LA GENTRIFICACIÓN EXPULSA A LOS HABITANTES

Hoteles de lujo y mansiones con vistas: la burbuja inmobiliaria llega a las favelas de Río

El mercado expulsa a los habitantes de las favelas de Río de Janeiro. Ricos, extranjeros y estudiantes han puesto un ojo en estos barrios, donde los alquileres han subido de forma estratosférica

Foto: Una imagen de la favela Santa Marta, una de las 800 que existen en Río de Janeiro (Foto: Valeria Saccone)
Una imagen de la favela Santa Marta, una de las 800 que existen en Río de Janeiro (Foto: Valeria Saccone)

“Me encanta trabajar mirando el horizonte, y el que se divisa desde aquí es siempre diferente”. El artista plástico David Sol, 42 años, fue un pionero. En 2001, este francés eligió vivir en Vidigal, la favela que presume de tener las mejores vistas de Río de Janeiro. Fue mucho antes de que empezase el proceso de pacificación, lo que le permitió experimentar los cambios en esta comunidad, para bien y para mal. “Aquí estaba todo infravalorado, pero de repente los precios explotaron. Hoy una casa que costaba 5.000 reales (casi 1.600 euros) se vende por 200.000 (63.500 euros). Un absurdo”, cuenta David.

Vidigal está considerada la favela chic de Río de Janeiro. No porque las condiciones sanitarias y logísticas sean ideales, sino porque es la comunidad donde el turismo ha pegado más fuerte y en la que viven más extranjeros. En el Alto de Vidigal, desde el que se puede apreciar la silueta de las playas de Ipanema y Leblon, hay un hotel de lujo diseñado por un famoso arquitecto, un par de restaurantes con vistas panorámicas, un albergue con encanto y un espectáculo de samba los domingos, con entradas más caras que en el centro de la ciudad y un público que llega de fuera. El año pasado corrió el rumor que David Beckham había comprado una casa en Vidigal, algo que finalmente desmintió el propio futbolista.

El perfil del gringo que elige hospedarse o vivir en esta favela es una persona cool, de entre 18 y 35 años, que quiere vivir una experiencia diferente o huye de un mercado inmobiliario enloquecido. La consecuencia lógica es que los precios se han disparado hasta el punto de convertirse en prohibitivos para los propios habitantes. Muchos se han visto empujados a abandonar el lugar en el que viven desde que nacieron. Por ello, no ven con buenos ojos la invasión extranjera.

“Antes aquí nos conocíamos todos y ahora hay mucho cambio, habitantes nuevos, muchos extranjeros. Pero las estructuras no mejoran. El centro de salud está pensado para 9.000 personas y hay 16.000 familias inscritas”, cuenta a El Confidencial Rosa Batista, de 57 años. Mientras, el moto-taxista Bianor, de 43 años, resalta que hay muchas obras. “Pero son sólo los gringos. Los habitantes no tenemos medios para hacer una reforma. Nuestras casas son de ladrillo y cemento”, asegura.

El fantasma de la gentrificación ya es una realidad en esta y en otras muchas favelas de Río. Es un proceso muy conocido por urbanistas y economistas: ocurre cuando personas de mayor poder adquisitivo se mudan a un barrio barato, obligando a los habitantes originales, con rentas más bajas, a marcharse. Es un fenómeno antiguo que se reproduce en varias ciudades alrededor del mundo: Berlín, Nueva York, Londres, Madrid (el barrio de Chueca es quizás el mejor ejemplo) y, ahora, Río de Janeiro.

Las vistas de Río desde Vidigal, la favela 'chic' de la ciudad (Valeria Saccone).
Las vistas de Río desde Vidigal, la favela 'chic' de la ciudad (Valeria Saccone).

Ofertas que no pueden rechazar

En el caso de Brasil, esta tendencia se centra sobre todo en las favelas, donde viven cerca de 12 millones de personas, según los datos del Instituto Data Popular, de São Paulo. Esto equivale a casi el 6% de los 196 millones de brasileños. “Juntos, formarían el quinto mayor estado de Brasil”, escribe Renato Meirelles, director de este instituto. Sólo en Río de Janeiro hay casi 800 favelas en las que habitan 1.393.314 personas, según los datos del último censo.

“Estamos muy contentos con cada persona que viene a Vidigal”, dice Marcelo da Silva, presidente de la Asociación de Moradores. Sin embargo, esta popularidad también conlleva problemas: “Muchos vecinos ya no pueden vivir aquí. Los alquileres subieron tanto que tienen que procurar otro lugar”, confirma. Algunos reciben ofertas tan buenas por sus terrenos que los venden sin pensárselo dos veces. El problema es que los precios de los inmuebles han crecido vertiginosamente en todo Río de Janeiro. Por ello, sólo consiguen comprar una casa en la extrema periferia.

“Hay una diferencia entre un barrio o una comunidad que recibe inversiones y se desarrolla junto a los habitantes, que acaban beneficiándose, y la gentrificación, que ocurre cuando el desarrollo se plantea de tal forma que quien vivía allí es expulsado por el mercado. El efecto es un desarrollo del territorio y no de las personas”, destaca Theresa Williamson, creadora del portal Rio on Watch, una publicación que denuncia las violaciones de derechos humanos en Río de Janeiro.

