Pekín acelera la construcción de islas artificiales para controlar el Mar de la China

China sigue expandiendo rápidamente su control sobre la zona con una campaña metódica para crear un conjunto de fortalezas capaces de albergar fuerzas aéreas y marítimas

Foto: Reclutas del Ejército chino durante un desfile conmemorativo en una base militar en Qindao, en la provincia de Shandong (Reuters)
Reclutas del Ejército chino durante un desfile conmemorativo en una base militar en Qindao, en la provincia de Shandong (Reuters)

China sigue expandiendo rápidamente su control sobre el Mar de la China Meridional. Pekín ha acelerado la construcción de distintas islas artificiales en varios arrecifes de la zona, que ya cuentan con un helipuerto, embarcaderos e incluso una posible torre antiaérea. Así lo revelaban unas imágenes del pasado 30 de enero, difundidas la semana pasada por el semanario de defensa IHS Jane's, que muestran cómo el Gobierno chino ha conseguido ganar al mar 75.000 metros cuadrados de superficie en el Arrecife Hughes de las Islas Spratly, conocidas como Nansha en chino, y disputadas por la propia China, Taiwán, Filipinas, Malasia y Vietnam. En marzo de 2014, el lugar sólo contaba con una plataforma de cemento de 380 metros cuadrados.

China estaría trabajando en la expansión de al menos cinco islas artificiales distintas, incluida una que cuenta con una posible pista de aterrizaje de tres kilómetros de largo. “Se trata de una campaña metódica, muy bien planeada, para crear un conjunto de fortalezas capaces de albergar fuerzas aéreas y marítimas por todo el centro del archipiélago Spratly”, explicaba a CNN James Hardy, analista de Semanario de Defensa IHS Jane's. El experto señalaba que, pese a que los demás países y regiones también cuentan con bases en la zona, ninguno de ellos ha ganado terreno al mar a tal escala.

La Administración china ha defendido en anteriores ocasiones que este tipo de operaciones son “un asunto interno” del país, y un general del ejército argumentaba que las nuevas instalaciones servirán para mejorar “la calidad de vida” de los soldados estacionados en la zona, según recogía el periódico estatal Global Times el pasado octubre. “Estas construcciones simbolizan la determinación de China por reclamar estas áreas, y dan a entender a los demás estados que no cederá, a la vez que, a nivel práctico, amplían su capacidad para mantener fuerzas militares en el lugar”, explica por correo electrónico Hugh White, experto en temas de seguridad asiática de la Universidad Nacional de Australia. Para el analista, China espera “evitar un conflicto”, pero no dudará en amenazar con el uso de la fuerza “para respaldar sus aspiraciones diplomáticas”.

Polvorín marítimo

Desde hace décadas, el Mar de la China Meridional ha sido el escenario de varias disputas territoriales, algunas de ellas solapadas, entre China y los Gobiernos de Vietnam, Filipinas, Malasia, Brunei y Taiwán. Pese al insignificante tamaño de muchos de los islotes y arrecifes reclamados, la zona cuenta con abundantes recursos pesqueros y alberga una de las principales rutas de transporte marítimo mundial. Además, se cree que el subsuelo marino contiene importantes yacimientos de petróleo y gas natural. Hasta hace poco, los distintos estados implicados habían optado por mantener el statu quo del conflicto, pero durante los últimos años Pekín ha empezado a expandir su control de facto sobre el área, provocando pequeñas refriegas marítimas y tensiones diplomáticas con los países vecinos. "El patrón de presencia constante y presión utilizado por China, y su evidente determinación, hacen que el país pueda convertir lentamente su control sobre el Mar de la China Meridional en un hecho consumado”, comenta White.

En 2012, el Ejecutivo de Pekín fundó la ciudad de Sansha en la isla de Yongxing, en el archipiélago de las Paracel, o Xisha en chino, también reclamado por Vietnam. El régimen comunista anunció que el Gobierno de Sansha administraría todo el Mar de la China Meridional y, desde entonces, ha construido distintas instalaciones en la localidad, incluida una pista de aterrizaje. Además, el gigante asiático empezó a promocionar el turismo en Yongxing y, en agosto de 2014, más de 3.000 turistas chinos habían visitado las conflictivas aguas, según la agencia estatal Xinhua.

