¿Puede convertirse Lutz Bachmann en el nuevo líder de masas europeo?
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¿Puede convertirse Lutz Bachmann en el nuevo líder de masas europeo?

Pegida, el movimiento islamófobo surgido recientemente en Alemania, está mutando y aspira a convertirse en una fuerza política de la mano de su turbio líder, Lutz Bachmann

placeholder Foto: El jefe del movimiento islamófobo Pegida imita a Hitler. (EFE)
El jefe del movimiento islamófobo Pegida imita a Hitler. (EFE)

La clase política, que cargó en inédito bloque hace meses contra sus proclamas, ha respondido ahora con indiferencia. "Las elecciones son interesantes, porque se trata de mayorías, algo de lo que Pegida está muy lejos", dijo, despectiva, la socialdemócrata local Sabine Friedel marcando el tono de las declaraciones de los principales partidos alemanes.

Los líderes nacionales ni siquiera se han pronunciado al respecto. No obstante, la irrupción de los islamófobos como fuerza política supone un claro factor de inestabilidad. Es cierto que la última convocatoria de Pegida, la decimoquinta desde que arrancaron en octubre, atrajo sólo a unos 4.300 manifestantes, según la estimación policial, pero a mediados de enero, en la primera tras los atentados islamistas de París, se congregaron unas 25.000 personas en Dresden contra la islamización de Occidente. ¿Cuántos de ellos votarían Pegida?

A juicio de Werner Patzelt, politólogo de la Universidad Técnica de Dresden, los manifestantes de esta semana son lo que se podría denominar "núcleo duro" de Pegida, militantes de extrema derecha y simpatizantes directos de Bachmann y sus tesis radicales, mientras que las multitudes que se manifestaban en enero estaban en gran medida conformadas por "personas normales" que quieren limitar la entrada de extranjeros en su país porque sienten que son una amenaza para sus opciones en el mercado laboral y para la homogeneidad cultural nacional. O ciudadanos que, en general, no están satisfechos con el sistema político-económico.

Los analistas coinciden en que el posicionamiento de este colectivo de "personas normales" es el que determinará el éxito de Pegida en las urnas, pero descartan avanzar estimaciones, algo ahora difícil, a meses vista y sin candidatos ni programas. No obstante, agrega Patzelt, hay que tener algo en cuenta: muchos de los que alguna vez se manifestaron con Pegida se sienten frustrados tras haber salido a la calle "con la esperanza de ser escuchados" y ser tachados de "fascistas" y ninguneados. Su reacción es imprevisible.

Pendientes de la supervivencia

Pegida, además, no tiene asegurada su supervivencia. Su situación es precaria y convulsa desde que, cuando saboreaba las mieles del éxito el mes pasado, se desató una tormenta mediática sobre Bachmann que afectó a toda su estructura. El tabloide conservador Bild, con doce millones de lectores diarios, fue como tantas veces el encargado de disparar el gatillo. El 20 de enero llevaba en su portada un selfie del líder de Pegida caracterizado como Adolf Hitler, con su bigote recortado y su lánguido flequillo cruzándole la frente.

Bachmann había subido esta imagen a un grupo privado de Facebook el año pasado y un grupo de hackers llamado Anonymous News Germany la filtró. Además, sazonaba su participación en este grupo de la red social con comentarios que tildaban a los refugiados de "montón de mierda", "escoria" y "ganado". Él, que había asegurado al propio Bild que no era racista. Al día siguiente renunció a todos sus cargos en Pegida.

Pero el terremoto interno sólo acababa de empezar. La docena de personas que dirigían el movimiento islamófobo se enzarzaron entonces en una puja intestina por la dirección. Y por el papel que debía seguir jugando Bachmann en el grupo, que pese a su dimisión se resistía a marcharse del todo. Una semana después, cinco personas abandonaban la dirección. Entre ellas Kathrin Oertel, quien hasta ese momento había actuado como portavoz de Pegida. Alegaron que no querían ser "instrumentalizados" por el líder caído.

Una semana más tarde, ya en febrero, y sin que nadie hubiese explicado muy bien qué había sucedido en el seno de Pegida, Bachmann volvió a subirse al remolque blanco de las protestas islamófobas de los lunes y a coger el micrófono. Entonces pasó de puntillas por su foto –"era una broma"– y sus comentarios –"¿Quién no ha empleado ese lenguaje alguna vez en un bar?"– y dio por sentado que se quedaba al timón de las protestas, independientemente de los cargos orgánicos. El lunes siguiente hablaba de elecciones.

Con una base tan personalista y los últimos altibajos, el futuro de la organización es incierto, admiten los politólogos alemanes. Pegida es Bachmann y se debe básicamente a él. A sus discursos que buscan los límites de la libertad de expresión en Alemania, a su capacidad para conectar con cierto tipo de descontentos y a su acción de difusión en las redes sociales. Él logró que en tres meses las manifestaciones de Dresden pasasen de atraer a 350 personas a unas 25.000.

Un nutrido historial delictivo

Lo que parece claro por el momento es que Bachmann no será candidato por Pegida en Dresden. Sólo por una cuestión técnica, él está empadronado en Freital, una ciudad satélite de Dresden con unos 40.000 habitantes y alcalde cristianodemócrata. Además, si bien su perfil puede atraer a algunos radicales, su pasado y presente asusta a otros muchos.