“Todo lo que se construye ya está vendido”

Vidigal no es el único caso. En Santa Marta, la primera favela pacificada, hay un albergue que recibe extranjeros de forma constante, y entre 5.000 y 10.000 turistas por mes visitan sus callejones. Desde que se pintaron las casas de colores y se creó un santuario dedicado a Michael Jackson (que rodó aquí el videoclip They don’t care about us), los precios de las casas están por las nubes, casi como en el ‘asfalto’, es decir, en el barrio residencial adyacente, llamado Botafogo.

Son muchas las voces críticas que protestan por este proceso, que parece irreversible. Uno de los más conocidos es un rapero llamado Fiell, que denuncia los abusos policiales y la llamada “expulsión blanca” a través de sus versos. “El modelo actual está basado en la más pura gentrificación. Nos imponen recibos de luz y gas a precio de mercado, pero nuestros sueldos apenas pasan del salario medio. ¿Quién puede pagar los nuevos costes? Por eso, muchas personas van a tener que irse de aquí. No va a quedar ni un solo favelado en la zona sur por causa de la pacificación. Esto es lo que realmente pretenden”, asegura.

“En la zona sur ya no quedan terrenos disponibles para construir y todo el mundo sabe que los ricos quieren vivir cerca de la playa. Cualquier cosa que decidan construir está vendida de antemano”, apunta el activista André Luiz, del movimiento Favela não se cala.

Habitantes de la Maré durante una operación policial (Reuters).
Habitantes de la Maré durante una operación policial (Reuters).

Pero no sólo los extranjeros y los ricos, que sueñan con un Beverly Hills carioca, tienen el ojo puesto en las favelas. Cada vez más estudiantes, doctorados y familias de clase media encuentran cobijo en los cerros de la Cidade Maravilhosa, que este año celebra los 450 años desde su fundación.

A los precios estratosféricos de los alquileres se añade una dificultad burocrática que para muchos es una auténtica pesadilla: encontrar un fiador, es decir, un propietario de Río de Janeiro que ponga su casa como aval para garantizar el pago mensual. Para quien viene de fuera o no tiene padres con una propiedad pagada al 100%, la favela se convierte en la única posibilidad de conseguir un hogar. Eso sin olvidar que la inflación casi alcanza el 8% anual, aunque los analistas indican que la burbuja inmobiliaria podría haber llegado a un punto de inflexión.

La ocupación burguesa de las favelas no es la única causa de la gentrificación. Muchos observadores concuerdan en que los megaeventos de Río de Janeiro (el Mundial de 2014 y los Juegos de 2016) han tenido un impacto enorme en la ciudad. Un ejemplo es la operación urbanística del Porto Maravilha. Su construcción se compara con la gran reforma urbanística que llevó a cabo el alcalde Pereira Passos en la primera década del siglo XX, cuando remodeló en base al estilo parisino el centro histórico de Río de Janeiro, que por aquel entonces todavía era la capital de Brasil.

Iniciada en junio de 2011, la edificación del Porto Maravilha abarca una área de cinco millones de metros cuadrados, es decir, más de 600 campos de fútbol. La zona está repleta de obras, en las que un batallón de obreros trabaja en grandes construcciones y en la recuperación de edificios históricos. Habrá hoteles de lujo, enormes centros comerciales, complejos residenciales, museos (uno de ellos a cargo del arquitecto español Santiago Calatrava), el mayor acuario de América Latina y un pista de 3,5 km. para peatones.

A quienes más preocupa este proyecto urbanístico, que algunos tachan de meramente especulativo y otros de obra maestra para la ciudad, es a los habitantes del Morro da Conceição, que denuncian expulsiones forzadas en su favela. Un grupo de cineastas del colectivo independiente Paêbirú documentó este proceso en un filme que fue estrenado el año pasado, en vísperas del Mundial de Fútbol.

Por absurdo que parezca, la única esperanza para muchos habitantes es el fracaso del proceso de pacificación, algo que parece estar cada vez más cerca. En los últimos meses, muchas favelas, como los complejos del Alemão y la Maré, están inmersas en una guerra con decenas de víctimas entre civiles, policías y narcotraficantes. Y mientras las balas perdidas han vuelto a ser una constante en numerosos puntos de la ciudad, los habitantes de muchas favelas se debaten entre el deseo de paz y el miedo a ser expulsados de sus casas por la violencia o la inflación galopante.

Todo lo que deseo es tener dinero para irme de aquí, la vida está cada vez más complicada, no sólo por la falta de seguridad. Lo niños salen pronto del colegio y el salario se me va en pagar a una niñera, porque no puedo dejarlos sueltos por aquí”, señala a este diario Kátia Fernandes, vecina del Morro do Alemão. “Soy profesor en la Villa Olímpica del Alemão y hace diez años había más de 200 alumnos. Hoy no tengo ni 30”, cuenta el Mestre Martins. “Quiero salir de aquí lo ante posible. Mi casa ha sido destrozada por la Policía y no es la primera vez”, concluye Sarah Rocha, otra vecina.

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