A su vez, el año pasado, una plataforma petrolífera china empezó a operar en aguas disputadas con Vietnam y, poco después, distintos botes pesqueros y de los guardacostas de ambos estados colisionaron en alta mar, hasta que una nave vietnamita naufragó. Hanoi tildó el acto de "agresión", y la población del país salió a la calle para protestar contra China. Debido a los disturbios, el gigante asiático tuvo que evacuar a más de 3.000 de sus ciudadanos de Vietnam, y se quemaron distintas fábricas extranjeras, muchas de ellas de compañías taiwanesas. Finalmente, durante una visita oficial del primer ministro chino, Li Keqiang, en octubre de 2014, ambos países prometieron “resolver y controlar las disputas marítimas”.

Por otra parte, Filipinas decidió en 2013 llevar el conflicto al Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya, alegando que las aspiraciones territoriales chinas violan la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. China, que siempre ha defendido la resolución de la disputa a través de negociaciones bilaterales, se ha negado a participar en el proceso judicial, afirmando que el caso no forma parte de la jurisdicción de la corte.

Un oficial durante un ensayo previo a una ceremonia oficial en el Gran Salón del Pueblo, en Pekín (Reuters).
Un oficial durante un ensayo previo a una ceremonia oficial en el Gran Salón del Pueblo, en Pekín (Reuters).

Nueva presencia estadounidense

La desafiante postura de China, que está modernizando con rapidez sus Fuerzas Armadas, ha provocado que algunas naciones de Asia Oriental busquen el apoyo militar de Estados Unidos. Washington anunció ya en 2011 un “giro hacia Asia” en su política exterior, que incluya un incremento de los lazos comerciales con los países asiáticos, y una mayor presencia militar en la región Asia-Pacífico. Muchos expertos interpretaron la estrategia como una nueva medida para contrarrestar el creciente poder de China en la zona. “El orden asiático no debe estar basado en esferas de influencia, o en una intimidación en la que las grandes naciones abusen de las pequeñas”, afirmó el presidente estadounidense, Barack Obama, durante la última reunión del G20, celebrada el pasado noviembre en Australia.

Filipinas anunció en 2014 un nuevo pacto de defensa de diez años con Estados Unidos, que supondrá una mayor presencia militar norteamericana en bases militares del archipiélago. Washington también firmó un acuerdo con Australia que permite que hasta 2.500 marines se alojen en la isla, y el pasado octubre relajó un embargo sobre la venta de armas a Vietnam, para permitir la “transferencia de equipamiento defensivo, [....] destinado exclusivamente a la defensa marítima”. Pese a todo, la primera economía mundial ha evitado posicionarse respecto a la soberanía del Mar de la China Meridional.

Sin embargo, otro factor puede resultar ser finalmente más determinante en la resolución del conflicto: el peso económico de China. El gigante asiático es el mayor socio comercial del bloque económico de la Asociación de Naciones del sudeste asiático, la ASEAN, por sus siglas en inglés. Según previsiones del Gobierno chino, los intercambios bilaterales supondrán 500.000 millones de dólares en 2015, casi 440.000 millones de euros. Durante su última reunión con los líderes del grupo, Li Keqiang ofreció una donación de 480 millones de dólares, unos 420 millones de euros, a los países menos desarrollados de la ASEAN. Además, la semana pasada se puso en marcha un fondo de inversión chino para desarrollar los proyectos oficiales del Cinturón Económico de la Ruta de la Seda y de la Ruta de la Seda Marítima del Siglo XXI, que pretenden mejorar las vías comerciales entre Europa y Asia. El plan incluye el desarrollo de importantes infraestructuras en distintos puntos del sudeste asiático.

“China está ofreciendo muchos incentivos a los estados del sudeste asiático para que acepten sus reclamaciones, y a largo plazo, será difícil resistirse a ello”, argumenta el profesor White. Durante los últimos encuentros de la ASEAN, los analistas ya han detectado señales de discordia entre los países que siguen reivindicando sus pretensiones territoriales, y los que prefieren contentar a la segunda potencia económica mundial.

La nota esperanzadora llegó durante la última reunión entre los mandatarios de China y la ASEAN, hace cuatro meses. Ambas partes se comprometieron a trabajar conjuntamente para crear un Código de Conducta para el Mar de la China Meridional, un documento que podría rebajar las tensiones en la zona y evitar nuevos choques en alta mar. Pero es difícil predecir hasta qué punto Pekín está dispuesto a refrenar sus actividades en unas aguas que reclama como suyas desde 1947.

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