plantas semidesérticas o gravilla

Adiós a mi césped: Los Ángeles o la nueva quimera del agua

La sequía y una creciente mala conciencia colectiva están provocando transformaciones visibles en el paisaje urbano de Los Ángeles. Un cambio impulsado por agresivas campañas de las autoridades

Foto: El jardín de la señora H. fue el primero sin césped en su calle (E.C.)
El jardín de la señora H. fue el primero sin césped en su calle (E.C.)

La sequía y una creciente mala conciencia colectiva están provocando cambios visibles en el paisaje urbano de Los Ángeles. Empujados por campañas agresivas de las autoridades locales, más y más vecinos deciden prescindir del tradicional césped delantero en sus jardines por opciones más apropiadas para un clima casi desértico.

Pasear por cualquier calle residencial de Los Ángeles, desde Beverly Hills hasta Santa Mónica, significa encontrarse con una casi ininterrumpida línea de casas unifamiliares con una entrada para el coche y un amplio cuadrado de césped. Aunque la arquitectura es típicamente angelina (con mansiones y bungalós de mil estilos arquitectónicos en los que no es raro ver una granja de la campiña inglesa al lado de una casa con tejados alpinos) en cuanto los jardines, Los Ángeles no se diferencia de cualquier otra ciudad estadounidense.

De Atlanta a Boston pasando por Chicago, el césped de los suburbios americanos está casi tan intrínsecamente ligado a la imagen de este país como la bandera. Los estadounidenses adoran su front lawn y dedican miles de dólares y de horas al año a su cuidado y perfecto aspecto.

Sin embargo, desde hace un par de años en la capital de la costa oeste está empezando a imponerse algo que sólo hace una década podía considerarse un sacrilegio. Levantar la mullida y exuberante hierba y plantar en su lugar toda una variación de puntiagudas plantas autóctonas, cuando no directamente gravilla o virutas de madera.

Este mes de marzo está siendo el más caluroso de la historia de California, y los expertos han advertido de que en las reservas sólo queda agua para un año. El nivel de nieve de las montañas es del 12% a estas alturas del año, cuando en 2014 era del 28%. En el valle central de San Joaquín, donde está toda la producción agrícola, el uso del agua subterránea está dejando tan seca la tierra que el suelo desciende a un ritmo de 30 cm al año.

El jardín de Karen Thompson con plantas autóctonas (E.C).
El jardín de Karen Thompson con plantas autóctonas (E.C).

Se calcula que 1 millón de acres de huerta dejarán de producir en la próxima década. En el terreno del uso doméstico, el Consejo Regulador de Recursos Hídricos del estado anunciaba la semana pasada medidas más drásticas para luchar contra el malgasto, obligando a muchos condados y distritos a poner en práctica restricciones como las que existen actualmente en Los Ángeles, donde sólo se puede regar el jardín tres días a la semana.

Programas como Cash for Grass (dinero a cambio de hierba), puestos en marcha por las autoridades no sólo en el área metropolitana de Los Ángeles, sino en casi todos los condados del sur de California, han puesto a disposición de los vecinos más de 100 millones de dólares públicos en reembolsos por este tipo de operación, que está introduciendo en las aceras de cada vez más barrios un aspecto paradójicamente exótico.

Ágaves, cactus, arbustos de tomillo, romero, salvia, y aromáticas plantas de todo tipo empiezan a competir con los tradicionales árboles frutales, rosales y buganvillas recordando a los vecinos que cada fin de semana cortan su césped que el sur de California es un desierto.

En una tranquila calle del este de la ciudad, cerca de Franklin Hills, Karen Thompson, una abogada de 60 años, riega su jardín una mañana soleada de enero. "No es que lo necesite", explica. "Pero me encanta cómo huele". A sus pies, en lugar de hierba, un mantillo de agujas de pino y astillas de madera cubren el pequeño cuadrado delantero de su cottage de madera blanca.

Nemanga Bala, en su jardín de plantas autóctonas del sur de California que apenas necesitan riego (E.C).
Nemanga Bala, en su jardín de plantas autóctonas del sur de California que apenas necesitan riego (E.C).