Bachmann estudió para cocinero una vez concluyó sus estudios de secundaria, pero nunca ejerció. Tras completar su formación, poco después de la caída del muro, abrió una agencia de publicidad y probó fortuna como fotógrafo. Entonces empezó a cometer atracos en el barrio rojo de Dresden, según varios informes policiales, por lo que acabó siendo condenado en 1998 a tres años y ocho meses de cárcel.

Se le condenó por 16 robos con violencia. Bachmann optó entonces por huir a Sudáfrica, donde residió bajo una identidad falsa durante dos años hasta que fue descubierto por la policía de fronteras. Optó por regresar a Alemania y entregarse. Pasó 14 meses en prisión en la capital sajona y salió en libertad condicional. Durante un par de años poco se supo de él, hasta que en 2008 fue detenido en dos ocasiones con 40 y 54 gramos de cocaína, respectivamente.

La condena de prisión fue sustituida por una de libertad vigilada hasta marzo de este año. Entre tanto, Bachmann fue condenado en mayo de 2014 a 1.600 euros de multa por no haber aportado la pensión correspondiente para su hijo, aunque el líder de Pegida recurrió esta sentencia, que será revisada por una instancia superior este mes.

"Sí, eso fue estúpido por mi parte. Y he pagado por ello", aseguró Bachmann al Bild en una de las escasas entrevistas que ha concedido. "¡Pero no tengo nada que ocultar! Sabía que los detractores de Pegida intentarían lanzarme basura. Pero eso no va a parar nuestras protestas. Porque esto no tiene nada que ver con nuestras exigencias", agregó desafiante cuando aún no se había difundido su selfie hitleriano, por el que está también siendo investigado por la fiscalía por si constituyese un delito según la ley alemana.

El votante tipo

No obstante, Bachmann y los suyos han sabido tocar una fibra sensible de la sociedad alemana, algo que se explica por su pasado reciente. La polarización suscitada por el tema es elocuente al respecto. El auge de las manifestaciones de Pegida, los ataques a residencias de peticionarios de asilo muestran el descontento de algunos. Las contramanifestaciones a favor de la tolerancia y el multiculturalismo, y los ciudadanos anónimos que acogen refugiados en sus hogares son ejemplo de la clara toma de postura de otros. Pegida busca su caladero electoral aprovechando estas aguas revueltas.

Un estudio de la facultad de Filosofía de la Universidad Técnica de Dresden, apuntaba recientemente que se puede dividir a los simpatizantes de Pegida en tres grupos: los "nacionalistas de ultraderecha xenófobos", que supondrían un tercio del total; los que considera "bien intencionados preocupados", que sumarían algo menos de dos tercios; y los "bien intencionados indignados", que supondrían en torno al 10% del total.

A nivel político, les considera alejados de los partidos tradicionales y, en general, "esperanzados" con la irrupción de Alternativa por Alemania (AfD), un partido euroescéptico, conservador en lo social y liberal en lo económico. Entre los puntos de vista comunes de los manifestantes, según esta encuesta, destacan la percepción de la inmigración como un grave problema y la actual avalancha de peticionarios de asilo (unos 200.000 en 2014, con Siria como primer país emisor), sus críticas a una clase política desvinculada de la sociedad y el islam como fuente de conflictos y ajeno a Alemania.

La efervescencia del espacio político a la derecha de la Unión Cristianodemócrata (CDU), de la canciller Angela Merkel, y de su formación hermana en Baviera, la Unión Socialcristiana (CSU), es un hecho y Pegida quiere probar suerte. AfD sólo ha cosechado éxitos electorales en sus dos años de vida y su intención de voto se mueve, dependiendo de la dimensión de los comicios, en una horquilla de apoyo de entre el 6 y el 10%, algo inédito en un partido alemán de nuevo cuño.

Una escisión de Pegida liderada por su exportavoz Oertel ha anunciado su intención de constituirse asimismo en partido político, bajo la denominación Democracia Directa para Europa. Su primer intento de buscar el apoyo popular, una concentración a principios de febrero, apenas congregó a 500 personas.

El descontento de cierto sector social con los refugiados es evidente en Alemania. Según datos del Gobierno federal, los ataques se triplicaron el año pasado con respecto a 2013 y sumaron 150 acciones violentas. Además, el Ejecutivo reconoció en una pregunta parlamentaria un incremento de los casos en los últimos meses del ejercicio.

Redes xenófobas

Pegida busca además trascender Dresden, la ciudad que le vio nacer y, curiosamente, la capital del estado federado alemán con una menor tasa de extranjeros -los musulmanes suponen apenas el 0,1% de la población-. Esta misma semana Bachmann invito a su ciudad a los líderes de los principales movimientos que han surgido en otras ciudades alemanas, como Berlín, Dortmund, Düsseldorf o Leipzig, a la estela de sus protestas.

El objetivo es compartir experiencias, pero también coordinarse. Uno de los primeros resultados del encuentro, que se mantuvo en el más absoluto secreto, fue la difusión de las llamadas "Tesis de Dresden", un catálogo de demandas comunes de todos los grupúsculos surgidos al calor de Pegida. El decálogo, con el control de la inmigración y el derecho de asilo como puntos estrella, se clavó en la puerta de una iglesia de Dresden, la Kreuzkirche, emulando la acción del líder reformista alemán Lutero, en una de las múltiples apelaciones del movimiento de Bachmann a los sentimientos cristianos.

Desde fuera de Alemania, decenas de iniciativas, de Suecia a España, pasando por Noruega, Bélgica, Austria y Dinamarca, se miran en el espejo de Pegida. De su éxito o descalabro, de los fracasos y reinvenciones de Bachmann, dependerá probablemente la evolución del populismo de derechas en toda Europa.

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