LA CÁRCEL CON MÁS CRIMINALES ILUSTRES DEL MUNDO

Bajo tierra y comiendo pollo podrido: así viven los grandes capos presos en México

Hay una cárcel en México que no recluye a grandes capos de la droga, los colecciona. La prisión federal de Almoloya de Juárez, conocida como El Altiplano, una especie de reclusorio VIP. Esta es su historia

Foto: Dos agentes federales a las puertas de la prisión federal de Almoloya de Juárez (Reuters)
Dos agentes federales a las puertas de la prisión federal de Almoloya de Juárez (Reuters)

Hay una cárcel en México que no recluye a grandes capos de la droga, los colecciona. La prisión federal de Almoloya de Juárez, mejor conocida como El Altiplano, se ha convertido en una especie de reclusorio VIP, el lugar adonde van a parar todos los peces gordos del narcotráfico.

La lista es larga y sonada: Joaquín el Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa; Miguel Ángel Treviño Morales, Z-40, y su recién incorporado hermano Omar, Z-42, los dos últimos jefes del cártel de los Zetas; Servando Gómez la Tuta, líder de los Caballeros Templarios y también de reciente incorporación; Héctor Beltrán Leyva, el H, líder de los Beltrán Leyva, a quien acompaña su jefe de sicarios, Edgar Valdez Villarreal, la Barbie; los hermanos Eduardo y Francisco Arellano Félix, líderes del cártel de Tijuana; José Luis Abarca, el infausto alcalde de Iguala responsable de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa; Miguel Ángel Félix Gallardo, el Padrino, histórica figura del narcotráfico en México. Y la lista continúa. No hay cártel que no tenga en El Altiplano al menos a un gran operador ni cárcel en el mundo con semejante concentración de altos criminales por metro cuadrado.

El sistema penitenciario de México es tan deficiente y está tan carcomido por la corrupción que las autoridades han optado por, al menos, disponer de una cárcel selecta donde la máxima seguridad, el cumplimiento del reglamento y la integridad de los funcionarios estén (casi) aseguradas. El Altiplano es la joya de la corona: un penal subterráneo con cinco niveles de seguridad, instalaciones con estándares estadounidenses, control de la población para evitar hacinamientos y una plantilla de funcionarios bien pagados en el que el nivel de estudios mínimo es bachillerato y donde la norma es la licenciatura en Seguridad Pública. De la cárcel se sabe que las paredes tienen al menos un metro de grosor y que todo el recinto está permanentemente videovigilado. Por lo demás, El Altiplano es una especie de agujero negro donde la sociedad tiene nula capacidad de supervisión. Apenas nada de lo que ocurre intramuros trasciende al exterior, a pesar de que ahí hacen vida casi todos los grandes operadores del crimen organizado de uno de los países más violentos del mundo.

“Para superar todos los filtros y pasar los procesos para poder entrevistar a un reo tardé una hora, más luego otra hora para salir. Y eso que entré como perito y amparado con un oficio”, describe Martín Gabriel Barrón, profesor investigador del Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE), quien ha visitado El Altiplano en varias ocasiones. “Es un penal subterráneo con varios pisos en el que llegas incluso a desorientarte, a perder la noción de dónde estás. Te sientes vulnerable por la forma en que te tratan los custodios, aunque vayas como perito te hacen sentir casi como un reo más. Las trabas a tu trabajo son constantes. Hay muchas cosas que ocurren en esa cárcel que ni en nuestra más remota imaginación podemos tener presente”, señala Barrón acerca del total secretismo en el que se desenvuelve la prisión con más criminales ilustres del planeta.

“Ahora es un penal muy vigilado, pero no siempre funcionó bien. Años atrás tuvo que intervenir el ejército para tomar las riendas de la seguridad y hacer una transición en la cúpula con un cambio de director. Hoy existen trece penales federales en el país y se ha invertido mucho en ellos”, apunta Guillermo Zepeda, profesor investigador del Instituto Tecnológico y de Estudios de Occidente (ITESO). Arturo Guzmán, hermano del Chapo, fue asesinado en los subterráneos de El Altiplano en 2004, y otro de los hermanos, Miguel Ángel, está encerrado en esa prisión desde 2008. “Lo habitual es que no se mezcle a integrantes de cárteles rivales en un mismo penal para evitar incidentes, pero en El Altiplano se ha optado por otra estrategia. En la medida en que no se relajen los esquemas ni se corrompan las autoridades, esta concentración no debería suponer un peligro para la seguridad pública”, considera Zepeda.

El líder de Los Caballeros Templarios, Servando Gómez, trasladado al Altiplano (Efe).
El líder de Los Caballeros Templarios, Servando Gómez, trasladado al Altiplano (Efe).

Televisión, mujeres y otros pequeños lujos

Es una incógnita saber si en El Altiplano los capos han logrado sobornar a sus custodios para, por ejemplo, disponer de teléfonos móviles con los que seguir liderando el cártel (aunque hay un perímetro de exclusión de señal telefónica de 10 kilómetros, no es difícil burlar el sistema), o si han conseguido hacerse con pequeños lujos como televisor, nevera, acceso a mujeres o a una mejor comida, privilegios habituales de los peces gordos en sus períodos carcelarios. Tampoco hay información sobre si la estrategia de acumular tanta pólvora en un mismo espacio ha provocado episodios de alta tensión. Entre esos muros hay peligrosos criminales que se han jurado odio eterno, que han visto cómo asesinaban a sus familiares por encargo de hombres con quienes ahora comparten instalaciones, rivales cuya guerra por el territorio ha causado 22.000 muertos en México en la última década.