Hace año y medio, desesperada con su césped, se acercó a un vivero de plantas nativas californianas de los que abundan cada vez más y decidió dar el paso. Se gastó en total unos 9.000 dólares en quitar césped, aunque ha mantenido dos coníferas enanas y un mandarino; poner vallas blancas, y plantar toda una serie de plantas nativas que aguantan el calor y la falta de agua (la única condición que puso fue que florecieran en algún momento del año); y sobre todo, instalar un sistema de riego por goteo mucho más moderno que funciona con temporizadores y riega sólo alrededor de la raíz de cada planta.

"En realidad, en quitar el césped calculo que sería más bien 4 o 5 mil dólares. El resto fueron las vallas y alisar el terreno, dividiéndolo en dos niveles, porque al estar en cuesta el agua caía directamente a la acera". Una inversión que, asegura, ha merecido completamente la pena. No sólo por la tranquilidad que supone tener bonito el jardín sin necesidad de desvivirse cortando, cuidando y arreglando plantas. Además, su cuenta del agua ha bajado drásticamente.

A ella el ayuntamiento no le ayudó económicamente en esta operación porque, asegura, su césped ya hacía meses que había muerto. Pero a muchos otros vecinos de zonas menos acomodadas el hecho de quitarse de encima el césped, además de suponerles ahorro de tiempo y dinero, les sale totalmente gratis.

Empresas como Turf Terminators ("exterminadores de verde") se ocupan del papeleo para que el Gobierno local financie una operación que suele llevar un día. Según datos del Comité del Agua del Sur de California, la totalidad de hectáreas aprobadas para su transformación desde que se puso en marcha la campaña ha sido similar a la de 345 campos de fútbol. Este comité, que agrupa a las más importantes empresas de distribución de agua de la zona, asegura que han gastado hasta 6 millones de dólares en medidas para educar al público en la conservación de agua.

La señora "H" (su nombre, búlgaro, es tan largo e impronunciable que se cansó de deletrearlo, y ahora es así como la conocen todos sus vecinos) puede considerarse una pionera en esto. El jardín delantero de su casa estilo craftsman (una de los pocas arquitecturas originarias de California), con un amplio porche, fue la primera en la calle, y probablemente en el barrio, en sufrir este cambio radical del verde uniforme a las mil sombras, desde el gris al marrón.

Margot Goodan en su jardín lleno de suculentas (E.C).
Margot Goodan en su jardín lleno de suculentas (E.C).

"Decidimos hacerlo solos con nuestras propias manos y los vecinos estaban casi indignados. Odiaban la idea", explica casi orgullosa. "Tardamos mucho y lo hicimos poco a poco, desde la calle hacia dentro. Empezamos por una planta de romero que nos regalaron unos amigos". Hoy, el jardín delantero de la casa de la señora H asemeja un oloroso rincón de un bosque mediterráneo.

Los dos inmensos pinos mantienen su protagonismo pero a su alrededor, en lugar de hierba, crecen toda una serie de arbustos que, asegura la señora H, en invierno prácticamente no hay que regar. Le brillan los ojos cuando recibe elogios sobre su jardín, porque como ella dice, "siempre pones algo de tu corazón en él". "Creo que los europeos tenemos más conciencia de ahorrar, de no malgastar las cosas", reflexiona. "A los americanos les cuesta más entender ese concepto".

Para Marvin es simplemente cuestión de lógica. Originario de El Salvador, es jardinero desde hace más de 20 años y está acostumbrado a que muchos de sus clientes más acomodados paguen facturas de hasta 3.000 dólares mensuales en agua, por no hablar de los gastos de jardinería. Pero de un tiempo a esta parte nota cada vez más interés en este tipo de jardines autosuficientes, y Marvin, en el último año, ha dedicado una buena parte de sus jornadas laborales a levantar metros y metros de césped el condado de Los Ángeles y más allá, entre Calabasas y Fresno, y a instalar modernos sistemas de goteo que pueden llegar a gastar menos de la mitad que un aspersor tradicional.

"Creo que mis clientes más mayores son los que están más dispuestos a prescindir de su césped; los más jóvenes, para ellos, es un símbolo de estatus, les gusta mucho que la gente admire su césped, que sus niños y sus mascotas jueguen en él".

