GUERRA ABIERTA EN SUDÁN DEL SUR

Petróleo de sangre

El país más joven es también el más pobre. Durante 50 años combatió contra sus vecinos del norte. Ahora, el conflicto es civil. Potencias como EEUU y China luchan por el control de su petróleo

Foto: Sudán del Sur alcanzó la independencia en 2011. Ahora, sus habitantes sufren una cruenta guerra civil. (G. Araluce).
Sudán del Sur alcanzó la independencia en 2011. Ahora, sus habitantes sufren una cruenta guerra civil. (G. Araluce).

El descubrimiento sorprendió a los habitantes de Rumbek, en la conflictiva región de Lakes. Dentro de aquellos doce camiones de la ONU, en los que se supone que se trasladaba una carga humanitaria para los desplazados de la guerra, encontraron armamento pesado. Ariane Quentier, portavoz del organismo internacional, se apresuró a disculpar lo sucedido: “Hubo un error en el etiquetado -apuntó-. El armamento, en verdad, pertenecía a un batallón de soldados ghaneses. Nosotros sólo queríamos llevar comida para los necesitados”.

Aquellas explicaciones no convencieron a las autoridades de Sudán del Sur, el país más pobre del mundo que, paradójicamente, sostiene su frágil economía en sus yacimientos de petróleo. “Hay muchos recursos, pero la gente sigue viviendo en la miseria”, lamenta Norbert Peter, periodista y director de la radio Good News. El sudor de sus manos refleja nerviosismo. En Sudán del Sur, desempeñar este oficio y hablar de ciertos temas puede tener consecuencias fatales; pero el reportero se sacude los nervios y lanza otra denuncia: “Posiblemente, si no tuviésemos estos yacimientos, la gente viviría en paz desde hace mucho tiempo”.

La afirmación de Norbert remonta ese tiempo pasado hasta 1955, cuando los británicos abandonaron la colonia de Sudán. Desde entonces, se sucedieron los conflictos entre los musulmanes del norte y los animistas-cristianos del sur. En los primeros años -aunque no de forma oficial- los primeros esclavizaban a los segundos, más fuertes físicamente pero también más pobres y menos numerosos; después, el foco del conflicto se trasladó hacia los pozos de petróleo, muchos de ellos, en la actual frontera entre ambos países.

Estados Unidos nos ayudó mucho en esta guerra -prosigue Norbert Peter, midiendo sus palabras para evitar problemas con las autoridades-. Nos dieron armas y apoyo. Seguramente esperaban que, al alcanzar la independencia, les concediésemos la explotación de los recursos petrolíferos”.

Un grupo de rebeldes marcha hacia el frente en el Alto Nilo, Sudán del Sur (Reuters).
Un grupo de rebeldes marcha hacia el frente en el Alto Nilo, Sudán del Sur (Reuters).

El conflicto duró demasiado para una población civil a la que el hambre iba diezmando a ojos vistas. Se calcula que, entre 1955 y 2005, dos millones de habitantes del Sur fueron asesinados, mientras que una masa enorme y famélica, compuesta por cuatro millones de personas, abandonaron sus viviendas ante los envites del conflicto. Por fin, en 2005 se firmó un acuerdo de paz y, en 2011, Sudán del Sur proclamó su independencia. Salva Kiir Mayardit -líder del Ejército Popular de Liberación de Sudán (SPLA) tras la muerte de su predecesor, John Garang, en un extraño accidente aéreo- asumió la presidencia del país.

Las potencias extranjeras que intervinieron en el conflicto a favor de Sudán del Sur se frotaban las manos, creyendo que Salva Kiir les otorgaría la explotación de los yacimientos de petróleo. “¡Pero qué decepción se llevaron! -explica a El Confidencial Norbert, el director de la radio Good News–. Los americanos (en referencia a Estados Unidos) exigían una serie de cambios políticos y el cumplimiento de algunos derechos fundamentales. Por el contrario, China no pedía nada. Era mucho más cómodo irse con ellos”.

De 500.000 a 150.000 barriles diarios

El optimismo y la alegría desbordada por la recién adquirida independencia no tardaron en desmoronarse. A finales de 2013, el vicepresidente del Gobierno sursudanés, Riek Machar (también procedente del SPLA) anunció que se presentaría a los próximos comicios. Salva Kiir vendió este movimiento como un intento de golpe de Estado y desterró del parlamento a su contrincante político.

Los viejos fantasmas de la contienda resucitaron. Las dos tribus mayoritarias, nuer y dinka (a la que pertenecen Salva Kiir y Riek Machar, respectivamente) se enzarzaron en una guerra que se prolonga hasta nuestros días. Medio millón de personas conforman una comitiva que se desplaza insegura por el país: ancianos a los que les pesan los huesos, niños y mujeres famélicos, se refugian en las selvas o en los lugares en los que es más difícil la supervivencia. Allí, los soldados no los buscan. ¿Y los hombres? En el frente, entregándose a una lucha en la que, pese a los kalashnikov, los combates son cuerpo a cuerpo.

Los escasos recursos de los que dispone el Gobierno están destinados a luchar contra los rebeldes de Riek Machar. En el país no existe ningún tipo de estructura ni de industria, por lo que el 98% de los ingresos provienen de la venta de crudo. Sin embargo, esta partida permaneció congelada durante casi dos años, entre 2011 y 2013: la única salida que ofrecen los oleoductos de Sudán del Sur es a través del Mar Rojo y, para alcanzar el mismo, hay que atravesar el territorio de Sudán; los conflictos diplomáticos entre ambos países, heredados de la reciente guerra de independencia, se tradujeron en el cierre de las refinerías y en la privación de ingresos para el Gobierno de Salva Kiir.

Explotación de los yacimientos de petróleo en el estado de Jonglei (G. Araluce).
Explotación de los yacimientos de petróleo en el estado de Jonglei (G. Araluce).

“Desde entonces, esa es la triste realidad que atraviesa nuestro país”, cuenta a este diario Mayen Majok Angelt, político y miembro del Movimiento de Liberación del Pueblo, partido que ostenta el poder en Sudán del Sur. “Restablecimos los contactos con Jartum (Sudán), pero a un precio muy elevado -explica Majok–. Exportamos el petróleo a través de sus oleoductos, pero pagamos casi la mitad del importe por barril para completar esta transacción. Queremos abrir nuevas vías a través de Kenia, pero la guerra y la inseguridad lo impiden”. Traducido en cifras, esto supone un descenso desde los 500.000 barriles diarios que se exportaban en 2010 a los 150.000 de hoy en día.

Los acuerdos de explotación, en manos de China

En los últimos años, la Unión Africana ha presionado a Salva Kiir y Riek Machar para que pongan fin a una guerra que desangra a un país demacrado por la pobreza y la miseria. Dichos encuentros se han producido hasta en siete ocasiones, pero los acuerdos firmados hoy se deshacen al día siguiente.

El último de ellos se produjo, el 1 de febrero, en Addis Abeba. La comunidad internacional, incluida La Moncloa, aplaudió el pacto: “El Gobierno espera que el acuerdo firmado entre las partes se aplique en su integridad y conduzca a un alto el fuego efectivo y a un inicio de negociaciones sustantivas para una solución definitiva”, rezaba el comunicado emitido por el Ejecutivo español.

Pero ese anhelo de una “solución definitiva” no tardó en evaporarse. El 11 de febrero, diez días más tarde de la firma del acuerdo, se recrudecieron los enfrentamientos en la ciudad de Bentiu, al norte del país. Aunque las primeras informaciones apuntaban al derribo de un avión oficial, el Gobierno aclaró que los rebeldes habían bombardeado varias estructuras gubernamentales del estado de Unity, donde están los yacimientos de petróleo más ricos.

‘EEUU exigía cambios políticos y el cumplimiento de derechos fundamentales. China no pedía nada’

“El futuro de Sudán del Sur es duro”, reconoce Mayen Majok Angelt, desolado. “Nuestros aliados empiezan a cansarse del conflicto y amenazan con cortarnos el suministro de armas –prosigue-. Sin embargo, los rebeldes tienen cada vez armas más potentes. El suceso de Bentiu lo pone de manifiesto. Es imposible saber de dónde sacan el armamento, aunque lo más fácil es analizar quién sale beneficiado de este conflicto”.

Las acusaciones de Mayen se dirigen hacia el Gobierno de Jartum: la comunidad internacional sospecha que Sudán estaría armando a los rebeldes para azuzar el conflicto y, así, fomentar la dependencia de sus oleoductos y los consiguientes beneficios que ello le aporta.  Otros, los más osados, señalan a Estados Unidos como agitador de los enfrentamientos, en un intento de revertir a su favor los acuerdos de explotación del petróleo, ahora en manos de China.

“Y la ONU actúa como su brazo ejecutor -sentencia el periodista Norbert Peter-. Sólo de esa forma se puede entender el hallazgo, en Rumbek, de los doce camiones cargados de armas que atravesaban el país. El suceso es censurable por dos cuestiones: primero, por ocultar el armamento bajo el rótulo de ayuda humanitaria; segundo, por transgredir el principio de que la ONU sólo puede equiparse con armas de defensa y no de ataque, como las que había en aquellos vehículos. Sentimos que nos engañan y que juegan con nosotros”.

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