“Según los datos, los capos no conviven entre sí, no hay acercamiento, y cuando se abren diligencias procesales se trata de que no coincidan en un punto determinado porque se sabe que en muchos casos son rivales y, en otros, pertenecen a las mismas organizaciones”, indica Barrón.

Sin embargo, parece que los capos, tan despiadados como astutos, han aprendido a distinguir entre el odio y el interés común según estén en libertad o en la cárcel. Dos enemigos acérrimos como el Chapo Guzmán y Edgar Valdez la Barbie no tuvieron reparo en ponerse de acuerdo el pasado mes de julio para encabezar una huelga de hambre reclamando mejores alimentos, atención médica y acceso a ropa interior y uniformes limpios. Junto a otros 138 internos, firmaron una carta de queja a la Comisión Nacional de Derechos Humanos protestando por el hacinamiento (hay tres reos en celdas habilitadas para dos), por disponer solamente de una hora de acceso al patio y por recibir alimentos en mal estado, como pollo putrefacto o alubias mezcladas con piedras. Un frente común que demuestra el cinismo de la guerra del narcotráfico e invita a pensar que los peces gordos ya no disponen de tantos lujos como en tiempo pasados.

Un agente federal en la prisión del Altiplano (Reuters).
Un agente federal en la prisión del Altiplano (Reuters).

La victoria del Chapo y la Barbie

La huelga de hambre del Chapo y la Barbie también evidencia que los viejos vicios no mueren ni siquiera en la prisión más profesional y vigilada de México: ambos criminales fueron capaces de contactar y coordinarse a pesar de estar confinados en celdas de aislamiento, teóricamente sin posibilidad de relacionarse entre ellos, y consiguieron movilizar desde su aislamiento a mil internos (un 75% de la población) durante cinco días. Tras intentar desactivar la revuelta, el director de El Altiplano terminó cediendo a las exigencias y mejoró los puntos exigidos por los capos, quienes por cierto nunca dejaron de comer con normalidad durante esos cinco días, según informó la revista Proceso. Una victoria con la que ni por asomo podrían soñar los miles de presos comunes que malviven en condiciones inhumanas en las cárceles mexicanas.

“Los capos recluidos en El Altiplano pueden tener argumentos para sus demandas, pero viven mucho mejor que la mayoría de presos mexicanos. Para empezar, no sufren hacinamiento. En el resto de penales no se cumplen muchas de las normas mínimas de la ONU, como derecho a la salud, a agua suficiente, a la comunicación con los familiares. El solo hecho de disponer de televisión privada ya es un lujo enorme”, advierte Zepeda. Según una inusual encuesta del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), un 7% de los reclusos de El Altiplano dispone de televisor privado. No hay que especular mucho para saber qué reos gozan de semejante privilegio. Ni para adivinar quién es ese 2% de internos que tienen permiso (y dinero) para comprar todos los bienes permitidos, como sábanas, mantas, zapatos y ropa, usando si quieren para ello los 638 pesos (39 euros) que reciben como asignación mensual estos hombres acostumbrados a gestionar cientos de millones de dólares y a organizar fiestas suntuosas.

El hecho de estar concentrados en una única prisión de máxima seguridad impide a los capos del narcotráfico cumplir su sentencia como si estuvieran en un resort, tal como ocurría en el pasado. O como ocurre aún hoy en las cárceles menos dotadas de control y presupuesto, donde los reos más influyentes consiguen establecer áreas de privilegio. Gracias a la connivencia de funcionarios debidamente sobornados o, en su defecto, amedrentados, los criminales más peligrosos disponen de acceso a teléfonos móviles, drogas, dinero, bienes de todo tipo, prostitutas y hasta a baños en un jacuzzi, como descubrió en una prisión un grupo independiente de auditores. El mismo Chapo Guzmán pasó sus ocho años de periplo carcelario entre bacanales culinarias y mujeres dentro de la prisión hasta que escapó en enero de 2001 tras sobornar durante meses a funcionarios clave en la prisión federal de Puente Grande. Todavía ningún reo ha sido capaz de fugarse de El Altiplano, o si ha ocurrido no ha trascendido al exterior.

“En mi opinión, juntar a todos los grandes narcos en un mismo espacio no es la política más acertada, pero entiendo que se ha optado por El Altiplano por la cercanía con el Distrito Federal y porque alrededor de esa cárcel se encuentra todo el aparato jurídico para procesar a estas personas y seguir el caso desde ahí, cosa que no ocurre en otros centros penitenciarios. Además, también sirve como medida de seguridad: te aseguras de que ningún cártel va a intentar rescatar a su jefe, ya que antes tendrían que ponerse de acuerdo todos los cárteles y eso es imposible”, considera Barrón.

Es previsible que los capos encerrados en El Altiplano sigan presionando a las autoridades para mejorar sus condiciones o intriguen junto a sus abogados para tratar de obtener permisos penitenciarios fuera de la cárcel. Sin ir más lejos, la Barbie ha encabezado ya diez huelgas de hambre por diversos motivos. Un lujo que no pudieron permitirse, por ejemplo, las internas de una cárcel para mujeres que eran forzadas a prostituirse por los funcionarios de su penal. Por las noches, los clientes entraban por la puerta de atrás de la prisión como si aquello fuera un club de alterne y abusaban de las internas; o el caso de los reos comunes extorsionados en Tamaulipas por sus carceleros, que se dedicaban a torturarlos y mandar fotos a la familia para exigir dinero. Un descontrol absoluto que pone a México al mismo nivel de los peores sistemas penitenciarios de América Latina. 

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios