verdura) y un continente y se prepara automáticamente un plato con dichos elementos como bases que jamás podrán comer.

Evidentemente, la intención de todos los pabellones (o, al menos, los que tienen capacidad económica e infraestructura suficiente como para permitírselo) es seducir al visitante hasta tal punto de humedecerle la boca con saliva hasta anegársela y posteriormente, una vez fuera, que éste se sienta casi obligado a probar lo que ha visto en los restaurantes exteriores, que tampoco es que sean especialmente caros, ya que la entrada ya cubre buena parte del presupuesto, pero resulta sorprendente que no haya absolutamente nada asequible, gratis, de prueba, de cata. Ni una lonchita de jamón en el de España, eso sí vendido a precio de oro.

La Santa Sede también tiene su (gran) hueco en la Exposición (Reuters).
La Santa Sede también tiene su (gran) hueco en la Exposición (Reuters).

Precisamente el pabellón de España deja bastante que desear. Está demasiado centrado en los platos de autor, en la alta cocina y deja algo de lado la tradición que hace de la cocina española una de las mejores del planeta. Quizá lo mejor sea una sección de la exposición de nuestro país centrada en recrear recetas típicas en un sencillo paso a paso en distintas pantallas: salmorejo, torrijas, paella…

Hay un detalle que llama la atención sobre cualquier otra cosa: el salvaje contraste que existe en el planeta entre los países más desarrollados y los que no lo están está también reflejado en la Expo Universal de Milán. La magnificencia del de Italia, escoltado por otros pequeños pabellones de cada una de sus regiones más otra zona de restauración también dividida por regiones italianas, deja las cuatro paredes con fotos del de Vanuatu en una aguja en un pajar de ostentación. 

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