Muchos defienden su césped a capa y espada, y su derecho y casi deber vecinal de dedicar dinero y tiempo a que el aspecto de su casa sea impoluto. "Bueno, es que precisamente, viviendo en un sitio con tanto cemento y tantas autopistas, es mucho más agradable tener un poco de verde en casa", defiende John Lee, operador de cámara jubilado que lleva más de 50 años viviendo en esta ciudad, mientras mira el rectángulo perfectamente recortado de verde que rodea la entrada de su casa.

"Ahora está muy bien porque ha llovido un par de días, pero lo normal, especialmente en verano, es que no esté así", se defiende, casi, de tener césped, asegurando que no paga más de 200 dólares al mes en agua, porque es extremadamente cuidadoso y no gasta de más en ningún otro aspecto de la casa. "Hay gente que no tiene césped pero tienen piscinas, o no tienen ningún cuidado con el uso que hacen dentro de la casa. El césped no lo es todo. Hay muchas otras maneras de malgastar el agua".

Un hombre en una piscina pública vacía en Burbank, Los Ángeles (Reuters).
Un hombre en una piscina pública vacía en Burbank, Los Ángeles (Reuters).

Sea por motivos sentimentales, estéticos o por falta de tiempo, lo cierto es que de momento los vecinos pro-césped siguen siendo abrumadora mayoría, aunque el uso y mal uso del agua es desde luego un tema permanente de debate en medio de la peor sequía de la última década.

En Los Ángeles, donde cada lado de las calles tiene unos días determinados de la semana para regar, un departamento especial de la policía se ocupa de patrullar las zonas residenciales en busca de escapes, y responder las denuncias anónimas de los vecinos sobre aspersores encendidos a deshora, tuberías rotas o mangueras sin cerrar. Aunque muchos protestan de que su papel, meramente amonestador (no se suelen poner multas por este tipo de actividades), no ha servido de mucho hasta la fecha, y presionan para que se tomen medidas más drásticas.

Margot Goodan compró su casa hace ocho años "precisamente" porque no tenía césped. "Siempre me han encantado este tipo de plantas", afirma, mirando a un jardín lleno de gigantescas suculentas y cactus, algunas incluso más altas que ella. "No sé qué es lo que tiene la gente con el césped. A mi vecina, por ejemplo, que vive de alquiler y estaba dejando morir el césped para no gastar agua, el propietario casi la echa de la casa. La obligó a recuperar el césped, se puso furioso". Entiendo que uno esté acostumbrado a tenerlo, pero en una ciudad en la que no llueve, es totalmente absurdo".

Tan arraigada está la idea de que el césped es un deber ciudadano que los vecinos que han optado por dejar secarse el suyo ponen una pancarta que dice "Nosotros también ahorramos agua", para dejar claro que se trata de conciencia ecológica y no de dejadez. "A mí personalmente me parecen mucho más bonitas estas plantas", afirma Margot señalando a sus agaves, "Me divierten más, son raras, son peculiares. Y mucho más fáciles de cuidar".

No muy lejos de allí, Nemanga Bala, recién llegado desde la costa este, coincide totalmente. "De hecho, se nos ha roto el aspersor hace unos meses y ni lo hemos arreglado", se ríe. La casa de Nemanga está en una tranquila calle de perfectos cuadrados de césped verde, entre los que su jardín delantero llama la atención. "Compramos esta casa hace apenas un par de meses. La señora que la vendía dejó morir el césped y plantó todas estas plantas autóctonas. Y nosotros lo vamos a mantener así, por supuesto".

Nemanga y su prometida sólo se dan el "lujo" de mantener un pequeño parche de 2 metros cuadrados de césped en el jardín trasero para la niña que nacerá dentro de tres meses. "Está bien tener un poco de césped cuando tienes niños. Pero ese es su único propósito", afirma. "Tenemos que entender que vivimos en un clima desértico". Sin embargo él no piensa, rodeado como está de casas con hierba, que poner plantas autóctonas vaya a ponerse de moda. "Están obsesionados con su césped. Es algo que forma parte de lo que son. No creo que sientan ninguna presión en absoluto". 

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